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El síndrome del granadino (y no es la malafollá)

Magdalena Trillo | 24 de junio de 2018 a las 9:50

Llevo más de una hora pensando en el título de este artículo. Sé lo que quiero contar pero no consigo decidirme si escribirlo en negativo o en positivo. La primera opción es la más tentadora: Los granadinos contra Granada. Parte de la crítica (entre la constructiva y la enfermiza), se crece con la tesis del agravio y alcanza el clímax cuando introducimos el ingrediente de la fatalidad.

Ganivet se suicidó; Ayala se exilió; a Lorca lo asesinamos. Por debajo de estos grandes nombres, Granada tiene una larga historia de cadáveres que han terminado alimentando ese lugar común de que “nadie es profeta en su tierra”. Se dice en muchas ciudades; aquí es verdad.

Lo pensaba el viernes en el arranque del Festival de Música y Danza cuando le hacían el traje a su nuevo director: “Justito, justito”; “¿Este programa y esta orquesta para un concierto inaugural?”. En el patio de butacas el interés por saber dónde estaba sentada Anne Igartiburu eclipsaba los planteamientos artísticos pero no los políticos. Pablo Heras-Casado lo tendrá difícil.

Todavía no se han cerrado las heridas por el cambio de gobierno en Madrid cuando ya se ha activado en todos los partidos el modo electoral previendo que Susana Díaz disolverá la legislatura en otoño. La excusa, el relato, ya se ha puesto sobre la mesa: la crisis de la financiación.

Pedro Sánchez renuncia a reformar el modelo autonómico y da una bofetada a Andalucía optando por los acuerdos bilaterales con las comunidades: ¿para eso se ha llevado a la exconsejera Montero a Madrid?, ¿tan difícil era enfriar el tema creando, por ejemplo, una comisión?, ¿de verdad pensamos que Andalucía conseguirá los 4.000 millones en que se ha cifrado la infrafinanciación a costa de Cataluña, Madrid o País Vasco?

El clima importa y, lamentablemente, las páginas de cultura cada vez están menos alejadas de las de política. Los críticos harán sus críticas, pero Heras-Casado tendrá que pasar un doble examen: el del programa y el del ‘regreso’ a su ciudad natal. Se ha reservado el concierto inaugural, ha tenido la osadía de renunciar al éxito seguro de los Beethoven y Wagner que tanto nos gustan y ¡hasta ha impregnado de rojo el logo del Festival!

Es un director de éxito, tiene una trayectoria más que acreditada y, aunque caiga en la frivolidad, reconozcamos que tiene su tirón que sea el marido de una de las presentadoras de televisión más conocidas de este país. Pero vuelvo al dilema de base: al final no está muy claro si la ecuación resultante es positiva o negativa.

A mí me gustó el concierto. Mucho. Me atrajo la fuerza con que dirige Heras-Casado. Si lo medimos en aplausos, al público también. ¿Suficiente para hablar de éxito? Pues dependerá de los escurridizos intangibles que en una ciudad como Granada terminan contaminándolo todo.

Es el mismo juego de contradicciones que Blanca Li llevó anoche al Generalife con su montaje de Diosas y demonias. Tan diferentes, tan compenetradas. Enfrentadas unas veces, camufladas otras. Cuando todavía está en la memoria su espectacular montaje de Poeta en Nueva York, otra granadina se ha unido este año a Heras-Casado en la apertura del Festival. ¿Se lo perdonamos?

Hace tres temporadas, Granada hasta fue capaz de saldar la avinagrada deuda que tenía pendiente con Rafael Amargo y, desde hace unos años, otro grande de la escena, el tenor José Manuel Zapata, también se pasea con cierta soltura por su ciudad.

Me gustaría pensar que algo está cambiando. Que no vamos a esperar a que no estén para reconocer y rectificar. Que salieron de Granada para triunfar, pero no huyendo sino construyendo un camino que, necesariamente, debía ser de ida y vuelta. Este planteamiento nos lleva a la segunda opción del titular: Los granadinos con Granada.

Los ingredientes que lo sostienen no son tan populares: nos obliga a ser generosos, a enterrar prejuicios e, incluso, a tener fe. Y nada de esto se puede prescribir… En este punto de indecisión, mi única seguridad es lo que todos sabemos: que debe haber algo en el ambiente que moldea el ADN del granadino. Y no es (sólo) la malafollá…

Un director impuesto, ¿lo menos malo?

Magdalena Trillo | 29 de abril de 2012 a las 17:17

Es la primera vez que el director del Festival de Música y Danza de Granada no es elegido por consenso. Corrijo: sin consenso, con bronca institucional, con indignación entre los profesionales y con perplejidad en la ciudad. Por la forma y por el fondo. Porque la elección ha sido una farsa. Un concurso teóricamente público, abierto y ajustado al código de buenas prácticas que ha terminado en sainete con preludio adivinatorio y epílogo de desprestigio incluidos. La crónica de un candidato anunciado. Sólo así se puede entender la ausencia de aspirantes de primer nivel para dirigir el Festival y la ‘desmotivación’ que ha habido entre los profesionales del sector para participar en una convocatoria absolutamente politizada donde el actor principal ha aprovechado más de una rueda de prensa para ‘venderse’ y sus valedores para hacer campaña. ¿Ninguno de los directores y gestores de los grandes festivales de teatro, música y danza de Europa estaba interesado en vincular su trayectoria a Granada? No. No si creen, saben, que el puesto tiene nombre y apellidos.

La versión oficiosa que empieza a circular ante los crecientes corrillos de “incredulidad” y “preocupación” por la decisión del Consejo Rector de elegir como director a Diego Martínez, tal y como había ‘pronosticado’ hace meses el Ayuntamiento, es que ha sido “lo menos malo”. Pero ni ha sido una ‘operación’ de un día ni era desconocido el interés, legítimo por otro lado, de situar al frente del festival más importante de Granada a una persona afín al gobierno municipal y al PP. Ayer mismo me recordaban que fue Juan García Montero quien ‘trajo’ a Martínez de Úbeda con la idea de que fuera el relevo de Carlos Magán en la OCG cuando estalló la crisis de gestión en la orquesta. Entonces, hace ya más de cuatro años, se optó por José Luis Jiménez –con enorme acierto, por cierto– y el aspirante a gerente terminó recalando en el Archivo Falla con una visibilidad y remuneración mucho menos golosa que la prevista.

El momento de mover ficha llegó el pasado mes de octubre cuando, tras doce años como director, Enrique Gámez anunciaba su marcha: no pasó ni una semana y Martínez, funcionario y profesor de música, era el candidato mejor posicionado. El del PP. Porque el proceso se ha dilatado lo suficiente para poder elegirlo de la manera más pragmática y operativa: sumando votos. Ayuntamiento (PP) y Diputación (PP) ya contaban desde el 20-N con el apoyo del Ministerio y sólo tenían que esperar al 25-M para incorporar a la Junta. Ni siquiera el revés electoral en el Gobierno andaluz ha alterado su hoja de ruta. Aunque la Junta aporta más de 700.000 euros y la Diputación, por ejemplo, 128.000, todas las instituciones tienen los mismos votos: dos. Una simple operación aritmética confirma el acuerdo no unánime de la elección.

El pasado martes –justo el día en que finalizaba el contrato del director saliente– se puso sobre la mesa la posibilidad de dejar desierto el concurso y seguir contando con Gámez –la edición de este año está completamente cerrada– a la espera de recomponer la situación. La propuesta fue rechazada de forma tajante por el Ayuntamiento y se acabó arriesgando por “lo menos malo”.

Imagino que ha de ser duro para el propio ‘ganador’ llegar a un festival sabiéndose candidato de un partido, objeto de conflicto institucional y tras un proceso que ha enmascarado un nombramiento a dedo. A mí me queda una duda, por qué nadie ha impugnado el concurso, y una desazón: entre la vorágine de la crisis y el bloqueo de las tres elecciones que hemos sufrido en menos de un año, tal vez nos hayamos confiado (todos) y seamos corresponsables por no exigir las ‘buenas prácticas’ prometidas, despolitizando la elección e imponiendo un mínimo de ética y rigor con un jurado de expertos.

La realidad es que la página de Gámez ya está cerrada y la de Diego Martínez abierta. Por la solidez y solvencia del equipo de profesionales que lo hacen posible, por la propia estabilidad e imagen del Festival y por Granada, ojalá sea un acierto su designación. Ojalá el fondo justifique la forma y ojalá dentro de unos años nadie tenga que mirar con nostalgia y lamentar que el Festival de Granada, con mayúsculas, se haya degradado en un festival “municipal” más. Uno de tantos. Los momentos excepcionales exigen decisiones excepcionales, pero el camino de la excepcionalidad a la mediocridad es cada vez más corto. A Diego Martínez, toda la suerte del mundo.