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¿A qué aspira Granada?

Magdalena Trillo | 22 de febrero de 2015 a las 22:12

Simplificando mucho, el problema del Atrio que Álvaro Siza ha diseñado como gran puerta de entrada a la Alhambra es que es mucho proyecto para Granada. ¡Otra vez! Ya nos pasó con la grandiosa estación del AVE que el Gobierno socialista encargó a Rafael Moneo en 2009 para resarcir a la ciudad por tantos años de comunicaciones tercermundistas y promesas incumplidas y, sólo un poco después, lo tendríamos que volver a vivir con el Teatro de la Ópera de Kengo Kuma, aquel espectacular Granatum con el que el arquitecto japonés ganó hace siete años el concurso de ideas que culminó un interminable debate sobre si Granada necesitaba o no un gran espacio escénico. Al final dijimos ‘sí’ pero la realidad nos corrigió.

Los dos proyectos están en un cajón. Los dos se plantearon con ambición y los dos han sucumbido a la crisis y a las propias dinámicas destructivas de esta ciudad. El AVE se ha descafeinado por el camino y nada tienen que ver los 570 millones que iban a invertirse en la Estación Mariana Pineda con el parcheo que se está realizando en estos momentos en Renfe para recibir un tren low cost, sin soterramiento en La Chana y con una más que cuestionable velocidad. Bien es cierto que, esta vez, llegará. Con un alto precio para Granada -¿alguien confía en que el proyecto sea a medio plazo reversible’-, pero llegará. Y casi al mismo tiempo que lograremos terminar las obras malditas de la A-7 y veremos el Metro empezar a funcionar.

El vanguardista edificio de Kengo Kuma, un arriesgado proyecto que nada más darse a conocer se convirtió en un referente arquitectónico para profesionales y alumnos, se concibió como una granada abierta a la Vega que coqueteaba en la distancia con la Alhambra y Sierra Nevada, dialogaba con el Parque de las Ciencias y el Museo de la Memoria y dotaba a la ciudad de un auditorio con 1.500 localidades técnicamente preparado para poder programar espectáculos de primer nivel de teatro, danza y, por fin, ópera. No era (sólo) un proyecto para ser contemplado; era un proyecto para ser “experimentado”.

Esta semana nos contaban que técnicamente no está muerto, que está en fase de “supervisión” en la Consejería de Cultura y que, incluso, podría rescatarse si se consiguen unos fondos europeos que están pendientes de consignación. Por Sevilla, de momento, no quieren ni oír hablar de Kengo Kuma. Si los 45 millones que se destinarán en cinco años al Atrio han conseguido despertar el fantasma del turista ‘mochilero’ y hasta IU se ha posicionado en contra después de firmar un convenio para financiarlo (el mal de la incoherencia no es exclusivo de socialistas y populares), imagínense lo que podríamos armar si recuperamos el Granatum del japonés y no sólo pensamos en construirlo sino también en mantenerlo y en programar.

Pero, sinceramente, una cosa es la prudencia y la tan reclamada “sostenibilidad” y otra bien distinta la miopía. ¿No tenemos ya bastantes chapuzas en Granada? ¿No nos fustigamos lo suficiente viendo la actividad del faraónico aeropuerto de la Costa del Sol con su casi centenar de conexiones internacionales? ¿No nos lamentamos del salto que Málaga ha dado en su oferta cultural con los millonarios proyectos museísticos que su alcalde (también del PP) ha sacado adelante en plena crisis y nos empezamos a preocupar por si aquí, también, perdemos liderazgo?

¡En qué quedamos! Debería dar miedo pensar qué nueva polémica nos vamos a enredar en los próximos meses cuando Granada culmine las grandes infraestructuras que nos han tenido ocupados en la última década. La línea marítima a Melilla promete pero, sin duda, resultará más jugoso -y mediático- lanzarse sobre la Colina Roja. O sobre la Sierra. Me niego a defender que es algo consustancial al ADN del granadino. Y menos ahora… que hasta los científicos han desmontado el asentadísimo mito de que la alta montaña multiplica las posibilidades de sufrir un infarto.

Nada puede haber en el ambiente de esta Granada que siempre ha sabido cautivar viajeros y fascinar hacia fuera para que, de puertas adentro, nos repleguemos y no seamos capaces siquiera de permitirnos el lujo de tener aspiraciones. Y no hablo de dibujar castillos en el aire; hablo de empezar resolviendo nuestro problema de autoestima y falta de visión. Hablo de tener personalidad para saber hacia dónde queremos que camine Granada sin copiar al de al lado ni entrar en insufribles disputas de agravios. Hablo de lograr un mínimo consenso político y social para saber por qué vamos a luchar. Hablo de no acomodarnos pidiendo el ‘café para todos’ en todas las escalas.

¿De verdad no queremos subir a la Alhambra cualquier noche de verano del Festival y terminar la velada tomando unas copas en la terraza del restaurante que ha diseñado Álvaro Siza? ¿No nos gustaría llegar a un parking decente sin doblarnos un tobillo al salir del coche? ¿No preferirán los turistas hacer cola para comprar una entrada sin mojarse cuando llueve, helarse de frío o morirse de un sofoco? Nos equivocamos de debate si lo reducimos a oportunismos (e inoportunismos) electorales. Puede -y debe- haber discusión pero atrevámonos, por una vez, a no pensar a la defensiva y hagámoslo con un planteamiento constructivo. Se puede entender que ni la estación de Moneo ni el Teatro de Kengo Kuma hayan sido proyectos asumibles en momentos de durísimos recortes. Pero el de Alvaro Siza, al menos en teoría, se podría afrontar: ¿no sentiriamos envidia si el proyecto si se hubiera planteado para Málaga?

Aunque sorprende la intensidad del revuelo cuando hace más de cuatro años que se aprobó el proyecto y se dio a conocer, entendamos que es ahora, en el momento en el que nos recuerdan que (éste sí) se va a ejecutar y vamos al detalle de la obra, cuando toca el turno de la polémica…

Desde el punto de vista arquitectónico, pocas voces lo cuestionan. La envergadura de la actuación y la financiación es otro tema. Y, por supuesto, en el trasfondo siempre está el recurrente debate sobre el aislamiento de la Alhambra y el agrio cuestionamiento a la política de gestión actual. Del “no sostenible” y el “disparate” al miedo de convertir el monumento en una “isla” para turistas.

Dicen que perjudicará a los hosteleros: ¿alguna vez dejarán de quejarse nuestros empresarios del sector turístico?, ¿alguna vez les oiremos confesar que les va bien? Dicen que es un “exceso” cuando hay tantas necesidades de inversión cultural en Granada y cuando la propia Junta de Andalucía está recortando inversiones de mayor necesidad social: ¿estaríamos con este debate si no se hubiera convocado el 22-M y faltaran menos de tres meses para las municipales? Dicen que “no es el momento”: ¿alguien sabe cuándo es el momento de que nos pongamos de acuerdo en algo en esta ciudad?

Estaría bien empezar preguntándonos, -y contestando con honestidad-, si saben los políticos, si saben los responsables institucionales, si sabemos nosotros, a qué aspiramos.

Patrimonio de la Humanidad: cómo y para qué

Magdalena Trillo | 16 de noviembre de 2014 a las 10:27

La Alhambra celebra este fin de semana el treinta aniversario de su declaración como Patrimonio de la Humanidad. El Albaicín suma veinte. La Alpujarra quería empezar ahora. La primera pregunta que podríamos hacernos en todos los casos es una: ¿para qué? El monumento nazarí tal vez sea uno de los ejemplos más sólidos a nivel mundial sobre los beneficios que supone reconocer y proteger un bien, aplicar estrictos criterios de eficiencia e innovación en la gestión y contar con un plan de inversiones estable y suficiente. El amplio informe que hoy publicamos con motivo de las jornadas de puertas abiertas que ha organizado el Patronato da una idea de dónde estábamos hace tres décadas, de la posición internacional de referencia que ha sabido ocupar la Alhambra y del horizonte que ya está diseñado.

El Albaicín representa justo lo contrario. El expediente se ‘coló’ en los años 90 en la Lista de la Unesco pero su declaración se ha convertido en un lastre para los vecinos, para las administraciones y hasta para la Alhambra que está sometida a una constante presión para que ‘tire’ del proyecto y asuma una responsabilidad de inversión y de planificación que excede claramente sus competencias. Mientras, el barrio morisco languidece transmutado en un parque temático para turistas con unos vecinos reducidos a actores secundarios y unas administraciones incapaces de impulsar un plan especial de protección y desarrollo ambicioso que responda a las necesidades reales de una población cada vez más acosada por los intereses especulativos.

La Alpujarra se ha convertido esta semana en un símbolo del despropósito, de esa Granada que parece disfrutar dinamitándose desde dentro. Hubiera sido un debate apasionante plantear los retos que supone proteger un paisaje natural tan complejo, cómo conjugar los intereses de los pueblos con el impacto que la declaración tendría en el turismo, cómo convertir el ‘sello mundial’ en una oportunidad de desarrollo para la comarca y no en un nuevo quebradero de cabeza para vecinos y ayuntamientos. Y todo ello con un doble condicionante: por un lado, el suplicio y las restricciones que ya ha supuesto para la población la protección como BIC del Barranco de Poqueira y el Sitio Histórico de la Alpujarra Media y La Tahá -para cambiar un cuarto de baño, por ejemplo, hay que venir a la capital, pedir permiso a Cultura y esperar cuatro o cinco meses hasta que informa la Comisión de Patrimonio-; por otro lado, el esfuerzo que la declaración de la Unesco implicaría para la gestión local al obligar a desarrollar planes especiales propios de protección y, consecuentemente, destinar importantes fondos. No olvidemos que el marchamo del Patrimonio Mundial es un elemento muy poderoso para la promoción turística, para “situar la Alpujarra en el mapa”, pero ni protege nada de por sí ni conlleva una línea directa de inversión.

Lamentablemente, no son los desafíos de la gestión urbana y cultural los que marcan el debate sino la política. Hace treinta meses que la Diputación impulsó el proyecto y han bastado unos cuantos días para torpedearlo. El consejero de Cultura de la Junta, Luciano Alonso, lanzó ayer el balón al Ministerio. Dijo desconocer por qué no se ha incluido el expediente de la Alpujarra en el orden del día del Consejo de Patrimonio Histórico de la próxima semana y recordó que un requisito fundamental es el “consenso”, tanto institucional como de la sociedad civil.

Sebastián Pérez ya anticipó hace unos días otra ‘jugada': es una operación de derribo del PSOE provincial para evitar que los populares, que la propia Diputación, se anote un éxito de tal calado a tan pocos meses de las municipales. A nivel regional también se han hecho los cálculos y parece más rentable hacer un guiño a Córdoba que a Granada. Medina Azahara, como antes ocurrió con los dólmenes de Antequera, nos ha pasado por encima. Si los elementos técnicos, la oportunidad del expediente y las expectativas de apoyo hubieran sido lo realmente determinante, la Alpujarra estaría en la Lista Indicativa, conscientes todos del compromiso expreso del Gobierno de Rajoy de empujar el expediente para su aprobación final por la Unesco.

Así, sólo una sorpresa de última hora en las sesiones que se celebran lunes y martes en Lanzarote podría revitalizar el expediente. Nadie cuenta con ello: han pesado más los cálculos electorales; la política ha herido de muerte el proyecto. Es verdad que la candidatura nació hace tres veranos como una iniciativa personal del presidente de la Diputación y también es verdad que se había impulsado como uno de los proyectos bandera de su mandato, pero en el camino se ha abierto a la discusión y el debate, se ha sumado la Universidad, se ha puesto al frente del expediente el rector, el documento se ha dejado en manos de los técnicos y se ha modificado para incorporar todas las recomendaciones de la propia Junta, del Gobierno y de Icomos. Si de competir con Medina Azahara se trata, la falta de consenso se ha impuesto como debilidad insuperable, pero la propuesta de Granada es mucho más excepcional y con unos valores universales que conectan mucho mejor con los tipos de bienes que la Unesco quiere promover en estos momentos. Y con un expediente terminado…

Queda, por supuesto, mucho que trabajar y explicar, muchas aristas que limar y muchas legítimas incertidumbres que resolver, pero la ‘rebelión’ de esta semana en la comarca ha parecido más un teatro orquestado de confrontación que un conflicto real. El diputado de Turismo se ha proclamado víctima, pero lo ha sido por deméritos propios. Sólo lanzo una pregunta: si en los últimos meses ha estado de viaje con el Patronato Provincial en Dubai, Miami, Tokio, Buenos Aires, Londres… ¿cuándo se ha dedicado a poner orden en su casa? ¿a evitar la supuesta “intoxicación” y “manipulación” impidiendo que hasta los suyos se sumaran a las mociones en contra de la candidatura?

El propio subdelegado del Gobierno, Santiago Pérez (PP), habló esta semana de “fallos” en la gestión de la Diputación y ni el alcalde de la capital ha eludido el tema lamentando la “falta de altura de miras de todos”. Puestos a defender el patrimonio y dar ejemplo, también a la Junta podríamos pedirle que mirase en ‘casa’ y explique algún día por qué se eliminó la Oficina de Rehabilitación del Albaicín y por qué nunca se ha puesto en marcha la Oficina de Cultura que se prometió para la Alpujarra para agilizar los trámites de los BIC y dar una respuesta cercana a los vecinos.

En julio de 2003, con repique de campanas y cohetes, recibieron los vecinos de Úbeda y Baeza la declaración de Patrimonio de la Humanidad tras más de una década de espera. Cuando los técnicos de la Unesco visitaron las ciudades para evaluar el expediente, yo trabajaba como periodista en Jaén. Recuerdo aquellos días con tantos nervios como cuando pasé la Selectividad. Todo el pueblo, todos los partidos, todos los colectivos lo vivieron con la misma intensidad. Era un clamor popular. No veo a la Alpujarra con pancartas apoyando la candidatura pero entristece ver la oscuridad con que está a punto de morir, antes de terminar de nacer, lo que pudo ser un sueño colectivo y un estímulo para una comarca tan sometida al olvido.

Y sí, una vez más, pasa en Granada.