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¿Mi voto cuenta?

Magdalena Trillo | 27 de diciembre de 2015 a las 10:42

Si nuestro voto cuenta, el pacto de gobierno en España debería ser posible. A pesar del endiablado sudoku que ha resultado de la jornada electoral, a pesar del postureo con que están afrontando todos los partidos la ‘obligación’ de llegar a acuerdos y a pesar del complejo escenario que han abierto los nuevos e imprevisibles actores que se han sumado al tablero. ¿Pero no trataba de esto la nueva política?

Los españoles hemos votado democracia. En plural, pero democracia. No es ninguna obviedad. Estamos ante el desafío más incierto de las tres últimas décadas porque así lo hemos querido. Y lo hemos decidido desde la “responsabilidad” que se nos pedía. Tal vez no nos demos cuenta, pero España ha sido capaz de canalizar la indignación popular con más democracia, con más participación y con más compromiso. Lo que está ocurriendo en algunos países de ese ‘primer mundo’ que presume de conquistas sociales, libertades y privilegios es que se ha dado vía libre al populismo -y a la intransigencia- con proyectos políticos xenófobos y radicales de peligrosa y creciente aceptación ciudadana.

Puede que no recordemos cuando hace ya cinco años pedíamos a quienes levantaban la voz el 15M que tomaran partido dando una respuesta al cabreo popular a través de los cauces de convivencia que todos los españoles compartimos desde la Constitución del 78. Nos advirtieron que no eran ‘marionetas’ y no lo son. Ya tienen voz y voto. Han cumplido. Quienes acamparon en la Puerta del Sol cruzarán la puerta del Congreso de los Diputados al mismo paso que lo harán quienes hasta ahora habían ocupado todo el espectro ideológico de la derecha, quienes han roto el liderazgo del PP con una propuesta neoliberal de centro -con menor impacto del esperado- y quienes atesoran un siglo de historia como referente de la izquierda -¿lo mantendrán?-.

Más democracia, más participativa, más justa y más real. No lo pide Podemos; lo exigimos los españoles. Sin aventuras. Y con independencia del color de nuestra papeleta.

Si nuestro voto cuenta, debería ser el momento para reformar la ley electoral, para prohibir las puertas giratorias, para cerrar las costuras del Estado del Bienestar que han quebrado siete años de crisis y políticas de austeridad y para consensuar una salida al conflicto soberanista catalán que garantice un modelo estable de convivencia sin enterrar aquel ‘café para todos’ que para Andalucía significó oportunidades e igualdad.

El Centro de Estudios Andaluces acaba de publicar el Ideal Andaluz de Blas Infante. Lo hace cuando se cumplen cien años de la edición original de la obra en la que el ‘padre de la patria andaluza’ esbozaba el corpus teórico de los principios económicos, sociales y políticos que defendió durante toda su vida. Desde su pensamiento universal y cosmopolita, hace un siglo que ya advertía que levantar Andalucía “de su postración” sería obra de Titanes: no era profecía; ha sido el devenir de una región que sigue sometida a prejuicios y agravios con la injusta paradoja de tener que compartir su fortaleza como bastión de la unidad y el equilibrio territorial de España con la debilidad final de ser una nación solidaria, sin egos y sin pretensiones.

Hace más de un siglo que Blas Infante ya hablaba de “regeneración“. Pero desde abajo. Desde lo más simple: “España se desangró en un rudo batallar de siglos tras los fantasmas desvanecidos de un ideal equivocado. A pesar de las cien derrotas, vive en el fondo del alma española un ansia perenne de robusta idealidad”.

No parece que hayamos avanzado demasiado… Tanto que es difícil saber si quedarnos con el sentido trágico del “ideal equivocado”, del mal gobierno, o con la esperanza de la “robusta idealidad”.

No muy diferente lo vio varias décadas antes el pensador granadino Ángel Ganivet. En 2015 también se cumple el 150 aniversario de la muerte del cónsul y diplomático que acabó suicidándose en las heladas aguas letonas de Riga. Desde la agonía, el derrotismo y hasta la depresión existencial con que vivió aquel fin de siglo, su Idearium español sigue siendo una obra de referencia. Filosófica y política: “Cuando los de abajo se mueven, los de arriba se caen”.

Aún no lo sabemos con certeza… Porque lo españoles nos movimos el domingo pero, de momento, los de arriba siguen aferrados al poder. Y todos (tradicionales y emergentes) atrapados en las viejas formas de hacer política.

Lo más provocativo que he leído estos días sobre el 20-D nada tenía que ver con la ‘época política’ que estamos cimentando en España pero lo podríamos extrapolar: “¿Y si las elecciones no fueran la democracia?”. Es el título de uno de los ensayos que integran el libro de Pascual Serrano La culpa es de los libros.

El periodista y ensayista valenciano, fundador de la revistaRebelion.org y asesor de Telesur, profundiza en la tesis del diplomático cubano Ricardo Alarcón sobre el riesgo del “democracímetro“, arremete contra la hipocresía de la “mitificación electoral” cuando mantenemos un sistema “donde unos pocos tienen demasiado y muchos carecen de todo” y alerta de la “farsa” que supone una democracia “representativa” en la que “jamás se aprueban leyes que obliguen a los gobernantes a cumplir las promesas que hicieron, ni se establecen sistemas que impidan revocar los mandatos y se abusa del mecanismo electoral hasta el punto incluso de lograr la “impunidad judicial”.

Mostesquieu frente a Rousseau. La democracia formal que se rinde a las formas y a la “representación como modo de controlar a la muchedumbre” frente a la democracia participativa, a la soberanía popular y a la ley como “expresión de la voluntad general”.

No reflexiona en abstracto: “Los gobernantes españoles se auparon al poder con dinero negro o donado por los bancos y los italianos con leyes inconstitucionales. ¿Dónde queda entonces la legitimidad democrática?” Se refiere a Filesa, a la trama Gürtel, a Luis Bárcenas, a Silvio Berlusconi…

Parte de la respuesta tal vez la hallemos en otra de sus ‘embestidas': “Cuando el mediocre gobierna y el brillante acata”. Cuando mentes infantiloides acaban gobernando el mundo. El Bienvenido MísterChance de Peter Sellers. La “Idiocracia”. La autocrítica necesaria que implica preguntarnos si, teniendo capacidad para más, nos limitamos a mirar con arrogancia al político soportando el atropello. Refugiándonos en el desprecio.

Podríamos coincidir en sus anhelos: los españoles no queremos una democracia de cartón piedra. No queremos meras formalidades de participación, sistemas electorales injustos, campañas manipuladas, incumplimientos impunes y desprecio sistemático de la opinión pública. No es esa la democracia que queremos.

Pero de nada de esto hablan estos días los partidos… Me pregunto si lleva razón el filósofo catalán Salvador Pániker cuando simple y llanamente sentencia: “El defecto nacional es que nadie escucha”. Los españoles hablamos el 20-D. ¿#mivotocuenta?

Las sombras de Europa

Magdalena Trillo | 11 de mayo de 2014 a las 11:16

La caída de la participación en las consultas electorales es el primer síntoma. Luego llega la crítica gruesa a la ineficacia del sistema político, la denuncia visceral sobre su costo y sus privilegios y el cuestionamiento de su utilidad. El resultado es una democracia cadáver que languidece dejando sitio a los populismos y los gobiernos autoritarios. La enfermedad se llama desafección y engorda con sobredosis de desprecio e inquina hacia las instituciones públicas y los políticos.

Si usted se encuentra entre el 17% de los españoles que ni siquiera sabe que el 25 de mayo hay elecciones al Parlamento Europeo sabrá de qué le hablo. Si lo sabe y no piensa ir a votar, también. Si su gran dilema es cómo expresar con más claridad su indignación y su hastío, cómo ejercer su voto de castigo, tal vez haya una oportunidad.

Siempre he creído que no es muy diferente la política de la religión: las dos se mueven gracias a la fe y la confianza de legiones de convencidos y las dos persisten mientras se mantiene inquebrantable el pacto a uno y otro lado del tablero. Ni lo uno ni lo otro se cumple en un escenario electoral en el que, según desvela la última encuesta del CIS, más de la mitad de los españoles no piensa ir a votar y una abrumadora mayoría suspende a gobierno y oposición con similar contundencia.

Desde la escalada de desafección que dibuja la filósofa Amelia Valcárcel, resulta difícil intuir si estamos ante una enfermedad remisible o ante una peligrosa degradación del sistema con estertor a cementerio. Hace unos meses apilé en mis montañas de recortes una entrevista al ensayista italiano Luciano Canfora que me sigue inquietando: “Estamos asistiendo a un cambio importantísimo. El andamiaje es igual y sigue en pie (el Parlamento, las elecciones…) pero la realidad es que se ha consolidado un fortísimo poder supranacional no electivo, de carácter tecnocrático y financiero, que tiene en los organismos europeos los instrumentos para gobernar toda la comunidad y que da a un país más importante que los demás, Alemania, el papel de dictar las reglas”.

En realidad, no dice nada el autor de La historia falsa que no hayamos pensado más de una vez: que al final manda Merkel, que el verdadero poder lo tienen los mercados y que el Parlamento Europeo que elegiremos en dos semanas no es más que un espejismo de normalidad democrática. De una democracia que “ha muerto” y ha dejado caminar su cadáver “convocando elecciones y promulgando leyes” mientras son otros los que deciden.

Si al derrotismo de Canfora, a su visión sobre los “parásitos muy bien pagados” que sólo sirven para que Europa no parezca antidemocrática, unimos el fracaso tanto de la izquierda como de la derecha para convencernos de que realmente hay un modelo de sociedad alternativa, reconozco que quedarían pocos motivos para ir a votar. Menos aún si se nos ocurre recuperar el controvertido documental sobre los “negocios de Bruselas” con que las televisiones de Austria y Bélgica desentrañan las sombras del poder que mueve los hilos en esta Europa que acuerda el 80% de las normas que determinan nuestras vidas sin que sepamos cómo funciona, ni qué personas lo gestionan.

Es evidente que a esta cancerígena oligarquía de parásitos (éstos sí) ni la hemos elegido nosotros ni nos representa… Otra cuestión es preguntarnos si somos capaces de tener la fe y la confianza suficientes para creer que desde dentro del sistema podemos cambiarlo; que aún es posible luchar por una democracia en la que quienes no poseen la riqueza cuenten en la vida política. Reconozco que cuesta tener esperanza, pero pensar lo contrario sería enterrar la democracia y en el vacío sólo encuentro el abismo del totalitarismo y el populismo; tan peligroso uno como seductor el otro.

Regreso de un viaje a Alemania aún impactada por las imágenes del campo de concentración de Dachau. No hay eufemismos; no hay hipocresía… Me encuentro en el regreso a un Putin melancólico invocando la “justicia histórica” en la reconquistada Crimea en un nuevo episodio de provocación. Pienso si lleva razón Hobsbawm al advertir que estamos escribiendo el tercer milenio sin resolver los problemas que dieron lugar a la Primera y la Segunda Guerra Mundial… Pienso si lleva razón Judt cuando nos dice que “algo va mal” cuando no tenemos conciencia de que “la democracia puede sucumbir ante una versión corrupta de sí misma, mucho más que a los encantos del totalitarismo, el autoritarismo o la oligarquía”.

Hay muchas sombras en la Europa de hoy pero ningunas tan terrible como las que nos han sacudido no hace tanto. La Europa con que soñamos no se construye en un día, pero sí debemos tener claro que se construye desde dentro.

Los amigos griegos

Magdalena Trillo | 17 de junio de 2012 a las 10:02

Esucho a un empresario griego decir en una entrevista de Canal Sur que ve España como Grecia hace año y medio. Que así “empezó todo”. Ese todo que para el pueblo heleno es hoy sinónimo de ruina empezó con un rescate de 110.000 millones, ha continuado hasta los 240.000 millones y, lejos de resolver los problemas de deuda y déficit, ha sumido el país en un empobrecimiento brutal, ha disparado el paro al 22%, ha supuesto el cierre de un tercio de los negocios y ha situado a una cuarta parte de la población en riesgo de exclusión social. España ha empezado esta semana “con una línea de crédito en condiciones muy favorables” de hasta 100.000 millones que nos ha vuelto a situar al borde del precipicio, ha enloquecido los mercados y ha terminado cabreando a griegos, irlandeses y portugueses después de los lamentables episodios de triunfalismo patrio del pasado fin de semana. ¿Alguien cree que no habrá condiciones?

 

Grecia acude hoy a votar por segunda vez en seis semanas con todos pendientes de un resultado electoral que desde el punto de vista político puede socavar aún más la gobernabilidad del país con el ascenso de neonazis y extremistas de izquierda y, desde la perspectiva económica, podría abocar a la ruptura del euro y la quiebra misma del proyecto europeo. Lo que hace un año era impensable hoy es una amenaza real. Pánico en los gobiernos, caos en el sistema financiero y alarma, incluso, entre los ciudadanos. “¡La que van a liar los dichosos griegos!”. Hasta el dracma se ha colado en las tertulias del bar… El dracma, el riesgo país, la rentabilidad de los bonos a diez años, las cotizaciones en Bolsa… Nunca pensé que el Íbex 35 pudieran ser tema de cotilleo -más allá del morbo de saber que Amancio Ortega acaba de desbancar al dueño de Ikea y ya es el hombre más rico de Europa- y mucho menos encontrar a unos señores especulando sobre la salida de Atenas del euro mientras hacen cola en el cajero. ¿Habrá corralito? ¿Está más seguro el dinero debajo del colchón?

 

Escribía hace unos días Vargas Llosa que Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que se vuelva una caricatura grotesca de sí misma: “Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión de bárbara irracionalidad y violencia de la que la civilización griega nos sacó”. Es verdad que Europa nació hace 25 siglos al pie de la Acrópolis y que “todo lo que hay en ella tiene su lejana raíz en este pequeño rincón del viejo continente”. Las instituciones democráticas, la libertad, los derechos humanos… Pero la historia es obstinada. Y, como ya advirtió Churchill, trágicamente olvidadiza. Ahí estamos. Olvidando nuestra historia y condenados a repetirla. Enterrando las grandezas y copiando los errores. Exportando los problemas de unos países a otros y contagiando la crisis financiera a la política, a la justicia, a la democracia, a la moral.

 

Me preguntaban esta semana si yo dejaría de ganar 300 millones en un día si estuvira a mi alcance… Es lo que puede conseguir un ejecutivo de Wall Street envuelto en un traje de dos mil euros una mañana cualquiera a costa de la deuda española. Hablábamos de cómo los mercados están poniendo la letra y nosotros las fotos y de lo perdidos que están los economistas intentando arrojar luz sobre un escenario en el que lo único seguro es la incertidumbre. No lo había pensado, pero es verdad: su discurso es siempre el mismo. Sí siempre que; sí pero no; puede o quizás… Lo dramático es que no son sólo ellos los que están perdidos. Los políticos nos dan muestras todos los días y pocos intelectuales se salen del guión. Veintidós premios Nobel se reúnen en Valencia y lo más revolucionario que plantean es pedir a los bancos que cobren menos y proponer que desaparezcan los que no funcionen. Eso sí, nos recuerdan que la culpa de la crisis es nuestra “vagancia” y “negligencia” y nos emplazan a recuperar “la cultura del esfuerzo”. Que trabajemos más y nos ayudemos unos a otros porque nadie va a venir con un “milagro”. Valores. Solidaridad.

 

Esto es lo más peligroso de la crisis, que nos olvidemos de que no podemos salir solos. Ni solos ni sobre el cadáver de otros. Grecia tiene que enfrentarse hoy a las urnas con una sola certidumbre, que ninguna opción los librará de la angustia ni los sacará de la ruina, y un enorme peso sobre sus espaldas: que el futuro es compartido. Si en sus manos está recordar que son la cuna de la democracia, a nosotros nos tocará mañana respetar su camino sin convertirlos en chivo expiatorio de un fracaso colectivo. Ellos no son el enemigo.

#22M, el principio

Magdalena Trillo | 22 de mayo de 2011 a las 10:03

Para los que hemos nacido en Democracia hacerte mayor significaba dos cosas: ir a votar y sacarte el carné de conducir. Si eras chica había algo casi tan trascendente: ponerte tacones, un poco de rímel en las pestañas y, con suerte, los labios rojo bermellón. No he fallado en toda mi a vida a una cita con las urnas. Con más o menos entusiasmo, con más o menos hastío. Hasta hace una semana, el 22M no iba a ser una excepción.

Pero hoy, aún tengo la papeleta en el bolso. He pensado abstenerme, dejar el sobre en blanco, ejercer el voto nulo, útil, de castigo… ¿Alguien no está de acuerdo con lo que claman miles de personas (normales y corrientes) en las plazas de toda España? Más democracia. Listas abiertas. Democracia real. Ya. No al engaño del bipartidismo. No a quienes salvan a los bancos y roban a los pobres. No más corrupción. No más mentiras. No más manipulación.

¿Quién no está cabreado? ¿Indignado? ¿Quién no quiere despertar? Salir a la calle, difundir la causa, apartarse del rebaño, gritar ¡basta! Yo no viví el mayo del 68, pero el sonido de las cacerolas no ha de ser muy diferente. Más sincero y convincente que los esfuerzos de los sociólogos por diseccionar el #15M con el mismo desconcierto que los medios tratamos de explicar lo que ocurre en calles y plazas. Con el mismo despiste con que los analistas políticos intentan inferir su impacto en los comicios de hoy. Con el mismo descoloque con que los partidos buscan el modo de aprovecharse de la causa para sumar votos o procurar que no les salpique para no agrandar demasiado la debacle…

Tal vez no haya una solución única e inmediata, pero sí un camino para pedir que empiecen a cambiar las cosas. ¿Cómo es posible que en un pueblo el cambio se llame PP y justo en el pueblo de al lado la solución sea el PSOE para los mismos problemas? Repaso los programas electorales y el resultado es rotundo: casi es mejor ir a votar sin reflexionar. Votar visceralmente y no desde el sentido común. Votar como nos han educado: sin hacer demasiadas preguntas, como borregos. La grandeza del capitalismo que convierte los valores en intereses; las ideas, en mercancía. ¿Recuerdan las teorías de Marx?

Llevo una semana perdida entre cientos de des-informaciones y trasnochados análisis de tertulianos que nada tienen que ver con la espontaneidad de la calle y el sentido común que circula en la Red. Parecen dos mundos distintos. Me refiero al de la gente (jóvenes y no jóvenes) y al de los políticos; al de los ciudadanos (internautas o no) y al de nosotros mismos, los periodistas, que intentamos informar con las rutinas de hace un siglo y los prejuicios de siempre.

Unos pontifican; otros debaten y piensan. Unos dan recetas; otros tal vez sueñen pero se mueven. Hay quienes los tildan de antisistema y perroflautas, hay quienes los llaman pijos rojos y no son pocos los que ven intereses ocultos y conspiraciones para reventar el 22-M. Lo cierto es que es difícil no compartir muchas de sus reivindicaciones. Hagámoslo. Pero desde dentro. Desde el sistema. No estamos en Túnez ni en Egipto. Nuestra democracia es joven y mejorable pero es democracia. Deficiente, pero válida. No pongamos la alfombra roja a los populismos ni demos oxígeno a las corrientes neofascistas.

Hoy, no perdamos de perspectiva que es el turno de nuestros alcaldes, de nuestros vecinos. Debemos elegir a quienes gobernarán nuestro pueblo y nuestra ciudad los próximos cuatro años. Démosle una oportunidad. Olvídense de leyes, siglas y banderas. Elijan al más honrado y confíenle su voto.

Mañana, tal vez los partidos no estén a la altura; sigamos entonces los consejos de Groucho e inventemos otros… Cambiemos las reglas del juego y busquemos líderes que no dejen las protestas de miles de indignados en una semana de portadas de periódico. Construyamos otro modelo y levantemos los ladrillos de nuestra democracia real. El Movimiento 15M no acaba aquí. Hoy es sólo el principio. No dejemos que sea una utopía. Empecemos yendo a votar.