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Federico vive

Magdalena Trillo | 1 de abril de 2018 a las 10:00

Así que pasen quince años… Con este guiño lorquiano a una de las obras “imposibles” que escribió Federico -no sólo El maleficio de la mariposa fue un fracaso cuando se estrenó-, resulta tentador volver a escribir el mismo artículo; el que mira hacia atrás. El que se lamentaría de los quince años de conflictos y desencuentros entre los políticos y la familia que han terminado convirtiendo la puesta en marcha del Centro Lorca en una endiablada cuenta atrás, el que se escandalizaría por ver el nombre del poeta unido a esas estafas de guante blanco más propias de nuestros tiempos de corrupción que de los suyos de picaresca, el que hablaría de la placa de La Caixa que ya luce atornillada en la fachada del edificio de La Romanilla y se perdería buceando en lo que sabemos -y lo que no- sobre el tortuoso camino que conecta dos fotos: la de Laura-García Lorca con el entonces presidente José María Aznar en la famosa reunión de Moncloa de enero de 2004 y la de los camiones de mudanza del pasado 19 de marzo depositando los primeros fondos del legado en Granada.

No es ningún regreso -es una llegada- y es mucho más que una “habitación propia” lo que ya tiene Federico en su ciudad. Las más de 5.000 piezas y documentos que integran los fondos que desde 1986 se custodian en la Residencia de Estudiantes terminarán de ocupar la cámara acorazada del Centro Lorca antes del verano.

Hasta entonces, llegarán noticias de los tribunales (por el fraude del anterior secretario de la Fundación, Juan Tomás Martín) y de las instituciones que habrán de despejar el complejo escenario de cómo, con qué fórmula y con qué presupuesto, se gestiona el que está llamado a convertirse en un centro de referencia y en un revulsivo para el nuevo panorama cultural español.

inauguracion

Lo exige la marca. El Centro Lorca no puede ser uno más. No lo fue Federico y no puede serlo el gran proyecto que lleva su nombre. Le escuché decir una vez al hispanista Ian Gibson que poco importa si el legado está o no en Granada, que hoy todo está digitalizado y a disposición de los investigadores. Pero es que el debate es otro: no hablamos (sólo) de los estudios lorquianos -deben ser una pieza angular, pero una más- y no deberíamos conformarnos con mantener abierto, con un hilo de subsistencia de fondos públicos, un museo-tanatorio en memoria del poeta.

Federico vive. Con este lema intentó el anterior gobierno en la Diputación (PP) recuperar el espíritu de La Barraca, llevar la obra de Lorca a los pueblos y, aunque nunca fuera un objetivo explícito, contrarrestar la acción del Gobierno andaluz con la búsqueda de sus restos siguiendo las hipótesis de su asesinato entre Víznar y Alfacar. Nos guste o no, son dos páginas entrelazadas de una misma historia y en las dos interviene la política.

Pero miremos hacia adelante. El Centro Lorca llega en un momento clave y de intenso debate en la política cultural. Granada ha situado el proyecto de la Capitalidad del 2031 como un horizonte de oportunidad para relanzar su oferta y resituarse como destino de prestigio. Y lo hace justo cuando los gestores de los grandes museos y centro culturales están repensando lo que son y lo que quieren ser.

En enero se reunían en París los máximos responsables del MoMa de Nueva York, el Pompidou francés, la Tate de Londres, el LACMA de Los Angeles, el Hermitage de San Petersburgo y el Reina Sofía de Madrid poniéndolo todo en cuestión: el porqué y para qué de la (democrática) gratuidad, el dilema entre la razón utilitaria y la razón creativa, el coste de los blockbuster sometidos a la tiranía del público, el riesgo de las franquicias y la homogeneización…

El paso adelante de Málaga es una cuestión coyuntural; una interesada distracción. Y el Centro Lorca, con la misma fuerza que lo hace la Alhambra, no puede quedar relegado a disputas localistas y planteamientos provincianos. Cómo establecer vías de financiación que superen el modelo de confort de la subvención y que creen comunidad, hacia dónde lanzar las redes de las sinergias y con qué contrapartidas, cómo sostener una programación de primer nivel capaz de romper y de coser entre lo viejo y lo nuevo…

Lo excepcional, lo único, la marca, la tenemos. Pero queda lo más difícil. Darle vida.

Una foto que vale un mandato

Magdalena Trillo | 22 de mayo de 2016 a las 10:33

Cuánto cuesta una foto. Una foto que salvara todo un mandato. Una foto que viniera a legitimar la inesperada oportunidad de ser alcalde sin tener que volver a pasar por las urnas. Una foto que terminara justificando el desalojo del gobierno del adversario -la lista más votada- con el respaldo de toda la oposición y compensara las penurias, el sufrimiento y las “duras decisiones” que empiezan a vislumbrar las quebradas cuentas municipales.

Es una foto compleja pero posible. Es la foto del legado de Federico García Lorca en Granada. Torres Hurtado inauguró el edificio que simbolizará la reconciliación de la ciudad con su poeta más universal, pero vacío. Paco Cuenca probablemente esté el día en que se desempaqueten las cajas y asciendan las cartas, los libros, los dibujos y los manuscritos a la cámara acorazada del Centro Lorca.

La política no es justa. Ni compasiva. Ni agradece ni espera. Durante tres mandatos, Federico ha sido uno de los ejes vertebradores de la gestión del PP. El anterior gobierno tripartito lo intentó pero sin éxito. En 2003, a los pocos meses de desembarcar en la Plaza del Carmen, fue el equipo de Pepe Torres (PP) quien consiguió desbloquear la negociación para traer el legado, acordó con la familia el emplazamiento en la Plaza de la Romanilla y, aunque con siete años de retraso, ha podido abrir las puertas del centro.

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Todo empezó con la polémica foto del ex presidente José María Aznar y Laura García-Lorca en La Moncloa pero después vendrían las instantáneas de la buena sintonía institucional. Las de los brindis y los acuerdos. El compromiso local era firme y no importaba demasiado quién gobernaba en Sevilla y en Madrid. Todos tuvieron su foto. La inversión millonaria llegaba desde Europa y casi bastaba con dejarse abrumar por la obra escultórica que se colaba en la plaza y empezaba a coquetear con la Catedral.

No sólo la corrupción rompió el sueño. A la avaricia de unos se unió la ambición de otros. La bajeza de la condición humana. Intrigas palaciegas en tiempos de falsa transparencia y de sobreactuación. Maniobras más que cuestionables. ¿Necesidad? Por encima del maniqueísmo de buenos y malos, una deriva moralmente reprobable.

No hablo de lo legal ni de lo penal. De lo que administrativamente y judicialmente todavía ha de esclarecerse. Hablo del momento en que se expulsó a la Fundación del Consorcio Lorca con una modificación estatutaria engañosamente explicada a la opinión pública.Había un teórico fin superior -legítimo y hasta defendible- de castigar la gestión de la familia Lorca tras destaparse la presunta estafa del gerente y los problemas para justificar los gastos. Pero también una operación encubierta de asumir las riendas del futuro centro. De nuevo, el poder.

Los propios patronos de la Fundación, intelectuales ajenos a este particular desafío de sillones, han criticado abiertamente la desvirtuación del proyecto que se ha producido en el último año. Fue la ruptura del consenso y el torpedeo del Consorcio, pero fueron también las amenazas veladas de recurrir a los tribunales para hacer efectiva la llegada del legado y ha sido, sobre todo, el sorpresivo ‘blindaje’ del legado lorquiano como BIC a iniciativa del Ministerio de Cultura y la Comunidad de Madrid con sospechas interesadas sobre su custodia y conservación.

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Entonces llegó la foto. La de Paco Cuenca y Laura García-Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Justo un día antes de la ceremonia del Premio Lorca. Doce años después de la puesta de largo del certamen literario en el mítico Waldorf Astoria de Nueva York, el edificio de La Romanilla acogería por primera vez la entrega de la estatuilla lorquiana. Y por primera vez sería un alcalde socialista, arropado por un presidente de la Diputación socialista y una delegada de la Junta socialista, quien ocupara la foto.

Al otro lado, el venezolano Rafael Cadenas denunciaba el insoportable “sufrimiento” que está provocando el “régimen” en su país y ponía voz a la poesía que se alza contra el poder. Contra cualquier abuso de poder. Allí y aquí. Llevaba razón: tal vez no tengamos una idea exacta de qué es la poesía, con qué forma se nos presenta, pero la sabemos reconocer cuando aparece.

Probablemente porque es poesía, se ha salvado el Premio Lorca del naufragio del equipo de Torres Hurtado. Aunque el final de la historia del Centro está por escribir, en nada debería interferir con la otra gran pata del proyecto lorquiano que impulsó el PP nada más llegar a la Alcaldía. Al contrario. La ilusión y el “pulso” que tiene ahora el equipo de Paco Cuenca no difieren demasiado de los aires de cambio y del impulso que se vivían en la Plaza del Carmen tras poner fin al conflictivo tripartito de Moratalla. Y si hoy hay Centro Lorca, si hoy se ha consolidado el Premio Lorca de Poesía en el implacable mundo de las letras, es porque políticos -y aliados- de aquel equipo lo supieron ver, valorar y defender.

No es una foto fija ni simple la que necesita Paco Cuenca para ir construyendo una gestión que vaya más allá de la estricta supervivencia, que reduzca su paso por el poder a un mandato de pura transición. Ni siquiera es sólo una. Esta semana ha logrado el primer flash de la foto lorquiana, pero difuminada por la sombra de lo que costará. Hablamos de lo realmente complicado: de dinero. Del ‘agujero’ al que hay que hacer frente. De las partidas sin justificar, de los fondos supuestamente saqueados y del sobrecoste que ha supuesto la obra. De la preocupación por que el legado llegue “a cambio” de la condonación de las deudas.

El legado de Lorca tiene que estar en Granada pero ni el chantaje ni la extorsión pueden formar parte de ese viaje. ¿Eso significa que no tendrá en precio? No seamos ilusos, todo tiene un precio: simbólico y real. La cuestión es tan sencilla -y tan difícil- como penetrar en el agujero negro del Centro Lorca y fijar qué cuota de responsabilidad corresponde a cada uno de los actores que se disputan aparecer en la foto. En esa foto en la que todos quieren estar. En esa foto que bien vale un mandato.

El Centro Lorca, en vías de solución

Magdalena Trillo | 3 de diciembre de 2012 a las 9:34

Tiene ecos Granada de esa geometría y angustia que Federico García Lorca vio hace ochenta años en Nueva York. “Nada más poético y terrible”, escribió en su conocida conferencia de 1932, “que la lucha de los rascacielos con el cielo que los cubre”. Angustia y alienación.

La metáfora de la sociedad contemporánea. Una ciudad hormiguero apresada entre la monumentalidad de la ingeniería urbanística que fascina al viajero y la inhumanidad del sistema capitalista que la alimenta. Alienación y agonía.

En un juego de espejos, la arquitectura extrahumana y el ritmo furioso de Manhattan hunden las raíces en la historia milenaria de Granada. Tierras movedizas que se enfrentan al pasado con la misma fuerza que los enjambres furiosos taladran el sky line de Nueva York. En la Gran Manzana, “la aurora llega y nadie la recibe en su boca/ porque no hay mañana ni esperanza posible”. En Granada hemos enterrado la aurora en el laberinto de la ineptitud. Agonía y fracaso.

En 2013 este periódico cumple diez años y reconozco que, en todo este tiempo, no hay nada que me haya causado más frustración que escribir sobre el prometido regreso del legado lorquiano. El centro de la Romanilla debía ser una realidad en 2007, el mismo año que fijaron los socialistas para que el AVE llegara a Granada. Los dos proyectos están en vía muerta: el primero golpeado por los ajustes presupuestarios y las disputas partidistas que han sumido el proyecto en un estado de absoluta indefinición; el segundo, buscando aún una salida que lime recelos y concilie sensibilidades.

El histórico acuerdo político para que Granada recuperase la obra del poeta de Fuente Vaqueros se produjo en 2004 y, en 2005, un grupo de arquitectos mexicanos y eslovenos ganaba el concurso de ideas para levantar en el corazón de la capital un edificio que honrara su memoria y difundiera su creación literaria y artística. Era entonces Chaves quien se enorgullecía de que “la misma sociedad que lo destruyó” fuese capaz “de aliarse y comprometerse”. De momento, una falacia. El gran cubo de acero ‘colgado’ del cielo que debía custodiar miles de hojas manuscritas, su biblioteca personal, su archivo fotográfico y cientos de cartas y documentos de enorme valor histórico quedó truncado en 2010 cuando se acercaba al 95% de ejecución.

Si no fuera por los precedentes, el título de este artículo debería encabezar una noticia a cinco columnas. Más aún si desvelamos que las administraciones integradas en el Consorcio de gestión están ultimando un acuerdo para que el Centro se inaugure dentro de un año. El pacto de silencio que hay entre Ayuntamiento, Junta, Diputación y Gobierno central es la prueba más fehaciente de que hay motivos para creer. Me confirman varias fuentes que “un año es un plazo razonable” y me avanzan que ya se está trabajando incluso para dar cierta autonomía en cuanto a la programación y el funcionamiento del Centro.

El propio consejero de Cultura ha destacado en el Parlamento la “prioridad” del proyecto lorquiano y me consta que tanto Ayuntamiento como Diputación tienen previsto cómo afrontar sus aportaciones en 2013. Una vez más, es una cuestión de dinero… y de voluntades. Si nadie se intenta colgar una medalla prematuramente, la comparecencia será conjunta y, probablemente, incluya el anuncio de un importante respaldo de fondos europeos.

Ocho años después del histórico pacto, hay razones para ser optimistas. Aunque sea arrastrados por ese sentimiento tan lorquiano del drama que subyace en esta ciudad. Lo recordaba el viernes la cineasta Chus Gutiérrez cuando recibía el Premio Imagen de Granada: “La cultura es hoy más necesaria que nunca porque nos hace soñar. Soñar que mañana puede ser un día diferente”.

Con la misma intensidad que lo ‘cantó’ Lorca en Nueva York cuando se enfrentó a esa dualidad que Julio Neira recoge en Geometría y angustia (Fundación Lara) rastreando en la obra de los poetas españoles que, desde los inicios de la modernidad, se han dejado fascinar y frustrar en esa jungla de contradicciones y utopías que Granada quiere hacer palpitar desde La Romanilla.

Porque será allí donde habrá de fundirse el Lorca del Romancero con el Lorca que se ofrece “a ser comido por las vacas estrujadas”. Será allí donde podremos ver a los caballos vivir en las tabernas, a las hormigas furiosas atacar los cielos amarillos y a las mariposas disecadas resucitar en una Ciudad sin sueño. Será allí donde podemos evitar que “vengan las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan”.