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El síndrome de la Operación Nazarí

Magdalena Trillo | 20 de mayo de 2018 a las 10:00

Despilfarro y ausencia de control en el gasto público. Inversiones “totalmente improductivas”. Actuaciones que responden a intereses y caprichos individuales por encima de las necesidades colectivas. Saqueo. Derroche.

Podríamos pensar que estamos fotografiando los años del boom del ladrillo. Y de la Gürtel. Y de los ERE. Sólo en parte. Son las conclusiones a las que llegan 35 catedráticos de Derecho Financiero y Tributario de todo el país después de analizar la evolución de su especialidad en el último medio siglo. Los juristas se reunieron este viernes en la Facultad de Derecho y bautizaron su diagnóstico como Declaración de Granada.

Hablan de “involución”, arremeten contra Hacienda por tratar a los contribuyentes como “súbditos” y critican el desmedido “afán recaudatorio” de la Administración. A nivel fiscal, constatan lo que se ha convertido en la seña de identidad de nuestro fallido Estado de las autonomías: la desigualdad y discriminación que sufrimos, también a la hora de rendir cuentas, en función del lugar de residencia. Injusticia financiera e insolidaridad tributaria.

Seguro que usted, como yo, se siente vigilado por Hacienda. Y perseguido. Y se cabrea cuando el Gobierno aprueba una amnistía fiscal -esas que nunca llegan al ciudadano de a pie y que nunca cumplen sus objetivos- con tanta intensidad como cuando se anuncia un indulto. Porque es la impunidad de unos pocos frente al control de la mayoría. Y porque no hay justicia social y ahora nos advierten de que tampoco la hay fiscal.

Lamentablemente, esta Declaración de Granada tendrá el mismo recorrido que la firmada hace unos años a nivel político -los socialistas impulsaron en el verano de 2013 su propuesta de reforma de la Constitución hacia un Estado federal- buscando una salida al conflicto territorial. Los males de fondo son compartidos y las posibles soluciones son una utopía; no porque no sean viables sino porque estamos en un país incapaz de llegar a acuerdos -y cuando se alcanzan, como el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, no se ejecutan-, con las instituciones rehenes de los intereses de los partidos y los políticos distraídos con las encuestas y con la bola de cristal del adelanto electoral.

Para empezar, los catedráticos reconocen que el “mal uso de los fondos públicos no justifica de ninguna manera cualquier forma de objeción fiscal”. Es decir, que ni el derroche ni el despilfarro tiene consecuencias para Hacienda. Tampoco lo tiene la parálisis. Sobre este tema no se pronuncian los expertos pero resulta igual de alarmante: los fondos públicos están para ejecutarse, no para devolvernos o dejarlos dormir en un cajón.

Estamos ante una normalización del mal gobierno que debería preocuparnos más incluso que los casos de corrupción. Y es que por los delitos se termina pagando -o al menos se debería-, pero no por la incompetencia y la inacción. En Granada, por ejemplo, podríamos verlo como una derivada sofisticada del vuelva usted mañana. Estoy pensando en Urbanismo, un área clave que vendría a funcionar como un barómetro de la salud del Ayuntamiento. La Asociación de Constructores ha arremetido esta semana contra el equipo de gobierno por tener más de 40 millones de inversión bloqueados. Denuncian el “atasco” y los retrasos inasumibles en la concesión de licencias.

Siempre está la explicación de la sobrecarga de trabajo, la falta de personal, la complejidad de los proyectos… pero también hay intangibles. Aunque médicamente no está diagnosticado, seguro que podríamos encontrar alguna fobia que aplicar a los técnicos y funcionarios -sobre todo a sus jefes- que lidian a diario con el papeleo más sensible.

Lo voy a llamar el Síndrome de la Operación Nazarí. En realidad, los constructores no han hecho más que poner cifras y voz a una situación de la que se habla en corrillos desde hace tiempo: en Granada no se mueve un papel. Buena parte de los funcionarios están trabajando para la UDEF y tampoco ayuda que cualquier informe o expediente mínimamente conflictivo acabe bajo llave… Los excesos de los que habla la Declaración de Granada son un problema, pero no hacer nada no es una solución.

Granada, laboratorio de la ‘nueva’ política

Magdalena Trillo | 15 de mayo de 2016 a las 12:13

Es difícil encontrar el momento en que murió la Política 1.0, resbaladizo fijar la transición a la 2.0 y casi temerario pensar en una versión 3.0 que de verdad hable de la gente. Cuente con la gente. Dé respuestas con coherencia y responsabilidad. Con compromiso. Son palabras tan vacías como las “disculpas” y el “perdón” que se han colado ya en el argumentario de los políticos como coartada para seguir instalados en su burbuja de desconexión y falsa ejemplaridad.

En tecnología, cada número que subimos en la escala es sinónimo de progreso: mayores prestaciones; mayor utilidad. En Política, se está convirtiendo en la imagen del fracaso. De la decepción colectiva. La Política 2.0 iba a subir a los ciudadanos -de verdad- a los grandes temas del debate público con el revulsivo de internet y las redes sociales. Con voz propia y en un camino de ida y vuelta. Lo que hemos visto en los últimos meses ha sido una parodia de telerrealidad basada en una parrilla monocorde de estrategia partidista y de cálculo electoral. La oportunidad de recuperar la capacidad ciudadana de denuncia social se ha desvirtuado en ruido. Por todos los canales, por todos los medios, pero ruido. Mucho ruido.

Granada es el espejo. Desde las municipales de hace un año, ha ido formado parte de todos los escenarios inéditos que está fabricando la nueva política. Recordarán el 13 de junio de hace un año cuando en el inesperado pleno de investidura Torres Hurtado pidió perdón públicamente a Luis Salvador por la agresiva campaña contra el líder de Ciudadanos, prometió a todos los grupos un mandato de consenso y diálogo y se ofreció a funcionar de pieza de engrase en la vida municipal con aquel populista “usadme”. El 13 de abril de este año la Policía llamó a su casa y puso fin a 13 años de gobierno del PP en la capital. Toda una historia de decadencia marcada por el caprichoso número 13 que ya ha situado a la capital en paradigma de la fragilidad, inestabilidad y quiebra de la gobernabilidad en que se han traducido los débiles acuerdos de investidura de hace un año.

Y no cuenta demasiado si el desafío de la negociación se afronta desde la derecha o desde la izquierda. Con el salto de Granada al mapa nacional de la corrupción del PP, al margen del recorrido judicial del caso, de lo que finalmente se puede demostrar en los tribunales y sobre quién termine recayendo la responsabilidad por la trama de intereses y favores que ha marcado la gestión urbanística en la última década, el equipo de Torres Hurtado no ha podido más que mantener en la UVI a la ciudad, desarrollar una política de supervivencia y buscar resquicios con los que sortear la falta de apoyos para afrontar cualquier iniciativa que fuera más allá del día a día.

El nuevo equipo socialista ya ha lanzado su aviso a navegantes: las cuentas municipales están tan mal como sospechaban. Han alejado el fantasma del impago de nóminas que insistentemente se ha estado colando en los corrillos de la Plaza del Carmen pero ya han advertido que “no hay dinero” para aprobar nuevo presupuesto. Sólo queda continuar la prórroga de las cuentas de 2015 a la que ya recurrió el PP y, muy probablemente, en Granada será noticia dentro de medio año lo que en Cádiz, desde el extremo contrario de Podemos, lo ha sido esta semana: presupuestos por decreto. Una situación inédita en democracia.

El gobierno de José María González ‘Kichi’ los aprobará este martes en junta de gobierno local después de meses de incapacidad para llegar a un acuerdo. Ni se ha logrado a nivel nacional en los últimos cuatro meses para evitar la repetición de las elecciones, ni se ha alcanzado esta semana para hacer un guiño a los ciudadanos abaratando la campaña ni se consigue a nivel local cuando queda en manos del voluntarismo y del difícil juego de intereses de los grupos con los partidos enfocados al 26-J.

En Granada, del Pacto del Asador de Castilla hemos pasado al Pacto del Meliá. Ese mismo que los partidos ya han bautizado a nivel regional y nacional como el “pacto a la granadina” alertando de la estrategia de Ciudadanos de acercarse a los socialistas y ‘sacar’ al PP de las instituciones aprovechando la privilegiada posición que consiguieron en las urnas como llave en el difícil tablero de la gobernabilidad. Antes y ahora. Con el PP y con el PSOE.

Tal vez por ello Albert Rivera haya dejado claro esta misma semana que, si de Ciudadanos depende, después del 26-J es tan factible un gobierno a la derecha con los populares como a la izquierda con los socialistas. En ese día después, sólo dos consignas parecen mantenerse tras la batalla postelectoral del 20-D: se mantiene como línea roja que no entrará en juego Pablo Iglesias -y mucho menos la alianza Unidos Podemos con que viejos y nuevos se han propuesto disputar al PSOE el liderazgo de la izquierda- y cualquier acercamiento al PP tendrá el precio irrenunciable de la renuncia de Mariano Rajoy.

No son pocos los encuentros personales que el líder de C’s ha mantenido con Soraya Sáenz de Santamaría -uno de los más recientes con la crisis de Granada sobre la mesa- ni es un secreto el buen feeling que irradian los dos políticos frente a la visible incomodidad que rodea al imposible tándem Rajoy-Rivera.

Y tal vez por ello Luis Salvador haya hecho lo mismo en una esfera local que no ha requerido segunda vuelta electoral: el equipo de 8 del PSOE necesitará para “todo” sus 4 concejales pero, si se escoran muy a la izquierda con los 3 de Vamos Granada y el de IU, ahí estará el PP aguardando en la oposición el momento de desempolvar la moción de censura. Y con 15 votos sobra…

Antes de todo esto tendremos que soportar una nueva campaña. Y la precampaña en la que algunos se instalaron la misma noche del 20-D. En el debate del Senado para construir alianzas desde la izquierda que arrebaten la mayoría absoluta al PP, también Granada se ha situado como laboratorio nacional y el “no gracias” del PSOE a Podemos ha llegado con la misma incertidumbre que el de Pedro Sánchez. Dejando a un lado el frente del referéndum catalán, no es muy diferente el planteamiento sobre la reforma y el papel futuro del Senado que propugna Podemos con lo que aprobaron de forma mayoritaria los socialistas en la Declaración de Granada.

Bien distinto es si hablamos de estrategia. De esa política artificial del 3.0 que nada tiene que ver con lo que pueda interesar a los ciudadanos; con la certeza de que un programa reformista y regenerador, verdaderamente de “cambio”, no tendrá recorrido si el PP lo bloquea en el Senado. Pero si se trata de minar a los socialistas, de dividirlos, de situarlos frente a sus propias contradicciones -lo que unos ven como “sensibilidades” y otros como choque de intereses-, los de Pablo Iglesias siguen tomando la iniciativa. Y desestabilizando.

Durante toda la jornada de hoy, cinco años después, la Plaza del Carmen volverá a ser el escenario del #15M. El del sueño del cambio. Nos animan a participar con una provocadora llamada a sumarnos al #15MenPie. Con un #Despertamos. ¿Lo hicimos?