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El legado de Lorca, por qué ahora sí

Magdalena Trillo | 1 de julio de 2018 a las 20:56

El legado de Lorca ya está en Granada. Dejando a un lado la maldición de las infraestructuras -con la Autovía a la Costa, la A-7 y el AVE hemos escrito algunas de las páginas más descorazonadoras de este país-, probablemente sea la noticia que más se ha resistido en la última década, que más quebraderos de cabeza ha provocado y que más despropósitos ha sumado por el camino.

Todos los anuncios sobre la llegada del patrimonio lorquiano, esos más de 5.000 manuscritos, cartas, libros y fotografías que recorren la vida y obra del poeta de Fuente Vaqueros, se han incumplido sistemáticamente. A golpe de fatalidades, de imprevistos y hasta de conjuros. La política ha tenido mucho que ver -sobre los porqués del fracaso llevamos quince años escribiendo- pero también las personas.

No me refiero (sólo) a la cualificación y el talento de quienes han estado gestionando el proyecto (seamos generosos presuponiéndolo) ni a los nefastos efectos de las cuotas cuando distorsionan el propio proyecto (poco importa si son geográficas, de sexo, de familias o de clases). Me refiero al factor humano. A la sensibilidad, a la predisposición y a la mano izquierda de los protagonistas. En las fotos oficiales y en la trastienda de la negociación.

Primero fuimos fieles a nuestra historia de eternas polémicas deshojando la margarita sobre dónde y cómo construir un gran centro que permitiera reconciliar a Granada con su poeta más universal, luego llegó el impacto de la crisis con el retraso de las obras, después irrumpieron los desencuentros entre las administraciones y, justo cuando parecía que todo se había enderezado, nos despertamos con el escándalo del fraude del exsecretario de la Fundación Lorca. Un tremendo lío.

El resultado han sido tres años de surrealismo. El Centro Lorca se abrió en el verano de 2015 sin los fondos lorquianos y con una programación a medio gas sumida en la desconfianza y la sospecha. El contrapunto se ha vivido en la Plaza del Carmen con los partidos políticos pivotando entre el oportunismo y los reproches, en los despachos de los funcionarios con informes jurídicos y auditorías y en el cada vez más popular escenario de los tribunales: en los juzgados de Madrid con el caso de Juan Tomás Martín, en la cuenta atrás de Torres Hurtado con las duras amenazas a la familia y ahora con toda la oposición aprobando en pleno recurrir a la Fiscalía para ver si ha habido “irregularidades” en el proceso.

Me viene a la mente la parábola sobre el amor, la muerte y la frustración con que Federico debutó en el teatro (y fracasó). El maleficio dela mariposa: el amor y la muerte marcaron su vida y la frustración parece inseparable de su figura. El viernes, a las puertas del centro de La Romanilla, Laura García-Lorca se mostraba confiada en terminar de una vez con la “sombra” que se ha ceñido estos años sobre su familia. Unos días antes, reconocía en una entrevista con este diario los “errores de comunicación” que han ido acrecentando la crisis lorquiana pero insistía en que ni son “un clan” ni han intentado bloquear el proyecto; todo lo contrario.

laura

Que el legado duerma ya en la cámara acorazada debería ser la prueba. Un punto y aparte. Pero no lo escribo convencida. Dependerá de lo que hayamos aprendido en esta larga travesía y de las personas. Ocurrió cuando Pepe Guirao tomó las riendas de la Fundación Lorca. Destensó, explicó y acercó posturas. Nos convenció a los medios y convenció a las instituciones. Antes del pinchazo del ministro Màxim Huerta y su nombramiento exprés como titular de Cultura, muchos lo situábamos en la gerencia del Centro Lorca. Más que una opción era un deseo pero lo que hay ahora es una preocupante incógnita.

¿Guirao ha sido el artífice? Ha sido clave en esta última etapa al mismo nivel que el alcalde Cuenca y el consejero Vázquez, como lo han sido siempre Laura García-Lorca y Andrés Soria -por mucho que a algunos les moleste- y como lo fueron en su día Torres Hurtado y García Montero. No pongo siglas. (Al menos yo) no estoy en campaña.

Paco Cuenca: dos años de un mandato de transición

Magdalena Trillo | 6 de mayo de 2018 a las 10:00

El 5 de mayo de 2016, el candidato socialista a la Alcaldía de Granada consiguió 16 votos favor -un respaldo sin fisuras de todos los partidos a excepción del PP- y Rocío Díaz quedó sin opciones de relevar a Torres Hurtado para culminar el cuarto mandato de los populares en la Plaza del Carmen. De forma inesperada, en un contexto de transición, Paco Cuenca cogió el bastón de mando en una ciudad todavía abierta en canal por la crisis de la operación Nazarí y puso fin a la etapa más extensa y controvertida del gobierno local con un compromiso explícito por abrir ventanas, levantar alfombras y gestionar desde el “diálogo” y la lealtad hacia el resto de grupos con la máxima “responsabilidad” y “transparencia”.

Hoy, dos años después, no es difícil vaticinar que el PSOE correría el riesgo de quedarse (casi) solo en la votación: sus 8 concejales frente a los 11 del PP y los 4 de Ciudadanos. Puede que los socialistas consiguieran atraer a su causa al nuevo edil tránsfuga Luis de Haro y, tal vez, invocando los nostálgicos y cada vez más frágiles principios de la necesidad de unión de la izquierda, lograran la abstención de Paco Puentedura (IU) y de las dos concejales de Vamos Granada. Aunque más por estrategia, para levantar un muro contra la derecha (la vieja y la nueva), que por confianza hacia el equipo de Cuenca.

Luis Salvador ya lo advirtió en el tenso pleno de investidura con que el PSOE desembarcó en el gobierno de la capital tras la era Torres Hurtado: ni eran tiempos de reeditar experiencias fallidas como el ‘tripartito’ de Moratalla ni se extendía un cheque en blanco a los socialistas. El primer año sirvió para afrontar buena parte del catálogo de exigencias de estos particulares socios en la sombra -la formación naranja ha pivotado cómodamente en toda España con su decisión de facilitar gobiernos pero no desgastarse gobernando- con actuaciones concretas como el cierre del botellódromo, con contrapartidas efectistas como la dimisión del diputado de Deportes Mariano Lorente y con un compromiso de profunda regeneración política y económica en la gestión municipal que se ha ido diluyendo en un quiero y no puedo.

Por la minoría de unos y las zancadillas de otros, pero también por una incapacidad manifiesta para llegar a acuerdos. El equipo de Cuenca lleva dos años gestionando la ciudad con los presupuestos del PP -si ya es difícil que los políticos cumplan los programas electorales, más lo es si no se puede contar ni con un escenario propio de ingresos y gastos- y con una herencia endemoniada de crisis económica y financiera que mantiene a Granada como objetivo preferente del Ministerio de Hacienda para su intervención. A pesar de ello, del difícil punto de partida, resulta paradójico que una de las principales quejas en los grupos de la oposición -sin excepción- sea la intransigencia del equipo de gobierno, su afán de protagonismo y su inexplicable opacidad en la gestión.

Ruina municipal, falta de entendimiento en el día a día, choques más o menos velados con otras instituciones -incluidas las gobernadas por el PSOE- y continuos sobresaltos judiciales… También sorprende que la auditoría prometida para esclarecer el oscuro urbanismo de la última década se esté realizando con más solvencia en los tribunales que en las dependencias municipales y la personación en las diferentes causas que acorralan al anterior equipo del PP -es el caso Nazarí, pero es también el Serrallo, Casa Ágreda, la gestión irregular en TG7 y los contratos fantasma en Emucesa- no superen un perfil bajo de aparente obligatoriedad de estar simplemente para saber más que para actuar y para liderar el esclarecimiento de los casos en beneficio de la ciudad.

Se podría valorar que no se haya querido hacer leña del árbol caído, que se hayan separado los intereses partidistas de la responsabilidad institucional, pero no son pocos los que cuestionan (dentro y fuera de las filas socialistas) la poca contundencia con que se están enfrentando a procesos que apuntan a perjuicios millonarios.

Decía este viernes el alcalde que Granada ha recuperado “normalidad”, “tranquilidad” y la “confianza” de los ciudadanos en su ayuntamiento. “Una nueva etapa sin trampas”, tal vez, pero con ausencia de autocrítica y con un legado limitado si tenemos en cuenta que estamos ya en la cuenta atrás de las próximas municipales.

Lo más relevante que ha ocurrido en la ciudad en los últimos meses ha sido la puesta en marcha del Metro y la reversión de la fusión hospitalaria -sin un protagonismo directo por parte de la capital- y entre lo que está por venir se vislumbran luces -la llegada del legado de Lorca sigue su hoja de ruta para ser una realidad antes del 30 de junio- pero también sombras: por mucho que se presente como un éxito la gratuidad de los transbordos entre autobuses y Metro, aún está por ver que se pueda llevar a cabo la “revolución” del mapa de transporte anunciada -tampoco aquí se ha logrado el acuerdo con los grupos- y, sobre todo, anticipar si terminará sumando votos o los acabará restando.

En este punto, en este horizonte político de absoluta incertidumbre, podríamos situar, por ejemplo, el reforzamiento de Paco Cuenca dentro del PSOE asumiendo las riendas de la agrupación de la capital -si no gana lo suficiente dentro de un año para pactar y gobernar, el camino previsible apunta al Congreso o el Senado más que a la bancada de la oposición- y con esas mismas expectativas de que el juego está totalmente abierto podríamos leer los efusivos abrazos que esta misma semana se daban Luis Salvador y Sebastián Pérez en la cruz de Regina Mundi…

Rehenes de la minoría

Magdalena Trillo | 22 de abril de 2018 a las 10:00

Plaza del Carmen. 8:30 de la mañana. Pleno extraordinario de movilidad. Probablemente seré una de las pocas inconscientes de esta ciudad que el viernes tuvo la santa paciencia de engancharse al ordenador para ver en streaming el debate sobre la revolución del transporte que seguirá al exitoso estreno del Metro. Interés profesional pero también particular. Egoístamente, soy usuaria de la Rober y lo sería de una segunda línea por el centro si se concreta el tercer intento de rescate del histórico tranvía -lo avanzó la concejal de Movilidad esta semana a Granada Hoy- tras los fallidos proyectos de Moratalla y Torres Hurtado.

No hubo pleno; no hubo debate. Hubo bronca, reproches y varias tomas de actuación grotesca. El equipo de gobierno se quedó solo pero pudo escenificar un sucedáneo de pleno cuando el ‘tránsfuga’ Luis de Haro aprovechó la ocasión para hacerse notar, para desmarcarse del plante acordado por todos los grupos de la oposición y, sobre todo, para dar una patada a las compañeras de su antiguo partido. Hizo el papel de responsable y dio la oportunidad al alcalde para que siguiera dirigiendo la orquesta.

Oficialmente, el Ayuntamiento celebró el pleno extraordinario de movilidad y Raquel Ruz pudo mostrar un mapa de la ciudad con la propuesta de reestructuración de las líneas de autobuses -lo más novedoso es que se conectará el Zaidín y la zona Norte pasando por la Gran Vía-.

Todos hemos perdido tiempo y dinero. Los plenos extraordinarios se convocan ante cuestiones realmente urgentes para la ciudad y en casos de tal complejidad y envergadura que se considere inasumible en una sesión ordinaria. No nos olvidemos, además, de que cuestan dinero y lo pagamos entre todos con nuestros impuestos. Si es verdad la versión del equipo socialista de que hasta la noche de antes no se había podido ultimar la documentación para entregar a la oposición y que justo por eso no existía el famoso expediente que todos los grupos exigían para poder debatir y votar, ¿para qué se convocó el pleno con urgencia? ¿por qué no se aplazó?

Es más, si realmente nos creemos que somos responsables y que trabajamos por el bien de la ciudad -Cuenca lo dijo infinidad de veces intentando desmarcarse de la bronca política que ellos mismos habían desencadenado-, ¿para qué el show del viernes? ¿para debatir en formato pleno lo que llevan discutiendo desde hace meses en el observatorio de la movilidad?

No importan los artículos a los que apeló una y otra vez el secretario interpretando la normativa municipal. Es el propio sentido común el que debería orientar la actuación de los grupos desde la mesura y la estrategia.

Lo del viernes hubiera funcionado hace unos años con Torres Hurtado y su rotunda mayoría absoluta. Se celebra y se aprueba lo que se quiera aprobar. Sin la obligación siquiera de tener que debatir e incluso con todos y todo en contra. Es lo ‘bueno’ del rodillo: pragmatismo y efectividad. Te puedes equivocar, puedes cavar tu tumba, pero tomas decisiones y las ejecutas. Gobiernas.

Un equipo en minoría está condenado a la inanición si no cautiva a algún grupo de oposición para la causa. Si no son generosos y no se imponen como credo la obligación de pactar. Son rehenes de ellos mismos, de su precaria y frágil situación en el tablero municipal, y son rehenes de los demás. Es una relación perversa: cuanto más insignificantes son, más relevancia acaban teniendo en el juego político. ¿A cuántos granadinos representa Luis de Haro? No es sólo simbólico; lo vemos continuamente en todas las escalas de gobierno. Ha sido históricamente la gran baza de los nacionalistas y lo estamos sufriendo en los últimos años como contrapartida de la fragmentación del mapa político.

A Torres Hurtado se lo llevó por delante la justicia pero ya estuvo en el precipicio cuando se implantó la LAC y cabrearon a media ciudad con los transbordos. El PSOE tiene ahora el bastón de mando pero sin la legitimidad de las urnas. En un año hay elecciones y cada decisión, cada error, sumará en la cuenta atrás. Ni siquiera es tiempo ya de apelar a la “tranquilidad” del mandato y a la inercia. Porque no hacer nada -por no ser capaz de negociar y de pactar- también es decidir.

La madeja de la Plaza del Carmen

Magdalena Trillo | 18 de marzo de 2018 a las 10:50

Quienes dedican su carrera investigadora a rasgar la madeja de intereses sobre la que se sostiene el actual sistema de medios comparten un mismo punto de partida: no se pueden entender los mensajes -desde la teórica objetividad de las noticias a los posicionamientos editoriales más ideológicos- si no conocemos la trastienda de quienes están detrás. De los “dueños” de los medios.

Esta misma máxima la podemos aplicar a la política pero en un nivel de complejidad mucho mayor. Pensemos, por ejemplo, en una matrioshka rusa: cada figura que extraemos es un relato. Y puede ser coherente, suponer una continuidad, pero también puede ser contradictorio y hasta ocultar un choque frontal. Más aún cuando combinamos en un mismo escenario la gestión -teóricamente pública y en beneficio de la ciudad- con el tacticismo político y electoral que acaba siendo rehén del color de las siglas.

Si a todo ello unimos la incertidumbre judicial, el cambio de paso que imponen los tribunales cuando se abren procesos de enorme impacto -la operación Nazarí o, por ejemplo, el caso Serrallo-, la realidad es un maremágnum difícilmente gobernable donde los intereses de partido se confunden y absorben los de la institución.

Así está la Plaza del Carmen. Todos conocemos la situación de desconcierto en la bancada del PP con hasta 6 concejales pendientes de un hilo -el judicial- para tener que dimitir. Pero el equipo de gobierno no está a salvo. No esperaba gobernar y tal vez por ello sigue actuando -y tomando decisiones- como si fuera el grupo municipal del PSOE. Han sustituido la transparencia informativa debida (para eso cuentan con la labor de profesionales cuyos sueldos se pagan con dinero público) por la filtración sistemática e indisimulada.

La estrategia es vieja: paso un tema duro y polémico que me puede perjudicar al medio amigo (el diario oficial de la Plaza del Carmen) y así contrarresto el golpe. Como va envuelto “en papel de exclusiva”, el objetivo es que la información tenga un tratamiento laudatorio y el medio cae en la trampa habitual del periodismo de mala ralea… Luego, si llegan las críticas, siempre está el recurso fácil de matar al mensajero: que no informamos bien, que “bebemos de fuentes poco recomendables”, que nos intoxican, que manipulamos… Si nos dieran un euro cada vez que un periodista que hace su trabajo ha tenido que escuchar eso… También nos dan clases de Derecho Penal, por lo que deberíamos de empezar a preocuparnos por si el síndrome del contagio también se extiende a quienes desempeñan su actividad en la vida pública y también en la enseñanza. Porque, por lo que se ve, el poder no sólo corrompe, también ciega.

Hasta aquí es opinión, por supuesto, pero también son hechos. Aunque podría aburrirles con decenas de ejemplos, me voy a centrar en el caso Serrallo y el escrito de acusación que nuestro Ayuntamiento, la institución que ha de defender el interés de la ciudad, ha presentado en el último minuto del último día del plazo como acusación particular de la causa que investiga el cambio de uso de una parcela destinada a ser un parque infantil a la construcción de una sala de fiestas. En una rueda de prensa -esta vez sí para todos los medios-, el portavoz recalcó que es el escrito de acusación de “los servicios jurídicos técnicos” del Ayuntamiento, que está “fundamentado” y “exento de valoración política”.

El problema que los políticos tienen con algunos periodistas o medios es que nos gusta contrastar, beber de otras fuentes alternativas -como las de sus adversarios políticos-, pero también de técnicos y expertos, y ponerlo todo en cuestión, especialmente lo que dicen por esa tendencia natural a la que ya nos tienen acostumbrados de que todo es susceptible de cambiar según sople el viento. Y, aunque se les olvide, también tenemos criterio. Y tenemos capacidad para leer entre líneas. Y hasta para interpretar lo que ocurre y lo que nos dicen.

Les propongo un juego: les doy unas claves y un titular y ustedes deciden si se ajusta a la realidad. El Serrallo lleva 4 años en fase de instrucción. El grupo municipal socialista se personó como acusación, pero en 2016, cuando Cuenca accedió a la alcaldía se retiró y recuperó su dinero de la fianza. Ya estaba en la causa el Ayuntamiento, gobernado por ellos, y además podía seguir representándolo el mismo abogado. Pero el caso es que en todo ese tiempo apenas se han pronunciado en nada. Han permanecido casi como convidados de piedra en el proceso. Escuchar, ver y callar. Hasta ahora…

Cuando la jueza cierra la investigación y llega la hora de que las acusaciones se retraten y formulen sus peticiones, el escrito que finalmente presentan no hace alusión alguna a los ediles del PP que en 2012 votaron a favor en el polémico expediente urbanístico. No aprecia ningún delito ni posible responsabilidad por su parte, en contra del criterio de la jueza, de la fiscal y de otras partes acusadoras. Focaliza los ilícitos en el exalcalde Torres Hurtado y en su exconcejal Isabel Nieto, además del promotor y los funcionarios que aún trabajan allí (gestionan y hacen informes cada día para el actual equipo de gobierno). Tan benévolos y comprensivos son con sus compañeros de la bancada azul que hasta los ediles afectados se pronunciaron nada más conocer el escrito congratulándose de la postura “del equipo de gobierno del PSOE, que avala su inocencia”.

Sin ánimo de enredar, sólo aporto dos apuntes más: ¿sabían que el recién nombrado jefe de la Asesoría Jurídica del Ayuntamiento (que acaba de tomar las riendas del caso Serrallo, justo antes de enviar el escrito de acusación) es el hijo de un histórico del PSOE, exconsejero de la Junta, con un sueldo muy por encima del que tiene el alcalde? ¿Han pensado, aunque sea un futurible, que los propios ediles socialistas podrían verse en una situación similar si la jueza termina pidiendo explicaciones a todos los que han votado en pleno expedientes bajo sospecha? Me refiero ahora al caso Nazarí.

El gobierno de Cuenca “amnistía” a los concejales del PP. Este es el titular que no ha gustado nada a los actuales inquilinos dela Plaza del Carmen. Lógico. Pero no porque nosotros “confundamos al partido y al Ayuntamiento”; es la consecuencia de que lo hagan ellos.
Sebastián Pérez toma las riendas
Nadie lo cuestionaba, ni dentro ni fuera del PP, pero ya es oficial. Como adelantó este periódico el pasado lunes, Sebastián Pérez ya tiene la bendición de Génova para afrontar uno de los desafíos más importantes de su partido en las municipales de 2019: recuperar el gobierno de la capital tras el escándalo y el desgaste que ha supuesto la operación Nazarí por presunta corrupción urbanística contra el exalcalde Torres Hurtado y su equipo de gobierno. A quince meses de las elecciones, hace bien el PP en deshojar la margarita y aflojar la doble presión que supone la insistente cadencia de encuestas ratificando la subida de Ciudadanos como competidores directos entre los votantes de derechas y la propia situación del partido a nivel interno en las distintas provincias andaluzas.

En la capital, el reto es importante. Los sondeos internos sólo le dan 9 concejales (estarían a sólo 500 votos del décimo, pero aún así serían peores resultados que en 2015 con Torres Hurtado en el cartel) y flota en el aire la probabilidad de que momentos clave de los casos Serrallo y Nazarí estallen en los próximos meses y acaben colándose incluso en la campaña. De momento, sólo hay dos nombres seguros: el de Sebastián Pérez y el de Rocío Díaz. Aparentemente no hay crisis con la designación final. Los demás concejales tienen preocupaciones más importantes de las que ocuparse y Rocío asegura que “está bien”. Aunque no sea ella la candidata. El reloj no ha hecho más que ponerse en marcha. Será interesante ver cómo se nada y se guarda la ropa (con Cs).

OCG: la Granada cultural hace aguas

Magdalena Trillo | 21 de enero de 2018 a las 10:30

En 25 años de trayectoria, tanto pesan en la OCG los momentos turbulentos de flirteo con la bancarrota como los excelsos de las primeras figuras internacionales, las giras europeas y las grabaciones históricas. Ahora toca sufrir. Empezamos en 2012 con los recortes de la crisis y, una década después, la situación es de agonía. No hay dinero “ni para pagar un taxi”. Las últimas temporadas se han puesto en pie tirando de amigos y a golpe de voluntarismo. El problema, para empezar, son las nóminas. Pero es también la renovación de los instrumentos. Y el vestuario. Y los gastos de funcionamiento. Y, por supuesto, la programación.

Cerramos hoy una larga semana en Fitur en la que Granada se ha vendido como uno de los mejores destinos de turismo cultural de toda Europa: la ciudad de la literatura y de los festivales; la ciudad de la música; la capital cultural del 2031 aunque el título aún no sea oficial. Los folletos de los touroperadores lo aguantan todo. Incluso esa publicidad engañosa de Granada ‘la bella’, la de postal, que poco tiene que ver con esa otra que sufrimos todos.

Y no tenemos que autoflagelarnos mirando a Málaga y sus museos de franquicia -refugio por cierto de los turistas en busca de sus acogedores inodoros-; basta mirar las telarañas del Centro Lorca, echar un vistazo a la redundante y mediocre cartelera de cine o preguntarnos dónde están los grandes novelistas e intelectuales que un día desfilaron por el Hay Festival y la Feria del Libro o esos músicos de primer nivel que, de verdad, movían al exigente público internacional. Seguimos sin saber siquiera si queremos el Gran Museo de la Ciudad -menos aún con qué y para qué- pero sí tenemos una legión de grafiteros destrozando el Albaicín.

El Arqueológico sigue cerrado, el proyecto del Teatro de la Ópera de Kengo Kuma duerme en algún cajón y buena parte de las instituciones culturales subsisten con respiración asistida -los Rodríguez-Acosta, por ejemplo, se han echado en los brazos de Junta conscientes de que no tienen recursos ni para mantener el Carmen y la Fundación Ayala camina silenciosa casi pendiente de la generosidad de la viuda del escritor-.

No es melancolía; no es ninguna enmienda a la totalidad. Importan las prioridades y el criterio en la política cultural -sólo conseguir que las instituciones no se contraprogramen y repartan sus propuestas a lo largo de todo el año para contribuir a desestacionalizar ya sería todo un éxito- pero lo que luce es el dinero. Con talonario se puede llenar teatros y estadios, programar festivales con impacto mundial y salir en las críticas más elitistas de la prensa cultural.

El Año Lorca no es suficiente. Para un accidentado mandato tal vez sí pero no para justificar la Granada cultural que vendemos como “emblema de ciudad”, como “seña de identidad” y como “palanca de desarrollo”. En ese retrato, en el horizonte del Festival de Música y Danza que firmará Heras Casado, con el aniversario del Concurso de Cante Jondo del 22, en plena carrera por la Capitalidad Europea, la OCG es uno de sus baluartes. Podemos dejarla morir -precipitar su caída a “orquesta de provincia”-, podemos parchear el problema pegando una patada a la deuda para los próximos diez años o nos lo podemos creer y buscar una solución.

Coinciden los músicos y el director, el italiano Andrea Marcon, en que la salida debe ser un acuerdo como el aprobado en Sevilla hace dos años para evitar la disolución de la Real Orquesta Sinfónica (ROSS): liquidar la deuda y poner el contador a cero. Desde el Ayuntamiento y desde la Consejería de Cultura hay sintonía -lo han asegurado públicamente esta misma semana- y “buena voluntad” para afrontar el desafío. ¿Pero habrá dinero para plasmarlo en el Consejo Rector que se celebrará a primeros de febrero?

En Sevilla no fue fácil. Los músicos llegaron a ir a la huelga y se tuvo que implicar toda la ciudad para presionar. La situación de la OCG es de quiebra técnica con una deuda cercana a los 1,2 millones que -no lo olvidemos- se ha originado por los recortes de las propias instituciones: 800.000 euros de ajuste (más del 40%) en la última década. A la plantilla se le redujo el salario y se le ha quitado una paga extra durante cuatro años seguidos. Si de verdad estamos en una fase de normalización económica -ahí está el ejemplo de la restitución de derechos en sanidad y educación-, la apuesta cultural no debería quedar relegada.

No será fácil en una ciudad al borde la intervención en la que el deporte de la oposición es tumbar cualquier iniciativa del equipo de gobierno. No será fácil en un país en el que cuatro de cada diez ciudadanos confiesan que no tienen el más mínimo interés por la cultura; que prefieren irse de fiesta antes que al teatro, a un concierto o a un museo. Y tampoco en un contexto fiscal y de políticas públicas de ninguneo a la cultura con una prometida ley de mecenazgo que nunca llega y con un IVA que sigue castigando el consumo cultural.

Ya sabemos que Montoro no está para rebajas pero al menos el debate debería volver a situarse en el foco público: en Francia más del 60% de los patrocinios son de pequeñas y medianas empresas. En Granada, y la situación es extrapolable, hay lo que hay, con las obras sociales de las cajas desaparecidas y con un puñado de empresas que llevan sobre sus espaldas la dinamización cultural sin apenas incentivos y cubriendo los amplios espacios que van dejando las instituciones públicas.

Estamos, sin embargo, en un contexto que podría animar al optimismo para la OCG: el precedente de Sevilla -allí sí se pudo y, aquí, la implicación de la (actual) Diputación debería ayudar- y el escenario electoral. La Granada de la Capitalidad Cultural necesita a su orquesta y la Junta necesita pacificar de cara a las próximas autonómicas -se adelanten o no- sin desatar otra tormenta como la sanitaria.

La experiencia podría ser clave, además, como fórmula para ensayar en otros proyectos culturales pendientes y, sobre todo, para dar contenido a la Capitalidad Cultural con propuestas que vayan más allá de la fiebre por la titulitis y de las celebraciones efímeras como ocurrió con el Milenio o la Universiada. Lleva razón Isidro Toro cuando se indigna por el nuevo “parche” que significará la reforma del Arqueológico y con la urgencia de contar con una política cultural con visión y con ambición: “No hay derecho a que las colecciones que tienen la Diputación, la UGR y el Ayuntamiento no estén al alcance de la ciudadanía”.

“Altura de miras”. El propio consejero lo pidió esta semana para el Centro Lorca con el acuerdo para la llegada del legado del poeta. Sí, pero no sólo para Lorca; no sólo para la Alhambra. Y, aunque no sean momentos tan históricos ni tan fotogénicos, con la responsabilidad de empezar tapando las muchas goteras que atenazan la Granada cultural.

La vía Montoro del 155

Magdalena Trillo | 14 de enero de 2018 a las 12:19

El sentido común y la política pocas veces discurren en sintonía. No voy a defender que un fugado de la justicia gobierne Cataluña desde Bruselas, pero sorprende escuchar la vehemencia con que se pronuncian desde Madrid quienes, de facto, ya están gobernando en la Generalitat y quienes lo harían -si pudieran- en las comunidades autónomas hostiles que no dejan de exigir la revisión del modelo de financiación, en los cientos de municipios y diputaciones (incluidos del PP) que se rebelan porque tienen superávit y no pueden invertir -el Gobierno antepone la suicida regla de gasto- y en esos 660 ayuntamientos que se empeñan en incumplir los ajustes de Hacienda.

Aunque, siendo honestos, decir que se gobierna es una exageración. Respiración asistida y un decadente reloj de arena donde ya se ha instalado el deadline electoral. Me refiero, por supuesto, a la segunda vuelta que desde el 21-D planea sobre Cataluña -la quiebra del bloque independentista y la inesperada reconversión de los artífices de la vía unilateral no parece dejar más salida al radicalismo separatista que volver a desafiar la legalidad- pero también a la incertidumbre a nivel nacional con un PP incapaz de gestionar cualquier circunstancia que se salga de la inercia -lo del temporal vía skype desde Sevilla nada tiene que envidiar a la vía plasma desde Bruselas- y, sobre todo, el escenario autonómico que en comunidades como Andalucía se sitúa ya en marzo del próximo año -si no se adelantan a otoño- y el tablero local con las municipales de mayo.

El informe de los servicios jurídicos del Gobierno, apoyado en fundamentos de la ley del Sector Público, del Estatut y del propio Parlament, no sólo sostienen la ilegalidad de la vía telemática y por delegación para la investidura de Puigdemont sino que también cuestionan que se pueda gobernar desde el extranjero. Todo muy claro y atado pero sólo hasta que se diga lo contrario con los artículos precisos de los reglamentos oportunos y acabemos, de nuevo, ante el Constitucional.

La bondad de esta vía, la que llevó a la aplicación del 155, ya la conocemos; tenemos sin embargo todo un terreno por explorar vía Montoro. La de la puerta de atrás. La economía se impone, de nuevo, y sin discrepancias de interpretación. La carta remitida esta semana a los ayuntamientos incumplidores es demoledora: el Ministerio se ha dirigido a 660 alcaldes para pedirles explicaciones. Se habían comprometido a hacer recortes, subir el IBI o eliminar bonificaciones y no lo han hecho. Era la contrapartida de la zanahoria de los fondos de liquidez que el Ejecutivo lleva aprobando desde 2012 -el año más negro de la crisis- dando patadas a la bola de la ruina municipal.

Cuatro folios con una cadencia de amenazas en alarmante crescendo: adiós a las líneas rojas de los servicios básicos y los despidos. Incluso se apunta las medidas más drásticas y coercitivas de la Ley de Estabilidad: la disolución de la corporación. Más ingresos o menos gastos; no hay margen. Y no son sólo palabras: en paralelo, también han remitido una carta a los interventores recordándoles que su “obligación” es exigir el cumplimiento de los objetivos presupuestarios y las normas de morosidad. Que sean “proactivos”.

Granada, una vez más, está en la lista negra. Es la herencia del PP pero es también la situación de “esquizofrenia política” que se ha instalado en la Plaza del Carmen. Es difícil encontrar una forma más lúcida de expresarlo: la operación Nazarí desencadenó el desalojo del equipo de Torres Hurtado y sentó al PP en la oposición con la mitad del grupo pendiente de los tribunales y otra mitad pendiente de qué hay de lo mío; los socialistas se encontraron con el bastón de mando en una de las etapas más ingratas, complejas y de bloqueo que ha podido vivir el Ayuntamiento de la capital; en Vamos Granada no son capaces ni de votar en pleno con un mismo criterio; Puentedura salva los muebles de IU como puede; y en Ciudadanos se unen a la ola de euforia de las encuestas sin mayor responsabilidad que la escuela gallega de dejar el tiempo pasar.

Hasta he llegado a pensar que no sería ninguna tragedia que (des)gobierne Montoro con su particular vía 155.

El legado de Lorca, quince años después

Magdalena Trillo | 24 de diciembre de 2017 a las 10:00

Granada Hoy nació un 14 de septiembre de 2003: con Ramón Ramos al frente, Grupo Joly avanzaba en su proyecto de expansión y vertebración regional con la puesta en marcha de una cabecera que se sumara a la oferta monocolor de la provincia. Sólo unos meses antes, José Torres Hurtado irrumpía en la Plaza del Carmen con una abrumadora mayoría absoluta que cerró el cuestionado gobierno tripartito del socialista José Moratalla y terminó poniendo los cimientos para más de una década de mandato de los populares.

En 2018, cuando Granada Hoy celebre su quince aniversario, podremos ser testigos del final de una de las noticias de más impacto que publicamos en aquellos primeros meses de ilusionante andadura. Miércoles 26 de noviembre: “Un gran consorcio traerá el legado de Lorca a Granada”. No fue fácil poner este titular. Ni convencer en la reunión de primera de que aquel era, sin duda, el tema del día.

Menos aún teniendo en cuenta el horizonte de sombras con que tuve que arrancar la información: “No hay fechas ni presupuestos comprometidos. Pero sí la voluntad política y el acuerdo unánime de todos los patronos de la Fundación García Lorca para trasladar el legado del poeta a Granada y construir un gran centro cultural en la Plaza de La Romanilla que se convierta en un referente de la ciudad”.

Había que creer; una cuestión de fe. Torres Hurtado no era el primer alcalde que ya en la España democrática, desde los años de Antonio Jara, había intentado la reconciliación. Y siempre sin éxito. Hace catorce años llegó el “acuerdo histórico” con los mismos intangibles que ahora: una parte de pragmatismo y de acierto y mucho de mano izquierda. No había pesadas mochilas detrás. Se negociaba desde cero, con posturas constructivas y en un clima de confianza.

Las zancadillas y las miradas de reojo llegarían después. Con la crisis, con los numerosos problemas que se cruzaron en la construcción del centro -desde el lío de la churrería colindante hasta el sobrecoste final- y, sobre todo, con el inesperado fraude que ha terminado sumándose a la cadena de despropósitos del proyecto lorquiano.

Si Torres Hurtado no hubiera caído arrastrado por un escándalo mucho mayor, la apisonadora del caso Nazarí, probablemente hoy estaríamos metidos en un duro proceso judicial para reclamar el legado. La relación entre Laura García-Lorca y el exconcejal de Cultura terminó saltando por los aires y se volaron todos los puentes entre el Ayuntamiento y la Fundación.

Si dejamos de lado hasta qué punto las instituciones habrán tenido que admitir “pulpo como animal de compañía” -se irá viendo cuando salga a la luz la letra pequeña del acuerdo-, hoy estamos ante en el mismo escenario de inflexión que se produjo en 2003: se ha puesto fecha a la llegada del legado porque así lo han hecho posible quienes hoy están al frente del Ayuntamiento, de la Junta y de la Diputación. Hablo del partido y de las personas.

La historia se repite justo al revés: el PP de José María Aznar sorprendió en su día con la inesperada foto en Moncloa que activaba el calendario para la llegada del legado y ahora son los socialistas quienes han sido capaces de tomar el relevo enterrando dos años de bloqueo y de duro conflicto con la familia del poeta. Salvo contratiempos mayúsculos, como la recurrente moción de censura con que amenaza el PP -la decisión de este viernes de tumbar las ordenanzas fiscales es un aviso-, será el actual alcalde quien gestione y rentabilice las fotos históricas que se sucederán a lo largo de los próximos meses. Así es la vida; así es la política. Es doloroso llegar (lo sabe Cuenca) pero más lo es el vacío de la ausencia (lo sabe García Montero).

A la espera de ver cómo se resuelve el desfalco del exsecretario Juan Tomás Martín, la Fundación Lorca podrá empezar a empaquetar el archivo en la Residencia de Estudiantes de Madrid y a quitar las telarañas en la cámara acorazada del Centro de la Romanilla. El final no está escrito pero sí decidido y, echando la vista atrás, creo que es justo reconocer que es mucho; muchísimo.

Clima electoral (pero en la Plaza del Carmen)

Magdalena Trillo | 29 de octubre de 2017 a las 19:02

1. Reprobación: acción de reprobar (dar por malo). 2. Vodevil: comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco.

No sólo Puigdemont es un artista de la confusión. Lo que se vivió el viernes en la Plaza del Carmen podríamos llevarlo a escena como un auténtico “vodevil de la reprobación” (Puentedura, una vez más, puso la nota lúcida del pleno) aunque donde realmente se sitúa es en la trastienda de la política: el reloj electoral ya está en marcha.

Ninguno de los movimientos, declaraciones, órdagos, presiones y amenazas (no siempre veladas) que se están produciendo delante de los micrófonos -y sobre todo entre bambalinas- pueden explicarse ya sin tener en cuenta el factor político estrictamente partidista.

El horizonte oficial son las municipales de mayo de 2019 pero hay un deadline previo más relevante: si el PP y Ciudadanos van a reeditar su alianza para presentar una moción de censura contra Paco Cuenca y provocar el tercer cambio de gobierno en la capital (acabaríamos con un alcalde por año), deben hacerlo antes del próximo mes de mayo. No es ningún capricho; es un condicionante legal el que impide recurrir a la moción en el último año de mandato.

Tienen, por tanto, seis meses para negociar aquí, pero también en Sevilla y en Madrid, y decidir si están dispuestos a cambiar la baraja meses antes de la carrera electoral. En el PP ya han encargado un sondeo para valorar si tendría más opciones Sebastián Pérez o Rocío Díaz, en el PSOE se está produciendo un sólido cierre de filas en torno a Paco Cuenca -su anuncio de presentarse a las primarias locales y el anuncio de Chema Rueda de no optar a un tercer mandato van en esta línea-, en Ciudadanos se encomiendan a Manuel Olivares conscientes de que el ‘factor Luis Salvador’ desestabilizará cualquier previsión -su inesperada presencia en el pleno del viernes no es casualidad-, desde Vamos Granada no dejan de sorprender con su capacidad para provocar escisiones donde apenas hay qué dividir y en IU, por mucho que pesen los desvelos de los históricos, bastante hacen con mantener las siglas.

La reprobación de Cuenca ha sido tan simbólica, e inútil en el sentido práctico, como la que sufrió en 2012 cuando estaba al frente de la oposición y el propio TSJA tumbó un año después advirtiendo que no se puede “instrumentalizar el pleno” para hacer un juicio político. Pero, aunque ha tenido mucho de postureo, también de tanteo y escenificación, el grupo socialista está solo.

Después de meses extenuantes de negociación, sólo ha sido capaz de sacar una batería de medidas para hacer frente a la ruina municipal cuando se ha acercado a los postulados del PP y ha logrado su abstención. Fue el pasado lunes. El Ayuntamiento ya tiene luz verde para aplicar un duro plan de ajuste -que a nadie gusta- y mañana mismo, por ejemplo, podrá empezar a pagar la mitad de la paga extra que aún debe a los funcionarios.

Pero poco más. La subida del IBI sigue siendo una línea roja para toda la oposición y los presupuestos de 2018, un futurible. Las 100 actuaciones que el alcalde expuso a los grupos para valorar sus 540 días de gestión quedaron en puro voluntarismo.

La realidad es tozuda: 8 concejales socialistas cada vez más alejados de quienes deberían ser sus aliados naturales en la izquierda (los 3 de Vamos y el concejal de IU) y con una pinza creciente en frente que no dejan de apretar los 11 del PP y los 4 de C’s. De momento, lo único que desafía la aritmética son los líos judiciales en los dos bandos. Y aquí también hay movimientos.

Por encima de la situación de Cuenca -parece previsible el archivo-, lo realmente relevante es la imputación de los 8 ediles del PP del gobierno de Torres Hurtado por el caso Serrallo. No es extraño que las presiones sean constantes y que el asunto haya llegado hasta Madrid: si Vox retira su acusación particular, y al margen del recorrido judicial, políticamente se abren nuevos escenarios.

Y es que en las campañas electorales importa cómo se termina, pero es clave cómo se empieza y, sobre todo, con qué relato. Justamente donde estamos ahora. Dónde y con quién. Donde estábamos el viernes cuando, teóricamente, se reprobaba al alcalde.

La preverdad de Paco Cuenca

Magdalena Trillo | 9 de julio de 2017 a las 11:28

La mayor capacidad de innovación que están demostrando los políticos -los viejos y los nuevos- poco tiene que ver con el pragmatismo, la capacidad de gestión, el liderazgo y hasta la visión que deberíamos exigir a quienes asumen el privilegio de ejercer el poder con el teórico pretexto de hacernos la vida un poco mejor. Dentro de los partidos, y poco importa el color, los juegos de intereses y las prácticas endogámicas se replican con la misma intensidad que la inercia y el inmovilismo se apropia de las instituciones. Es el conocido ‘todo cambia para que todo siga igual’. Pero en el fondo, no en las formas. No lo contamos igual. Son las palabras, los matices, los que terminan funcionando como espejo de los verdaderos cambios, esos que pasan desapercibidos entre lo políticamente correcto y lo estratégicamente medido. Es la innovación del lenguaje la que salta al diccionario certificando lo que ya supera lo anecdótico y lo provisional.

Términos como “tuitear” y “guasapear” sirven para identificar a toda una generación tanto como lo ha hecho ya la idea de “posverdad” para poner nombre a toda una era. Las palabras nos ayudan a ver, a entender, por lo que significan y por lo que sugieren, por lo que dicen y por lo que callan. La poética y la retórica, la literatura y la política, no están tan alejadas: en todos los casos jugamos con el lenguaje, lo estrujamos y lo situamos como columna vertebral para un fin determinado. Donald Trump no ha hecho más que poner un foco global sobre algo que ya se había convertido en normalidad: distorsionar la realidad para hacerla encajar con un determinado mensaje. Una mentira, una media verdad, ficción, realidad… Lo más característico de la posverdad es que redibuja el pasado -por eso recurrimos al “pos” para esa verdad que nunca fue-, casi como esa memoria interesada y esquiva que, sin el componente de la malicia, funciona como el photoshop en nuestros recuerdos cotidianos.

En paralelo a la posverdad, se está produciendo otra interesante innovación en política tremendamente contagiosa: la preverdad. El futuro, las expectativas de lo aún posible, nos da un margen extra para inventar. Desde los presupuestos que se construyen sobre cifras maquilladas hasta los “en diferido” que van saltando entre los casos de corrupción y los anuncios de independencia a pie de teatro.

No sé si los psicólogos sociales -justo esta semana Granada ha acogido el congreso internacional de la Asociación Europea- tendrán identificadas estas prácticas con algún término científico más apropiado ni hasta qué punto podríamos hablar en este caso de “trastorno” pero basta bucear en las informaciones periodísticas para comprobar que, en política, es una práctica tan asentada como la posverdad. O más, porque sobre lo que vamos a mentir aún no se ha producido. Me voy a un caso muy reciente y cercano: Paco Cuenca y su proyecto para soterrar el AVE. Anticipadamente pero con poco éxito, la Universidad de Granada le había advertido que no aceptará despojarse de los Paseíllos -de uno de los pocos pulmones verdes en el centro de la capital, para levantar torres con cerca de dos mil viviendas y financiar el proyecto-, desde la oposición lo ven como un “fuego de artificios” y las plataformas y empresarios se siguen debatiendo entre el “todo” y el “ya”.

Pero “hay consenso”. Y es “viable”. Eso asegura el alcalde evitando desvelar sus conversaciones con la rectora en las que no se había movido del “no es no”. Y lo hace con la misma vehemencia con que defendía el jueves un “diálogo”, “transparencia” y “normalidad” de gestión que sólo ve él. Granada recuperaba el Debate de la Ciudad cuatro años después para darse cuenta de que, salvo el pactado desalojo del PP del gobierno local por el caso Nazarí, todo sigue igual. Por inercia. Sin más horizonte que, como en los peores tiempos de Torres Hurtado, subir cada mañana las persianas de la ciudad.

Nada que rectificar

Magdalena Trillo | 11 de junio de 2017 a las 10:55

Lo que más me ha impresionado siempre del método científico es la normalidad con que los investigadores asumen errores y rectifican. Es más, cuanto más asentado esté el principio, la creencia o el hecho que se desmonta, mayor valor tiene el hallazgo. Desde el origen de la vida y la teoría del caos hasta la aparente insignificancia con que se va transformando nuestro día a día a golpe de invisibles reajustes, refutaciones y descubrimientos cotidianos. Unas veces son las ideas y otras la tecnología; pero en todos los casos es progreso; conocimiento; madurez. Refleja nuestra capacidad como seres humanos para aprender y evolucionar.

Una de las noticias de más impacto de esta semana se ha producido al otro lado del Estrecho: un equipo de antropólogos han sacado a la luz unos fósiles de homo sapiens en Marruecos que cambian la historia de nuestra especie: los huesos datan de hace 300.000 años, constatan que evolucionamos antes de lo que se pensaba y que lo hicimos a lo largo de toda el continente africano, que ya no podemos pensar (sólo) en Etiopía y hablar de una “cuna de la humanidad”.

Me podrían replicar que ‘contradecir’ a los muertos es relativamente fácil, que no es lo mismo refutar a un colega de la universidad de al lado, mucho menos enfrentarte a un lobby -como el que, por ejemplo, acaba de ponerse en marcha para rescatar el aceite de palma-, y hasta me podrían recordar las históricas guerras entre científicos que custodian las hemerotecas. Todo admisible y asumible si ascendemos a un planteamiento ligeramente superior: los humanos no estamos diseñados para corregir. La autocrítica es sinónimo de conflicto. De angustia. De debilidad.

Hace décadas que se estudia en el campo de las Ciencias Sociales. Allá por 1950, el psicólogo Leon Festinger ya propuso la teoría de la “disonancia cognitiva” cuando investigó a un grupo religioso que creía que un platillo volador los rescataría del apocalipsis el 20 de diciembre de 1954. No ocurrió pero tampoco hubo error alguno: Dios había decidido perdonarlos.

Les confieso que, sin este principio, soy incapaz de interpretar buena parte de las otras noticias -supuestamente importantes- que se han producido en los últimos días. A los dos años de la inauguración del Centro Lorca, la cámara acorazada de su legado sigue vacía. El ‘5 a las 5′ se celebró el lunes, con el mismo ritual de todos los años, y al edificio de la Romanilla no ha llegado ni un manojo de dibujos ni un discreto manuscrito. Pero no hay errores, equivocaciones ni responsabilidad; hay una explicación: ¿quién habló del 5 de junio? El anuncio no existió.

Como tampoco existirá la subida del IBI, porque el alcalde ya ha proclamado públicamente que el plan de saneamiento con que los socialistas quieren evitar la intervención de Hacienda “no toca el bolsillo de los granadinos”. Efectivamente, pocos de nosotros sacaremos el dinero de la faltriquera (probablemente nos lo cargarán en la cuenta bancaria) cuando dentro de un año paguemos las facturas con un 4% más de castigo por la herencia recibida del PP -ahora se llama “herida”-, cuando al ejercicio siguiente sigamos socializando las pérdidas asumiendo otro 4% y así hasta en tres ocasiones. Como mínimo.

El precio del autobús no iba a subir hasta que subió -empezando por los 20 centimillos extra del transporte del Corpus- y no resultaría aventurado jugar a los futuribles hasta que entre todos nos convenzamos de que la ruina económica tampoco existió (la de ellos, por puesto, no la nuestra).

Lo más valioso de la disonancia cognitiva es que no entiende de fronteras, de banderas ni de colores. La podemos aplicar en la Plaza del Carmen con la misma contundencia que si damos un paseo hasta La Normal: después de 14 años, en pleno escándalo por la indemnización millonaria al promotor del Nevada, la Junta cesa a la jefa del gabinete jurídico alegando “razones funcionales de organización” -no es ningún “castigo” porque haya habido errores en la gestión del contencioso- y asciende al letrado que llevaba el caso y no fue a la polémica vista de hace un año en la que se fijó la cuantía de la multa -pero no es ningún “premio”, es que tenía el mejor perfil-.

Tan efectiva como si decidimos viajar a Barcelona, Madrid o Londres para analizar el procés catalán, la amnistía fiscal de Montoro o la deriva de Theresa May. No hay errores ni contradicciones. Nadie firma la pregunta del desafío independentista para la creación de la “República” catalana -es puro teatro-, nada importa de una sentencia si no tiene consecuencias palpables -ninguno de los Pujol, Rato, Bárcenas, Granados o Granados que se beneficiaron del indulto del Gobierno tendrán que devolver un euro- y pocas explicaciones hay que pedir a los conservadores británicos sobre unos recortes en seguridad que nunca existieron.

Es menos estresante cambiar los hechos que aceptarlos. Especialmente, si seguimos las evidencias de estudios posteriores demostrando “el aumento del poder y el control personal” que sentimos los humanos cuando nos negamos a rectificar. Nos envalentona. Nos hace fuertes. Advierten los psicólogos -les recomiendo el artículo del New York Times “¿Por qué nos cuesta reconocer los errores?”- que es un efecto a corto plazo; que lo realmente humano es la honestidad y la humildad; que ser obstinado al final muestra a los demás una profunda debilidad del carácter… Pero todo esto es en el mañana, no en el hoy.

Si les suscita alguna duda lo expuesto hasta aquí, piensen en Donald Trump. Es el paradigma. De la disonancia cognitiva y de ese profundo trastorno narcisista de la personalidad que hace unas semanas le diagnosticaron unos investigadores de la Universidad de Granada. No hacía falta un estudio científico. Ni para Donald Trump, ni para el resto de personajes que hilvanan este artículo ni para los muchos que podrían aparecer.