Archivos para el tag ‘Europa’

Las pateras no venden

Magdalena Trillo | 19 de junio de 2018 a las 9:30

Primera foto: casi la mitad de las personas que viajaban en el Aquarius quieren marcharse a Francia y el Ejecutivo de Sánchez ya ha dado instrucciones para aceptar la oferta de colaboración. A diferencia del portazo que ha dado la Italia xenófoba de la Liga Norte, no se trataba más que de cumplir la normativa europea y el derecho internacional.

Pero la realidad es que ni hay conciencia sobre la magnitud del problema ni hay recursos que poner sobre la mesa ni hay mecanismos de cooperación para actuar ante la crisis humanitaria que supone el drama de los refugiados y la inmigración. Tampoco (demasiado) interés.

Segunda foto: más de 700 periodistas de 140 medios han estado informando todo el fin de semana sobre el ingente despliegue de efectivos que se ha activado en Valencia para acoger a los 630 ocupantes de los tres barcos que han llegado a puerto -un bebé ha nacido en la travesía- y evitar que murieran en el mar. Hasta 2.300 personas han participado en la operación Esperanza Mediterráneo. Aunque con carácter excepcional y a golpe de improvisación, se han sentado las bases para un modus operandi que habrá que ir puliendo y ensayando a medida que viren las rutas de huida de África.

Tercera foto: los inquilinos del Aquarius tendrán 45 días para aclarar su situación y despejar su destino. Los que se juegan la vida para alcanzar las costas andaluzas son retenidos durante 72 horas, abandonados a su suerte cuando se producen los colapsos en los CIE y condenados a vagar durante tres años en un limbo jurídico. Es un círculo infernal sin salida: no encuentran trabajo porque son sin papeles y son sin papeles porque no pueden demostrar arraigo ni justificar su estancia sin tener un empleo.

Cuarta foto: las pateras no venden. Ni política ni mediáticamente. Llevamos casi tres décadas interceptando inmigrantes, soportando las avalanchas que todos los veranos provoca el buen tiempo y, puntualmente, las que vienen cargadas de mensajes subliminares por parte del Gobierno de Rabat. Lo que ha ocurrido este fin de semana en Tarifa y el Mar de Alborán no es ninguna casualidad.

Tal vez, sean las imágenes más constructivas que podamos extraer de lo que nació como un gesto simbólico (uno más) tras el desalojo del PP y como un trampolín mediático para Pedro Sánchez en Europa: Francia ya colabora -se mueven las piezas del complejo ajedrez de intereses y pulso entre países- y la crisis de las pateras se coloca de nuevo en el ojo público. No es ninguna solución, pero sí un comienzo.

El triste ejemplo de Granada

Magdalena Trillo | 24 de abril de 2018 a las 10:30

Granada lleva tres años de aislamiento ferroviario y no pasa nada: los turistas se las ingenian para seguir llegando a la ciudad y los granadinos continúan viajando a golpe de resignación y de paciencia. El 7 de abril de 2015, el Ministerio de Fomento decidió cortar el servicio de trenes para agilizar las obras del AVE. El corte no iba a durar más de cuatro meses. Mil días después, nos acordamos del bloqueo cuando compramos un billete en tren a Madrid -y sin darnos cuenta nos vemos subidos en un autobús con un puñado de japoneses despistados rumbo a Antequera- y cuando las plataformas de protesta toman las calles para celebrar -con relativo éxito de convocatoria- las tristes efemérides de la “vergüenza”.

Calculan las instituciones y los empresarios que el impacto del bloqueo supera los 420 millones en pérdidas y no pasa nada: la llegada del AVE continúa sin fecha y sin más compromiso que la palabra del presidente Rajoy asegurando que se inaugurará “en 2018″. El Gobierno ha logrado culminar las obras, pero la explotación queda ahora en manos de la Agencia Estatal de Seguridad. Aquí no hay prisas ni presiones; se pondrá en marcha cuando los técnicos lo determinen y poco importa si se adelantan las elecciones o se atrasan. En Moncloa lo saben y en Génova también.

Y no pasa nada en España… pero sí en Europa. Lo paradójico es que se lo debemos a la pequeña ciudad de Rastatt. En agosto se produjo un accidente y se derrumbó un túnel que afectó al estratégico eje de comunicación ferroviario entre Alemania y Francia. Las eurodiputadas socialistas Inés Ayala y Clara Aguilera han utilizado la presión social y empresarial de esta importante región para elevar una pregunta a la Comisión de Transportes del Parlamento Europeo, poner de relieve la incomunicación de Granada e intentar evitar que se repita.

El 2 de mayo se aprueba el presupuesto comunitario y el 28 se fijará el reglamento sobre infraestructuras transeuropeas -afecta a los nueve corredores- con la inclusión de un protocolo de buenas prácticas que exigirá a los Estados miembros que establezcan un plan alternativo -viable y lo menos perjudicial posible- cuando se aborden proyectos de gran envergadura que afecten a los servicios de transporte de la ciudadanía. Es muy sencillo: garantizar que ninguna ciudad o región europea pueda quedarse tres años sin tren y no pase nada… Y, con la ayuda de Rastatt, se lo deberemos al “triste ejemplo de Granada”.

Crónica negra de verano

Magdalena Trillo | 6 de septiembre de 2015 a las 10:30

Las abejas se están volviendo adictas a los pesticidas. Los experimentos publicados en Nature han descolocado a los científicos de Newscastle que analizaban el comportamiento de estos inteligentes y laboriosos insectos en nuestro mundo contaminado y global: se les dio a elegir entre dos soluciones de glucosa –una sin insecticidas y otra cargada de neonicotinoides– y se fueron directas a por la droga. La conclusión del ensayo no es baladí. Se calcula que el papel de las abejas en el proceso de polinización se traduce en un negocio al año de 153.000 millones de euros. Se tambalean los números y se pone en riesgo el equilibrio natural: el uso de productos químicos está afectando de forma grave al desarrollo y crecimiento de las sofisticadas colonias que durante siglos han sido un modelo de orden en el reino animal y, sólo en la UE, se cifra en un 20% el descenso de las poblaciones de polinizadores.

abeja

Pensarán que poco importa que desaparezcan unos millares de insignificantes abejas cuando estamos dejando abandonadas a familias enteras en vergonzosas travesías de miseria y desesperación en una huida masiva de la guerra y el hambre hacia un decadente paraíso europeo que sólo es capaz de responder a su petición de auxilio con muros y alambradas; con mercadeo barato, fría diplomacia y derecho internacional.

Poco importa un puñado de insectos cuando ya resuenan los tambores anunciando el desmoronamiento de España en una inacabable partida de póquer entre inmovilistas, reformistas y rupturistas que –al menos hasta ahora– sólo ha avanzado subiendo las apuestas y la tensión.

Y poco importan unos molestos bichejos cuando su vecina está en el hospital tras ser golpeada con la vara de una cortina o yace en un ataúd víctima de la brutal agresión de quien, hasta aquella madrugada, había sido su compañero de toda la vida. Una pareja discutió en el Zaidín, la otra en Armilla. La primera ha logrado contarlo; la segunda recibió más de diez hachazos mientras dormía. Y todo empezó por una estúpida maceta.

Su vecina, cualquier vecina. Es el crimen de Cuenca y son las trece mujeres que han sido asesinadas este año por sus parejas. Es el indigente quemado en un cajero de Sevilla y es el sintecho apaleado en La Chana por una pandilla de adolescentes porque no quiso poner música reggaeton. Son batallas campales en las ferias patronales de los pueblos y es, en el fondo de cada tragedia, el sinsentido de nuestra especie, ese animal humano que sigue llevando en el ADN la violencia que le es connatural. Cambia el contexto, perfeccionamos los instrumentos y los escenarios, pero se mantiene la esencia.

En Alemania, unos antropólogos han confirmado que las masacres ya eran habituales en el Neolítico. Y no eran casos aislados. Hace 7.000 años ya practicaban el secuestro y el asesinato de mujeres y niños torturando y mutilando de forma asombrosamente cruel. La violencia es violencia, a pequeña y a gran escala.

La frivolidad no es hablar de abejas… porque no hablamos de abejas en realidad. Frívolos son los motivos ‘oficiales’ que terminan apareciendo en los atestados policiales de los insistentes episodios de odio que, un verano más, han ocupado la primera plana de los periódicos, las conversaciones en las redes sociales y el grueso de los telediarios.

armilla

Tanta frivolidad es mirar para otro lado como tranquilizar nuestras conciencias indignándonos, conmoviéndonos, buscando un culpable y limitándonos a ver únicamente lo que se nos muestra en la capa superficial; lo que queremos ver.

Frívolo es desviar el debate de los refugiados hacia el reparto de cuotas sin preguntarnos por qué hay una guerra en Siria y qué responsabilidad tenemos nosotros –los europeos y también esa USA que sigue enarbolando la bandera del orden mundial– en el polvorín de Oriente Medio.

Frívolo es empañar la estremecedora imagen del niño ahogado en una playa turca con un artificial debate ético sobre la oportunidad de publicar o no la imagen. ¿Es sensacionalista mostrar el horror de la guerra? ¿Es morboso denunciar el portazo de Europa a la petición de asilo? ¿Tenemos que proteger a nuestros niños del mundo real que les vamos a legar?

primer plano

Mi sobrina tiene once años. Hemos visto juntas la foto y la ha entristecido. Me ha preguntado si ese niño estaba en nuestras playas. No le ha sabido explicar por qué hemos dejado que se lo tragara el mar; por qué nadie le socorrió. No sabe muy bien dónde queda Siria pero sí sabe que es “afortunada” porque no nació allí. Ella no pudo elegir, pero tampoco pudo hacerlo quien se ha convertido en un número más que sumar a los efectos colaterales de “la mayor avalancha de refugiados desde la II Guerra Mundial”.

Me pregunto si pensar en algo tan cotidiano y cercano como una colmena de abejas podría ayudarnos a entender que es suicida la política, cualquier política, que prefiere naufragar en la superficie de las cosas parcheando los problemas con una cómoda visión cortoplacista y exculpatoria. Tal vez sea más fácil entender las consecuencias del cambio climático si les digo que en este siglo desaparecerán 30 metros de las playas que este verano les sirvieron de refugio de las olas de calor; esas mismas que reciben inmigrantes en embarcaciones de juguete y le disputan los muertos al mar.

Tal vez sea más fácil entender el drama de los muros, las alambradas y los camiones llenos de cadáveres congelados si vemos a Europa, nos vemos a nosotros mismos, como una gran colonia de abejas que se sigue sintiendo intocable y ejemplar sin darse cuenta de que está sobrepasada y perdida.

Tal vez ayude a la lucha contra el terrorismo, contra el machismo, contra la xenofobia y contra tanta salvajada y tanta barbarie si dejamos de conformarnos con conmovernos. Si nos comprometemos más allá del gesto y pose solidarios, siempre loable pero inútil. Si hacemos algo más que contar muertos y maquillar estadísticas.

El niño sirio de la foto es más que un número, es más que un símbolo. Se llamaba Aylan. Tenía tres años. Sus padres pagaron 4.000 euros a las mafias para llegar a Canadá y empezar una nueva vida. Una violenta ola lo lanzó al mar. La indiferencia de unos, la ruindad de otros, rompió la quimera.

Mi sobrina me vuelve a preguntar quién tuvo la culpa; no le sé contestar. Me dice que, si no podemos (queremos) ayudarles, por qué no se acaba con la guerra para que no tengan que huir de su país; no le sé contestar. ¿Nos hemos inmunizado ante esta tragedia? ¿Ante cualquier tragedia? ¿Ante cualquier vida que no sea la nuestra?

Gestionar la sombra

Magdalena Trillo | 19 de julio de 2015 a las 10:00

Lo más sensato, y más humano, que he escuchado en los últimos días sobre Grecia lo proclamaba un tipo cualquiera. Uno de los de abajo. Uno de esos miles de vecinos mediterráneos que -según intereses- hemos visto convertidos en pequeños héroes helenos capaces de desafiar a la gélida e impasible Merkel (no se pierdan el vídeo viral de minuto y medio con la cara de póquer de la canciller alemana ante el llanto frustrado de una niña palestina que no entiende que su único futuro sea la expulsión) o hemos caricaturizado como escurridizos pillos del siglo XXI en un país de laxitud donde nadie cumple, nadie paga y todos mienten (y no olviden, por supuesto, lo mal que sienta a los adalides del austericidio que haya tantos pensionistas ociosos y tantas familias viviendo ¿felizmente? de una subvención).

A pie de calle este señor le dijo a la Europa avanzada y rica del norte que hay algo que nunca le podrán arrebatar a los griegos: la sonrisa y el sol. A punto de afrontar la cuarta ola de calor de este tórrido verano, puede que no sea el momento más oportuno para convencer de las bondades de nuestro clima… Sobre todo cuando llevamos dos semanas de sofocos sobre el asfalto -ya advierten los científicos que hasta el aire se ha vuelto “irrespirable”-, empezamos a ver que ni las hordas de abanicos y ventiladores ayudan a atemperar las pasiones y, mientras descubrimos montañas de hielo en Plutón, nos damos cuenta de cómo nos africanizamos -en el sentido medioambiental del término- con la generosa e inconsciente contribución que todos realizamos a diario al calentamiento global.

Pero piénsenlo. Si Alemania pudiera ya nos habría expropiado el sol. Bueno, lo habrían hecho hace tiempo los germanos, los suecos, los noruegos o los rusos… y sin necesidad de la excusa de la crisis. La clave, la sensata, la daba este viernes -también desde abajo- el físico que dirige el Centro Meteorológico de Andalucía en una entrevista en Canal Sur: la clave es “gestionar la sombra”. En este sabio pueblo de toldos, patios y fuentes, no hay nada como el sentido común para suavizar los extremos y relativizar la grandilocuencia con que tendemos a tomarnos las encrucijadas de la vida. Las reales y las aparentes. Las grandes y las inexistentes.

Empecemos por lo literal: es verano, hace calor y es “normal”. No hace más calor que nunca. Todavía no hemos llegado a los 46,6 grados de 1993, hay un registro histórico que habla de ¡80 olas de calor! y no es cierto que cada verano vayamos a peor; justo el pasado fue uno de lo más frescos de la última década. La recomendación, por tanto, es muy sencilla: aprendamos a gestionar bien las sombras…

Figuradamente tampoco es mal consejo. El sentido común siempre es un buen aliado para combatir los bochornos -los físicos y los psíquicos-, pero también para relativizar los problemas y arrojar un poco de luz en esos túneles interminables de despropósitos que se empeñan en mantenernos fríos y a oscuras. Como en la caverna de Platón.

Porque, cuando todavía nos parezca sentir el frescor del bañador, el salitre del mar y el sabor ahumado de las sardinas, tocará gestionar la sombra inmensa que se prepara para el inicio de curso: Artur Mas con su candidatura de unidad jugando a romper España -cualquier catalán que quiera comprar el “Madrid nos roba” sabrá perfectamente qué tiene que votar para decir sí a un estado “desconectado” e independiente- y, sólo un par de meses más tarde, con el horizonte más incierto de toda la democracia, unas elecciones generales servirán a unos de plebiscito de liderazgo y a otros para saber hasta cuándo se sostendrán los quebradizos idilios de alianzas que se han conformado tras las municipales y autonómicas de mayo.

No descarte que en Andalucía tengamos que ir a las urnas en menos de un año ni dé por sentado que quien hoy es su alcalde se coma las uvas bajo el reloj municipal. En Granada, para gestionar la sombra no hay que esperar a que termine el verano. Hace más de un mes que se constituyeron los ayuntamientos, esta misma semana lo ha hecho la Diputación Provincial y aún estamos esperando un titular constructivo y de cambio que poder llevar a la portada. La crisis del Centro Lorca se reparte el protagonismo con la crisis de la Alhambra y, entre incendio e incendio, pasan los días dejando que todo siga igual.

Después de la ‘cuestionada’ elegancia del desnudo femenino, al alcalde apenas si lo llevan a las escuelas de verano para que le saquemos unos fotos amables con los niños -bien lejos de los insolentes periodistas con sus micrófonos y grabadoras- y, en la Plaza del Carmen, la actividad se reduce a las cordiales instantáneas que revelan la buena sintonía que aún hay entre el PP y Ciudadanos.

Casi de tapadillo nos enteramos que ya se ha elaborado un documento con más de 500 páginas con los cimientos para construir la Granada de 2020 y, con no pocas dificultades, hoy publicamos las líneas esenciales de ese Plan Estratégico que, siendo prudentemente pesimistas, tal vez esté abocado a la misma sombra que los anteriores: el apacible cajón de un funcionario municipal.

En esta monotonía suicida hay otra excepción: el eje de desarrollo Málaga-Sevilla. ¿Queremos estar en esa estrategia que están conformando las dos capitales andaluzas por encima de guerras de agravio e ideologías? ¿Sería una forma de rentabilizar las sinergias? ¿Sirven realmente este tipo de alianzas para algo? ¿Qué fortalezas podríamos aportar? ¿En qué se podría beneficiar Granada? No se ilusionen más de la cuenta. Este falso debate, muy a la ‘granaína’, también tiene sombra: lo que nos han trasladado muy seriamente a este periódico desde los dos focos de la negociación es concluyente: ni nos han invitado ni nos esperan.

Mapas a ninguna parte

Magdalena Trillo | 21 de septiembre de 2014 a las 12:30

Dice José Carlos Rosales que escribir es como construir una habitación para que el lector coloque sus muebles, sus recuerdos, sus fronteras… En su último poemario nos invita a transitar por los territorios como buzos incorregibles, por los físicos y por los anímicos, por los del tiempo y los del espacio, sin saber muy bien si vas o vienes, si es un aire revuelto y huracanado el que guía tus pasos o una brisa leve que nunca lograría agitar una bandera: “El aire de los mapas depende del que mira y los que miran mapas ven más de lo que miran, a veces son capaces de saber el futuro, futuro imaginario, parecen quiromantes, imaginan países, movimientos de tropas o de nubes, el lugar donde estuvo la gloria falseada”.

Siempre he pensado que con los poemas ocurre como con las canciones, como con el arte, nos los apropiamos, los reinventamos y decidimos su sentido y su significado como quien confecciona un traje a medida. Nosotros, los lectores, el público, y los sesudos críticos que publican kilos de papel diseccionando hasta el último suspiro del creador. Y el aire de los mapas ha llegado a las librerías justo cuando cuatro millones de escoceses acudían a las urnas para decidir si cambiaban el suyo, si levantaban una frontera de las de verdad, con aduanas y aranceles, que volviera tangible esa otra invisible e imprecisa que llevaban trescientos años cruzando.

Me temo que estoy leyendo poesía ‘contaminada’ de política, de lecturas interesadas de la historia y de irresistibles cantos de sirenas… Los escoceses han dicho no y toda Europa ha respirado. En España el Gobierno de Rajoy ya tiene su coartada y el de Artur Mas, también. Todos ganan y todos pierden, como en las elecciones. Con una ingeniería de oratoria tan críptica y oportunista como la de los balances económicos, los presupuestos y los repartos de fondos autonómicos. Nadie lo entiende y todos ven lo que quieren ver.

Estoy segura de que al poeta granadino, cansado como se declara de “tanto fraude histórico y moral”, jamás se le ocurriría conectar la pureza de sus mapas con esta época de falsificación y espectáculo en la que los políticos también se han lanzado a cruzar cualquiera frontera sumándose al infoentertainment como improvisados actores en un escenario que va de la sátira al ridículo. No sé si la llamada del líder socialista a Sálvame es valentía o despropósito, si es un símbolo de los nuevos tiempos o es un intento desesperado de ganar a ese Pablo Iglesias que todos denostan y todos parecen querer imitar en la resbaladiza arena del populismo.

En mi ‘habitación’, como ven, cabe la política y la poesía. Y la imaginación. Y, por qué no, el divertimento. Ese mismo que destila la última obra de Milan Kundera. Si lo recuerdan por La insoportable levedad del ser no dejen de leer La fiesta de la insignificancia; “porque la insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento…” Se lo podríamos recomendar al Artur Mas quiromante para que no se pierda en sus mapas de ficción y no nos arrastre, para que aprenda a reconocer la insignificancia y “a amarla en toda su evidencia, en toda su inocencia, en toda su belleza”.

Porque es otro personaje más atrapado en las nadas cotidianas de la comedia humana que construye el escritor checo para reírse de los tics de nuestra época y denunciar, también, el totalitarismo. Hace mucho que lo escribió Albert Camus en El primer hombre: “Lo que los nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero, sino el privilegio sobre la servidumbre”.

Veo en su gran obra inconclusa un demoledor tratado sobre la búsqueda de la moral y la verdad desde la insignificancia pobreza: esa que sólo entiende de nombres comunes; esa que se une a la ignorancia y “vuelve la vida más dura”; esa que “no se elige pero puede conservarse” como una “fortaleza sin puente levadizo”; esa que hace de los hombres “seres sin nombre y sin pasado”.

En la maleta que este verano llevé a Escocia iba el libro de Camus. Sobre sus palabras yo también he construido mi ‘habitación’. Pero con las variaciones de este hoy de pobreza, de cuerpo y de espíritu, tan implacable la real como amarga la sentida, que apenas nos deja tiempo para darnos cuenta de que los mapas, a veces, no llevan a ningún sitio. De que los mapas, a veces, son faros sin luz que nos llevan al sitio equivocado.

Las sombras de Europa

Magdalena Trillo | 11 de mayo de 2014 a las 11:16

La caída de la participación en las consultas electorales es el primer síntoma. Luego llega la crítica gruesa a la ineficacia del sistema político, la denuncia visceral sobre su costo y sus privilegios y el cuestionamiento de su utilidad. El resultado es una democracia cadáver que languidece dejando sitio a los populismos y los gobiernos autoritarios. La enfermedad se llama desafección y engorda con sobredosis de desprecio e inquina hacia las instituciones públicas y los políticos.

Si usted se encuentra entre el 17% de los españoles que ni siquiera sabe que el 25 de mayo hay elecciones al Parlamento Europeo sabrá de qué le hablo. Si lo sabe y no piensa ir a votar, también. Si su gran dilema es cómo expresar con más claridad su indignación y su hastío, cómo ejercer su voto de castigo, tal vez haya una oportunidad.

Siempre he creído que no es muy diferente la política de la religión: las dos se mueven gracias a la fe y la confianza de legiones de convencidos y las dos persisten mientras se mantiene inquebrantable el pacto a uno y otro lado del tablero. Ni lo uno ni lo otro se cumple en un escenario electoral en el que, según desvela la última encuesta del CIS, más de la mitad de los españoles no piensa ir a votar y una abrumadora mayoría suspende a gobierno y oposición con similar contundencia.

Desde la escalada de desafección que dibuja la filósofa Amelia Valcárcel, resulta difícil intuir si estamos ante una enfermedad remisible o ante una peligrosa degradación del sistema con estertor a cementerio. Hace unos meses apilé en mis montañas de recortes una entrevista al ensayista italiano Luciano Canfora que me sigue inquietando: “Estamos asistiendo a un cambio importantísimo. El andamiaje es igual y sigue en pie (el Parlamento, las elecciones…) pero la realidad es que se ha consolidado un fortísimo poder supranacional no electivo, de carácter tecnocrático y financiero, que tiene en los organismos europeos los instrumentos para gobernar toda la comunidad y que da a un país más importante que los demás, Alemania, el papel de dictar las reglas”.

En realidad, no dice nada el autor de La historia falsa que no hayamos pensado más de una vez: que al final manda Merkel, que el verdadero poder lo tienen los mercados y que el Parlamento Europeo que elegiremos en dos semanas no es más que un espejismo de normalidad democrática. De una democracia que “ha muerto” y ha dejado caminar su cadáver “convocando elecciones y promulgando leyes” mientras son otros los que deciden.

Si al derrotismo de Canfora, a su visión sobre los “parásitos muy bien pagados” que sólo sirven para que Europa no parezca antidemocrática, unimos el fracaso tanto de la izquierda como de la derecha para convencernos de que realmente hay un modelo de sociedad alternativa, reconozco que quedarían pocos motivos para ir a votar. Menos aún si se nos ocurre recuperar el controvertido documental sobre los “negocios de Bruselas” con que las televisiones de Austria y Bélgica desentrañan las sombras del poder que mueve los hilos en esta Europa que acuerda el 80% de las normas que determinan nuestras vidas sin que sepamos cómo funciona, ni qué personas lo gestionan.

Es evidente que a esta cancerígena oligarquía de parásitos (éstos sí) ni la hemos elegido nosotros ni nos representa… Otra cuestión es preguntarnos si somos capaces de tener la fe y la confianza suficientes para creer que desde dentro del sistema podemos cambiarlo; que aún es posible luchar por una democracia en la que quienes no poseen la riqueza cuenten en la vida política. Reconozco que cuesta tener esperanza, pero pensar lo contrario sería enterrar la democracia y en el vacío sólo encuentro el abismo del totalitarismo y el populismo; tan peligroso uno como seductor el otro.

Regreso de un viaje a Alemania aún impactada por las imágenes del campo de concentración de Dachau. No hay eufemismos; no hay hipocresía… Me encuentro en el regreso a un Putin melancólico invocando la “justicia histórica” en la reconquistada Crimea en un nuevo episodio de provocación. Pienso si lleva razón Hobsbawm al advertir que estamos escribiendo el tercer milenio sin resolver los problemas que dieron lugar a la Primera y la Segunda Guerra Mundial… Pienso si lleva razón Judt cuando nos dice que “algo va mal” cuando no tenemos conciencia de que “la democracia puede sucumbir ante una versión corrupta de sí misma, mucho más que a los encantos del totalitarismo, el autoritarismo o la oligarquía”.

Hay muchas sombras en la Europa de hoy pero ningunas tan terrible como las que nos han sacudido no hace tanto. La Europa con que soñamos no se construye en un día, pero sí debemos tener claro que se construye desde dentro.

Los amigos griegos

Magdalena Trillo | 17 de junio de 2012 a las 10:02

Esucho a un empresario griego decir en una entrevista de Canal Sur que ve España como Grecia hace año y medio. Que así “empezó todo”. Ese todo que para el pueblo heleno es hoy sinónimo de ruina empezó con un rescate de 110.000 millones, ha continuado hasta los 240.000 millones y, lejos de resolver los problemas de deuda y déficit, ha sumido el país en un empobrecimiento brutal, ha disparado el paro al 22%, ha supuesto el cierre de un tercio de los negocios y ha situado a una cuarta parte de la población en riesgo de exclusión social. España ha empezado esta semana “con una línea de crédito en condiciones muy favorables” de hasta 100.000 millones que nos ha vuelto a situar al borde del precipicio, ha enloquecido los mercados y ha terminado cabreando a griegos, irlandeses y portugueses después de los lamentables episodios de triunfalismo patrio del pasado fin de semana. ¿Alguien cree que no habrá condiciones?

 

Grecia acude hoy a votar por segunda vez en seis semanas con todos pendientes de un resultado electoral que desde el punto de vista político puede socavar aún más la gobernabilidad del país con el ascenso de neonazis y extremistas de izquierda y, desde la perspectiva económica, podría abocar a la ruptura del euro y la quiebra misma del proyecto europeo. Lo que hace un año era impensable hoy es una amenaza real. Pánico en los gobiernos, caos en el sistema financiero y alarma, incluso, entre los ciudadanos. “¡La que van a liar los dichosos griegos!”. Hasta el dracma se ha colado en las tertulias del bar… El dracma, el riesgo país, la rentabilidad de los bonos a diez años, las cotizaciones en Bolsa… Nunca pensé que el Íbex 35 pudieran ser tema de cotilleo -más allá del morbo de saber que Amancio Ortega acaba de desbancar al dueño de Ikea y ya es el hombre más rico de Europa- y mucho menos encontrar a unos señores especulando sobre la salida de Atenas del euro mientras hacen cola en el cajero. ¿Habrá corralito? ¿Está más seguro el dinero debajo del colchón?

 

Escribía hace unos días Vargas Llosa que Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que se vuelva una caricatura grotesca de sí misma: “Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión de bárbara irracionalidad y violencia de la que la civilización griega nos sacó”. Es verdad que Europa nació hace 25 siglos al pie de la Acrópolis y que “todo lo que hay en ella tiene su lejana raíz en este pequeño rincón del viejo continente”. Las instituciones democráticas, la libertad, los derechos humanos… Pero la historia es obstinada. Y, como ya advirtió Churchill, trágicamente olvidadiza. Ahí estamos. Olvidando nuestra historia y condenados a repetirla. Enterrando las grandezas y copiando los errores. Exportando los problemas de unos países a otros y contagiando la crisis financiera a la política, a la justicia, a la democracia, a la moral.

 

Me preguntaban esta semana si yo dejaría de ganar 300 millones en un día si estuvira a mi alcance… Es lo que puede conseguir un ejecutivo de Wall Street envuelto en un traje de dos mil euros una mañana cualquiera a costa de la deuda española. Hablábamos de cómo los mercados están poniendo la letra y nosotros las fotos y de lo perdidos que están los economistas intentando arrojar luz sobre un escenario en el que lo único seguro es la incertidumbre. No lo había pensado, pero es verdad: su discurso es siempre el mismo. Sí siempre que; sí pero no; puede o quizás… Lo dramático es que no son sólo ellos los que están perdidos. Los políticos nos dan muestras todos los días y pocos intelectuales se salen del guión. Veintidós premios Nobel se reúnen en Valencia y lo más revolucionario que plantean es pedir a los bancos que cobren menos y proponer que desaparezcan los que no funcionen. Eso sí, nos recuerdan que la culpa de la crisis es nuestra “vagancia” y “negligencia” y nos emplazan a recuperar “la cultura del esfuerzo”. Que trabajemos más y nos ayudemos unos a otros porque nadie va a venir con un “milagro”. Valores. Solidaridad.

 

Esto es lo más peligroso de la crisis, que nos olvidemos de que no podemos salir solos. Ni solos ni sobre el cadáver de otros. Grecia tiene que enfrentarse hoy a las urnas con una sola certidumbre, que ninguna opción los librará de la angustia ni los sacará de la ruina, y un enorme peso sobre sus espaldas: que el futuro es compartido. Si en sus manos está recordar que son la cuna de la democracia, a nosotros nos tocará mañana respetar su camino sin convertirlos en chivo expiatorio de un fracaso colectivo. Ellos no son el enemigo.