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Las cejas del cine

Magdalena Trillo | 20 de febrero de 2018 a las 10:10

Con Verano 1993 me dormí. No cuestiono la belleza de los planos, las conmovedoras lágrimas de Frida y hasta lo pedagógico de distinguir entre una lechuga y una col. Pero la ópera prima de Carla Simón me ha resultado tan desesperante y soporífera como los power point de Terrence Malick en El árbol de la vida.

Aun así, es una película necesaria. Forma parte de eso que los australianos bautizaron como la “economía creativa” y reúne todos los intangibles de lo que entendemos por un producto cultural: el valor de lo original y lo simbólico, su función social, el riesgo inevitable al que se enfrenta y el mercado imperfecto en el que se desenvuelve.

Ahí está la grandeza de las industrias culturales. Por su irreverencia y su sentido crítico. Por sus aciertos y sus fracasos. Por su contribución a la diversidad y al afianzamiento de nuestra identidad. Por cuanto supone situarlas (también) en el centro del modelo económico desafiando aquella idea de la “cultura como hormiguero” que popularizó Michel de Certeau.

Nos lo podemos creer o no. Es ideología. La que está detrás de la subida o bajada de impuestos, del IVA cultural y la que subyace en la nueva Ley del Cine. El borrador que ha empezado a circular evidencia que la cultura sigue malviviendo “en los márgenes” y vendría a justificar aquel movimiento de la ceja que irrumpió con ZP.

El sistema de ayudas castiga al cine de autor frente a las grandes producciones y a los lobbies de la distribución. Cuando la industria del cine consigue, por fin, demostrar el impacto suicida que ha supuesto para el audiovisual español un modelo de ayudas sujeto a la taquilla, se fijan unos criterios previos de reparto que encumbran a los directores de éxito, a las productoras que ya dominan el establishment y a las majors. Tratamos el celuloide como una mercancía más. Sin espacio para sorpresas como Ocho apellidos vascos ni bofetadas de talento como Tarde para la ira.

Se trata de la letra pequeña (como hace unos días criticaban desde El español) que el Gobierno esconde y envuelve en el efectista marketing del relato feminista: y es que la nueva ley premiará los proyectos impulsados por mujeres. Eso es lo que se ha vendido. ¡Bien! Pero el ADN no es garantía de nada. No es mejor película Verano 1993 porque lleve la firma de una mujer ni peor Las formas del agua porque emerja del sistema con un cineasto como Guillermo del Toro detrás. El debate es otro. Uno que tampoco toca. No en tiempos electoralistas de dilación y de confusión. No cuando quienes gobiernan no tienen tiempo de ir al cine. Ni interés.

Los males de ‘La peste’

Magdalena Trillo | 30 de enero de 2018 a las 10:00

No recuerdo ni una sola noticia de la Galicia profunda que no haya tenido que rebobinar para entender los testimonios de los vecinos: ni vocalizan ni se sabe muy bien si hablan en castellano, en portugués o en gallego. El talento como intérprete de Luis Tosar es apabullante pero también lo pone difícil: es un terremoto hablando y su rostro hierático y marmóreo desactiva el recurso de la intuición. Con Ricardo Darín es aún peor: sin al menos veinte minutos de ambientación para activar el modo argentino, es un auténtico desafío.

No son tópicos ni prejuicios infundados; son las consecuencias de la tremenda riqueza lingüística y sonora del idioma español. Y, en buena medida, es también el resultado de uno de los grandes déficits del audiovisual: el sonido, el gran olvidado del cine. Ni se le presta atención en las universidades ni forma parte de las preocupaciones de la industria ni tiene un especial reconocimiento en el público, ¿recuerdan algún premio técnico?

Cuando presentaron La Peste en el Festival de Cine de San Sebastián, hubo más de un crítico que confesó que se había “perdido” algunas partes de los diálogos “por el acento andaluz”. ¿Sólo por el acento? He visto la serie de Alberto Rodríguez del tirón, en madrugadas intensivas desde el día del lanzamiento, y no encuentro tanta distancia con los bienhablantes actores de La zona; en los dos casos he tenido que volver atrás. Son las últimas apuestas de Movistar+ para hacerse un hueco en el pujante segmento de las series de ficción -en el caso del thriller histórico de la Sevilla del XVI con un presupuesto millonario- y comparten las mismas virtudes y limitaciones que las producciones de la gran pantalla.

El director de La Isla Mínima ha realizado un esfuerzo titánico por ambientar con la mayor fidelidad la oscura ciudad de la Inquisición incorporando un asesor histórico -extraordinario el trabajo en vestuario, decorados y costumbres de la época- pero no ha tenido la misma cautela con la recreación lingüística. Lo escribía en un artículo hace unos días Alex Grijelmo recordando la figura del dialect coach -habitual en los equipos de producción anglosajona- y poniendo en evidencia errores de bulto sobre expresiones y palabras inexistentes en esa España que miraba al nuevo mundo.

Son críticas constructivas. Argumentos y reflexiones que deberían estar en el foco de la industria audiovisual y que, obviamente, nada tienen que ver con el simplismo maledicente -malafollá, en granaíno- de quienes se deleitan buceando en los estereotipos.