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Nuestra carrera es la del acelerador

Magdalena Trillo | 26 de noviembre de 2017 a las 13:29

La carrera por la Agencia Europea del Medicamento no era la nuestra y, como se ha visto, tampoco la de Barcelona. Los motivos son diferentes: en el caso de Granada no ha habido una apuesta firme ni política ni institucional más allá del marketing mediático de situarse en la línea de salida -hasta los diputados del PSOE en Madrid apoyaron a Barcelona- y los criterios estratégicos la situaban ya muy por debajo de la opción catalana y sin posibilidades competitivas frente a otros destinos como Ámsterdam o Milán.

¿De verdad estábamos proponiendo ubicar el codiciado organismo en una provincia que lleva más de dos años de aislamiento y que no deja de ver cómo se esfuman congresos internacionales por el bloqueo de las comunicaciones? La casa no estaba en orden para competir.

Técnicamente, Barcelona era la opción. Políticamente era un suicidio. La EMA es uno de los polos de innovación farmacéutica mundial, emplea a 900 profesionales altamente cualificados y mueve a 36.000 visitantes al año. ¿De verdad quería defender España un destino inestable y en profunda crisis, con la carta de presentación de las imágenes del 1-0 y con sus principales empresas y bancos a la fuga, para albergar una institución que buscaba refugio europeo tras el Brexit? Para responder no hay más que recurrir al sentido común.

La carrera de Granada está en el acelerador. El proyecto tiene un nombre casi impronunciable (IFMIF-Dones) y una complejidad científica que no ayudan a venderlo ni mediática ni socialmente, pero se trata de la iniciativa de más recorrido e impacto que se ha situado en la órbita de Granada en las últimas décadas y, también, la que más capacidad de transformación puede tener.

La inversión inicial para el acelerador de partículas se cifra en 400 millones (Gobierno y Junta aportarían 200 y los restantes la UE), crearía más de 9.000 empleos al año y tendría una repercusión en el PIB provincial de 221 millones sólo en la etapa de construcción.

Una pequeña-gran revolución. Si Granada se impone a Croacia cuando la agencia europea Fusion for Energy tome la decisión a comienzos de 2018, se abrirá un horizonte de dos años para definir el proyecto de ejecución, entre 8 y 10 para construir la instalación y 40 prorrogables de explotación.

El complejo de Escúzar se convertiría en un referente europeo, en un laboratorio mundial, para generar nuevas fuentes de energía y avanzar en campos como la tecnología electrónica, la exploración espacial o la medicina. Vendría a ser una suerte de Darmstadt a la española. La pequeña ciudad al sur de Frankfurt alberga desde los años 80 la Agencia Espacial de Operación, la Organización Europea para la Explotación de Satélites y el acelerador de partículas GSI/FAIR.

Proyectos que hacen de imán para nuevos proyectos; empresas que se convierten en polo de atracción; puestos de trabajo que multiplican el empleo. Es la cadena del desarrollo. El tangible. El real. El que poco tiene que ver con el simbolismo de los títulos. César Prados, uno de los ingenieros que trabajan en el acelerador alemán, lo explicaba hace un año con convicción evocando las palabras de su casera: “Con vuestra llegada, la ciudad ha vuelto a recuperar el brillo cultural e intelectual que tenía antes de la guerra”.

Lo más positivo, lo realmente esperanzador del proyecto DONES, es el silencio y la discreción con que camina. Sin sobreactuaciones ni fuegos de artificios. Con lealtad institucional y con cierre de filas entre el empresariado y las administraciones. En el contexto de la Universidad, esta semana ya se ha puesto en marcha una oficina técnica para gestionar los fondos europeos y la propia presidenta de la Junta, Susana Díaz, lo ha situado como proyecto estratégico andaluz en los encuentros que ha mantenido en Bruselas.

Hemos tenido que perseguir la noticia… No es lo habitual en los actuales tiempos de máxima exposición. Pero los focos no son siempre los mejores aliados; no para los temas sensibles de negociación y no para las carreras que de verdad se van a disputar. Confiemos en que sea una señal de que se está trabajando en firme; de que el proyecto DONES sí se puede conseguir.

Fake News: de la mentira al deseo

Magdalena Trillo | 27 de noviembre de 2016 a las 12:08

Los teóricos de la Comunicación lo diagnosticaron hace décadas: creemos lo que queremos creer. Buscamos la forma de relacionarnos con quienes reafirman nuestra forma de pensar y de ver la vida y huimos del conflicto intelectual -porque desgasta, estresa, debilita- como no lo hacemos del enfrentamiento físico… Saber cómo se forma la opinión pública, cómo se construyen esas corrientes de pensamiento que acaban teniendo resultados tangibles en forma de (imprevisibles) resultados electorales, encontrar el modo de influir en esos climas de motivación que ponen y quitan gobiernos, que crean tendencias y las entierran, que te convierten en un héroe o te destruyen es un viejo objeto de estudio del ámbito académico que el desconcertante Mundo Digital ha transmutado en un verdadero quebradero de cabeza para todos. En la esfera pública y en la privada. A nivel cotidiano y profesional.

¿Cómo ha ganado Donald Trump? ¿Por qué funcionaron las mentiras del Brexit? ¿Qué ocurrió en el referéndum de Colombia? No tenemos que irnos tan lejos para sentirnos aturdidos y confusos: ¿Qué está pasando con la sanidad granadina? ¿Cómo después de cuatro años de intenso trabajo para consensuar un plan de reorganización hospitalaria, de repente, es todo un desconcertante caos? ¿Después de una inversión millonaria en equipamientos tenemos peores infraestructuras sanitarias? ¿La asistencia ha dejado de ser buena de un día para otro? ¿Es verdad que las aseguradoras y la sanidad privada están aprovechando para vivir su pequeña burbuja de éxito?

Unos hablan de recortes, de fallos y de ataque a la sanidad pública y otros deslizan la larga sombra de los intereses corporativos y la pérdida de privilegios. A diferencia del alcalde de Granada, que un día se coloca la camiseta de los manifestantes y a la mañana siguiente se apunta al discurso de la Junta, es más que evidente que no se puede estar en los dos bandos; no al cien por cien y no en primera línea. Porque es un tema demasiado sensible para ponerse de perfil -para entonar el ‘ni sí ni no ni todo lo contrario’-, porque la respuesta nunca será categórica -para eso es nuestra opinión- y porque tan legítimo resulta posicionarse en la parte baja del pantone de grises como en la alta.

En todo caso, la indefinición de Paco Cuenca -ese intento de quedar bien con todos aun cuando representan posiciones enfrentadas- resulta casi una anécdota en un tema de calado y complejidad como éste. Lo que realmente debería alarmar es la pasividad y la incapacidad con que la Administración, no sólo la sanitaria, está afrontando el nuevo escenario de juego que han impuesto las redes sociales. No voy a caer en la fácil simplificación de clamar “¡es la comunicación estúpido!”, pero empecemos admitiendo que hay un tremendo problema de explicación y de comunicación.

No puede circular un bulo en las redes sociales y que la Junta, lenta, ineficaz y sometida a la tiranía del centralismo sevillano, tarde tres días en reaccionar; porque lo que era un conato se habrá convertido en todo un incendio. No se puede celebrar una reunión de cinco horas para buscar puntos de encuentro y que no haya nadie esa misma noche en la parte oficial intentado colocar su mensaje; porque al día siguiente, la aséptica y protocolaria nota de prensa no tendrá más destino que la papelera digital. No se pueden anunciar medidas para mejorar las disfunciones detectadas tras la apertura del nuevo Hospital del PTS y que luego no haya manera de saber cuáles son. Porque el miedo a informar se convierte en parálisis y se da la razón a quienes denuncian el “oscurantismo” de la Administración.

A los medios de comunicación, especialmente a la prensa, nos pasó en los 90. Llegó internet y miramos para otro lado. Lo subestimamos; pasaría como una moda o nos reinventaríamos como ya hicimos cuando llegó la radio y la televisión. Las consecuencias las vivimos hoy: batallando a diario contra los gigantes de internet para defender nuestro papel en la gestión de la información y viéndonos obligados a demostrar, a diario y ante nuestras propias audiencias, que no todo vale, que no cualquiera es periodista, que no todo es verdad porque alguien lo publique y que no siempre las noticias que deseamos leer se corresponden con la realidad.

Lo llaman fake news; falsas noticias. En el ámbito audiovisual hay toda una tradición que se llegó a desarrollar incluso como un género específico: el “falso documental”, el mockumentary. ¿Recuerdan la polémica que se montó con el provocador programa de Jordi Evole sobre el 23-F? En estos casos se juega con la ficción y la realidad; en las fake news damos un paso más para convertir una mentira en verdad y expandirla a escala planetaria como una auténtica corriente de opinión.

¿Es mentira la crisis sanitaria? En absoluto. Si fuese un bulo que la sanidad granadina tiene problemas, y graves, no habríamos visto hace un mes a más de 40.000 personas en las calles defendiendo un sistema público de calidad como lo volveremos a ver hoy exigiendo “dos hospitales completos”. Otra cuestión distinta es diagnosticar hasta qué punto está enferma y determinar cuál es la hoja de ruta para hallar una salida. Pero no caigamos en la dicotomía de lo blanco y lo negro. Definamos, decidamos, qué son los dos hospitales completos y negociémoslos. Siendo conscientes de que se ha diluido el control del mensaje, que se han transmutado la reglas del juego, que hay nuevos e incontrolables actores y que son otros quienes marcan los tiempos. No es un escenario amable para negociar pero es el que hay. Y a todos nos interesa que se asuma cuanto antes y que haya resultados. Las fake news, ese peligroso concepto de la posverdad, ya circula solo.

Política con control remoto

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2016 a las 11:08

Un clásico en la programación televisiva es contar con las mentiras sistemáticas de los espectadores cuando se les pregunta por las preferencias de consumo. Como en política, no lo revelan las encuestas pero termina descubriéndose con cada click que activa el mando a distancia: vemos más telebasura de la que nos atrevemos a reconocer y menos documentales de La 2 de los que socialmente hemos decidido que es deseable. La realidad última es una espiral sin salida que la industria aprovecha a conveniencia: cuando interesa se responde a lo que “quieren” las audiencias y, cuando no, se apela a la necesidad de “educar” contraprogramando. De contradecir el share. De arriesgar. De tener siempre coartadas para explicar los fracasos. Y poco difiere si es ficción o realidad. Si ocurre en la televisión, en la cuarta pantalla o en las urnas.

La paradoja de la sociedad hiperinformada de hoy es una pescadilla similar: decimos una cosa y hacemos otra. Lo vemos a diario en los discursos de los políticos, se traslada como un espejo en los trending topic que construimos en las redes sociales y nos da una bofetada cada vez que nos enfrentamos al dictamen final. Fue el ‘Brexit’ y la victoria de Trump como candidato republicano a la Casa Blanca, acaba de ser el ‘no’ a los acuerdos de paz en Colombia, son las victorias xenófobas y populistas en la civilizada Europa y lo ha sido en el último año cada cita electoral que hemos afrontado en España absolutamente distorsionada por la sobredosis de sondeos inyectados en la sociedad.

No comparto la tesis de la ignorancia y de la desinformación. No totalmente. El problema de fondo también es la simplificación con que intentamos responder a situaciones extremadamente complejas que no caben en 140 caracteres. Manipulación ha habido siempre -ahí está ‘Ciudadano Kane’ con la Guerra de Cuba para recordárnoslo- y periodismo partidista también. ¿Qué ha cambiado hoy? Tal vez debamos empezar a estudiar cómo la Sociedad en Red ha globalizado, extendido e infiltrado el juego protector del engaño. Por una inclinación natural a huir del conflicto y reforzar nuestros posicionamientos seleccionando interesadamente qué información consumir y desechar, a quién creer y a quién desacreditar, y por una razón de pura supervivencia emocional. Con la enferma excepción de que subyazca una motivación patológica, ¿vería una tertulia política de 13 TV un militante de la izquierda anticapitalista? ¿Se iría usted de cervezas con el vecino del sexto con quien no soporta ni hablar del tiempo en el ascensor? Nunca hasta ahora hemos ingerido tanta información pero tampoco con tal capacidad de filtro. De elección. De decisión.

Para explicar el fracaso del plebiscito en Colombia, los gurús del día después se mueven estos días entre la ignorancia de los votantes, la burda intoxicación y un trasfondo de guerra de poder entre el anterior presidente y promotor del ‘no’ -Álvaro Uribe- con el actual mandatario y responsable de los cuatro años de negociación con las FARC en La Habana -el mismo Juan Manuel Santos que ha conseguido en los despachos de la Academia del Nobel lo que le ha negado su pueblo-. Es la tesis de la desinformación. Pero nos olvidamos de una tercera pata: la lectura superficial que hemos realizado desde el prejuicio de creer saberlo todo.

A la espera de saber qué votarán los americanos el 8 de noviembre, de ser incapaz de asegurar que lo catalanes dirán no a la independencia dentro de un año, sólo por humildad deberíamos reconocer que ya no hay pedestales infalibles desde los que controlar la información y ser conscientes que los actuales profetas de la opinión pública no aciertan más que los adivinos, pitonisas y chamanes que a lo largo de la historia han formado parte de las estructuras del poder. Casi tanto como la religión.

Se preguntaba una periodista esta semana si los likes y dislikes en Facebook están sustituyendo a los votos en las urnas y, lamentando la creciente desafección ciudadana hacia la esfera pública, recordaba las teorías sobre cómo la telaraña vital y social actual ha cambiado el conocimiento vertical, profundo y especializado por uno horizontal de dispersión intelectual y de falta de concentración. Sugerente. Pero si no caemos en el maniqueísmo de buenos y malos. De blanco y negro. Mientras los avances científicos no me contradigan, al final somos cada uno de nosotros los que pulsamos el mando a distancia. Los que cogemos una papeleta y la metemos en la urna.