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Las costuras de Cuba (I)

Magdalena Trillo | 12 de abril de 2015 a las 10:30

Desde el Malecón habanero le siguen gritando a los “señores imperialistas” que no les tienen “absolutamente ningún miedo”. Desde Washington, el deshielo anunciado todavía no se ve en las tiendas, tampoco en gasolineras y mucho menos en las pantallas de los móviles.

En Cuba todo es complejo. Imprevisible. El será es un puede y el es, un tal vez. Ya he aprendido que lo único seguro es que todo es inseguro. El futuro aquí se escribe en condicional pero no encuentro la crispación, los miedos y la frustración del retrato en negro que nos llega a España envuelto en resentimiento. Hay problemas, muchos. Hay pobreza, como en cualquiera de nuestras ciudades. Hay desafíos, todos. Pero ni siquiera es un país de grises, es un país radiante de colores intensos. De esperanzas y de oportunidades. Es un país extremadamente tranquilo, alegre y hospitalario, con una capacidad infinita de autocrítica y una inesperada facilidad para reírse de sí mismo. Que La Habana es Cádiz con más negritos, que Cádiz es La Habana con más salero, no es sólo una canción.

Hablo de la gente, no de política. Es la Andalucía de América. Me han invitado a impartir un seminario sobre Periodismo en la Universidad Central ‘Marta Abreu’ de Las Villas, en la Cuba profunda, en la tierra elegida del Che Guevara, y no hago más que hallar paralelismos. El sol de los puertos, el dulzor del guarapo, el sabor de la guayaba… Es la canción de Carlos Cano y es mucho más. Es el trinar altivo del sinsonte que te anuncia el despertar del día, las sábanas blancas colgadas en los balcones y es la brisa húmeda que acaricia los penachos de las palmas al atardecer. Son nuestras historias de agravios entre provincias, son las eternas quejas por las infraestructuras de comunicación (aquí sí que son un problema mayúsculo) y son los estereotipos con que nos castigan nuestros ‘amigos’ del norte. Sí, los mismos que luego buscan nuestras playas, nuestras quisquillas y nuestro ron.

El New York Times pontifica sobre los desafíos que conllevará el desbloqueo al mismo tiempo que se ultiman los preparativos para la histórica Cumbre de las Américas de Panamá, los cubanos cierran filas con Venezuela y las empresas americanas afilan las calculadoras para evaluar los riesgos y oportunidades de las potenciales inversiones en la isla. 12.000 millones en la próxima década. A tres horas de vuelo, Cuba será para Estados Unidos lo que España es para Europa. Planean pasar de medio millón de viajeros en 2014 a dos millones en 2017; a siete dentro de veinte o treinta años.

De momento, el cuento de la lechera. Lo del papeleo y el ‘vuelva usted mañana’ se lo enseñamos bien los españoles. Como la devocionaria afición al fútbol. Me entero de la humillación del Granada CF ante el Real Madrid por un grupo de profesores desplazados a la provincia de Villa Clara para realizar unas acreditaciones de carreras. Coincido con ellos en la residencia de Los Sauces. Primero el saludo. Luego, la nacionalidad. Irremediablemente después, el pésame. Ni siquiera sabía que se vieran en directo los partidos de la liga española. Estarán incomunicados, pero a Ronaldo se le ve en tiempo real. Y Sara Carbonero también crea escuela en esta Universidad…

Dos horas de cola cuesta salir ya del aeropuerto de La Habana cualquier día de afluencia de vuelos. Ahora son los controles del ébola, pero la realidad es que Cuba no está preparada para recibir el profético aluvión de turistas con que ya cuentan a los dos lados del ‘desbloqueo’. Aunque ya no tengan que fabricar jabón de sosa cáustica para ganarse unos pesos ni inventarse unos zapatos con la goma de las ruedas gastadas del tractor como tuvieron que hacer en su particular crisis. La de los 90. Mientras nosotros vivíamos la feliz burbuja del ladrillo ellos descubrían que eso de ser una potencia del petróleo había sido un espejismo. Tan frágil como la misma URSS. Ellos terminaron de ‘medio’ pagar el precio de su osadía cuando nosotros despertábamos de nuestra pesadilla de hormigón.

Si sobrevivieron entonces, sobrevivirán ahora. Nadie lo duda. Pero la sensación de vacío tal vez sea mayor. No ayuda la falta de transparencia. ¿Después de Fidel? Basta con darse una vuelta por las facultades para percatarse de que hay potencial. Informar sin recurrir al catalejo sigue siendo una odisea pero hay jóvenes universitarios que sueñan con ser buenos periodistas. Que madrugan para aprender, que trasnochan para deslumbrar con su irreverencia y su talento en el festival de teatro de su Universidad y que aprovechan las soleadas mañanas del domingo para medirse jugando al béisbol. Jóvenes que se dan besos furtivos como en cualquier campus español y que aguardan, pacientes, a que la vieja guardia les dé “chance” y les permitan coger las riendas del país.

Están preparados, muy preparados, y tienen millones de ideas para transformar su mundo aun sabiendo que lo que primero les espera es la precariedad. Esa misma que empuja cada año a miles de jóvenes españoles a ‘fugarse’ al extranjero. El vértigo es compartido. Hace medio siglo que se atrevieron a pintar la Universidad “de negro, de obrero y de campesino” siguiendo la revolucionaria consigna del Che y tal vez ahora tengan que idear la forma de “quitar las viejas cerraduras”, de “cambiar los muebles de la casa” y de cambiar el color a las paredes “sin dañar la estructura”. Lo canta Tony Ávila. Me pasa el disco una profesora de Periodismo de la Facultad de Humanidades y me emplaza al día siguiente para visitar el Mausoleo que Santa Clara le ha dedicado a su héroe más internacional. Casualidades de la vida, uno de los primeros regalos que me hicieron cuando era becaria fue un dibujo del guerrillero que todavía hoy me intimida inquisitivo en la pared de mi escritorio.

Nada de lo que hay que arreglar en Cuba tiene fácil costura. Pero por qué no atreverse, ya, a empezar a tejer. A enmendar, por ejemplo, el papel de los medios acudiendo a uno de los suyos. A José Martí: “La prensa debe ser coqueta para seducir, catedrática para explicar, filósofa para mejorar, pilluelo para penetrar, guerrera para combatir. Debe ser útil, sana, elegante, oportuna, valiente en cada artículo. Debe verse la mano enguantada que lo escribe y los labios sin manchas que lo dictan. No hay cetro mejor que un buen periódico”.

No difiere demasiado del aquel “prefiero periódicos sin gobierno a gobierno sin periódicos” que Jefferson defendió hace tanto, a tantos kilómetros de distancia, al otro la de la negociación. Lástima que la historia se olvide, se reinterprete, tan interesada y tan caprichosamente, a los dos lados del Malecón.

Libertades

Magdalena Trillo | 25 de marzo de 2012 a las 18:54

“El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. Nadie pensaría hoy que el concepto de felicidad forma parte del primer texto constitucional que se ha promulgado en la historia de España, aquella Carta Magna que un grupo de abogados, comerciantes, funcionarios, burgueses, nobles y clérigos aprobó hace dos siglos en una Cádiz deprimida, asediada por las tropas napoleónicas y hasta acosada por la epidemia. El pasado lunes celebramos con boato y solemnidad el Bicentenario de La Pepa pero no se oyó a ninguno de nuestros gobernantes invocar el artículo 13, el que habla de nuestro derecho a vivir con dignidad. Tal vez pobres, puede que en paro y desahuciados, pero felices.

En el Oratorio de San Felipe Neri, Mariano Rajoy recurrió a La Pepa para justificar la dureza de sus programas: “Gracias a la decisión de los constitucionalistas de 1812, la reforma trajo el cambio y hoy, como entonces, el cambio es la reforma. En tiempos de crisis no hay que tener miedo a hacer reformas, sino la valentía de llevarlas a cabo frente al inmovilismo y la resignación”. Reforma como sinónimo de progreso para el presidente del Gobierno; reforma como contrarreforma e involución para la oposición. Porque del mismo modo que Rajoy invocó el espíritu del 12 para atacar los mensajes del miedo en el ecuador de la campaña andaluza, Rubalcaba ensalzó los valores doceañistas para defender “las libertades frente a quienes quieren recortarlas o amputarlas”; derechos frente a recortes. Por encima de la batalla electoral, marcando distancias con Fernando VII, y alejándose del protocolo como ya hizo hace unos días con aquel “déjame hablar” que imploró a la Reina, fue don Juan Carlos quien apeló a la “unidad” de la sociedad española, proclamó la libertad y la soberanía nacional y enfatizó cómo el pueblo español “estuvo muy por encima de sus autoridades”. Hace doscientos años… y hoy.

Seamos consecuentes. La Constitución del 12, el texto que permitió abolir la Inquisición, romper con el Antiguo Régimen, consagrar la separación de poderes y la soberanía popular, dar paso a la Monarquía parlamentaria y fijar el pago de impuestos para todos los ciudadanos (¡incluida la nobleza y el clero!), ni está exenta de zonas grises y contradicciones (la Iglesia, intocable; las mujeres, relegadas), ni es ajena a reinterpretaciones partidistas, ni puede mantenerse al margen de reescrituras interesadas. Pese a ello, y aunque se haya mitificado, sería injusto no reconocer la vigencia de sus principios fundamentales y valorar el revulsivo que ha significado para la modernización del país.

Ese mismo país que asiste hoy, perplejo pero también cómplice, a un alarmante proceso de ataque y derribo hacia esos viejos derechos y libertades que creíamos plenamente consolidados. La economía nos da ejemplos todos los días; la seguridad –nuestro supuesto bienestar– también. La prueba más cercana de cómo la economía se ha impuesto a la política son las elecciones andaluzas. Tristes y agónicas. Supeditadas a la estabilidad financiera, el déficit y los vaivenes de la Bolsa. La crisis se ha comido el debate andaluz. Ni ilusiones ni sueños; sólo número de parados y facturas en los cajones.

En aras de la seguridad, Nicolás Sarkozy, en su particular campaña a la Presidencia francesa, nos sorprendía esta semana con una iniciativa aterradora: quiere modificar las leyes para castigar penalmente a quienes consulten páginas webs que inciten al odio y la violencia. ¿Lucha contra el terrorismo o censura? ¿Responsabilidad política o populismo barato para ganar votos? Al otro lado del Atlántico, hace justo dos siglos, Benjamin Franklin advertía que “quien decide renunciar a la libertad esencial para obtener una pequeña seguridad transitoria, no merece ni la libertad ni la seguridad”. Lo recordaba Enrique Novi este viernes en su columna en Granada Hoy. Estoy de acuerdo. ¿Fanáticos? ¡Quiénes! La soberanía reside en el pueblo. Y el pueblo tiene derecho, incluso, a querer ser feliz. Aunque haya que retrotraerse dos siglos para que alguien se atreva a proclamarlo.