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Y quién rescata la cultura

Magdalena Trillo | 8 de julio de 2012 a las 19:35

Invertir en cultura ha dejado de ser rentable. Y no hablo de los clásicos problemas de financiación, sino de política. Si durante siglos la cultura ha tenido que esforzarse por demostrar su utilidad social, ahora es la crisis la que cuestiona su propia rentabilidad en una esfera pública donde ya no hay espacio para operaciones de exhibición mediática y mucho menos para focos y flashes a cualquier precio. La cultura se ha convertido en la víctima más callada e invisible de la crisis; tan importante como la educación o la sanidad, pero sin altavoces capaces de reclamar su rescate. Ni política ni socialmente es una prioridad. ¿Qué puede ofrecer el mundo de la cultura a gobiernos y ciudadanos en estos momentos de incertidumbre y regresión social? ¿Debemos invertir en cultura cuando no lo hacemos en carreteras, becas u hospitales? Si sólo vemos la cultura como entretenimiento, ocio de masas y arte de la evasión, tal vez no. ¡España no está para más despilfarros! Pero sería un planteamiento tramposo, tendencioso, si atendemos a la verdadera dimensión de la cultura como factor de crecimiento y cohesión de los pueblos, como motor de desarrollo por su aportación efectiva a la economía de un país o como instrumento de empleo y generación de riqueza.

El problema es doble: no hay dinero y tampoco modelo. En los últimos años, atraídas por la productiva inversión que las actividades culturales siempre han supuesto en prestigio e imagen, las instituciones han vampirizado el sector de las industrias culturales con la misma intensidad que han dejado escalar la burbuja del ladrillo. Lo público ocupaba su espacio, del imperativo de la conservación patrimonial a su papel como garantista de un derecho cada vez más fundamental en los Estados modernos, pero también invadía la esfera privada anestesiando el tejido creativo con un irracional modelo de subvenciones que ha terminado siendo absolutamente insostenible.

Hoy, las programaciones municipales rozan la anorexia, las fundaciones se quedan sin presupuesto y los teatros crían telarañas. Mientras salvamos al sistema financiero e intentamos recomponer el escenario en una España sin rumbo, enterramos los festivales que se multiplicaron como clones sin otro sentido que el rédito electoral y dejamos desasistidos a los artistas y promotores que se tuvieron que acostumbrar a operar viviendo de lo público o lidiando con su competencia desleal.

Aquí sí que necesitamos reformas. Y profundas. Me refiero, por ejemplo, a la Ley de Mecenazgo. En Estados Unidos y en todo el mercado anglosajón, la entrada de capital de empresas y particulares a las actividades culturales es una rutina: legiones de ciudadanos sostienen proyectos tan emblemáticos como el Metropolitan de Nueva York y el Convent Garden de Londres y estrategias como el crowdfunding (financiación a pequeña escala a través de la red), el fundraising (captación de fondos) y el naming (intercambio en especie con la incorporación del nombre del patrocinador) se han convertido en salvavidas de multitud de proyectos. Son numerosas las empresas, y también los particulares, que tienen asumida la cultura del mecenazgo y quieren invertir en cultura.

¿Más que en España? Hay un problema de tradición y de mentalidad pero no parece que haya menos vocación cultural y social, sobre todo, si se premia con una compensación fiscal. Hace un par de meses el ministro Wert habló de desgravar hasta un 70% (ahora es el 25%) e incluso de un 100% en el caso de los primeros cien euros donados por las personas físicas. Aunque primero tendrá que ‘convencer’ a Montoro, sería un paso para repensar el modelo y resituar el papel de lo público y lo privado; de las administraciones, las empresas, el tercer sector y los ciudadanos. Si se lo pudiera permitir y además conllevara un incentivo, ¿por qué no ayudar a sobrevivir a la Fundación Ayala? ¿Por qué no participar en la resurrección del Centro Guerrero? ¿Por qué no escuchar el SOS de los promotores independientes de esta ciudad?

Cuando a finales de los 90 Hannah Arendt abordaba La crisis de la cultura, decía que una crisis nos obliga a “volver a plantearnos preguntas” y advertía que, a veces, el problema es que buscamos las respuestas en la ilusión de un mundo posible; no en el real. La Granada cultural está en crisis. ¿Hay respuesta? Tal vez debamos empezar preguntándonos si realmente creemos en la cultura, si somos capaces de rescatarla devolviéndole su verdadera rentabilidad y si estamos dispuestos a utilizar la crisis como una oportunidad y un momento de apertura.

In memoriam

Magdalena Trillo | 14 de septiembre de 2010 a las 18:17

“Cuando pinto me siento como un combatiente de la resistencia buscando libertad ”. “En un plano simbólico, incluso espiritual, el arco o el óvulo significa refugio, promesa de protección, amparo”.  El “combatiente” es José Guerrero. Con estas palabras describió en 1972 uno de los lienzos de su serie Solitarios. Quien habla de su búsqueda de “amparo” y “protección” es María Dolores Jiménez Blanco. Ilustra con esta reflexión la fascinación del pintor granadino por las líneas paralelas de las cerillas. Por el orden y el ritmo. Persiguiendo, atrapando, los rayos de luz que llevan de la oscuridad a la claridad.

El legado de José Guerrero saldrá de Granada esta semana. Solitario y desamparado. Con el silencio cómplice de todas las administraciones. En dos días se ha zanjado una negociación de tres años. Una rueda de prensa y un ultimátum han sido suficientes. Izquierda Unida ya tiene una página con la que engrosar la historia de despropósitos de esta ciudad y con la que culminar su paso por el gobierno de la Diputación: el certificado de defunción del Centro Guerrero (13 de junio de 2000-15 de septiembre de 2010).

Ha hecho el trabajo sucio. María Asunción Pérez Cotarelo compareció ante los medios con cara de víctima. “La Diputación no puede ceder más”, sentenció. En frente, ya saben, unos artistas elitistas e intransigentes. “La aristocracia”, evitó decir. Pero por principios, esos que ya nadie traiciona, debió haber presentado su dimisión.

Juan Vida pedía hace unos días“explicaciones”. Se preguntaba por las posturas de unos y otros. ¿Dinero, reparto de poder, representatividad? Planteaba si la letra del contrato era demasiado pequeña… No hay acuerdo cuando no hay voluntad. Esta ha sido la historia de un matrimonio en decadencia. Primero fueron los roces y las desavenencias, luego llegó la incomprensión y ahora estamos asistiendo a la ruptura. No hay más caminos.

Y es honesto, hasta legítimo, terminar lo que se ha quebrado. Lo dicen los propios herederos cuando reconocen que la posibilidad de acuerdo queda “de momento” excluida, aunque dejan la puerta abierta (no a esta Diputación, pero sí a otras instituciones) para que el legado del pintor permanezca en Granada.

Por eso tenemos que seguir pidiendo explicaciones. ¿Dónde están los garantes de la cultura y el patrimonio? Los que pueden (deben) intervenir y mediar. ¿Dejaría la Junta que Málaga perdiera el legado de Picasso? ¿Permitiría la Generalitat que Barcelona se quedara sin la obra de Tàpies? ¿Se imaginan qué ocurriría en Euskadi si salieran la esculturas de Chillida?

Al día siguiente de conocer la respuesta de la familia al escrito de la Diputación (¿es posible otra respuesta a un ultimátum?), cogí el autobús para despedirme de Guerrero. Tardé cinco minutos en llegar. No tuve que hacer colas ni pagar entrada porque ‘celebramos’ su décimo aniversario. Me deslicé por los fondos de su color puro, me llené de energía con sus ‘penitentes’, me dejé perder por los enormes campos de azules, negros y amarillos. La apoteosis del color de José Guerrero… Compré varios libros y los traje a casa pensando que, seguramente, la próxima vez que quiera ver un Guerrero tenga que montarme en un avión y hacer miles de kilómetros.

A pesar de la miopía de algunos, el Centro Guerrero se había convertido en uno de los museos de arte contemporáneo con más prestigio del panorama nacional. Ahora tocará empezar de cero. Y no nos equivoquemos, el Centro Guerrero es la obra de Guerrero, su legado, la gestión que se ha llevado a cabo en la última década. El Centro Guerrero no es el edificio de la calle Oficios. El edificio es un (magnífico) continente que llenar de arte o sumir en la mediocridad.

Pero en Granada no pasa nada. Hoy iremos todos a Fray Leopoldo y celebraremos sus milagros en una ciudad que se muere de granadinismo.