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Las costuras de Cuba (II): diez lecciones para tejer

Magdalena Trillo | 19 de abril de 2015 a las 10:10

Primera lección: no todo en Cuba es lo que parece. Hoy están llamados a las urnas más de ocho millones de ciudadanos en un proceso que poco tiene que ver con la idea europea de elecciones libres y democráticas. Su sistema, lleno de imperfecciones, es distinto al de cualquier otro país: lo aprobaron en 1976 con la nueva Constitución y, como hay un solo partido político, éste ni postula ni elige. Aunque fuera de esta isla resulte difícil de creer, celebran elecciones parciales cada dos años y medio y generales cada cinco. Este domingo se disputan los votos los futuros delegados a las asambleas municipales (los concejales): los candidatos son propuestos en reuniones de barrio por sus méritos y no tienen que ser militantes comunistas.

En la práctica, sería la versión cubana de lo que nosotros viviremos dentro de un mes pero con la diferencia de que en España nos aturdirán con la oferta de partidos más amplia de nuestra historia y una campaña durísima. En todos los espacios públicos de Cuba se publicita la convocatoria pero no hay debate: un par de rostros y unos párrafos con la biografía de los aspirantes. En el barrio de Vedado, folios en blanco con tipografía casi ilegible intentan movilizar a los vecinos: “Tu propuesta es importante, busca tu candidato”. Recuerdan a las temidas elecciones a presidente de comunidad de vecinos en las que más de uno baja la cabeza para eludir el ‘marrón’.

Lo ‘bueno’ de este modelo es que no hay que competir ni desgastarse discutiendo. Lo ‘malo’ que no es fácil convencer a los cubanos de que se compliquen la vida formando parte de un engranaje desde el que poco se puede cambiar. Más aún si la salida es la “puerta de atrás” a la que todo el mundo termina recurriendo para huir de las mentes cuadradas de los burócratas y poder resolver. Y es que, al final, aquí todo el mundo acaba resolviendo… pero por su cuenta. Esto nos lleva a la lección número 2: en cada casa hay un estratega. Al menos uno… y muy muy paciente.

Lección número 3. Todo en Cuba es una gran cola. Granma, el periódico oficial del PCC, sería el sueño de cualquier partido español; la aspiración de cualquier jefe de prensa a la europea, a la americana. Por lo que cuenta y por lo que calla y, por supuesto, por cómo lo cuenta. Granma, en rojo; Juventud Rebelde, en azul. No hay muchas más diferencias entre estos dos ‘exitosos’ periódicos que contradicen la tormenta perfecta de crisis (económica, tecnológica, de credibilidad y de valores) en que vive el modelo de prensa capitalista: mientras medio mundo lucha contra la muerte del papel y la caída generalizada de lectores, en Cuba hay lista de espera para suscribirse a Granma. La misma que hay que respetar para comprar unas cervezas una noche de trova en el Mejunje de Santa Clara, para compartir un achuchado viaje en un taxi ‘almendrón’ en la bulliciosa capital, para tomarse un helado en la Coppelia de ‘Fresa y chocolate’ y, si te descuidas, para asomarse al Malecón cuando la tarde da un respiro en el achicharrante asfalto habanero.

Por supuesto que en Granma no encontrará ninguna noticia local que duela. No es habitual que se escriba, por ejemplo, de los paupérrimos salarios que sufren los trabajadores: insuficientes (si no tenemos en cuenta el amplísimo programa de gratuidad y servicios subsidiados del Estado) para vivir un solo día en esa otra Cuba de parque temático que se ofrece al viajero. Llegamos a la lección número 4: casi todo en Cuba es dual. Es la tiranía de la doble moneda. Hay una Cuba para pobres y otra para ricos; una de cuento para los turistas y otra compleja y contradictoria para los locales. Desde el doble mercado de divisas que ensancha la desigualdad de clases a la misma velocidad que crece el cuentapropismo (nuestros autónomos) al doble lenguaje con que se envuelve y edulcora la realidad. Lección número 5: Cuba es el país de Santa Eufemia. Nada se llama por su nombre. En los 90 no hubo una gran crisis sino un “periodo especial”, la política económica se “actualiza” no se reforma…

Pero no piense que no hay crítica. La hay. Los cubanos no viven ni temerosos ni callados. Lección número 6: todo se cuestiona en la calle. Este martes incluso Granma abría una de sus ocho páginas con el comprometido análisis de la Cumbre de Panamá que realizaba el presidente de Ecuador. Rafael Correa se posicionaba al lado de Obama advirtiendo que no se puede utilizar la “injerencia de Estados Unidos para justificar” los “fracasos” de América Latina: “Las principales contradicciones son nuestras”.

Aquí llegan las lecciones número 7 y 8. Cuba se mueve entre el “no es fácil” que se extiende de la rutina más cotidiana a la más alta decisión del país (el propio Obama utilizó este término en el histórico discurso de diciembre de anuncio del deshielo) y el “sí se puede” que pusieron de moda los dirigentes de la Revolución y que aún hoy preside alguna que otra valla de carretera recordándonos el “Yes, we can” estadounidense y el lema del Podemos español. De lo primero pueden dar testimonio tanto los guajiros del interior como los yumas (guiris) que llegan con el incipiente boom del turismo con que se empieza a entonar la cancioncilla de “Bienvenido Mr. Marshall”. Lo segundo conlleva una consigna no escrita que muchos comparten: salvo los matrimonios, en Cuba todo es para toda la vida, desde una lavadora hasta la fe en la Revolución.

Lección número 9: Cuba es un gran ajiaco cultural. No tiene que recurrir al barrio chino. Descubrirá este crisol del que habla el antropólogo Fernando Ortiz en el multicolor de su piel, en el mestizaje de sus ritmos y en los sabores exóticos de sus jugos. Le asaltará si visita el Museo de Arte Cubano y se deja llevar por el provocador lenguaje de sus artistas. Le conquistará si entra en cualquier librería y bucea en el compromiso de sus intelectuales. Le ‘perderá’ si se deja seducir en sus fogosas noches caribeñas. Como suelen decir… el que no tiene de Congo tiene de Carabalí.

Lección número 10: todas las lecciones conducen a una. Cuba en un gran traje hilvanado de retazos y pendiente de coser. Pero, ojo, nada tiene que ver este decálogo de lecciones de supervivencia con los retratos de brocha gorda con que interesadamente se golpea a Cuba. No lo es. Se ha escrito a modo de debate y provocación, para leer entre costuras. Desde el respeto a un pueblo que ha sido capaz de gritarle al mundo -y de creerse- que otra forma de vivir es posible y que aún hoy está dispuesto a seguir levantando la cabeza para defender sus ideales. Es entre líneas, colocando matices y colores al “todo”, donde hallará el latir de esa Cuba que ha resistido, que se siente orgullosa de lo que es y a la que ahora le estamos permitiendo que empiece a despertar. No será fácil tejer el traje. Pero será.

Las costuras de Cuba (I)

Magdalena Trillo | 12 de abril de 2015 a las 10:30

Desde el Malecón habanero le siguen gritando a los “señores imperialistas” que no les tienen “absolutamente ningún miedo”. Desde Washington, el deshielo anunciado todavía no se ve en las tiendas, tampoco en gasolineras y mucho menos en las pantallas de los móviles.

En Cuba todo es complejo. Imprevisible. El será es un puede y el es, un tal vez. Ya he aprendido que lo único seguro es que todo es inseguro. El futuro aquí se escribe en condicional pero no encuentro la crispación, los miedos y la frustración del retrato en negro que nos llega a España envuelto en resentimiento. Hay problemas, muchos. Hay pobreza, como en cualquiera de nuestras ciudades. Hay desafíos, todos. Pero ni siquiera es un país de grises, es un país radiante de colores intensos. De esperanzas y de oportunidades. Es un país extremadamente tranquilo, alegre y hospitalario, con una capacidad infinita de autocrítica y una inesperada facilidad para reírse de sí mismo. Que La Habana es Cádiz con más negritos, que Cádiz es La Habana con más salero, no es sólo una canción.

Hablo de la gente, no de política. Es la Andalucía de América. Me han invitado a impartir un seminario sobre Periodismo en la Universidad Central ‘Marta Abreu’ de Las Villas, en la Cuba profunda, en la tierra elegida del Che Guevara, y no hago más que hallar paralelismos. El sol de los puertos, el dulzor del guarapo, el sabor de la guayaba… Es la canción de Carlos Cano y es mucho más. Es el trinar altivo del sinsonte que te anuncia el despertar del día, las sábanas blancas colgadas en los balcones y es la brisa húmeda que acaricia los penachos de las palmas al atardecer. Son nuestras historias de agravios entre provincias, son las eternas quejas por las infraestructuras de comunicación (aquí sí que son un problema mayúsculo) y son los estereotipos con que nos castigan nuestros ‘amigos’ del norte. Sí, los mismos que luego buscan nuestras playas, nuestras quisquillas y nuestro ron.

El New York Times pontifica sobre los desafíos que conllevará el desbloqueo al mismo tiempo que se ultiman los preparativos para la histórica Cumbre de las Américas de Panamá, los cubanos cierran filas con Venezuela y las empresas americanas afilan las calculadoras para evaluar los riesgos y oportunidades de las potenciales inversiones en la isla. 12.000 millones en la próxima década. A tres horas de vuelo, Cuba será para Estados Unidos lo que España es para Europa. Planean pasar de medio millón de viajeros en 2014 a dos millones en 2017; a siete dentro de veinte o treinta años.

De momento, el cuento de la lechera. Lo del papeleo y el ‘vuelva usted mañana’ se lo enseñamos bien los españoles. Como la devocionaria afición al fútbol. Me entero de la humillación del Granada CF ante el Real Madrid por un grupo de profesores desplazados a la provincia de Villa Clara para realizar unas acreditaciones de carreras. Coincido con ellos en la residencia de Los Sauces. Primero el saludo. Luego, la nacionalidad. Irremediablemente después, el pésame. Ni siquiera sabía que se vieran en directo los partidos de la liga española. Estarán incomunicados, pero a Ronaldo se le ve en tiempo real. Y Sara Carbonero también crea escuela en esta Universidad…

Dos horas de cola cuesta salir ya del aeropuerto de La Habana cualquier día de afluencia de vuelos. Ahora son los controles del ébola, pero la realidad es que Cuba no está preparada para recibir el profético aluvión de turistas con que ya cuentan a los dos lados del ‘desbloqueo’. Aunque ya no tengan que fabricar jabón de sosa cáustica para ganarse unos pesos ni inventarse unos zapatos con la goma de las ruedas gastadas del tractor como tuvieron que hacer en su particular crisis. La de los 90. Mientras nosotros vivíamos la feliz burbuja del ladrillo ellos descubrían que eso de ser una potencia del petróleo había sido un espejismo. Tan frágil como la misma URSS. Ellos terminaron de ‘medio’ pagar el precio de su osadía cuando nosotros despertábamos de nuestra pesadilla de hormigón.

Si sobrevivieron entonces, sobrevivirán ahora. Nadie lo duda. Pero la sensación de vacío tal vez sea mayor. No ayuda la falta de transparencia. ¿Después de Fidel? Basta con darse una vuelta por las facultades para percatarse de que hay potencial. Informar sin recurrir al catalejo sigue siendo una odisea pero hay jóvenes universitarios que sueñan con ser buenos periodistas. Que madrugan para aprender, que trasnochan para deslumbrar con su irreverencia y su talento en el festival de teatro de su Universidad y que aprovechan las soleadas mañanas del domingo para medirse jugando al béisbol. Jóvenes que se dan besos furtivos como en cualquier campus español y que aguardan, pacientes, a que la vieja guardia les dé “chance” y les permitan coger las riendas del país.

Están preparados, muy preparados, y tienen millones de ideas para transformar su mundo aun sabiendo que lo que primero les espera es la precariedad. Esa misma que empuja cada año a miles de jóvenes españoles a ‘fugarse’ al extranjero. El vértigo es compartido. Hace medio siglo que se atrevieron a pintar la Universidad “de negro, de obrero y de campesino” siguiendo la revolucionaria consigna del Che y tal vez ahora tengan que idear la forma de “quitar las viejas cerraduras”, de “cambiar los muebles de la casa” y de cambiar el color a las paredes “sin dañar la estructura”. Lo canta Tony Ávila. Me pasa el disco una profesora de Periodismo de la Facultad de Humanidades y me emplaza al día siguiente para visitar el Mausoleo que Santa Clara le ha dedicado a su héroe más internacional. Casualidades de la vida, uno de los primeros regalos que me hicieron cuando era becaria fue un dibujo del guerrillero que todavía hoy me intimida inquisitivo en la pared de mi escritorio.

Nada de lo que hay que arreglar en Cuba tiene fácil costura. Pero por qué no atreverse, ya, a empezar a tejer. A enmendar, por ejemplo, el papel de los medios acudiendo a uno de los suyos. A José Martí: “La prensa debe ser coqueta para seducir, catedrática para explicar, filósofa para mejorar, pilluelo para penetrar, guerrera para combatir. Debe ser útil, sana, elegante, oportuna, valiente en cada artículo. Debe verse la mano enguantada que lo escribe y los labios sin manchas que lo dictan. No hay cetro mejor que un buen periódico”.

No difiere demasiado del aquel “prefiero periódicos sin gobierno a gobierno sin periódicos” que Jefferson defendió hace tanto, a tantos kilómetros de distancia, al otro la de la negociación. Lástima que la historia se olvide, se reinterprete, tan interesada y tan caprichosamente, a los dos lados del Malecón.