Archivos para el tag ‘China’

1-O: ¿Y si lo más rentable es dejarles votar?

Magdalena Trillo | 17 de septiembre de 2017 a las 10:02

El agujero de la capa de ozono se ha detenido y hasta presenta indicios de recuperación. En parte ha funcionado el Protocolo de Montreal que se firmó hace tres décadas -el 99% de las sustancias que destruyen el ozono ya no se emiten a la atmósfera- pero lo realmente paradójico es que también: aunque se ha producido un aumento de la temperatura en la superficie del planeta, también se está registrando un inesperado enfriamiento en la estratosfera con una intensificación de los flujos de las corrientes desde el ecuador hacia los polos. El resultado de las nuevas “dinámicas” es que se inyecta más oxígeno en las capas altas.

¿Y es bueno? Pues no queda nada claro. Los científicos advierten que “no podemos bajar la guardia” porque resultará casi imposible revertir todo lo que ya hemos destruido. Además, si el incremento de la radiación ultravioleta puede afectar gravemente a la salud humana (cáncer de piel, cataratas, debilitamiento del sistema inmunitario…), el “engrosamiento” de la capa de ozono en las latitudes medias y altas (con especial incidencia en los países nórdicos) también puede tener consecuencias negativas por el desplome de los rayos utravioleta.

¿Entonces? Todo dependerá de cómo evolucionen los procesos dinámicos en la atmósfera, el cambio climático y la emisión de los gases invernadero. Hay que estar alerta, investigar y redefinir los modelos; equivocarse y corregir.

En China, la antigua sede atómica 816 se ha convertido en una atracción turística. Los visitantes recorren 20 kilómetros de túneles y bajan 12 pisos para penetrar en las profundidades de las montañas de Fuling, a orillas del río Yangtze, y ser testigos de la recreación de la primera bomba atómica. Contaba el corresponsal de El Mundo esta semana que era una experiencia entre “mágica y santa”; luces de neón y música estremecedora para evocar una “indeleble” página de la historia. Del máximo secretismo ha pasado a ser un motivo de orgullo -y negocio- para el país.

Al igual que en el caso de la capa de ozono, podemos ver la base 816 como un referente para entender “cómo cambia la percepción histórica de lo que se considera una verdad absoluta”, como una muestra del “giro” que se produjo en China cuando firmó el tratado que prohíbe las explosiones nucleares e, incluso, como una lección de presente…

Al sur de la frontera de Corea del Norte, los vecinos de Choerwon viven la escalada de desafíos de Pyongyang como una rutina: “Para qué preocuparse; si lanzan un cohete, no habrá tiempo ni de pensar”.

Relata un enviado especial de La Vanguardia que en todo Seúl se asume el riesgo de un ataque “como quien puede sufrir un accidente”. Con 48.000 habitantes y 30.000 soldados en el paisaje de sus calles, los vecinos de Choerwon han sido capaces de neutralizar el miedo y hasta de convertir el “turismo bélico” en una fuente de ingresos: oleadas de turistas llegan en autocares y en tren desde Seúl al complejo militar de Panmunjon, recorren los túneles que los norcoreanos excavaron en los 70 para invadirles y vuelven por la tarde a casa con gorras y productos de marketing de su experiencia bélica.

En todo Corea del Sur, pensar en la reunificación parece ciencia ficción. Sobre todo para generaciones jóvenes que viven ajenas a la ira de Kim Jong Un. ¿Se puede hacer algo?: “Es imposible. Hay un problema de mentalidad insuperable. Llevan demasiados años de lavado de cerebro”.

Apliquemos esta última reflexión a Cataluña y probemos a mirar el procés al revés: ¿seguro que lo negativo, lo peligroso, es dejarlos votar? La baza de las palabras la enterramos con el recurso de su Estatuto, los interlocutores están quemados (a los dos lados del Ebro) y cualquier escenario de futuro pasaría por “más para Cataluña y menos para los demás”. Hablo de un referéndum con límites, exigencias y garantías; de la reforma de la Constitución.

En la tensa cuenta atrás del 1-O, es un camino inviable pero tal vez sea lo más rentable para el día después. Y bastaría con dejar a un lado la demagogia y el cinismo y contestar a preguntas como ésta: ¿estamos dispuestos, por ejemplo en Andalucía, a que se apruebe un cupo catalán?

El derecho (biológico) a decidir

Magdalena Trillo | 1 de noviembre de 2015 a las 10:58

Las familias chinas ya pueden tener dos hijos. A su Gobierno no le salen las cuentas y ha decidido flexibilizar la política suicida del pequeño emperador. Las estimaciones macroeconómicas de Pekín empiezan a rebajar el “crecimiento alto” por uno “medio alto” y la manera de estimular el mercado y frenar el envejecimiento -la población en edad laboral lleva tres años a la baja- es fomentando la natalidad.

No se equivoquen. Deng Xiaoping impuso la política del hijo único en 1979 por riesgo de no poder garantizar a su pueblo ni la alimentación y Xi Jinping acaba de liderar un aparente momento de apertura porque el plato de arroz ya no es suficiente. No es la libertad de las parejas chinas a decidir su familia lo que justifica la medida, no se trata de una rectificación oficial por la aberración que ha supuesto que, durante tres décadas, miles de hijas hayan sido abandonadas e incluso asesinadas nada más nacer y ni siquiera estamos ante un momento de autocrítica por los innumerables ancianos que han quedado cruelmente desatendidos.

El Partido Comunista sigue experimentando con los mismos ojos vendados que nublan a la comunidad internacional en su edulcorada y siempre interesa relación con el gigante asiático pese a sus continuos ataques a los derechos humanos.

Aunque ha de recocerse un cierto avance, deberíamos ser cautos con las lecturas triunfalistas. Por las injusticias que se evidencian y por los trasfondos mucho más líquidos que se deslizan. Y es que tan peligroso es el pragmatismo de los gobiernos como la censura social: ¿y si las mujeres chinas prefieren tener un hijo, o ninguno, como usted o como yo? En los años 80, la mayoría de la población vivía en el campo. Hoy, más de la mitad de las familias residen en grandes ciudades con unas expectativas de autorrealización similar a cualquier pareja europea. ¿La posibilidad de tener dos hijos se va a convertir en una imposición? ¿Toca ahora sostener el decadente maoísmo desde la maternidad?

Seguimos sufriendo la tiranía de una sociedad patriarcal, también en el progresista occidente, que sigue empeñada en mover los hilos de nuestras vidas y hasta de nuestra biología. Se suavizan las cadenas, se destilan los modos, pero se mantiene la presión. No sé si conocen el Club de las Malasmadres. Miles de españolas se han unido en Facebook a este espontáneo movimiento social para reírse de sí mismas y reivindicar la imperfección. No son superwomen ni lo pretenden. Se rebelan contra los estereotipos sociales (“conciliación, ese cuento chino que nos creímos…”) y descargan los sentimientos de culpa (“mi hijo será el primero que no podrá decir ‘como las croquetas de mi madre no hay nada'”) defendiendo su derecho a no ser socialmente infalibles.

croquetas

No nos tiene que recordar Naciones Unidas que la igualdad continúa a años luz: en el dilema ‘mujeres y poder’ faltan dos siglos para la equiparación real, sólo la mitad en edad de trabajar integran la fuerza laboral, ganamos entre el 70% y 90% menos , dedicamos una media de tres horas más al día a tareas domésticas y al cuidado de familiares, soportamos los índices más altos de pobreza y seguimos siendo la diana de la violencia psíquica, física y sexual. La ONU presentó hace unas semanas el The World’s women report constatando la enorme lentitud y desigualdad con que hemos avanzado; nada que usted no sepa sin necesidad de recurrir a ningún informe.

Pero no son sólo las alarmantes estadísticas que manejan las organizaciones y los gobiernos lo que nos debería preocupar. Estamos ante una grave cuestión de dignidad y de respeto pero es también nuestro derecho más íntimo a decidir, nuestra propia libertad, lo que se coarta y criminaliza. Junto al Club de las Malasmadres deberíamos reivindicar el Club de las Malasmujeres.

malasmadres2

 

Y hacerlo atreviéndonos incluso a tocar el concepto mismo de la maternidad: ¿Ser madre es una obligación? Como en el caso chino, me voy a posicionar en el lado opuesto del axioma: la mal entendida maternidad nos está llevando a victimizar a las mujeres que deciden no ser madres. Podemos tener una carrera y un desarrollo profesional pero, si elegimos libre y meditadamente no tener hijos, la lectura es siempre una: somos un fracaso, es una “renuncia”, un “sacrificio”… ¿Por qué? ¿Hasta cuándo vamos a dar pena por tener la libertad de elegir?

Mirando al Sur

Magdalena Trillo | 31 de octubre de 2011 a las 19:30

Granadino. Saboreando los cuarenta. Inquieto, reservado, tenaz. Varios idiomas, un par de titulaciones y máxima especialización. No está entre los 129.600 trabajadores que buscan un empleo en la provincia y su empresa no está al borde de la quiebra. Tiene éxito. Aquí y en Dubai. Es líder mundial en su sector. No se queja, no se deja entrevistar y no sale en las fotos. Huye de la notoriedad. Lógico. Sobresale y, en una provincia como la nuestra, tendría que pedir perdón por hacer algo más que subsistir.

Lo suyo es una excepción pero es real. Tan real como su economía. No especula, produce. No fluctúa con los mercados ni explota de euforia como hace la Bolsa cuando Bruselas penaliza a la banca española exigiendo una recapitalización de 29.000 millones. Innovación, competitividad y cambio de modelo. Parece que funciona. En su caso la suerte le ha acompañado, pero no sin riesgo y, por supuesto, no con prejuicios.

Hablo del Sur. Seguimos asomándonos al otro lado del Mediterráneo con la misma desconfianza con que América Latina empieza a mirarnos a nosotros. En la Cumbre Iberoamericana de Asunción han faltado hasta once jefes de Estado… Su interés está en China y en los mercados asiáticos; los únicos capaces en estos momentos de invertir los números rojos de la balanza comercial. Los únicos, incluso, dispuestos a ayudar a Europa a estabilizar la crisis de deuda soberana siempre que haya alguna contrapartida… menos proteccionismo y vía libre para colarse en las grandes empresas estratégicas. Los restaurantes y los ‘todo a un euro’ con los que empezaron a tomar nuestras ciudades fueron sólo el principio del juego.

No se salva ni Estados Unidos, que tampoco sabe cómo atajar las tasas de desempleo, los desahucios de viviendas y, mucho menos, las alarmantes deudas de los estudiantes para hacer frente a las matrículas. Un país que sufre los mismos recortes de inversión que Europa mientras se extienden los movimientos 15-M, se tambalea su imagen de tierra prometida y se dispone a enterrar el “optimismo”: dice una encuesta del New York Times que su estado de ánimo está por los suelos y que quienes mejor representan sus intereses son los grupos radicales del Congreso. El populismo del Tea Party y compañía.

Pero nos sigue costando mirar al Sur. A todos los Sures. La Primavera Árabe, más allá de las lecciones de democracia de un pueblo en lucha por su libertad, nos ha regalado los mejores datos turísticos desde el inicio de la crisis y nos está obligando a fijar los ojos en quienes comienzan a contar en las páginas salmón. España va a construir el AVE del desierto: 6.736 millones de inversión y 12 años de trabajo para la construcción, explotación y mantenimiento de la línea que unirá Medina y La Meca. Lo anunciaba esta semana el rey Abdullah de Arabia Saudí, que ha elegido el proyecto español frente al francés.

A primeros de octubre fue el rey Juan Carlos quien inauguró junto al príncipe heredero de Abu Dabi la primera planta comercial del mundo de energía solar por concentración. Hace un par de semanas, era una delegación granadina de empresarios, encabezados por el alcalde y el presidente de la Diputación, la que tanteaba las posibilidades en los Emiratos… Y lleva razón Sebastián Pérez cuando me confiesa que, si consiguen ultimar el acuerdo e instalar en la provincia una planta similar a la de Sevilla ya sería un logro capaz de justificar todo un mandato. Justo ahora, cuando la tasa de desempleo supera el 30% en la provincia y cuando España roza los 5 millones de parados; 1,2 en Andalucía.

Luis también es granadino y empresario y acaba de decidir mirar al Sur. Lo hace después de bajar la persiana y enviar a un puñado de amigos a las listas del paro. Está haciendo las maletas. Se va a Río de Janeiro. Brasil no tiene tiempo de ir a cumbres de altos mandatarios; está ocupada en crecer. El Mundial de Fútbol de 2014 y las Olimpiadas de 2016 se acercan y necesita con urgencia mano de obra cualificada en la construcción y la hostelería. Busca albañiles, chefs, camareros…

Paradojas: España, la vieja Europa, es ahora la que lanza el SOS y la que soñará con el último día del mes para cobrar.

Excelentes mediocres

Magdalena Trillo | 22 de agosto de 2010 a las 11:44

HACE 200 años le preguntaron a Napoleón qué pensaba de China. El emperador francés respondió: “Allí duerme un gigante. Dejémoslo que duerma, porque cuando despierte se moverá el mundo entero”. Ese día ha llegado…

En estos momentos, tal vez sea más acertado decir que el culpable del ‘terremoto’ de Occidente sea nuestra propia caída, esos tres años de turbulencias financieras que nos están sacudiendo y que hasta se nos ocurre ‘celebrar’ rememorando la intervención de los grandes bancos de Europa, Estados Unidos y Japón de aquel fatídico 9 de agosto de 2007.

Pero seamos justos. Mientras unos luchamos por recuperar derechos y posiciones perdidas, otros avanzan de manera trepidante. A comienzos de semana, China arrebató a Japón 40 años de hegemonía como segunda potencia económica mundial. Un país oficialmente en desarrollo ha registrado en primavera un PIB de 1,34 billones de dólares y nadie descarta que pueda robar el primer puesto a los americanos.

Un par de días más tarde, el popular ranking de Shanghai constataba el auge de sus universidades. Este año se han colado 34 centros entre los 500 primeros del mundo cuando en 2004 apenas había 16.

Estados Unidos y Gran Bretaña siguen acaparando el ‘top ten’ y las españolas se hunden. Más bien seguimos donde estábamos, en la rutina de la inercia, mientras los demás suben. Ninguna universidad de nuestro país está ya entre las 200 mejores, sólo las de Barcelona, Madrid y Valencia se sitúan entre el 200 y el 400 y, en la cola, las de Granada, Santiago de Compostela y Zaragoza. La de Sevilla, que hace un año formaba parte del ranking, se descuelga.

¿Qué ha ocurrido? Primera interpretación: el ranking no sirve. Ni siquiera está bien hecho. Lo han preparado los chinos para favorecer a sus centros y ahí están los resultados. Segunda interpretación: el ranking no es representativo de nada. Tener, por ejemplo, un premio Nobel no es indicativo de nada. Tercera interpretación: analizándolo bien, no está mal del todo. El tono medio es bastante aceptable…

Dejando a un lado los argumentos reduccionistas, que sólo llevan al absurdo, podríamos preguntarnos: ¿no es significativo saber cuántos investigadores de reconocido prestigio tiene la UGR? ¿Y la cantidad de artículos publicados en las revistas de mayor impacto internacional?

Lo preocupante, lo grave, no es que no estemos en el ‘top’; es que no hay ninguna estrategia para llegar. Más aún. De todo lo que se analiza, no tenemos ni un solo síntoma positivo. No podemos hacer fichajes, no podemos reclutar a profesores de prestigio, no podemos ‘depurar’ el funcionariado… Desde la función pública es complicado alcanzar la excelencia.

Una salida podría ser las alianzas con el sector privado, con centros que tiraran de la propia universidad. Pero esta estrategia, que sí ha funcionado en Cataluña, no termina de cuajar, por ejemplo, en Andalucía.

Es consecuencia de un modelo universitario, pero también político y social. Salvo en deportes, donde marcamos distancias en fútbol, tenis o baloncesto, nuestra tendencia es igualarlo todo, pero por abajo. Sin agravios, es cierto, pero con un riesgo claro: la mediocridad.

Basta mirar las bases de segunda convocatoria de la Estrategia 2015. ¿La teoría? Modernizar las universidades a través de la excelencia docente y científica, internacionalizar el sistema y apostar por la innovación.

¿La práctica? Un ‘poco’ de excelencia para todas y no tener que enfrentarse a las presiones. Pero no todos podemos ser excelentes. No existe la excelencia para todo el mundo. Hay que discriminar. Aunque tenga un coste político. Hay que decidir dónde queremos estar. Fijar las metas, garantizar un sistema público y, a partir de ahí, competir. Sí competir. Aunque sigamos demonizando una palabra que no significa más que aspirar a ser mejores.

Cierto es que no es el mejor momento. Sólo un dato: cómo puede la UGR fichar talentos si tiene que cerrar en agosto para ahorrar y seguir pagando las nóminas…