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OCG: la Granada cultural hace aguas

Magdalena Trillo | 21 de enero de 2018 a las 10:30

En 25 años de trayectoria, tanto pesan en la OCG los momentos turbulentos de flirteo con la bancarrota como los excelsos de las primeras figuras internacionales, las giras europeas y las grabaciones históricas. Ahora toca sufrir. Empezamos en 2012 con los recortes de la crisis y, una década después, la situación es de agonía. No hay dinero “ni para pagar un taxi”. Las últimas temporadas se han puesto en pie tirando de amigos y a golpe de voluntarismo. El problema, para empezar, son las nóminas. Pero es también la renovación de los instrumentos. Y el vestuario. Y los gastos de funcionamiento. Y, por supuesto, la programación.

Cerramos hoy una larga semana en Fitur en la que Granada se ha vendido como uno de los mejores destinos de turismo cultural de toda Europa: la ciudad de la literatura y de los festivales; la ciudad de la música; la capital cultural del 2031 aunque el título aún no sea oficial. Los folletos de los touroperadores lo aguantan todo. Incluso esa publicidad engañosa de Granada ‘la bella’, la de postal, que poco tiene que ver con esa otra que sufrimos todos.

Y no tenemos que autoflagelarnos mirando a Málaga y sus museos de franquicia -refugio por cierto de los turistas en busca de sus acogedores inodoros-; basta mirar las telarañas del Centro Lorca, echar un vistazo a la redundante y mediocre cartelera de cine o preguntarnos dónde están los grandes novelistas e intelectuales que un día desfilaron por el Hay Festival y la Feria del Libro o esos músicos de primer nivel que, de verdad, movían al exigente público internacional. Seguimos sin saber siquiera si queremos el Gran Museo de la Ciudad -menos aún con qué y para qué- pero sí tenemos una legión de grafiteros destrozando el Albaicín.

El Arqueológico sigue cerrado, el proyecto del Teatro de la Ópera de Kengo Kuma duerme en algún cajón y buena parte de las instituciones culturales subsisten con respiración asistida -los Rodríguez-Acosta, por ejemplo, se han echado en los brazos de Junta conscientes de que no tienen recursos ni para mantener el Carmen y la Fundación Ayala camina silenciosa casi pendiente de la generosidad de la viuda del escritor-.

No es melancolía; no es ninguna enmienda a la totalidad. Importan las prioridades y el criterio en la política cultural -sólo conseguir que las instituciones no se contraprogramen y repartan sus propuestas a lo largo de todo el año para contribuir a desestacionalizar ya sería todo un éxito- pero lo que luce es el dinero. Con talonario se puede llenar teatros y estadios, programar festivales con impacto mundial y salir en las críticas más elitistas de la prensa cultural.

El Año Lorca no es suficiente. Para un accidentado mandato tal vez sí pero no para justificar la Granada cultural que vendemos como “emblema de ciudad”, como “seña de identidad” y como “palanca de desarrollo”. En ese retrato, en el horizonte del Festival de Música y Danza que firmará Heras Casado, con el aniversario del Concurso de Cante Jondo del 22, en plena carrera por la Capitalidad Europea, la OCG es uno de sus baluartes. Podemos dejarla morir -precipitar su caída a “orquesta de provincia”-, podemos parchear el problema pegando una patada a la deuda para los próximos diez años o nos lo podemos creer y buscar una solución.

Coinciden los músicos y el director, el italiano Andrea Marcon, en que la salida debe ser un acuerdo como el aprobado en Sevilla hace dos años para evitar la disolución de la Real Orquesta Sinfónica (ROSS): liquidar la deuda y poner el contador a cero. Desde el Ayuntamiento y desde la Consejería de Cultura hay sintonía -lo han asegurado públicamente esta misma semana- y “buena voluntad” para afrontar el desafío. ¿Pero habrá dinero para plasmarlo en el Consejo Rector que se celebrará a primeros de febrero?

En Sevilla no fue fácil. Los músicos llegaron a ir a la huelga y se tuvo que implicar toda la ciudad para presionar. La situación de la OCG es de quiebra técnica con una deuda cercana a los 1,2 millones que -no lo olvidemos- se ha originado por los recortes de las propias instituciones: 800.000 euros de ajuste (más del 40%) en la última década. A la plantilla se le redujo el salario y se le ha quitado una paga extra durante cuatro años seguidos. Si de verdad estamos en una fase de normalización económica -ahí está el ejemplo de la restitución de derechos en sanidad y educación-, la apuesta cultural no debería quedar relegada.

No será fácil en una ciudad al borde la intervención en la que el deporte de la oposición es tumbar cualquier iniciativa del equipo de gobierno. No será fácil en un país en el que cuatro de cada diez ciudadanos confiesan que no tienen el más mínimo interés por la cultura; que prefieren irse de fiesta antes que al teatro, a un concierto o a un museo. Y tampoco en un contexto fiscal y de políticas públicas de ninguneo a la cultura con una prometida ley de mecenazgo que nunca llega y con un IVA que sigue castigando el consumo cultural.

Ya sabemos que Montoro no está para rebajas pero al menos el debate debería volver a situarse en el foco público: en Francia más del 60% de los patrocinios son de pequeñas y medianas empresas. En Granada, y la situación es extrapolable, hay lo que hay, con las obras sociales de las cajas desaparecidas y con un puñado de empresas que llevan sobre sus espaldas la dinamización cultural sin apenas incentivos y cubriendo los amplios espacios que van dejando las instituciones públicas.

Estamos, sin embargo, en un contexto que podría animar al optimismo para la OCG: el precedente de Sevilla -allí sí se pudo y, aquí, la implicación de la (actual) Diputación debería ayudar- y el escenario electoral. La Granada de la Capitalidad Cultural necesita a su orquesta y la Junta necesita pacificar de cara a las próximas autonómicas -se adelanten o no- sin desatar otra tormenta como la sanitaria.

La experiencia podría ser clave, además, como fórmula para ensayar en otros proyectos culturales pendientes y, sobre todo, para dar contenido a la Capitalidad Cultural con propuestas que vayan más allá de la fiebre por la titulitis y de las celebraciones efímeras como ocurrió con el Milenio o la Universiada. Lleva razón Isidro Toro cuando se indigna por el nuevo “parche” que significará la reforma del Arqueológico y con la urgencia de contar con una política cultural con visión y con ambición: “No hay derecho a que las colecciones que tienen la Diputación, la UGR y el Ayuntamiento no estén al alcance de la ciudadanía”.

“Altura de miras”. El propio consejero lo pidió esta semana para el Centro Lorca con el acuerdo para la llegada del legado del poeta. Sí, pero no sólo para Lorca; no sólo para la Alhambra. Y, aunque no sean momentos tan históricos ni tan fotogénicos, con la responsabilidad de empezar tapando las muchas goteras que atenazan la Granada cultural.

Saber perder

Magdalena Trillo | 3 de julio de 2011 a las 9:37

No sé qué hacer con la camiseta de Olas de energía ciudadana que tengo en el armario. Soy cordobesa y Donosti nos ha arrebatado el sueño de la Capitalidad Cultural. Nada me hubiera gustado más (y nada me hubiera dado más envidia viviendo en Granada) que escuchar al presidente del jurado pronunciar el nombre de Córdoba. No tengo ninguna duda sobre su potencial como destino cultural, sobre el apoyo ciudadano ni sobre la solidez del proyecto. Pero empiezo a preocuparme… Si continúa la escalada de movimientos ‘a lo Belloch’, ¿alguien puede acusarme de hacer apología del terrorismo por lucir mi camiseta?

La Capitalidad es un concurso. Uno más. Politizado. Como todos. Desde las Olimpiadas y los Mundiales de Fútbol hasta Eurovisión. Y, como en todos los concursos del mundo, la participación es libre, se conocen las reglas de juego y se asumen las consecuencias. También las políticas. Y las presiones. Cuando benefician y también cuando llevan a la frustración. No me gusta que Bildu gobierne en San Sebastián y, como a tantos, me pareció un error su legalización por el TC pero, honestamente, no puedo más que aplaudir su designación como Capital Cultural Europea para 2016. Es verdad que hubiera sido menos conflictivo, y más justo, que el jurado no hubiera ‘explicado’ la designación por una cuestión política. ¿Se debe impugnar por ello la candidatura y reclamar que se revisen los proyectos? ¿Hubiéramos aceptado deportivamente la propuesta con el anterior equipo de gobierno? ¿Nos parecerá bien en 2016 si es el PNV quien se ‘aprovecha’ de la declaración?

Granada ya se quedó con su derrota cuando Madrid arrebató el sueño de la Capitalidad en 1992. Y con la desilusión de ver cómo el Cristo Redentor de Río de Janeiro se convertía en Nueva Maravilla del Mundo Moderno dejando fuera a la Alhambra. Fue un 7 del 7 de 2007 cuando la Fundación Weber anunció en Lisboa el resultado del concurso. Más de cien millones de votos y, cuentan, algún que otro maletín… Lamentablemente, empezamos a sumar una larga tradición de fracasos. Los últimos, a cuenta de los Campus de Excelencia. Aún seguimos lamiéndonos las heridas viendo cómo despega el proyecto de Málaga y Sevilla.

En 1992 al menos hubo premio de consolación. Nos otorgaron el título honorífico de Capital Cultural de Andalucía. Ahora lo proponen para Córdoba. ¿Se lo van a quitar a Granada? Si Málaga recupera su proyecto para la siguiente edición y pierde, ¿también se nombra Capital Cultural? ¿Y Sevilla? ¿Hacemos otro concurso regional para ver quién se lo merece más? ¿Nos rotamos el título a golpe de derrotas?

Uno de cada cuatro turistas que visita Andalucía lo hace por nuestra oferta cultural. Por el atractivo de sus capitales y ciudades como Ronda, Úbeda y Baeza. Miles de visitantes que generan unos ingresos anuales superiores a los 2.200 millones de euros. El potencial lo tiene Andalucía, como destino global, como región, y no parece que el camino sea generar (más) agravios entre provincias.

Además. Seamos francos. No hay dinero. Y, si lo hay para Córdoba, que explique la Junta por qué el Centro Lorca sigue sin abrir sus puertas (se debió haber inaugurado hace un año y aún hoy buscan el modo de terminar la obra), por qué Granada no puede tener un Teatro de la Ópera (el proyecto del japonés Kengo Kuma sigue durmiendo en algún cajón), por qué no se resuelve el conflicto del Centro Guerrero, por qué se mendiga con el Milenio, con la OCG y con el Festival de Música y Danza o por qué se retiran todas las ayudas a iniciativas de tanta tradición como el Festival de Jóvenes Realizadores.

El título ‘oficial’ de la Capitalidad se traduce en fondos europeos para la ciudad elegida, inversiones del Ministerio y se anima a la iniciativa privada. Hubiera ganado Córdoba, Granada y Andalucía. ¿Alguien puede explicar para qué ha servido el título de consolación del 92?