Archivos para el tag ‘feminismo’

#DaleLaEspalda

Magdalena Trillo | 26 de junio de 2018 a las 10:40

Anne Igartiburu no puede dar dos pasos seguidos sin que la paren y torpedeen con la cámara del móvil. Su marido, el director de orquesta Pablo Heras-Casado, se acaba de estrenar al frente del Festival de Música y Danza de Granada, pero es la periodista vasca la que atrae todas las miradas. Impresionante su paciencia y sincera su imborrable sonrisa. Es el precio de salir en un medio como la televisión que todavía planta cara a los influencers de las redes sociales y que, por supuesto, vende mucho más que un auditorio y un teatro.

La televisión, generalista o a la carta, sigue siendo el gran escaparate del periodismo. Y de lo que no lo es. Los principios éticos se vuelven peligrosamente maleables cuando entra en juego la tiranía de las audiencias y se diluyen las líneas rojas de hasta dónde llegar por una historia. La cobertura informativa de un caso tan sensible como el de los violadores de la Manada ha vuelto a saltar todas las alarmas.

Este fin de semana tuvimos un aperitivo cuando los compañeros paracaidistas de una cadena nacional se saltaron el pacto del resto de periodistas para no acosar al padre del Prenda-muy mayor y en silla de ruedas- y lo veremos en los próximos días cuando conozcamos el desenlace de la guerra abierta entre las privadas para lograr las primeras entrevistas con los agresores.

La pelea por la exclusiva es un puro mercadeo con cifras obscenas y con consecuencias vergonzosas: en un encuentro pagado y amable con los agresores, la víctima terminará convertida en culpable y los culpables en víctimas. Eso no es periodismo; es espectáculo. Falta formación en perspectiva de género en la judicatura pero también en los medios. No podemos justificar al agresor ni caer en la trampa de la condescendencia.

No podemos darles un altavoz si el mensaje que queremos transmitir es que no hay impunidad frente al maltrato y la violencia contra las mujeres. Y no olvidemos que no es ninguna opción; es nuestra obligación como garantes del derecho a la información, forjadores de la opinión pública y vigilantes de nuestro sistema democrático y de valores.

La ola de indignación que desató la condena a 9 años de prisión por abusos -y no por agresión sexual- continúa ahora con su polémica puesta en libertad y ya se ha situado en la base del creciente movimiento impulsado por mujeres periodistas para intentar sensibilizar a los medios y boicotear cualquier programa que les dé cobertura.

#DaleLaEspalda, #NoEsUnCirco, #NoCompresManada. Es la fuerza de la calle y funciona. La entrevista a la madre del Cuco terminó enterrando La Noria: un bloguero dio la alerta y los anunciantes huyeron…

Las machistas del bikini

Magdalena Trillo | 17 de junio de 2018 a las 11:00

Un tórrido verano como el que ya asoma, Ryanair se jugó una condena judicial por una campaña “demasiado caliente” con seis espectaculares azafatas posando en bikini en sugerentes posturas de provocación sexual. Se titulaba “Tarifas al rojo vivo ¡Y la tripulación también!” y, oficialmente, se vendió como una acción solidaria para ayudar a una asociación polaca dedicada al cuidado de niños con fibrosis quística.

La jueza de Málaga que tuvo que lidiar con la denuncia por publicidad sexista -la Audiencia Provincial ratificó la sentencia el año pasado- dejó bien claro que no se trataba ni de machismo, ni de feminismo ni de puritanismo. Se había utilizado el cuerpo femenino de una forma burda y grosera enmascarando un fin que nada tenía que ver con la realidad. Con “Las chicas de Ryanair” se le había dado una patada a la Ley de Publicidad “utilizando a la mujer como un objeto de reclamo con una clara connotación discriminatoria y vejatoria”.

campaña Ryanair

Hace sólo unos meses una campaña impulsada por una agencia de Ámsterdam para Suistudio dio la vuelta al machismo situando a un grupo de mujeres vestidas con exclusivos trajes de chaqueta sobre hombres completamente desnudos sin rostro, sin nombre, sin valor. Eran meros objetos de decoración. Ellas dominaban; los sumisos eran ellos. Se daba un paso más, polémico y valiente, en uno de los campos que más juega en el filo de la navaja entre lo políticamente correcto y lo necesariamente creativo.

En #WomenNotObjects, la campaña lanzada por la publicista norteamericana Madonna Badger contra la cosificación de la mujer en la publicidad, no hay controversia. Es dura y efectiva -se ha convertido en una de las acciones con más recorrido e impacto mediático- pero no nos sitúa frente al espejo de nuestras contradicciones como acaba ocurriendo con la provocadora iniciativa de la marca holandesa: en una de las imágenes, el muñeco de un hombre se cuelga del tanga de una de las modelos como si fuera a quitárselo; en otras son pisoteados y humillados.

El revuelo en Instagram fue inmediato: “brillante” o denunciable. “Si esto fuera al revés, con la mujer sobre el sofá y el hombre sobre ella, los grupos de feministas saltarían con sus críticas. ¡Esta doble moral tiene que terminar!”.

suistudio

Amparado en la ola feminista que ha resurgido con el movimiento #MeToo, la actual Miss América anunció hace unos días que se sumaba a la corriente de presión para eliminar del popular concurso el tradicional pase en traje de baño con tacones: “El certamen representará a una nueva generación de líderes femeninas, su empoderamiento y talento, su impacto social y su trayectoria de becas académicas”. Bien. ¡Idílico! Pero entonces digamos abiertamente que suprimimos el concurso de belleza, denunciemos abiertamente su frivolidad -aunque desfilen con burka- y atrevámonos a reconocer el negocio que hay detrás.

¿De verdad vamos a defender un concurso de misses diciendo que la belleza está en el interior? ¿Y alguien sabe eso cómo se mide? En aras de ese feminismo de trinchera que tanto se acerca al conservadurismo, continuemos el debate y decidamos si también nos cargamos los desfiles de lencería -¿sólo el de mujeres o también el de hombres?- e, incluso, demos un paso más y hagamos una llamada a todas las mujeres para que este verano se planten en las playas renunciando al bikini -enseñamos demasiado y nosotras mismas contribuimos a que se nos cosifique- y optando por un traje de baño mucho más discreto como es el bañador.

Lo realmente alarmante de todo esto es que empecemos a callarnos, a autocensurarnos, para no desentonar. Apenas hay polémica. Pocos están dispuestos a ‘jugársela’ lanzando una piedra contra el muro feminista y, en España, los organizadores de Miss España ni siquiera se han arriesgado a pronunciase sobre el tema; mucho menos a decidir si se subirán a la ola de corrección y también suprimen el pase en bañador.

bikini

No es un debate frívolo ni menor. En los 60, el bikini fue un símbolo de liberación para la mujer. Todavía en los 80, siendo yo una niña, mi padre me prohibía ir en bikini a la piscina pública del pueblo. Conseguí comprarme uno cuando empecé a independizarme como periodista y todavía hoy ni me atrevo a hacer topless. Aunque las grandes firmas de moda llevan un par de temporadas revitalizando el bañador -tendencias, no más-, me gusta pensar que hay algo heroico en ‘decidir’ ponerme lo más minúsculo -hay bañadores mucho más sensuales que muchos bikinis- sólo para evidenciar mi (pequeña) victoria.

Me meto de lleno en la polémica: no defiendo a las ardientes chicas de Ryanair – por encima de la cosificación, me cabrea la hipocresía de la empresa alegando el fin solidario- y, sinceramente, me ha parecido espectacular la iniciativa de la marca holandesa -por los modelos de infarto (¿no es correcto que lo digamos nosotras?)- y por la agudeza del mensaje.

Cuando se estrenó Full Monty, uno de los primeros lugares de España que copiaron la iniciativa de los stripers masculinos fue Granada. Me tocó cubrirlo para la agencia Efe y lo mantengo en la memoria como una de las experiencias más divertidas y rompedoras de aquellos años. Sencillamente, lo disfruté. Fueron objetos -deseables- sobre un escenario por una buena causa.

Probablemente no debería escribirlo. Y justo por eso lo hago. Porque es aquí donde debería empezar el feminismo. En ser libres para opinar.

El mal de fondo -evitar conflictos e intentar quedar bien sin preocuparnos del coste- no es diferente al que subyace en las recetas populistas con que queremos resolver algunos de los problemas más graves a los que nos enfrentamos como sociedad. Pensemos en la inmigración. ¿De verdad estamos compitiendo por ver quién acoge a más?

No voy a entrar en la batalla política entre el oportunismo de los gestos y los riesgos del efecto llamada. Me quedo en el día a día. ¿Quienes hoy abren sus puertas les van a dar techo y comida durante tres años? ¿También un trabajo para que se integren, puedan dejar de ser ilegales y cojan nuestra nacionalidad?

Disculpen la dosis de pragmatismo y de realidad, ¿ustedes contratarían al subsahariano que lleva años vendiendo pañuelos en el semáforo de la esquina? ¿Contrataría a alguna de las mujeres embarazadas que llegan en patera para que la ayude en casa? Podrían replicarme que caigo en la demagogia y que con el Aquarius, por ejemplo, nos enfrentamos a una situación humanitaria de excepción. Bien.

Pero no mutilemos el debate. Seamos capaces de opinar y, sobre todo, de hacernos todas las preguntas; también las que no tocan. Eso la publicidad, aunque escueza, lo sabe hacer muy bien. Hablar de “machistas del bikini” es, efectivamente, un oxímoron y debería ser una contradicción. Pero no lo es.

Las mujeres del ‘procés’

Magdalena Trillo | 27 de marzo de 2018 a las 10:30

Oriol Junqueras llegó a situar a Marta Rovira al frente del Gobierno de la Generalitat con una épica sentencia que lanzó a la militancia de su partido desde prisión: “La República tiene nombre de mujer”. De esto hace cuatro meses. “Va siendo hora”, advertía el presidente de ERC, “de que en este país una mujer esté al frente, una mujer que nunca se rinde, con una determinación y un convencimiento inigualables, sensata y audaz a la vez, tozuda y obstinada pero también dialogante y pactista. Todos a su lado, no la dejemos nunca sola”.

Hoy se estará maldiciendo. Su mirlo blanco se ha rendido y ha huido. Marta Rovira se ha unido al club de fugados y ha contribuido a que la Justicia endurezca las medidas contra los artífices del desafío independentista que sí fueron consecuentes con sus actos y entraron en la cárcel. Ha dejado en la estacada a sus compañeros y mentores.

Ser mujer no es garantía de nada. No si un día te posicionas en la escala más radical del feminismo -ese que no habla de igualdad sino de superioridad- y al día siguiente te escondes en tu condición de mujer y madre para eludir tus responsabilidades. Es un atajo similar al que tomó hace un mes Anna Gabriel, una de las diputadas anticapitalistas de la CUP más antisistema. Puro cinismo. Se quitó el flequillo abertzale, se vistió de niña buena y se fue a Ginebra -una de las ciudades más elitistas del mundo- para eludir al juez Llarena.

Marta Rovira asegura que toma el “duro camino del exilio” para “recuperar su voz política” y “levantarse contra el Gobierno del PP”. Ya sabemos que su hija se llama Agnès y que la quiere mucho. Que huye para seguir siendo madre. Y probablemente sea lo único sincero -creíble- de la carta-testamento con que ha enterrado su trayectoria.

España registra uno de los porcentajes más altos de toda la UE de mujeres en prisión. La ex directora de Instituciones Penitenciarias Mercedes Gallizo tiene publicado un libro recopilando las cartas que le enviaban los presos. Mujeres y madres, la mayoría por delitos de “drogas” y por su “dependencia tóxica” de los “hombres”, concentran los testimonios. Y el mayor desgarro emocional es compartido: “Mis hijos son los condenados”.

Seguro que todas ellas se intercambiarían con Rovira… Pero ellas no son privilegiadas capaces de darnos lecciones (a todas) con la misma templanza con que desconcierta su cobardía. Cometieron un error, se saltaron la ley, y lo asumen. Entre barrotes. Sinceramente, no sé por qué el caso de la política catalana es diferente.

Rajoy feminista

Magdalena Trillo | 11 de marzo de 2018 a las 12:55

Había pensado empezar el artículo con unas fechas, dos ciudades y un intervalo de medio siglo: París, 1968-Madrid 2018. A ello iba a unirle una rectificación personal que, siendo sincera, me ha costado más de una década asimilar: sí a las cuotas y sí a la discriminación positiva. Hace más de una década me tacharon de ingenua y de ingrata por posicionarme en contra. Aunque no creo que lo fuera entonces -lo pensaba de verdad- y no soy una iluminada ni una radical ahora, tal vez sea el efecto boomerang a la inercia machista que lleva siglos instalada en nuestra sociedad -con el persistente patriarcado- y a la regresión que estamos viviendo en los últimos años.

Asumirlo no es fácil. Pero estoy descubriendo que, a diferencia de lo que suele ocurrir con la brecha de la edad -que tiende a atemperar los ánimos, que nos transmuta en maduros, conservadores y moderados-, las canas de las mareas moradas vienen cargadas de rebeldía. La inevitable, la imprescindible, para poner a cero la relación entre hombres y mujeres. Para lograr la igualdad efectiva. La pública y la privada. La oficial y la cotidiana. La de verdad.

Así, entre las tensiones locales y globales del movimiento feminista, llegué a cuestionarme si podría ser hasta un atrevimiento comparar lo que hemos vivido esta semana en España con el mitificado Mayo Francés. Por la evidente falta de perspectiva histórica y por la incertidumbre sobre el impacto real que tendrá la gigantesca ola de reivindicación y toma de conciencia que se ha expandido por un centenar de países de todo el mundo derribando fronteras geográficas, generacionales, de clases y (casi) políticas.

Las dos reflexiones, la general y la personal, se me han descafeinado en cuestión de horas: ¿Se ha producido una revelación global y ya somos todos feministas? ¿Ha transmutado en virus virulento el movimiento por la igualdad? ¿Rajoy cómplice y con lazo morado?

Más importante que las fotos del 8-M será la gestión del día después, la capacidad que tengamos para trasladar las palabras a los hechos. A nivel institucional, a nivel social y a nivel privado. En lo recomendable y en lo exigible. Desde lo más invisible y consentido del micromachismo hasta lo más alarmante del acoso, la explotación sexual y la violencia de género pasando por los espejismos escurridizos de la conciliación laboral y de la brecha salarial.

Aquí entra la revisión de Ley de Igualdad que el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía comenzó a tramitar este martes. Es valiente en la apariencia y en la letra pequeña. El titular periodístico era evidente -multas de hasta 120.000 euros por casos graves de discriminación de la mujer- pero lo que pondrá a prueba su utilidad real y efectiva es el trasfondo: la carga de medidas para la coeducación en todos los ámbitos y sectores, para desmontar el patriarcado desde abajo y para contagiar los logros que la política ha impuesto en las últimas décadas en lo público al resistente y acomodaticio terreno de lo privado.

Me atrevería a ser optimista. Y no me conduce a ello el criticado manifiesto del 8-M -más que por revolucionario y radical, naufraga por confuso, partidista y demagogo- sino el pragmatismo. Las grandes empresas están comprobando -y tienen cifras que así lo corroboran- que la igualdad es rentable. Las razones éticas y de justicia social entran en juego pero también las contables que tienen que ver con la productividad y la competitividad. Ya hay informes que revelan un aumento de beneficios de hasta 9 puntos en compañías que tienen un índice de diversidad superior a la media. El “miedo a contratar mujeres” se empieza a desactivar ante la “oportunidad” de aprovechar mejor el talento; las barreras mentales, también.

Que lo exponga la consejera delegada de Telefónica tiene un plus de credibilidad, el que da haber escalado en un sector tan excluy ente como el tecnológico dinamitando el techo de cristal. Que lo comparta el director territorial de Endesa, corroborando los efectos tangibles que está significando en su compañía aplicar un plan de diversidad, nos debería llevar a la reflexión. María Jesús Almanzor y Francisco Arteaga participaban esta semana junto a la consejera de Igualdad, María José Sánchez Rubio, en una mesa de debate organizada por Grupo Joly sobre Cómo y por qué promover la diversidad en la empresa que tuve la oportunidad de moderar.

Les aseguro que no es fácil que hombres y mujeres, del ámbito público y del privado, de pequeñas empresas y de grandes corporaciones, coincidan hasta en lo más controvertido y polémico: no podemos permitirnos mirar para otro lado y tardar un siglo en conseguir la igualdad. No podemos dejar que ocurra; hay que actuar. Hay que provocar el cambio. Y, sí, no hay transformación, involución, sin una pequeña-gran revolución detrás.

Y aquí llegamos de lleno a Rajoy. No creo que haya visto la luz y se haya vuelto feminista de repente -ni él ni muchos de los suyos-. Tampoco creo que se haya asustado del movimiento violeta por mucho que pueda recordar a aquel 15-M que ahora lo acorrala en las encuestas. Lo sitúo más en un plano de prudencia y de estrategia. De oportunismo, tal vez, y puede que hasta de postureo.

Pero aun así me vale. Me sirve que reconozca que metió la pata cuando prefirió no meterse en el “lío” de la brecha salarial y que se haya desmarcado ahora de la innecesaria provocación de la huelga a la japonesa. Es uno más para la causa y no es uno cualquiera; es el presidente del Gobierno y podría, por ejemplo, buscar la fórmula para desbloquear los 200 millones comprometidos para luchar contra la violencia machista…

Si queremos pasar de la marea de las fotos a la marea de los hechos, necesitamos todas las gotas. ¿Ahora interesa ser feminista? ¿Competimos en los partidos a ver quién es más feminista? Bien. ¡Aprovechémoslo!

Las cejas del cine

Magdalena Trillo | 20 de febrero de 2018 a las 10:10

Con Verano 1993 me dormí. No cuestiono la belleza de los planos, las conmovedoras lágrimas de Frida y hasta lo pedagógico de distinguir entre una lechuga y una col. Pero la ópera prima de Carla Simón me ha resultado tan desesperante y soporífera como los power point de Terrence Malick en El árbol de la vida.

Aun así, es una película necesaria. Forma parte de eso que los australianos bautizaron como la “economía creativa” y reúne todos los intangibles de lo que entendemos por un producto cultural: el valor de lo original y lo simbólico, su función social, el riesgo inevitable al que se enfrenta y el mercado imperfecto en el que se desenvuelve.

Ahí está la grandeza de las industrias culturales. Por su irreverencia y su sentido crítico. Por sus aciertos y sus fracasos. Por su contribución a la diversidad y al afianzamiento de nuestra identidad. Por cuanto supone situarlas (también) en el centro del modelo económico desafiando aquella idea de la “cultura como hormiguero” que popularizó Michel de Certeau.

Nos lo podemos creer o no. Es ideología. La que está detrás de la subida o bajada de impuestos, del IVA cultural y la que subyace en la nueva Ley del Cine. El borrador que ha empezado a circular evidencia que la cultura sigue malviviendo “en los márgenes” y vendría a justificar aquel movimiento de la ceja que irrumpió con ZP.

El sistema de ayudas castiga al cine de autor frente a las grandes producciones y a los lobbies de la distribución. Cuando la industria del cine consigue, por fin, demostrar el impacto suicida que ha supuesto para el audiovisual español un modelo de ayudas sujeto a la taquilla, se fijan unos criterios previos de reparto que encumbran a los directores de éxito, a las productoras que ya dominan el establishment y a las majors. Tratamos el celuloide como una mercancía más. Sin espacio para sorpresas como Ocho apellidos vascos ni bofetadas de talento como Tarde para la ira.

Se trata de la letra pequeña (como hace unos días criticaban desde El español) que el Gobierno esconde y envuelve en el efectista marketing del relato feminista: y es que la nueva ley premiará los proyectos impulsados por mujeres. Eso es lo que se ha vendido. ¡Bien! Pero el ADN no es garantía de nada. No es mejor película Verano 1993 porque lleve la firma de una mujer ni peor Las formas del agua porque emerja del sistema con un cineasto como Guillermo del Toro detrás. El debate es otro. Uno que tampoco toca. No en tiempos electoralistas de dilación y de confusión. No cuando quienes gobiernan no tienen tiempo de ir al cine. Ni interés.

El “hervidero feminazi” de Granada

Magdalena Trillo | 7 de enero de 2018 a las 11:27

Manuel Lebrón fue condenado en 2016 a dos años y diez meses por maltratar y someter a “continuas” vejaciones a su esposa en presencia de sus hijos. Hasta esta semana no ha entrado en prisión. Pisa la cárcel después de echarle un pulso a la Justicia; después de secuestrar a los menores y parapetarse detrás de ellos cuando la Policía Nacional lo detuvo en la casa de su actual pareja; después de acuchillar a tres de los agentes durante el arresto.

En este año de impasse ha tenido tiempo de engordar su expediente delictivo -ha sido detenido en dos ocasiones tras enfrentarse a sus compañeros de la Nacional y provocar altercados con sus vecinos de Alcalá de Guadaíra-, ha terminado expulsado del Cuerpo y hasta se le ha prohibido entrar al pueblo. En redes sociales, ha publicado informaciones falsas sobre el paradero de los pequeños y ha llegado a mostrar la foto de dos cadáveres en Mairena junto a la llamada de SOS Desaparecidos alertando del secuestro. Mientras, ha ejercido de padre… Al menos ha mantenido la tutela de los menores.

Sonia Barea ha podido seguir su vida huyendo. Trasladó su residencia a un piso de acogida de Granada -un “hervidero de feminazis libertinas” en palabras del expolicía- y no ha dejado de insistir en la necesidad de revocar la custodia compartida. Se produce ahora. La juez le ha enviado a prisión por un delito de atentado a la autoridad y, en un segundo auto, le prohíbe comunicarse y acercarse a sus hijos a menos de 300 metros al tiempo que suspende la patria potestad.

Manuel Lebrón se ha ido retratando en Facebook con mucha más sinceridad que lo hace ahora ante la magistrada: “No reconozco las tartufas leyes de la ideología de género, ni tampoco sus ridículos tribunales, más parecidos a los circos romanos deseosos de sangre humana”. Lo paradójico es que son precisamente las leyes contra el machismo las que -hasta ahora- lo habían protegido como padre preservando sus derechos en la custodia compartida.

Confesaba la madre que llegó a temer por la vida de sus hijos. No es ninguna casualidad que el Gobierno haya decidido priorizar las medidas de protección y asistencia a los menores en el Pacto de Estado que empieza a aplicarse este año. Siguen siendo las víctimas más invisibles y silenciosas de la violencia de género. El registro sobre los niños huérfanos por asesinatos machistas, de quienes tienen que vivir con la doble tragedia de perder a su madre y ver a su padre en prisión, apunta a medio millar en algo más de una década. Sólo hay datos desde 2013.

Veintitrés menores también han sido víctimas mortales en este tiempo. Uno de los casos que más convulsión causó en la sociedad española ocurrió en el verano de 2015 en un pueblo de Pontevedra cuando un padre mató a sus dos hijas de 4 y 9 años con una sierra radial. Una venganza contra su exmujer.

El caso de los niños desaparecidos en Granada, con un padre condenado por maltrato que mantiene la patria potestad, no es aislado. La justicia sigue otorgando regímenes de visitas, más o menos amplios, a condenados por violencia machista incluso en casos de inminente entrada en la cárcel. Una de las primeras medidas que pondrá en marcha del Pacto de Estado es la suspensión “con carácter imperativo” del régimen de visitas “en todos los casos en los que el menor hubiera presenciado, sufrido o convivido con manifestaciones de violencia”.

Hablamos de la teoría; la práctica pasa de nuevo por la interpretación judicial y por un debate mucho más profundo: ¿puede ser buen padre un maltratador? No hay respuestas tajantes. Necesitamos poner el foco en los menores, fijar un protocolo garantista y atender la singularidad de cada caso anteponiendo la seguridad y la protección de los hijos a los derechos del progenitor. Con nombres y apellidos.

Aunque no se debe legislar con el ardor de la indignación sobre la mesa, son los casos concretos los que despiertan las conciencias, los que crean los movimientos que al final nos hacen avanzar como sociedad y los que hacen saltar las alarmas sobre las grietas del sistema. De eso sabe bien el movimiento feminista. Ese que tanto inquieta a tipos como Lebrón.

Nosotras

Magdalena Trillo | 5 de marzo de 2017 a las 12:22

No es (sólo) un problema jurídico, de coordinación y de protección. No es (sólo) un problema de falta de recursos. No es (sólo) un problema de las fuerzas de seguridad y de las instituciones. La simiente del machismo, de los 60 asesinatos por violencia de género que cada año se registran en España, está en nuestras casas; en nuestros colegios; en nuestros barrios. Que 2017 haya roto todas las estadísticas con el arranque del año más trágico de la serie histórica no es sólo una escalofriante llamada de alerta sobre el problema más grave que en estos momentos tenemos las mujeres; también lo es sobre la urgencia de revisar los fallos y las lagunas que se han quedado en el camino de la lucha por la igualdad.

El muro al que nos enfrentamos es el de las muertes machistas, pero los pilares se asientan en los márgenes. El estudio sobre violencia sexual que esta semana se ha presentado en Granada nos ha alarmado por la gravedad de las conclusiones tanto como nos ha estremecido e inquietado por lo que se relata entre líneas. El día a día de chicas adolescentes que viven con normalidad, con naturalidad, ser controladas y dominadas por sus parejas. Cómo la frontera entre el amor y el maltrato se desdibuja con la misma facilidad con que los celos, las drogas o el alcohol sirven de excusa para la agresión. Psicológica, física, verbal. Cómo dejamos, incluso, que se cuele el ADN en la incontrolable ecuación que va del sometimiento a la sumisión consentida.

Intentando hacer un ejercicio de prudencia, queriendo redimensionar la crudeza de los resultados, nos preguntábamos esta semana en el periódico hasta qué punto son extrapolables los testimonios del millar de adolescentes de institutos de la capital que han participado en el estudio . La conclusión fue más descorazonadora aún: en una sala de reuniones con cinco mujeres, cuatro teníamos experiencias similares. Nunca lo habíamos denunciado ni le dimos demasiada importancia. Tocamientos, insultos, presiones, acoso… No habíamos sido agredidas físicamente ni violadas y el resto de situaciones y comportamientos que forman parte de lo que hoy se entiende como “violencia sexual” también se quedaban en nuestro caso en los márgenes. Y en el silencio. Incluso en la vergüenza de sentirte culpable. Corresponsable.

Hoy publicamos un resumen del intenso debate que el viernes organizamos en Granada Hoy con un grupo de mujeres con puestos destacados. Aparcamos por un momento las cifras terribles de los asesinatos machistas y, con una inesperada complicidad, tal vez consiguiéramos bucear en esos escurridizos márgenes de la igualdad poniendo sobre la mesa un puñado de realidades, reflexiones y experiencias tan controvertidas y políticamente incorrectas como absolutamente necesarias en una conversación sincera de mujeres sobre mujeres.

techo cristal

En el horizonte está el Día de la Mujer que desde hace medio siglo se celebra cada 8 de marzo a nivel internacional pero también esos diez años que a final de mes se cumplen de la ley con que España se tomó en serio intentar “hacer efectiva” la igualdad que consagra nuestra Constitución.

Por momentos tuvimos que repensar si alguna vez nos habíamos sentido discriminadas -¿de verdad podemos arrebatar a los hombres sus espacios de poder compitiendo de igual a igual?- y cuestionarnos, incluso, si las políticas de conciliación no están provocando un “efecto rebote” y corremos el riesgo de que nos vuelvan a encerrar en la casa… ¿Estaríamos contribuyendo nosotras con nuestra hiperresponsabilidad y nuestros implacables niveles de exigencia?

La Consejería de Igualdad entrega mañana los Premios Meridiana y, en su ya vigésima edición, será un momento excepcional para situar el foco en lo mucho que hemos avanzado si pensamos en nuestras madres y nuestras abuelas y en lo mucho que nos queda por recorrer si pensamos en nuestras hijas. Incluso girando la mirada hacia nosotras mismas, tal vez el mayor desafío no sea muy diferente al de las adolescentes granadinas: no confundirnos y distinguir las trampas de las conquistas. Ser capaces de reorientar el foco a lo aparentemente insignificante. A lo cotidiano. A lo silenciado. A a lo invisible.

El efecto burbuja

Magdalena Trillo | 27 de septiembre de 2015 a las 10:14

Las mujeres somos histéricas por naturaleza. La mujer es pasión, es emoción, es sentimiento. La mujer no es reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación, no es sensatez… Una mujer no puede entrar en un gobierno porque habría una crisis todos los meses… El lugar propio de la mujer es el hogar y es desgraciada la sociedad en la que no se conforme con ser esposa y madre… No podrá ser fundamento de privilegio el nacimiento, la clase social, las ideas políticas y las creencias religiosas; se reconoce, (sólo) “en principio”, la igualdad de los dos sexos…

El 1 de septiembre de 1931 dos mujeres pisan por primera vez las Cortes en España. Son Clara Campoamor y Victoria Kent. El 14 de abril de ese año se había proclamado la Segunda República y con ella la posibilidad de ser elegibles. Pero no votar. La película que hace unos días estrenó TVE, con una interpretación magistral de Elvira Mínguez, muestra la batalla de la feminista madrileña por conseguir el sufragio femenino pero va mucho más allá.

La cadena de prejuicios y despropósitos con que arranca el artículo no son chistes de bar; lo defendió con solemnidad todo un diputado electo en la Cámara Baja ante el encendido aplauso de una mayoría y la perplejidad de unos pocos. En las tertulias del histórico Ateneo, su tono rayaría el insulto y lo soez: las mujeres que trabajan están enfermas; tienen facciones varoniles, poco pecho y demasiado vello (facial).

clara

Quien lo argumenta no es un indocumentado. Es el médico gallego Roberto Nóvoa Santos, uno de los especialistas de mayor prestigio en esos años y un destacado referente del antifeminismo “con base biológica” que entonces dominaba entre importantes sectores de la comunidad científica e intelectual española. Un machismo socialmente compartido que tenía un reflejo directo en el ordenamiento jurídico. El Código Civil, por ejemplo, lo consagraba abiertamente: la mujer debe obedecer al marido; hasta tenía que pedirle una carta certificada si quería trabajar. Sumisión para todo. Con la excepción de hacer testamento, para casi todo.

En el debate en el Congreso por el voto femenino se defendió que el hombre está capacitado para ejercer su derecho a los 23 años mientras que la mujer debía esperar a los 45. En un tribunal ordinario, a un señorito de 59 años se le eximió de asumir la paternidad del hijo que había tenido con la sirvienta porque, “como todos bien sabemos”, un hombre a esa edad no puede procrear. ¿Biología? Victoria Kent acabará posicionándose en contra del sufragio femenino por miedo. Ocho de cada diez mujeres eran analfabetas. Demasiadas irían a votar lo que le dijeran los curas en los confesionarios… El riesgo era para la República.

Ilusiones y miedos. Hace ochenta años y hoy. En la película, Antonio de la Torre interpreta a ese periodista entre honesto y canalla que acaba asumiendo la realidad: no se puede ser imparcial. Si se cree en algo hay que defenderlo y comprometerse.

Clara Campoamor logró su victoria pero con un alto precio. Perdió su escaño y acabó muriendo en el exilio sin haber conseguido regresar a España. Las esperanzas de emancipación depositadas en la República también quedaron por el camino -la República en sí misma se dinamitó- y, hoy, a muchas mujeres les sigue “sonando bien”, se siguen conformando, con ser simplemente “la mujer de”.

La batalla del feminismo es, al final, una batalla de educación. La educación -la mala educación, la buena educación- termina por subyacer como factor determinante en todos los conflictos, en todos los grandes problemas sociales, en todas las guerras. Pero con la misma contundencia con que lo proclamamos, lo olvidamos y no hacemos nada. Feminismo, machismo, nacionalismo, separatismo, fascismo, fanatismo, integrismo, patriotismo, españolismo… Parece que los ‘ismos’ ensucian las palabras. Las distorsionan. Las vuelven peligrosas.

Pensémoslo. Ni el “en principio” de la desigualdad de sexos ni la “nación de naciones” del actual frente independentista catalán es retórica. Avisaba Campoamor de que admitir el “en principio” suponía “consagrar una república aristocrática de privilegio masculino donde todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre”. La “identidad nacional” que defiende el Junts pel Sí consagra la superioridad de unos ciudadanos sobre otros y la ruptura de la convivencia. No son palabras; es ordenamiento jurídico con implicaciones políticas, económicas y sociales. Aunque estén por detallar.

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Si dejamos de lado las aplastantes certezas, ocurrencias y hasta desvaríos de los últimos días -hasta llegar a no saber si “los vasos son vasos” y” los platos son platos” o son naranjas trasmutadas en gaviotas-, no termino de entender cómo hasta ahora no se ha encarado el debate de frente. Con argumentos, no sólo con juegos de intereses y con amenazas.

 

Lo que debería preocuparnos es el trasfondo. En Cataluña llevan cuatro generaciones educando en los colegios en la singularidad, por la diferencia, por la ruptura. Su lengua, su cultura, su identidad. Los medios de comunicación, especialmente la televisión pública, han sido instrumentos al servicio de la causa. Potentes armas ideológicas. Se ha construido una inflamable burbuja, en los colegios pero también en la calle, en la que se han ido mezclando razones y sentimientos; verdades y mentiras; realidades y sueños.

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Sobre sofisticadas burbujas trata precisamente uno de los libros que más inquietud y comentarios está generando en las redes sociales: La burbuja de los filtros: lo que internet te oculta, del experto y activista norteamericano Eli Pariser. Me lo recomienda un colega de la Universidad. Roza la paranoia. Los grandes sitios web, piense en Google, Yahoo News o Netflix, almacenan 64 bits de información personal cada vez que navegamos y luego “personalizan” sus contenidos a nuestro perfil. Nos monitorizan y nos preparan el menú. Pero son los algoritmos calculadamente programados los que eligen y deciden. Editan nuestra propia visión del mundo; moldean nuestra forma de pensar. Y lo más alarmante es que somos completamente inconscientes.

Hagan el experimento: busquen la palabra “Cataluña” y analicen los resultados. A unos usuarios puede que los principales resultados sólo estén relacionados con el proceso; a otros con las posibilidades de realizar un viaje turístico… A un independentista tal vez se le prive de acceder a todas las informaciones negativas sobre el 27-S; a un españolista, de las razones del sí. Cada uno, metido en su burbuja ideal donde el “me gusta” decide los amigos y las ausencias y nos protege de las noticias incómodas.

Hoy tal vez sea fácil identificar la burbuja de los confesionarios en que las mujeres hemos vivido mucho tiempo; la burbuja de ilusiones en que tantos españoles vivieron en la Segunda República -incluidos los catalanes-y hasta la burbuja inmobiliaria y económica que nos condenó a la crisis. Pero la burbuja del pensamiento y las emociones es tan etérea como la educación. Tan líquida como la burbuja social en que nos hacemos personas. Si nos estamos sumiendo en una burbuja de creencias, puede que jamás seamos capaces siquiera de reconocerlo. Mucho menos de desactivarla. Mientras, seguiremos tomando decisiones. A diario. Sin saber lo que realmente sabemos y sin intuir lo que ignoramos.

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Jóvenes y mujeres, los indeseables del PIB

Magdalena Trillo | 5 de octubre de 2014 a las 19:43

Primero arremetió contra los jóvenes proponiendo bajar un escalón más de miseria el Salario Mínimo Interprofesional y ahora quiere expulsar del mercado de trabajo a las mujeres en edad de procrear. Son sus ‘soluciones’ ante los adolescentes que se descolgaron de la formación para engancharse a los sueldos astronómicos de los años del ‘boom’ inmobiliario –y ahora “no valen para nada”– y ante el “problema de la conciliación”: contratar a mujeres por debajo de los 25 y por encima de los 45 para asegurar que no van a tener hijos y no van a estar once años blindadas…

Mónica Oriol no ha tardado ni doce horas en rectificar. Pero sólo en apariencia. No porque no pensara lo que dijo sino como lógica estrategia para calmar la avalancha de críticas e indignación que ha levantado su última intervención pública en Madrid.

Nadie ha malinterpretado a la presidenta del Círculo de Empresarios. El problema está ahí y lo triste es que declaraciones tan prepotentes como las suyas –“bruta” la ha llamado Rosa Díaz– lo único que hacen es invalidar la posibilidad de afrontar las muchas fisuras que tienen las políticas de igualdad. Sí, podríamos preguntarnos si proteger sin ningún tipo de excepción a una mujer porque haya tenido un niño no es también discriminatorio e insolidario. Porque lo es cuando convertimos un derecho y un progreso social en una medida absoluta; cuando hay razones objetivas para el despido y se mira para otro lado para evitar el desgaste en una batalla perdida ante el juez.

Pero las palabras de la empresaria, groseras y simplistas, son tan provocadoras como injustas en la medida que golpean a dos colectivos especialmente vulnerables orillándolos en las cunetas del mercado laboral y pidiéndoles explicaciones por unos supuestos privilegios y blindajes que hemos fabricado entre todos y que a todos, en un momento determinado, nos han interesado. ¿No son ellas las que tienen que garantizar el futuro de nuestras pensiones? ¿No son ellos los que tienen que sostener los pilares de nuestro Estado del Bienestar?

Actuamos tan cegados como lo hace Hacienda cuando persigue la picaresca del IVA y perdona a los estafadores de los paraísos fiscales. Y nos equivocamos si no somos capaces de reconocer que son quienes más pueden aportar a la estabilidad de la economía y a la transformación de nuestra sociedad. Hablo de talento y de oportunidades; hablo de creatividad y de esfuerzo; hablo de valores. Y lo defiendo justo cuando acabamos de conocer los últimos datos de la brecha de desigualdad que seguimos empeñados en cavar: Cáritas registró el año pasado el mayor número de peticiones de auxilio desde el inicio de la crisis (2,5 millones de españoles en riesgo de exclusión); en frente, el club de los milmillonarios vuelve a subir (un 7% más que en 2013, una élite de 2.325 superricos que controla ya cerca del 4% de la riqueza mundial).

Y a ellos tenemos que sumar los ricos espontáneos y efímeros, los que lo son mientras pueden meter la mano en el bolsillo de todos (¿algún día recuperaremos el dinero saqueado de los ERE, de la Gürtel, del caso Noos…?) y los que nos dan lecciones de moralidad con la misma frivolidad con que consumen con su ‘tarjeta fantasma’. ¡Qué son los supuestos ‘blindajes’ del asalariado frente al desenfreno de estos falsos ricos –ladrones unos, estafadores otros– que se han dedicado a dilapidar confiados en que al final no serían castigados sino rescatados por el Estado!

La Universidad de Granada abrió ayer oficialmente el nuevo curso con un convencimiento compartido de que “la educación es la más legítima oportunidad de igualdad y progreso” y con el propósito de situar el sistema de enseñanza en el centro del cambio profundo y duradero que requiere nuestra sociedad. Unos minutos antes de las intervenciones de la presidenta de la Junta y del rector, el profesor Henares Cuéllar concluyó su discurso de apertura con una llamada de atención para poner las bases de un modelo público “al servicio de un nuevo humanismo que enfrente la creciente desigualdad”.

Valores. Esos que hemos preferido marginar con la coartada de la crisis; esos que resultan hoy tan incómodos e indeseables como lo son jóvenes y mujeres para las tiránicas dinámicas productivas del PIB.

En las cavernas

Magdalena Trillo | 23 de febrero de 2014 a las 10:47

Cristina de Borbón habrá heredado su título de infanta pero no sus privilegios ni sus derechos dinásticos y mucho menos la exigencia de ejemplaridad que un miembro de la Casa Real debería ganarse y legitimar cada día. Esta semana hemos sabido que su vocación era otra. En su torre de marfil, se declara ingenua, dependiente y sometida a los criterios de su marido. Cegada de amor, le entrega toda su confianza firmando documentos mercantiles sin hacer preguntas, asistiendo a reuniones de trabajo que no lo fueron, dando clases de merengue y salsa que no recuerda, realizando viajes fabulosos sin saber cómo, invirtiendo partidas millonarias en reformas palaciegas que ‘desconoce’. Una vida de cuento donde el dinero nace en los almendros y los gastos no ‘constan’.

La Infanta hizo en sus ‘cinco horas con Mario’ lo que tenía que hacer: no entrar en contradicciones y no dar ni un solo motivo al juez para procesarla por fraude fiscal y blanqueo de capitales. Era su derecho como imputada; no tenía por qué decir la verdad. Después de sus 579 evasivas, es probable que el magistrado pueda sostener su responsabilidad civil por beneficiarse de la riqueza ilícita que entraba en su casa -Anticorrupción ha pedido 600.000 euros si su marido es condenado- pero difícilmente se sustenta la vía penal. Es la tesis de sus abogados; la infanta enamorada, confiada y víctima. La imputada que hasta se “ofende” cuando el juez Castro le pregunta si ha actuado de “escudo fiscal” para terminar lamentándose de que, por ser quien es, ha sido objeto de un mayor escrutinio por la Hacienda pública.

Como imputada también pudo callar pero no lo hizo; situó a su marido en la diana del caso Nòos. Urdangarin manejaba los hilos. Es la única lectura posible de su comparecencia ante el juez del pasado 8 de febrero: si alguien cometió un delito penal fue él. Y es una estrategia judicial más que comprensible aunque, socialmente, nos devuelva a las cavernas. La Infanta busca su salvación desempeñando el papel de nuestras abuelas, las que firmaban con el dedo porque nunca tuvieron la oportunidad de aprender a leer. No es su situación. Gracias a nuestros impuestos, la hija menor del Rey ha tenido una de las mejores educaciones de este país y, supuestamente, se ha ‘ganado’ un empleo altamente cualificado en La Caixa. Es otro debate distinto al judicial pero no es menor: la Infanta, por decencia, por ser quien es, también tendría que dar ejemplo y está haciendo justo lo contrario. ¿Se imaginan a los abogados de Urdangarin argumentar que ‘mandaba’ su mujer y que él no tenía ni idea de nada?

La estrategia de Cristina sólo se sostiene porque es mujer. Explota el estereotipo de la mujer ignorante e incapaz para buscar una salida en los tribunales. No es la primera ni la única -recuerden, por ejemplo, los intentos desesperados de Isabel Pantoja- pero su posición es especialmente significativa si no fuera porque la opinión pública ya la ha condenado -¿alguna mujer ‘desconoce’ cómo entra y sale el dinero en casa?- y porque la posibilidad de que esté diciendo la verdad es casi más terrible que dejarla pasar por una Jasmine a lo Woody Allen en este frenético mundo de excesos y desigualdades.

Las mujeres hemos querido dar el salto a la escena pública demostrando nuestras capacidades, queriendo aportar sensibilidades y presumiendo de valores pero no tardamos en sumirnos en las mismas miserias que los hombres sin renunciar a explotar nuestra condición sexual cuando nos interesa para exculparnos. La ‘historia interminable’ del caso de los ERE sólo se explica por el insaciable egocentrismo de la juez Alaya, la guerra de poder que tiene abierta Esperanza Aguirre en Madrid nada tiene que envidiar a las intrigas de salón más novelescas de nuestra historia y, puestas a tocar fondo, cerramos la semana con una alcaldesa de pueblo dispuesta a ‘venderse’ por un bolso de Loewe. De momento es una denuncia pero el papel de Ana Hermoso (PP) en lo que empieza a conocerse como la ‘Gurtel andaluza’ no parece quedar en la mera comparsa. O sí. Porque, si así lo exige el guion, siempre podrá interpretar el cinematográfico papel de rubia tonta, decir que es una mujer de paja del ‘Correa del Sur’ y que nunca pensó que aceptar un regalo sin importancia pudiera comprometer su honor. Una víctima más de esta ‘injusta’ sociedad en la que todavía no hemos decidido si preferimos estar dentro o fuera de las cavernas.