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De tarjetas black y otras tentaciones

Magdalena Trillo | 21 de diciembre de 2014 a las 11:32

No son ni tres ni cuatro. En la Universidad de Granada circulan más de 200 tarjetas de crédito desde hace cinco años. Controladas con lupa, fiscalizado hasta el último euro, pero circulan. Fue el actual equipo de gobierno quien implantó el sistema para agilizar los pagos a proveedores y facilitar las labores de gestión de los directores de los grupos de investigación, los responsables de departamentos y los decanos. La norma es muy clara: no se pueden abonar partidas de protocolo y representación y, por supuesto, ni un solo gasto personal. Parecía lógico, y así me consta que se recalca cuando se reparten las visas, que una cosa es organizar desplazamientos y asistencias a reuniones científicas o agilizar la compra de material informático y otra bien distinta pasar la compra del supermercado, el tique de la gasolinera o las copas del fin de semana.

El problema, como bien han recalcado esta semana el rector de la UGR, no está en las tarjetas sino en su uso. Pero a esta irreprochable aseveración deberíamos unir un matiz: la tentación. Más de un decano nos confesaba a raíz del escándalo destapado en la Universidad de Cádiz que las rechazó en su momento porque realmente no las necesitaba… o porque prefería no meterse en el bolsillo la posibilidad de gastar 3.000 euros al mes con un gesto tan automático y cotidiano como marcar un numerito. El viejo ejemplo de las armas de fuego; mejor restringir su uso que pagar la consecuencias. El extendido ejemplo de los maletines en las operaciones urbanísticas; mejor esconder la manzana para no caer.

Nadie niega que en la UCA se hayan auditado los gastos pero es una absoluta indecencia conocer la “justificación” de los 880.000 euros que el anterior equipo de gobierno despilfarró durante cinco años con las ‘tarjetas black': 162.019 euros en tres de los restaurantes con más caché de la ciudad; 2.729 euros en gasolina; 1.396 en compras en el Makro… El ex rector disfrutó de una Business Oro con un límite de 30.000 euros al mes, su adjunto no tuvo problemas en usarla en el súper, el vicerrector de Investigación se dio más de un homenaje en fin de semana y la directora de Cooperación cargó alguna que otra compra en Londres.

Todo muy “legal” y “controlado” y, por supuesto, inmoral. Tanto que hasta se llega al ridículo. Y aquí no hablamos ya de tarjetas, sino de dietas y privilegios y de conocer qué se paga de forma ordinaria en las instituciones públicas con nuestros impuestos. ¿Recuerdan el episodio de la bolsa de Doritos con que el PP ejemplificó los “desmanes” de PSOE e IU nada más aterrizar en la Diputación? En la UGR, aseguran que ningún miembro del equipo rectoral tiene tarjetas pero eso no significa que no se realicen gastos en protocolo, en representación institucional y en lo que toque… Y, con o sin visa, lo mismo podríamos decir del resto de instituciones. Lodeiro advierte que no piensa realizar ningún cambio en el sistema de pago con tarjetas porque funciona y porque, en la práctica, resulta la forma más efectiva de controlar este tipo de partidas. Bien. Pero la siguiente pregunta exigible, sin respuesta y extensible a las demás instancias públicas, es conocer la letra pequeña del gasto.

Como ya vimos en el caso de CajaMadrid, se trata de un montante insignificantes si lo comparamos con los millones del rescate bancario o con los presupuestos que mueven al año las instituciones, pero son los más dolorosos para una opinión pública que sólo conoce de sus gobernantes mensajes de austeridad y ajustes de cinturón. ¿Nosotros hemos vivido por encima de nuestras posibilidades o ellos? ¿Se imagina cómo cambiaría su vida con una ‘tarjeta black’? No me diga que no se la pediría para Reyes -legal, eso sí- con la misma ingenua ilusión con que esperamos que mañana nos toque el Gordo.

Donde campa la desvergüenza es en el barro de la opacidad y sólo se cura con grandes dosis de educación cívica… y con mucha luz. Directa y externa. ¿Sabemos qué gastos están pasando nuestros políticos habitualmente con o sin tarjeta? Todavía está por ver hasta qué punto la Ley de Transparencia que acaba de entrar en vigor -y sus réplicas en las siguientes escalas de gobierno- van a servir para atajar estas prácticas abusivas y para imponer la prudencia y la responsabilidad en la gestión pública.

Tal vez no hablemos de estafa, de fraude ni de dinero negro, pero es obvio que no gastamos con la misma alegría con nuestro dinero que con el de los demás y que lo que estamos viendo se parece mucho a lo que desde pequeños hemos aprendido que era robar… La transparencia y la ejemplaridad no deberían ser unas palabras de moda autoexculpatorias en esta España de la corrupción que está dibujando la Audiencia Nacional ni una obligación que llegue -y se vaya- con la crisis; es una necesidad que todos deberíamos compartir si entendemos que es uno de los termómetros más claros de la degradación a la que estamos sometiendo el sistema.

Ni la compra del Ikea ni la bolsa de Doritos hubieran significado nada en un momento de bonanza económica y confianza institucional. La gravedad del escándalo es directamente proporcional al castigo social. Los consejeros de Bankia se llenaron los bolsillos en los años más duros de la crisis, los de los cinco millones de parados, el cierre incesante de empresas, el reparto solidario de alimentos y los suicidios por desahucios; los altos cargos de la UCA han mantenido su tren de vida mientras se recortaban las becas, se perdían profesores en las facultades y se negaban fondos a la investigación. Y no seamos hipócritas. De nada sirve que no invitemos a una copa de vino en una inauguración si por la puerta de atrás nos gastamos mucho más tomando copas con los colegas.

No me refiero sólo a Cádiz. La mayor injusticia de la austeridad que hemos vivido estos años es la doble vara de medir con que se ha estado aplicando; esa misma que siguen los partidos cuando se enfrentan a un caso de corrupción. El sacrificio para nosotros, que hacemos de público obediente en la espartana ceremonia de turno, y la comilona con cargo a fondos públicos para los organizadores y sus ‘amigos'; el recorte en el salario a los trabajadores y los gastos elitistas perfectamente ‘justificables’ para ellos. Y lo triste es que, en la mayoría de los casos, no hay más opción que esperar a un cambio de gobierno -de verdad, no de los mismos que llegan y tapan- para saber qué hicieron con nuestro dinero…

Pues lo bueno en estos momentos, aparte de confiar en que también a los asalariados nos llegue la hora de compartir aquello de que la “la crisis ya es historia”, es que para la siguiente cita en las urnas apenas faltan cinco meses. Mire en su barrio, en su pueblo, en su ayuntamiento de turno. Recuerde con qué casa y coche llegaron y compruebe cómo se van. Mientras funciona -o no- lo de la transparencia y mientras damos -o no- ejemplo, es el instrumento más efectivo con el que podemos sancionar lo que, por muy indecente y aberrante que nos parezca, se escapa en los tribunales.

¡Pero qué injusta y caprichosa es la vida! Nuestro cesto lo dejaron sin manzanas para evitarnos la tentación, ¿y el de ellos?

En automático

Magdalena Trillo | 26 de octubre de 2014 a las 10:00

Lo humano es estar a la defensiva. Siempre. En alerta. Rechazar que nos manipulen e indignarnos ante la más mínima sospecha de que nos quieran intoxicar, influir, persuadir… Por eso resulta tan sorprendente la ligereza con que dejamos a cualquier aparato que decida… y hasta piense por nosotros. Se supone que la tecnología nos debería hacer la vida más fácil, ¿pero anulando nuestra identidad?

No es tecnofobia; al contrario. Si algo nos ha enseñado la revolución digital es a incorporar los avances con normalidad y aprovechar las ventajas de lo nuevo por encima de los trastornos de estar a la última. Dejamos, sin embargo, que Google nos diga lo que tenemos que buscar, saber y casi que pensar; recibimos con aparente tranquilidad los mensajes emergentes que nos prescriben dónde viajar, qué vino beber y hasta qué zapatos comprar y terminamos permitiendo a Facebook que nos señale quiénes han de ser nuestros amigos.

Por mucho que conozcamos la lógica de los algoritmos que hay detrás, estamos ante una peligrosa invasión de nuestra intimidad, de nuestra privacidad, que no sólo consentimos con ingenuidad sino que también la incentivamos cuando nos ‘desnudamos’ en las redes subiendo todo tipo de datos.

Seguro que piensa que estas cosas le ocurren a los otros, no a usted. Pues preocúpese porque puede que esté sufriendo el síndrome de la tercera persona. Siempre ha habido niños a los que cargar las culpas y ahora tenemos máquinas y un sinfín de innovaciones sobre las que justificar nuestros pecados y, por supuesto, nuestra irresponsabilidad.

Ese mismo síndrome debe estar afectando a Rato y Blesa cuando confiesan en los tribunales que “todo estaba mal” pero que serán otros quienes deban explicar el saqueo en Caja Madrid; que ellos sólo “aceptaron, consintieron y propiciaron” -así lo dice el juez- porque pasaban por allí… Como el Jaguar que ‘pasaba’ por el garaje de la ministra de Sanidad, como los millones fantasmas que no dejan de perseguir a los Pujol…

Deberíamos estudiar si el punto insolente de ignorancia que se ha puesto de moda para explicar cualquier fechoría y corruptela en nuestro país es un efecto pernicioso de la tecnología, de su uso intensivo e irracional. Si hemos atorado tanto nuestro cerebro que nos hemos adormecido, hemos puesto nuestras vidas en automático y hemos terminado perdiendo la perspectiva de lo real. Aunque reconozcamos que en unos casos parece más buscada que sobrevenida.

Lo que ya está científicamente comprobado es cómo la tecnología ha mermado nuestras capacidades más básicas. Por ejemplo, la orientación. Confíe su destino al GPS y acabará tan perdido como los esquimales canadienses de la isla Igloolik. Los cazadores inuit han estado miles de años atravesando estepas de hielo y ventiscas sin perderse ni sufrir accidentes, hasta que se han apuntado a los mapas y avances digitales. Los antropólogos de Ottawa ya han demostrado cómo están perdiendo su innata aptitud. Algo muy parecido a lo que ya le ocurre a los pilotos -hay estudios sobre la merma de sus habilidades para tripular por culpa de los ordenadores inteligentes- y a lo que empezamos a sufrir todos sometidos a los estímulos y distracciones de los teléfonos y tabletas que llevamos hasta al baño. El último informe sobre la adicción de los jóvenes a las nuevas tecnologías es alarmante: en apenas un año, los dispositivos móviles han triplicado los casos en Granada.

Y no sólo hablamos de biología; el talento también se resiente. El ensayista Nicholas Carr lo escribe en su último libro Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas cuando alerta de cómo nos “embrujan” las tecnologías ingeniosas, cómo lo adoptamos todo muy rápido pensando que es muy ‘cool’ -y que nos descargará de trabajo -y no nos damos cuenta de que estamos transformando nuestra propia forma de actuar en el mundo. Un dato revelador: los médicos de atención primaria dedican entre un 25% y un 55% de su tiempo a mirar la pantalla en lugar de examinar al paciente…

El pensador norteamericano no entra en reflexiones morales pero debería. Unos nos dejamos engañar sin darnos cuenta y a otros les sirve para fabricar su coartada y escurrir el bulto. Lamentablemente, Rato llevaba razón: en la crisis, en cualquier crisis, no todos pierden; siempre hay unos pocos que ganan.