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Los líderes se disputan el ‘efecto efecto’

Magdalena Trillo | 24 de julio de 2018 a las 12:00

líderes políticos

Poco varían los sondeos -por muy rigurosos y oficiales que sean- con cualquier encuesta casera que podamos hacerjunto a la barra del bar o el calor de la barbacoa… En todos casos se confirma la volatilidad de las opiniones de los ciudadanos en cuanto a intención de voto, preferencias políticas, principales preocupaciones y, sobre todo, expectativas.

He revisado mi hemeroteca y tengo publicados varios artículos con supuestos efectos que han tenido una vida más que efímera. Totalmente volátiles y sujetos a la actualidad del momento. Sólo en las últimas semanas hemos visto cómo se difuminaba el ‘efecto Rajoy’ nada más abandonar La Moncloa dando paso al nacimiento del ‘efecto Sánchez’ con la llegada del PSOE al poder

Del ‘efecto Iglesias’ ya ni nos acordamos y lo curioso ahora es cómo Albert Rivera y Pablo Casado se disputan el ‘efecto’ nuevo líder en el espectro ideológico de la derecha.

Como apunto en el artículo de este domingo de #LaColmena, “las encuestas caseras son un divertimento tremendamente revelador”: El efecto Casado a pie de barbacoa

Política con control remoto

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2016 a las 11:08

Un clásico en la programación televisiva es contar con las mentiras sistemáticas de los espectadores cuando se les pregunta por las preferencias de consumo. Como en política, no lo revelan las encuestas pero termina descubriéndose con cada click que activa el mando a distancia: vemos más telebasura de la que nos atrevemos a reconocer y menos documentales de La 2 de los que socialmente hemos decidido que es deseable. La realidad última es una espiral sin salida que la industria aprovecha a conveniencia: cuando interesa se responde a lo que “quieren” las audiencias y, cuando no, se apela a la necesidad de “educar” contraprogramando. De contradecir el share. De arriesgar. De tener siempre coartadas para explicar los fracasos. Y poco difiere si es ficción o realidad. Si ocurre en la televisión, en la cuarta pantalla o en las urnas.

La paradoja de la sociedad hiperinformada de hoy es una pescadilla similar: decimos una cosa y hacemos otra. Lo vemos a diario en los discursos de los políticos, se traslada como un espejo en los trending topic que construimos en las redes sociales y nos da una bofetada cada vez que nos enfrentamos al dictamen final. Fue el ‘Brexit’ y la victoria de Trump como candidato republicano a la Casa Blanca, acaba de ser el ‘no’ a los acuerdos de paz en Colombia, son las victorias xenófobas y populistas en la civilizada Europa y lo ha sido en el último año cada cita electoral que hemos afrontado en España absolutamente distorsionada por la sobredosis de sondeos inyectados en la sociedad.

No comparto la tesis de la ignorancia y de la desinformación. No totalmente. El problema de fondo también es la simplificación con que intentamos responder a situaciones extremadamente complejas que no caben en 140 caracteres. Manipulación ha habido siempre -ahí está ‘Ciudadano Kane’ con la Guerra de Cuba para recordárnoslo- y periodismo partidista también. ¿Qué ha cambiado hoy? Tal vez debamos empezar a estudiar cómo la Sociedad en Red ha globalizado, extendido e infiltrado el juego protector del engaño. Por una inclinación natural a huir del conflicto y reforzar nuestros posicionamientos seleccionando interesadamente qué información consumir y desechar, a quién creer y a quién desacreditar, y por una razón de pura supervivencia emocional. Con la enferma excepción de que subyazca una motivación patológica, ¿vería una tertulia política de 13 TV un militante de la izquierda anticapitalista? ¿Se iría usted de cervezas con el vecino del sexto con quien no soporta ni hablar del tiempo en el ascensor? Nunca hasta ahora hemos ingerido tanta información pero tampoco con tal capacidad de filtro. De elección. De decisión.

Para explicar el fracaso del plebiscito en Colombia, los gurús del día después se mueven estos días entre la ignorancia de los votantes, la burda intoxicación y un trasfondo de guerra de poder entre el anterior presidente y promotor del ‘no’ -Álvaro Uribe- con el actual mandatario y responsable de los cuatro años de negociación con las FARC en La Habana -el mismo Juan Manuel Santos que ha conseguido en los despachos de la Academia del Nobel lo que le ha negado su pueblo-. Es la tesis de la desinformación. Pero nos olvidamos de una tercera pata: la lectura superficial que hemos realizado desde el prejuicio de creer saberlo todo.

A la espera de saber qué votarán los americanos el 8 de noviembre, de ser incapaz de asegurar que lo catalanes dirán no a la independencia dentro de un año, sólo por humildad deberíamos reconocer que ya no hay pedestales infalibles desde los que controlar la información y ser conscientes que los actuales profetas de la opinión pública no aciertan más que los adivinos, pitonisas y chamanes que a lo largo de la historia han formado parte de las estructuras del poder. Casi tanto como la religión.

Se preguntaba una periodista esta semana si los likes y dislikes en Facebook están sustituyendo a los votos en las urnas y, lamentando la creciente desafección ciudadana hacia la esfera pública, recordaba las teorías sobre cómo la telaraña vital y social actual ha cambiado el conocimiento vertical, profundo y especializado por uno horizontal de dispersión intelectual y de falta de concentración. Sugerente. Pero si no caemos en el maniqueísmo de buenos y malos. De blanco y negro. Mientras los avances científicos no me contradigan, al final somos cada uno de nosotros los que pulsamos el mando a distancia. Los que cogemos una papeleta y la metemos en la urna.

Política ‘on the rocks’

Magdalena Trillo | 3 de julio de 2016 a las 10:32

La política es como el alcohol. Primero te seduce, luego te engancha y, en función del punto de saturación, puede acabar sumiéndote en la más inconsciente complacencia o expulsándote con efecto rebote. Todo depende del qué y del cómo. Son los extremos. En la franja intermedia está el coqueteo. Las burbujas.

No es una metáfora ligera. Que el cava se sirva ahora en una gran copa de balón con mucho hielo no es sólo una moda; tiene que ver con estos nuevos tiempos de inquietud y de experimentación en que vuelve todo lo viejo pero reinventado. Es un momento de sensaciones y de tendencias. De provocación. No hay espacio para los sacrilegios y sí para la novedad compitiendo con el esnobismo, eso que ahora llamamos postureo.

Los productores están obsesionados con identificar los gustos y preferencias del consumidor, adelantarse para acaparar el mercado e, incluso, ser capaces de crear la demanda. El vino, la cerveza y hasta el cava han entrado en un terreno mutante. Cerveza de garnacha negra, champán transmutado en gin-tonic, los sherry wines que regresan a lo vintage y hasta desempolvamos el ritual del vermut para las comidas familiares del fin de semana.

Si a este escenario cambiante y de confusión unimos el adictivo mundo de la coctelería y recalcamos que un factor clave de los nuevos tiempos es la drinkability -todo fácil de beber-, llegamos sin mucha dificultad a la actualidad política: el desconcierto de los partidos con nuestros gustos electorales, los somelliers rompiéndose la cabeza para encontrar el combinado perfecto -al menos el menos malo- y el populismo de lo fácil amenazando con tumbar todo el sistema.

Casi lo único poco interpretable de la resaca del 26-J es que fallaron las encuestas. Otra vez. En Podemos se arrepienten ahora de no haber realizado sondeos propios que pudieran haber atisbado la ilusión del sorpasso para evitar subirse a una ola ficticia de ganadores en un mercado en el que los clásicos siguen aguantando el envite de los emergentes. No hay autocrítica y, puestos a insistir en los errores, no se les ocurre otra cosa que ¡hacer otra encuesta! para saber por qué más de un millón de españoles le han dado la espalda y no ha funcionado su matrimonio de conveniencia con IU.

En las filas socialistas han sido prudentes esta vez evitando calificar de “histórica” su resistencia. Sin embargo, muy en la línea de las divisiones, bandos y guerras internas que el PSOE lleva en su ADN, los movimientos para “reconstruir” el partido han saltado de la escala nacional a la local con la mirada puesta en los congresos que se irán celebrando a la vuelta del verano en cuanto se despeje el puzle del Gobierno -si eso ocurre-.

En Granada, desde luego, no se prevé un cónclave tranquilo. Aunque Teresa Jiménez ha pedido que no se “mezclen” debates, muy en la línea de Susana Díaz cuando advierte que es Pedro Sánchez quien ha perdido en Andalucía (que ella no se presentaba), la realidad es que el PP ha salido fortalecido. En la provincia y en Andalucía. Las elecciones no serán extrapolables a efectos reales de poder pero sí condicionan la vida interna en los partidos. Y el liderazgo o debilitamiento de los equipos. En la capital, por ejemplo, la primera lectura era inevitable: ¿se hundiría el PP por el caso Nazarí? La respuesta era previsible (y sin necesidad de recurrir a las sobrevaloradas encuestas): el coste electoral de la corrupción en España sigue siendo contundente. Ninguno.

Hemos transitado del 20-D al 26-J saturados de política y de sondeos para terminar (casi) igual. Más que mirar a la frutería de Andorra, tal vez lo que nos falte por hacer es una encuesta de las encuestas. Hasta qué punto el clima de opinión que se va dibujando con muestras mínimas, con voto oculto, con medias verdades (o mentiras) y, por supuesto, con respuestas interesadas (¿quién no ha dicho alguna vez que ve los documentales de La 2?) termina condicionando el voto. Está la propia campaña al despiste de los partidos, están los programas electorales de evidente inviabilidad y están los cabezas de cartel que son en sí mismos una contradicción… Pero están sobre todo las expectativas sobre la utilidad final de nuestro voto. ¿Lleva razón Pablo Iglesias? ¡La culpa es de las encuestas! ¿Llevaba razón Susana Díaz? ¡Nos han emborrachado de encuestas!

22-M: la ilusión de volver a contar

Magdalena Trillo | 8 de marzo de 2015 a las 11:00

Lo  que les voy a contar se produjo fuera de luces y taquígrafos, con la más absoluta discreción. Ocurrió en la primavera de 2013, sólo unos meses después de que el Gobierno de Rajoy anunciara un cambio radical en el proyecto del AVE a Granada para “adaptarlo a las nuevas condiciones económicas” del país. La ministra de Fomento, con la plana mayor de Adif, nos reunió en Jaén a un destacado grupo de directivos de medios andaluces para explicarnos, en persona, el estado de algunas de las infraestructuras estratégicas de la región.

Entonces éramos más que escépticos con los responsables de Fomento y no sabíamos lo que valía la palabra de la nueva titular. Hoy sí. Y les puedo asegurar que todo lo que allí comprometió Ana Pastor se ha ido cumpliendo. Y hablo de hechos, de publicaciones en el BOE, no de promesas. Oportunista o no, que el PP de Granada haya decidido nombrar a Ana Pastor presidenta de honor del partido por su “compromiso inequívoco y rotundo” con la provincia no es ninguna casualidad.

Si analizamos el punto en el que estaban dos proyectos vitales para Granada como la Autovía del Mediterráneo y el AVE cuando en 2011 el PP asumió el Gobierno de España y cómo estarán al final de la actual legislatura, habrá que reconocer que se ha ejecutado una inversión millonaria en plena crisis y que, tal vez no con la solución final que todos hubiésemos deseado, pero van a ser una realidad en pocos meses y supondrán una transformación sin precedentes en las comunicaciones de toda Andalucía.

El propio Rajoy inaugurará el penúltimo tramo de la A-7 el próximo 27 de marzo y mañana mismo la titular de Fomento concretará en su visita a la ciudad cómo se ha previsto resolver el conflicto que ha surgido ahora con la empresa adjudicataria de las últimas obras –los 27 kilómetros del trazado de Loja y la reforma prevista en la estación de la capital– al exigir más presupuesto para poder ejecutar el proyecto.

Cuando hace unos meses Sebastián Pérez anunció el nombramiento, el partido destacaba lo “extremadamente sensible” que la ministra había sido con los argumentos y peticiones trasladados por los diputados y senadores populares y, por supuesto, con las “necesidades y expectativas” de los granadinos. A ello habría que añadir el talante y el rigor con que la titular de Fomento ha afrontado el reto de desbloquear las dos obras de mayor envergadura que probablemente afrontará Granada durante décadas. Es verdad que le va en el sueldo.

Pero coincidirán conmigo en que, aunque su trabajo sea precisamente ejecutar los proyectos y hacer que se respeten los plazos, no en todos los ministerios se trabaja con el mismo ímpetu ni con la misma capacidad resolutiva. Si utilizamos como barómetro el nivel de cumplimiento delos compromisos expresados por Ana Pastor en aquella lejana reunión, les puedo asegurar que el título se lo ha ganado. A pulso. Y por esfuerzo. Más de 1.100 páginas hemos publicado en Granada Hoy durante los últimos tres años con informaciones sobre la ministra.

Granada ha sido objetivo preferente en los escasos capítulos inversores de los presupuestos del Estado y siempre se ha mantenido en los primeros puestos en su cuaderno de prioridades. Pastor se ha ganado el título del PP y, en la práctica, el de poder considerarla como la ministra granadina del Ejecutivo de Rajoy.

Hace justo una semana le preguntábamos al también presidente de la Diputación por la ausencia de políticos granadinos en puestos de alta responsabilidad y contestaba tajante que el verdadero problema no es el DNI del cargo de turno sino que te escuchen en Madrid y vengan recursos. Tal vez. Pero reconozcamos que, salvo contadas excepciones, los políticos suelen tirar para ‘casa’ y que es más fácil hacerse oír cuando estás en el corazón y al calor de quien decide. Aquí, como podemos comprobar tirando de hemerotecas, no hay siglas que se aparten del guion. Es una cuestión inicial de ‘sensibilidad’ que al final todos terminan rentabilizando electoralmente. Así ha ocurrido con los dos grandes partidos en su reparto de poder durante toda la democracia y así lo hemos visto también en IU cuando ha asumido responsabilidades de gobierno.

La pregunta que podríamos hacernos es hasta qué punto este tipo de apuestas tienen un efecto directo en el voto. La cita más cercana es el 22-M y el caso de Pastor, por merecido que sea, no deja de ser una gota en el océano electoral. El desconocimiento del líder del PP a la Junta no ayuda, tampoco la dolorosa política de austeridad y recortes que ha marcado la gestión del Ejecutivo central y mucho menos el ‘fuego amigo’ de Monago ni las antipopulares cruzadas que han emprendido los ‘compañeros’ Wert y Gallardón uniendo a todos en su contra.

Rajoy se está empleando a fondo para ‘salvar al soldado Bonilla’ pero puede que no con el resultado buscado. En la práctica está regalando a los socialistas el mejor escenario posible: una campaña Andalucía vs. Madrid; Susana Díaz vs. Rajoy. El barómetro que todas las cabeceras de Grupo Joly estamos publicando este fin de semana va en esta línea: el PSOE sería el partido más votado en siete provincias (todas salvo Almería) y en Granada mantendría sus 6 escaños a costa, justamente, de la caída de votos del PP, que perdería hasta 2 parlamentarios. Podemos irrumpiría con fuerza con 2 o 3 plazas en el hemiciclo andaluz, Ciudadanos se alzaría con 1 e IU se quedaría sin representación.

Estamos, no obstante, ante una de las campañas más abiertas en 35 años de autonomía andaluza. A las habituales lecciones de cautela y prudencia que nos han obligado a tomar los resultados sorpresivos de los últimos comicios, hay que sumar en esta ocasión la enorme bolsa de indecisos que arrojan todos los sondeos. Cuatro de cada diez andaluces o no tienen claro aún a quién votar o no lo quieren decir o juegan al despiste y a la estrategia declarando un posicionamiento que en absoluto piensan refrendar en las urnas. Pero, ojo, hay ganas de votar.

Ha calado el mensaje de que Andalucía va a marcar la agenda electoral y de que toda España está pendiente de lo que ocurra en el Sur. Nos sentimos –nos volvemos a sentir– protagonistas. El 22-M acudiremos a las urnas para decidir hasta qué punto está herido el bipartidismo, si la debacle de IU es tan desastrosa como apuntan las encuestas, si la borrachera de éxito de Podemos es tan abrumadora y si los ‘naranjitos’ de Ciudadanos terminan siendo una opción consolidada. Lo veremos en clave regional pero también en clave local con el ojo puesto en las municipales del 24 de mayo y en clave nacional pensando en la convocatoria de noviembre.

De lo que no hay duda es de que, en esta ocasión, la campaña va a contar. Y mucho. No es un trámite legal y lo que se observa en las calles, lo que se evidencia en los mítines, es que los ciudadanos hemos recuperado la ilusión. Sólo por eso ya habrá valido la pena este intenso año electoral.

Encuestas

Magdalena Trillo | 27 de febrero de 2011 a las 11:53

Torres Hurtado podría irse hoy de vacaciones y volver al día siguiente de las elecciones para contar cuántos concejales más cambian de bando en la Plaza del Carmen. Sin quitarse el sombrero. Sin necesidad de programa, mítines ni carteles. Al estilo durmiente de Rajoy.

Dicen los socialistas que hay partido, pero habría que preguntarles si todos juegan con la misma camiseta. Sería una buena explicación para los titulares catastróficos de la semana. Y para el espectacular resultado electoral del 22-M que vaticina una supuesta encuesta interna del PP: los populares ampliarían aún más la mayoría absoluta subiendo de 16 a 18 concejales, el PSOE se daría un batacazo cayendo a los 6 (ahora tiene 9) e IU remontaría con 3. Un escenario ficticio que nada tiene de cierto (me aseguran en el PP que no tienen encuestas locales ni saben de dónde salen estos números que no dejan de circular), pero que nada tendría de descabellado.

Visiblemente indignado lo advertía el miércoles el compañero Agustín Martínez en el informativo de Granada Televisión: “Paco Cuenca debe estar pensando en tirarse por el Tajo del Pollero”. No seremos alarmistas, pero hay que reconocer que no le ayuda demasiado al candidato socialista desayunarse el mismo día con el bloqueo sine die del Centro Lorca (con reproches incluidos entre Junta y Gobierno) y la amenaza de las constructoras del Metro de abandonar las obras y dejar toda la capital empantanada. Y todo gracias a los ‘suyos’.

En los dos casos se pueden discutir culpables e introducir matices, pero hay dos realidades: en seis meses no han sido capaces de encontrar una salida al problema de financiación del edificio de La Romanilla y las adjudicatarias del Metropolitano están desde agosto sin cobrar. Las catorce UTEs, las decenas de subcontratas (muchas a punto de la quiebra) y los cientos de trabajadores y familias que viven del Metro. Por mucha utilización electoralista que se esté haciendo de los temas (que la hay), es difícil no coincidir con el PP cuando habla de “nefasta gestión”. Y, desde luego, no parece que se pueda admitir como excusa que el problema de liquidez es compartido…

Si unos y otros siguen ayudando en la misma dirección, el desgaste de la marca PSOE agrava la derrota socialista y no hay sorpresas en las comarcas de Loja, Guadix o Motril, el equipo de Torres Hurtado y Sebastián Pérez aumentará su porcentaje de votos en la capital y en el cinturón y la Diputación cambiará de signo tras más de tres décadas de gobierno socialista. Precisamente, el Barómetro que hoy publicamos todos los diarios de Grupo Joly constata el avance del PP en toda la comunidad (se sitúa ya en 10,2 puntos de ventaja sobre el PSOE) y refleja también que donde los socialistas están peor es en Andalucía oriental.

En Granada, el que se ha puesto ahora a remar a contracorriente es Blanco, dándole más color político que nunca a las vías del AVE y con un talante resolutivo capaz de trastocar el escenario para las autonómicas y generales. Sueñen: la Autovía del Mediterráneo en funcionamiento, la Alta Velocidad a punto de llegar, el Metro terminado, el Centro Lorca abierto… Todo lo que hoy es ciencia ficción.

Tan ficción como dar ya por vencedores a Arenas y Rajoy. Si a los logros ‘locales’ de aquí y allá le vamos sumando cierta recuperación económica, un respiro en las cifras del paro, la estabilización del sistema financiero, el saneamiento en las administraciones, el fin de ETA… no deberíamos descartar que Griñán pueda sostenerse al frente de la Junta y hasta Carme Chacón o Rubalcaba tenga alguna posibilidad de mantener La Moncloa. Aunque sea en el Estado del Medioestar que diría Llamazares.