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Fake News: de la mentira al deseo

Magdalena Trillo | 27 de noviembre de 2016 a las 12:08

Los teóricos de la Comunicación lo diagnosticaron hace décadas: creemos lo que queremos creer. Buscamos la forma de relacionarnos con quienes reafirman nuestra forma de pensar y de ver la vida y huimos del conflicto intelectual -porque desgasta, estresa, debilita- como no lo hacemos del enfrentamiento físico… Saber cómo se forma la opinión pública, cómo se construyen esas corrientes de pensamiento que acaban teniendo resultados tangibles en forma de (imprevisibles) resultados electorales, encontrar el modo de influir en esos climas de motivación que ponen y quitan gobiernos, que crean tendencias y las entierran, que te convierten en un héroe o te destruyen es un viejo objeto de estudio del ámbito académico que el desconcertante Mundo Digital ha transmutado en un verdadero quebradero de cabeza para todos. En la esfera pública y en la privada. A nivel cotidiano y profesional.

¿Cómo ha ganado Donald Trump? ¿Por qué funcionaron las mentiras del Brexit? ¿Qué ocurrió en el referéndum de Colombia? No tenemos que irnos tan lejos para sentirnos aturdidos y confusos: ¿Qué está pasando con la sanidad granadina? ¿Cómo después de cuatro años de intenso trabajo para consensuar un plan de reorganización hospitalaria, de repente, es todo un desconcertante caos? ¿Después de una inversión millonaria en equipamientos tenemos peores infraestructuras sanitarias? ¿La asistencia ha dejado de ser buena de un día para otro? ¿Es verdad que las aseguradoras y la sanidad privada están aprovechando para vivir su pequeña burbuja de éxito?

Unos hablan de recortes, de fallos y de ataque a la sanidad pública y otros deslizan la larga sombra de los intereses corporativos y la pérdida de privilegios. A diferencia del alcalde de Granada, que un día se coloca la camiseta de los manifestantes y a la mañana siguiente se apunta al discurso de la Junta, es más que evidente que no se puede estar en los dos bandos; no al cien por cien y no en primera línea. Porque es un tema demasiado sensible para ponerse de perfil -para entonar el ‘ni sí ni no ni todo lo contrario’-, porque la respuesta nunca será categórica -para eso es nuestra opinión- y porque tan legítimo resulta posicionarse en la parte baja del pantone de grises como en la alta.

En todo caso, la indefinición de Paco Cuenca -ese intento de quedar bien con todos aun cuando representan posiciones enfrentadas- resulta casi una anécdota en un tema de calado y complejidad como éste. Lo que realmente debería alarmar es la pasividad y la incapacidad con que la Administración, no sólo la sanitaria, está afrontando el nuevo escenario de juego que han impuesto las redes sociales. No voy a caer en la fácil simplificación de clamar “¡es la comunicación estúpido!”, pero empecemos admitiendo que hay un tremendo problema de explicación y de comunicación.

No puede circular un bulo en las redes sociales y que la Junta, lenta, ineficaz y sometida a la tiranía del centralismo sevillano, tarde tres días en reaccionar; porque lo que era un conato se habrá convertido en todo un incendio. No se puede celebrar una reunión de cinco horas para buscar puntos de encuentro y que no haya nadie esa misma noche en la parte oficial intentado colocar su mensaje; porque al día siguiente, la aséptica y protocolaria nota de prensa no tendrá más destino que la papelera digital. No se pueden anunciar medidas para mejorar las disfunciones detectadas tras la apertura del nuevo Hospital del PTS y que luego no haya manera de saber cuáles son. Porque el miedo a informar se convierte en parálisis y se da la razón a quienes denuncian el “oscurantismo” de la Administración.

A los medios de comunicación, especialmente a la prensa, nos pasó en los 90. Llegó internet y miramos para otro lado. Lo subestimamos; pasaría como una moda o nos reinventaríamos como ya hicimos cuando llegó la radio y la televisión. Las consecuencias las vivimos hoy: batallando a diario contra los gigantes de internet para defender nuestro papel en la gestión de la información y viéndonos obligados a demostrar, a diario y ante nuestras propias audiencias, que no todo vale, que no cualquiera es periodista, que no todo es verdad porque alguien lo publique y que no siempre las noticias que deseamos leer se corresponden con la realidad.

Lo llaman fake news; falsas noticias. En el ámbito audiovisual hay toda una tradición que se llegó a desarrollar incluso como un género específico: el “falso documental”, el mockumentary. ¿Recuerdan la polémica que se montó con el provocador programa de Jordi Evole sobre el 23-F? En estos casos se juega con la ficción y la realidad; en las fake news damos un paso más para convertir una mentira en verdad y expandirla a escala planetaria como una auténtica corriente de opinión.

¿Es mentira la crisis sanitaria? En absoluto. Si fuese un bulo que la sanidad granadina tiene problemas, y graves, no habríamos visto hace un mes a más de 40.000 personas en las calles defendiendo un sistema público de calidad como lo volveremos a ver hoy exigiendo “dos hospitales completos”. Otra cuestión distinta es diagnosticar hasta qué punto está enferma y determinar cuál es la hoja de ruta para hallar una salida. Pero no caigamos en la dicotomía de lo blanco y lo negro. Definamos, decidamos, qué son los dos hospitales completos y negociémoslos. Siendo conscientes de que se ha diluido el control del mensaje, que se han transmutado la reglas del juego, que hay nuevos e incontrolables actores y que son otros quienes marcan los tiempos. No es un escenario amable para negociar pero es el que hay. Y a todos nos interesa que se asuma cuanto antes y que haya resultados. Las fake news, ese peligroso concepto de la posverdad, ya circula solo.

La hora de los fabuladores

Magdalena Trillo | 6 de abril de 2014 a las 10:33

Contar historias. A eso nos dedicamos los humanos desde el inicio de los tiempos. Durante milenios de forma oral, luego recurriendo a las pinturas de las rocas, más tarde dando el salto a la escritura y hoy con múltiples pantallas que se cruzan y conectan entre sí. Recuerda Carlos Scolari en su último libro sobre Narrativas Transmedias cómo fue esa capacidad de ficción lo que dio ventaja competitiva a nuestra especie ofreciéndonos las herramientas necesarias para imaginar escenarios futuros y prever situaciones críticas. Más que homo sapiens, argumenta el experto en Comunicación, somos homo fabulators. Y lo que nos encanta es escuchar, ver y vivir buenos relatos.

En Periodismo tenemos un pacto sagrado con nuestros lectores: lo que contamos tiene que ser verdad; debemos hacer lo posible para que lo sea… De unas historias somos testigos, de otras tenemos papeles que lo corroboran, siempre están las fácilmente contrastables pero hay algunas, tal vez demasiadas, que se construyen sobre las declaraciones de sus protagonistas, la honestidad y la confianza mutua. Nosotros creemos en nuestras fuentes y les pedimos que ustedes también lo hagan. Como prueba de ello, en televisión le mostramos al personaje hablando, en la radio incluimos un corte de sus palabras y en los periódicos y en las webs recurrimos a algo tan sencillo -y tan fundamental- como unas textuales con sus frases exactas.

Al libro de Pilar Urbano le sobran las comillas. No sé si todas o casi todas pero, salvo que haya podido grabar conversaciones privadas, confesiones íntimas y hasta pensamientos, sus Desmemorias sobre Adolfo Suárez no se sostienen. No si se presenta como el resultado de un riguroso trabajo de investigación periodístico y no cuando se lanza al mercado y a la opinión pública justo cuando la mayoría de los protagonistas han muerto y no pueden confirmar ni desmentir su ‘historia’. Dice la Casa Real que es “pura ficción”, IU irrumpe proponiéndoles que acudan a los tribunales y el hijo del expresidente pide la retirada del libro por reproducir la famosa fotografía de Don Juan Carlos y Suárez caminando de espaldas cuando uno ya no puede recordar y otro quiere olvidar…

En el libro de Pilar Urbano sólo falta que hable el perro del Rey. Pero, cuidado, no es “imposible de creer” como asevera Zarzuela. Por muy interesada que sea su revisión de la Historia, son muchos los que siempre han visto al Rey como el Elefante blanco del 23-F y son cada vez más los que lo quieren creer hoy. Puede que nos falten muchos ángulos de este capítulo de la Transición pero ¿por ello ha de ser falso lo que sabíamos hasta ahora? Es más, dejando de lado la parte más morbosa y novelesca del libro, poco aporta la periodista a trabajos anteriores de enorme solvencia como la Anatomía de un instante de Javier Cercas.

¿Importa algo? Creemos lo que queremos creer. Nada importa para los homo fabulators que hemos consentido prostituir el ideal de la verdad por lo verosímil. Nos conformamos con la apariencia de verdad y a veces ni eso. La verdad también está en crisis. Tanto como los programas electorales que nadie cumple, las promesas que han dejado de causarnos desconfianza -poco queda ya que se ‘pueda prometer’- y los discursos que se van levantando sobre el eco de la oquedad del márketing.

La crisis de la verdad es, además, de ida y vuelta. Maquillamos de verdad lo que no lo es y miramos para otro lado cuando molesta. Los inmigrantes encaramados en la valla de la vergüenza de Melilla, en el escaparate de la desesperación, son el rostro de esa verdad incómoda que nos asalta con la insistente impertinencia de los lamentos de la tragedia y que es mucho más fácil digerir si la sumergimos entre el thriller de mafias y las vaguedades de los diplomáticos en las cumbres.

Ni siquiera estamos a salvo de las fábulas que no lo son y deberían. Estoy pensando en la ‘fuga’ de Aguirre. Sería más plausible inventar su huida que leer en los periódicos cómo, en cuestión de horas, la lideresa del PP ha pasado de pedir disculpas a exigir la ‘cabeza’ de los agentes por machistas y abuso de la autoridad. La moraleja de esta fábula debería ser la ‘no ejemplaridad’ pero ni siquiera esta regla se cumple ya en nuestra descreída e inoculada sociedad. ¿Piensan que tendrá algún coste su soberbia y su arrogancia más allá de la multa? Permítanme que lo dude. No para los homo fabulators que deambulamos ávidos de historias huyendo de las verdades que duelen; buscando verdades descafeinadas que poder creer.