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Nos vemos en los tribunales

Magdalena Trillo | 30 de marzo de 2014 a las 12:38

ISABEL Nieto tiene fama de dura. Puede que entre todos hayamos inventado una leyenda urbana, pero media Granada sabe que desde que ella tomó las riendas de Urbanismo en la capital no hay ‘comidas de trabajo’. La explicación es un arrebato de sentido común: cualquier tema que se hable entre vinos ha de poder discutirse en una oficina municipal con la presencia de los técnicos. Le podemos llamar propuestas, presiones, prebendas… y podemos ir de los corredores de fincas que cerraban los tratos entre la nebulosa de la manzanilla y el dominó hasta la colección de maletines que ha terminado escribiendo la historia judicial de demasiados ayuntamientos de España.

El resultado es el peso de una tradición de la que es difícil escapar. Tal vez por ello y por la seriedad con que la edil se ha movido hasta ahora (no le ha salpicado ni el ‘caso del Cerrillo’ que ha puesto contra las cuerdas al propio alcalde y a toda la cúpula de su área), ha sorprendido la denuncia que realizó esta semana sobre las supuestas coacciones que sus funcionarios están recibiendo para “intimidarles” e incidir en su “imparcialidad” en la tramitación de expedientes como el que afecta al centro Serrallo. Nieto no sólo recriminó a IU que haya presentado unas alegaciones en las que viene a acusar a los técnicos de “cubrir delitos” y “delinquir” sino que desveló llamadas telefónicas de particulares “de muy malas formas” que están generando una presión inadmisible.

El asunto, que está ya en manos de los asesores jurídicos del Ayuntamiento, puede acabar en los tribunales. Y parece que con razón. El problema es que estamos en un momento de la vida pública en el que tanto se ha difuminado el muro que debía separar la política y la justicia que cada vez es más difícil saber cuándo estamos en la guerra de confrontación y cuándo se ha sobrepasado la línea que ha de justificar la acción de la justicia: cuándo los políticos hacen política y cuándo se aprovechan de los tribunales; cuándo lo jueces hacen justicia y cuándo se inmiscuyen en la política.

Lo menos que se puede decir de Alaya en su especial instrucción del caso de los ERE es que es una “juez peculiar“; lo último que el juez Moreno ha dicho del Ayuntamiento de Armilla y de la agencia Idea de la Junta es que “sorprende” que no se hayan personado en la causa de los vertidos fecales del Parque de la Salud. Que lo hiciera Antonio Ayllón (PP) cuando tenía la Alcaldía y que, tras la moción de censura, no lo ha haya hecho el equipo de Gerardo Sánchez (PSOE). Porque sólo la ‘ilógica’ de la política y los intereses partidistas podrían explicar que el municipio esté perjudicado por unos hechos presuntamente delictivos y, unos meses después, con un cambio de color en la corporación, se olvide todo el asunto.

En la capital, Torres Hurtado lleva buena parte de su tercer mandato criticando a la oposición, especialmente al grupo socialista, que se haya obcecado en intentar ganar en los tribunales (con bastante poca fortuna) lo que le niegan las urnas y, en la provincia, tenemos ya tantos ejemplos de guerras internas y de mociones de censura por corrupción que ni es fácil creer a unos ni confiar en otros.

A pesar de todo, y hasta de ellos mismos, la Justicia se mantiene como el último bastión de los ciudadanos en un intento -tal vez iluso- de preservar la credibilidad en el sistema. La última encuesta del Egopa constata el hartazgo ciudadano en una escala que va de la “desconfianza” y la “irritación” al “aburrimiento”; ocho de cada diez granadinos confiesan que no se identifican con ningún partido político y la incógnita no es ya si gana PSOE o PP sino quién pierde más votantes.

Lo más desalentador de todo es tener que comprobar que, si quieren, pueden. Me refiero a Aznalcóllar, un conflicto que prometía dejarnos meses de confrontación política mientras se dirimía en el Constitucional y que se ha resuelto con unas llamadas de teléfono y una buena dosis de responsabilidad y de seriedad. ¿Tan difícil es seguir el ejemplo?

En el último pleno de la capital se han analizado 105 puntos y sólo se han alcanzado cuatro acuerdos, uno de ellos para que el Gobierno de Rajoy baje el IVA a los peluqueros y otro para decirle a la Junta que elimine la obligación de que los perros lleven bozal…

Puestos a vernos en los tribunales, estaría bien que sirviera para saber hasta qué punto nos están tomando el pelo… Unos y otros… Puede que la Justicia no sea la salvación pero es evidente que ganamos todos si la preservamos de la confrontación. Respetándola cuando nos dé la razón y cuando no (incluido Artur Mas) y limitando al máximo los casos de impunidad.

Reinicio

Magdalena Trillo | 25 de diciembre de 2012 a las 19:54

La primera lección que aprendes cuando empiezas a trabajar con ordenadores es el efecto mágico del reinicio. Todo se arregla volviendo al principio. Reseteando. Acabo de terminar de ver la primera temporada de Boss y todavía estoy impactada por la maquiavélica fontanería de la alcaldía de Chicago. ¿Tan profundas son las cloacas de la alta política? La serie de Kelsey Grammer, lo recordarán de Fraiser, puede que peque de excesos y resulte en algunos momentos frívola y pretenciosa. Pero sólo por la crudeza con que nos recuerda ese ancestral baile de estrategias, manipulación y juego sucio que, desde Aristóteles, es este “arte de lo posible”.

No son generalidades. Y no tenemos que irnos a Estados Unidos para constatar que la política necesita un reinicio. Me convenzo cada vez que cambio de canal indignada ante tanta hipocresía, falta de responsabilidad y crispación. Pienso en la Valencia del Gürtel, en la Andalucía de los ERE y los gin-tonic, en los saraos burgueses de Urdangarin, en los safaris africanos del Rey, en los tejemanejes del señor Díaz Ferrán… Tan real como la ficción.

En Granada, la política que mejor ‘funciona’ es la del agravio y la discriminación. Víctimas, siempre, según soplen las banderas. Ahora acosados por Sevilla; en la anterior legislatura sufridores tanto de la Junta como del Gobierno central. ¡Para acabar en el esperpento de una guerra de embargos por las obras del Metro!

Para el PP, la culpa de todo la tiene Zapatero. Zapatero y la cansina “herencia recibida”. Aunque olvidan que la prometida “confianza” no llegó con Rajoy por Navidad y, un año después, siguen empeñados en que nada hay que reprochar a un Ejecutivo que se jacta de crecerse como los toros en el ruedo. ¿Ni siquiera el récord de parados que fulminamos mes tras mes desde que se aprobó la reforma laboral? ¿Ni siquiera la fábrica de independentismo y confrontación en que han convertido Madrid? ¿Ni siquiera la heroicidad de ser capaces de poner en contra a todos los estamentos de la Justicia, la Educación y la Sanidad?

En Sevilla no se gobierna, se hace oposición. Muy en su papel de ‘aldea gala’ del socialismo. Recuperando la dureza de la etapa Chaves-Aznar y olvidando que es el PSOE quien lleva tres décadas gobernando con absoluta autonomía y libertad para fijar el camino (acertado o no) de esta comunidad. Hace unos días celebraba Griñán el desplome en intención de voto del PP que recogía el último Barómetro de Opinión Pública (casi diez puntos) pero pasaba de puntillas por el suspenso rotundo que los andaluces dan al gobierno bipartito y lo que resulta más preocupante: la mayoría de los ciudadanos desconfía del sistema democrático y de los partidos. Crisis y paro sólo conducen al desánimo, a la pérdida de autoestima, al cuestionamiento mismo de la democracia. ¿Efecto Rajoy vs efecto Zapatero? ¿Efecto Rajoy vs efecto Griñán?

Tal vez la única forma de imponer algo de sentido común y coherencia sea con drásticas soluciones de emergencia. Reiniciar. “Repensar el Estado o destruirlo” como propone de forma provocadora el jurista cordobés Muñoz Machado en su Informe sobre España. Reformar. Pero no sólo el modelo de Estado y la Constitución; hay que empezar regenerando la política para salvarla de la ‘antipolítica’, para protegerla del peligroso y siempre acechante populismo, para blindarla de los abusos de poder y la corrupción. La primera cuestión sería cómo: ¿hay botón de reinicio? La segunda, a qué precio: ¿estamos dispuestos a renunciar a ese Olimpo de prebendas y sinecuras del que hace poco hablaba el diputado Andrés Ollero?

Lanzo una propuesta constructiva y hasta austera. Empecemos por ‘dejar de lloriquear’. Así se titula el libro que acaba de publicar la periodista alemana Meredith Haaf. Ella habla de la generación ‘sobradamente preparada’ de los 80; de los jóvenes que pasan de la política porque, sencillamente, nunca han estado cerca de ella. Una generación que no figura en la historia porque, cuando ocurre algo importante, nunca están allí: “Estamos en Facebook. O de fiesta. O estudiando para un examen. O de becarios…”.

Unos no están y otros están perdidos compadeciéndose y buscando culpables para escurrir el bulto. ¿Nadie es responsable de nada en este país? Dejemos de lloriquear y estrenemos el nuevo año pulsando el reset.