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El mundo de ayer

Magdalena Trillo | 3 de junio de 2018 a las 10:00

Cuando Pedro Sánchez vino a Granada Hoy casi no había excusa para una entrevista: era diputado del PSOE en el Congreso, ni siquiera había decidido presentarse a las primarias -Pérez Tapias ya había dado el paso- y en su discurso se conjugaba con igual fluidez el respeto a los grandes referentes de su partido -de Felipe González y Alfonso Guerra a Ernest Lluch y Javier Solana- con una entusiasta admiración al modo cercano de hacer política y al sólido liderazgo que Susana Díaz había logrado forjar en Andalucía -parecía sincero- y una férrea convicción de que el futuro del socialismo tenía que venir de abajo, de la regeneración y el cambio que debía impulsar la cantera.

Fue en junio de 2014. Hace justo cuatro años. Me lo presentó Jesús Quero sin que ninguno atisbáramos entonces ni la travesía del desierto que a Pedro Sánchez le tocaría vivir dentro de su partido ni el tsunami que iba a azotar todo el sistema político español: desde el naufragio del bipartidismo hasta la fractura territorial con la ofensiva de los catalanes pasando por la abdicación del Rey. Entonces el debate era si sería bueno crear una ley orgánica que permitiera al Rey Juan Carlos dar un paso atrás… La preocupación era la crisis y la incipiente precarización del mercado laboral… El desafío era que la gente viera el PSOE como “una alternativa real a las políticas del PP”.

Lo que más me ha sorprendido de la entrevista es que hoy podríamos publicarla y tendría actualidad. Ese Pedro Sánchez que se ha especializado en renacer una y otra vez de sus cenizas no ha cambiado de discurso. Quienes le siguen (y han creído en él incluso cuando no estaba de moda) destacarían su coherencia, su infinita paciencia y su capacidad de resistencia; quienes no se tomarían con él ni un café no verían más que vacuidad y frivolidad. Ciertamente, lo más importante en política, en la vida, son las expectativas. Todo es movedizo sin un horizonte de partida y de llegada. Sin un contexto y unas coordenadas que nos ayuden a entender y a relativizar. A los personajes y a los acontecimientos.

¿España hoy está mejor que ayer? ¿Lo estará mañana? ¿Salimos de las tinieblas o nos precipitamos al abismo? Podemos elegir. Solo necesitamos un contexto (la pregunta clave sería respecto a qué) y unas expectativas (para qué). Y en este punto todo se nubla y se vuelve relativo.

Con una enorme preocupación por la incertidumbre y la inestabilidad que abre un cambio tan abrupto de Gobierno, un buen amigo me recordaba esta semana las lecciones de Stefan Zweig en El mundo de ayer. Temía que el desafío independentista conduzca a España a un proceso de balcanización y, tal vez pensando en los nulos referentes de hoy, me recordaba que Roma fue grande gracias a los viejos; no a las urgencias de los jóvenes. Era el César quien la hacía grande, pero era la sapiencia del Senado quien acababa manteniendo el imperio cuando saltaba la semilla de la destrucción que lleva aparejada el ímpetu, la vanidad y la ambición de la juventud.

Lo realmente diferencial y sintomático del escenario actual es que El mundo de ayer de Stefan Zweig, que fue capaz de retratar con serenidad la convulsión y los desvaríos de la Europa del siglo XX, hoy se sucede en cuestión de horas. ¡Si ni los más pedristas creían el viernes que la moción de censura iba a prosperar!

Son tiempos complejos, extraños y caprichosos. Pero si somos capaces de abstraernos del fatalismo ibérico y de la urgencia de la inmediatez, tal vez podamos aferrarnos a esa misma incertidumbre que nos quema para darnos una oportunidad. No digo ya al nuevo gobierno, me refiero a nosotros mismos permitiéndonos el lujo de ser (excepcional y comedidamente) optimistas. Lo dijo el propio Rajoy antes de abandonar el hemiciclo y desearle “suerte” a su sucesor en La Moncloa: egoístamente, es a España a quien le interesa que funcione y, sobre todo, que no se estrelle…

Maldita hemeroteca: ¿Más tijera o más impuestos?

Magdalena Trillo | 12 de junio de 2016 a las 10:23

No sólo la crisis nos ha obligado a reciclarnos con cursos avanzados de economía aplicada; también la política. No le prestábamos atención cuando había dinero para invertir, cuando no lastraban los números rojos la gestión y cuando el debate presupuestario se centraba en la discusión -con un inevitable trasfondo electoral- sobre el destino de las partidas. A qué barrios se premia y castiga, a qué comunidades autónomas, a qué colectivos…

Ahora no cuadran las cuentas. Después de ocho años de duros recortes, la aprobación de unos presupuestos que permitan apuntalar la supuesta recuperación se está convirtiendo en una misión imposible en los ayuntamientos que más han soportado la caída de ingresos -y cargan con una insostenible mochila de deuda millonaria con bancos y con proveedores- y en una excusa perfecta para desmontar los quebradizos gobiernos que se han conformado en el último año tras la irrupción de los partidos emergentes, la pérdida de la tranquilidad de las mayorías absolutas y el debilitamiento del bipartidismo.

Cataluña, con el plante de los radicales de la CUP y una moción de confianza contra el presidente Puigdemont a la vuelta del verano, es un ejemplo contundente del fracaso que suponen las huidas hacia adelante. En estos momentos, el horizonte es celebrar otra vez elecciones -ya casi vamos al ritmo de unas por año- y asumir que la inmolación de Artur Mas para favorecer el gobierno de Junts pel Sí para la desconexión con España no ha servido de nada. Otra legislatura fallida. De nuevo la constatación de lo efímero que es someter un gobierno a un partido antisistema, anticapitalista y antieuropeo que decide en reuniones asamblearias.

El diseño de un presupuesto no es un formalismo menor; es el esqueleto de la acción de gobierno. Las tablas excell de ingresos y gastos no son (sólo) economía, son el instrumento para hacer política. Y tampoco en Granada hemos conseguido aprobarlo este año. Antes de ser desalojado del gobierno de la capital tras el escándalo del caso Nazarí, el equipo de Torres Hurtado consiguió dar luz verde a las ordenanzas fiscales pero la pretensión de subir un 10% el IBI frenó en seco la negociación con la oposición. La izquierda municipal no iba a permitir aumentar la presión fiscal sobre los ciudadanos. Tampoco sus ‘socios’ -ahora adversarios y quién sabe qué después del 26-J- de Ciudadanos.

Un mes después de que el PSOE haya tomado la Plaza del Carmen, lo que planea en el debate local es una subida del 20%. ¿El “plan oculto” de los socialistas para sanear las cuentas? ¿Una intoxicación tendenciosa del PP en plena campaña electoral? En cualquier caso, una absoluta contradicción. A diferencia de la política de declaraciones -subjetiva, difícilmente contrastable y en muchos casos imposible de verificar-, lo bueno de esta parte de la gestión pública es que siempre termina en hechos. En realidades. Y una insorteable es que no hay más recorrido para cuadrar las cuentas -las de cualquier casa; las de cualquier país- que controlar ingresos y gastos. Es decir, que sólo podemos hacer frente a los agujeros y a los imprevistos de dos maneras: ajustándonos el cinturón o ganando más. Tijeras o ingresos extra.

Si la situación económica del Ayuntamiento es como la está pintando el equipo socialista -en el “precipicio”, a un paso de la “intervención”-, parece evidente que los próximos meses seremos testigos de durísimos titulares. El PP sospecha que lo que está haciendo el equipo de Paco Cuenca es preparar el terreno para aprobar una fuerte subida de impuestos con la excusa de la herencia recibida y la mala gestión del PP. Esta misma semana los ha acusado de “alarmistas” y ha puesto sobre la mesa la impopular medida del aumento del IBI.

El PSOE tiene ahora la “responsabilidad” que exigía hace unos meses al PP de presentar un proyecto de presupuestos y en su mano está también la decisión de ir por el camino fácil de la subida de impuestos o el correoso de lograr más ingresos renegociando con las empresas públicas, reduciendo gastos de funcionamiento, mejorando la eficiencia de los servicios, abriendo “innovadoras” vías para recaudar más y gestionar mejor… Ellos mismos le dieron las recetas al PP cuando estaban en la bancada de la oposición.

Es economía, es política y es coste electoral. Tal vez irreparable si hablamos de volver a tocar el bolsillo de los ciudadanos después de pasar años exigiendo lo contrario. Siempre estará la coartada de la “herencia recibida” pero también la maldita hemeroteca.

No son unas elecciones de trámite

Magdalena Trillo | 22 de marzo de 2015 a las 12:11

Circula en Youtube un vídeo del juez Calatayud sobre la tiranía de los jóvenes con sus padres más inquietante que cualquier película de Hitchcock. Una imagen doméstica ilustra las contradicciones y el peligroso camino de complejos y sometimiento al que nos ha llevado la implacable sociedad de consumo actual: ¿tiene su hijo mejor móvil que usted?

El mundo de los móviles merecería más de una tesis. A mí me interesa hoy por lo que tiene que ver con la política. Piénselo. A un vendedor de móviles le pedimos lo mismo que a un político: que nos trate con respeto, que no nos engañe y que me mire por nuestros intereses por encima de los corporativos. Sitúe aquí la palabra empresa o la palabra partido. No recuerdo cuántos años llevo con móvil pero nunca hasta ahora había encontrado a ese vendedor ideal. Lo descubrí ayer. Fui a cambiar de modelo consciente de que me volverían a engañar y salí de la tienda, tras soportar más de cuarenta minutos de espera, sin aparato pero contenta. Me explicaron, me orientaron, se pusieron en mi lugar y me ayudaron a tomar la mejor decisión.

Hoy estamos llamados a votar 6,5 millones de andaluces en una jornada histórica. Por lo que supone para nuestra comunidad y por lo que representará para el resto de España. Por muchos matices que apliquemos al extrapolar los resultados, será la mejor fotografía del estado de ánimo de los ciudadanos sobre el funcionamiento de nuestro sistema democrático.

Después de tres décadas entregados al tripartidismo, cinco partidos tienen opciones serias de entrar en el Parlamento andaluz. No es sólo un duelo entre viejos y nuevos, entre los tradicionales y los emergentes. Lo que hoy vamos a decidir en Andalucía es si le damos una nueva oportunidad a la política. Son las primeras elecciones realmente decisivas que se convocan tras el tsunami de desencanto y desafección que ha provocado la nefasta gestión de la crisis y los escándalos de corrupción. Y lo que hoy decidamos en el Sur marcará un punto de inflexión para el sistema de partidos de cara a la convocatoria de las locales de mayo y de las generales de noviembre.

Su voto decidirá hoy si la marca Susana está por encima de la del partido -si la ola susanista es tan potente como se ha visto estos días en las calles-, si el PP merece una oportunidad -se pueden criticar los 33 años del PSOE pero no sin preguntar qué han hecho ellos en este tiempo para dejar la oposición-, si IU está realmente en fase de desintegración y si los nuevos de Podemos y Ciudadanos cumplirán las expectativas de los sondeos.

Son los 109 diputados que ocuparán sus escaños en el Hospital de las Cinco Llagas pero es también el inicio de la transformación del arco político español y es, sobre todo, una prueba de fuego para la estabilidad y la gobernabilidad. No son unas elecciones de trámite. Y de ello da buena fe el desembarco de líderes nacionales que hemos vivido en las últimas dos semanas. Susana Díaz es la dirigente andaluza que ha asumido una responsabilidad más directa en estos comicios. En frente ha tenido a Rajoy, pero también a Alberto Garzón y Julio Anguita, a Pablo Iglesias, a Albert Rivera y a Rosa Díez. La mejor muestra de ello es una simple pregunta: ¿sabe el nombre de sus candidatos?

La solución del primer sudoku electoral de 2015 llegará a partir de las ocho de la tarde cuando cierren los colegios y hayamos llenados las urnas de votos. Para unos será de esperanza y reafirmación, para otros de desencanto y de castigo y para muchos, un cheque de oportunidad cargado de escepticismo que se revisará en mayo y en noviembre.

Unos hablan del voto útil, otros nos alertan sobre el peligro de que “tiremos” nuestro voto y muchos sitúan a los indecisos como los protagonistas de la jornada. Pero todos serán votos útiles por cuanto hablan de la solidez de nuestra democracia y de la normalidad y libertad con que hoy decidiremos el presente y el futuro de Andalucía.

Si hay un mensaje que ha calado en estas dos semanas es que no son unas elecciones cualquiera. Que la responsabilidad que pedimos a los políticos es hoy nuestra: ir a votar.

#22M, el principio

Magdalena Trillo | 22 de mayo de 2011 a las 10:03

Para los que hemos nacido en Democracia hacerte mayor significaba dos cosas: ir a votar y sacarte el carné de conducir. Si eras chica había algo casi tan trascendente: ponerte tacones, un poco de rímel en las pestañas y, con suerte, los labios rojo bermellón. No he fallado en toda mi a vida a una cita con las urnas. Con más o menos entusiasmo, con más o menos hastío. Hasta hace una semana, el 22M no iba a ser una excepción.

Pero hoy, aún tengo la papeleta en el bolso. He pensado abstenerme, dejar el sobre en blanco, ejercer el voto nulo, útil, de castigo… ¿Alguien no está de acuerdo con lo que claman miles de personas (normales y corrientes) en las plazas de toda España? Más democracia. Listas abiertas. Democracia real. Ya. No al engaño del bipartidismo. No a quienes salvan a los bancos y roban a los pobres. No más corrupción. No más mentiras. No más manipulación.

¿Quién no está cabreado? ¿Indignado? ¿Quién no quiere despertar? Salir a la calle, difundir la causa, apartarse del rebaño, gritar ¡basta! Yo no viví el mayo del 68, pero el sonido de las cacerolas no ha de ser muy diferente. Más sincero y convincente que los esfuerzos de los sociólogos por diseccionar el #15M con el mismo desconcierto que los medios tratamos de explicar lo que ocurre en calles y plazas. Con el mismo despiste con que los analistas políticos intentan inferir su impacto en los comicios de hoy. Con el mismo descoloque con que los partidos buscan el modo de aprovecharse de la causa para sumar votos o procurar que no les salpique para no agrandar demasiado la debacle…

Tal vez no haya una solución única e inmediata, pero sí un camino para pedir que empiecen a cambiar las cosas. ¿Cómo es posible que en un pueblo el cambio se llame PP y justo en el pueblo de al lado la solución sea el PSOE para los mismos problemas? Repaso los programas electorales y el resultado es rotundo: casi es mejor ir a votar sin reflexionar. Votar visceralmente y no desde el sentido común. Votar como nos han educado: sin hacer demasiadas preguntas, como borregos. La grandeza del capitalismo que convierte los valores en intereses; las ideas, en mercancía. ¿Recuerdan las teorías de Marx?

Llevo una semana perdida entre cientos de des-informaciones y trasnochados análisis de tertulianos que nada tienen que ver con la espontaneidad de la calle y el sentido común que circula en la Red. Parecen dos mundos distintos. Me refiero al de la gente (jóvenes y no jóvenes) y al de los políticos; al de los ciudadanos (internautas o no) y al de nosotros mismos, los periodistas, que intentamos informar con las rutinas de hace un siglo y los prejuicios de siempre.

Unos pontifican; otros debaten y piensan. Unos dan recetas; otros tal vez sueñen pero se mueven. Hay quienes los tildan de antisistema y perroflautas, hay quienes los llaman pijos rojos y no son pocos los que ven intereses ocultos y conspiraciones para reventar el 22-M. Lo cierto es que es difícil no compartir muchas de sus reivindicaciones. Hagámoslo. Pero desde dentro. Desde el sistema. No estamos en Túnez ni en Egipto. Nuestra democracia es joven y mejorable pero es democracia. Deficiente, pero válida. No pongamos la alfombra roja a los populismos ni demos oxígeno a las corrientes neofascistas.

Hoy, no perdamos de perspectiva que es el turno de nuestros alcaldes, de nuestros vecinos. Debemos elegir a quienes gobernarán nuestro pueblo y nuestra ciudad los próximos cuatro años. Démosle una oportunidad. Olvídense de leyes, siglas y banderas. Elijan al más honrado y confíenle su voto.

Mañana, tal vez los partidos no estén a la altura; sigamos entonces los consejos de Groucho e inventemos otros… Cambiemos las reglas del juego y busquemos líderes que no dejen las protestas de miles de indignados en una semana de portadas de periódico. Construyamos otro modelo y levantemos los ladrillos de nuestra democracia real. El Movimiento 15M no acaba aquí. Hoy es sólo el principio. No dejemos que sea una utopía. Empecemos yendo a votar.