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Rotavator II

Magdalena Trillo | 22 de junio de 2013 a las 12:24

Nada de retiradas y mucho menos de jubilación. Al menos a iniciativa propia. Mientras sienta el “cariño” de los granadinos, el cuerpo aguante, pueda “ser útil” y su partido no se interponga, José Torres Hurtado está dispuesto a seguir al frente del Ayuntamiento de la capital. Con un juego de números fija su horizonte activo en la política: de 2013 a 2031. No sé si habrá hecho las cuentas… ¡18 años más! ¡Ocho mandatos! ¡32 años en el gobierno local! Hace ahora justo una década que el PP lo convenció para que dejara la Delegación del Gobierno en Andalucía y disputara a los socialistas la Alcaldía de Granada. La compensación, en caso de fracaso, serían las listas europeas. Entonces no fue necesario recurrir a Bruselas –puso fin al ‘tripartito’ ganando por mayoría– y hoy es una opción que rechaza tajante.

Sebastián Pérez tendrá que esperar. Y Juan García Montero, también. Y cualquier otro, a la derecha y a la izquierda, que haya echado el ojo a la Plaza del Carmen. Es la primera lectura que se puede extraer de la entrevista que este periódico publica hoy en el ecuador de su tercer mandato. No ha llegado su hora. Torres Hurtado es consciente de que llegará “algún día” en que “alguien” tenga que relevarle, pero no todavía. A su presidente provincial, al “chiquillo” que él mismo metió en las listas del PP cuando era el presidente del comité electoral, tiende la mano: son un “tándem ideal” para Granada, uno en la capital y otro en la provincia. ¡Si a Sebastián Pérez lo he criado yo en mis pechos!”

El problema es que los números empiezan a no salir. A dos años de las municipales, son muchos en el partido los que empiezan a preocuparse porque la Diputación se les escapa. No tanto por la improbable remontada del PSOE como por el imparable ascenso de esa IU que, como decía hace poco uno de sus dirigentes, ya le habla “de tú a tú” a los socialistas. El bipartito de la Junta no sólo no ha estallado en mil pedazos con los primeros conflictos –del fraude los EREs al reciente escándalo de la subida de dietas del Parlamento pasando por la difícil política de recortes– sino que se ha reforzado y se ha convertido en un modelo de oposición a las políticas de Rajoy reivindicable y ‘exportable’. Más aún cuando al PSOE, intentando recuperar protagonismo a nivel nacional, no se le ocurre otra cosa que buscar el refugio del PP marcando distancias con las fuerzas minoritarias justo cuando más rechazo hay al bipartidismo y más real parece aquello de que ‘son lo mismo’. Del pacto que hundió a Zapatero para modificar la Constitución introduciendo el techo de déficit a un descafeinado pacto económico para la cumbre europea de finales de junio que no recoge más que obviedades.

En el PP, aunque Rajoy certifique que el “pesimismo está en retirada”, la impopular –e inefectiva– subida de impuestos de Montoro, la guerra ideológica de Wert con la educación, el hachazo de la ministra ‘subvencionada’ por la Gürtel a la Sanidad y la salida del armario del ‘moderado’ Gallardón pasará factura como ya lo está haciendo la sombra de la sospecha de la financiación ilegal del partido, que se agranda a la misma velocidad que crece la fortuna de Bárcenas en Suiza. ¿Esos millones que se multiplican como las setas son sólo suyos? Torres Hurtado insiste en la teoría de los golfos pero es más que consciente del daño que la corrupción está haciendo –no sólo a los partidos sino a la misma democracia– y de que son los alcaldes los que están en primera línea para aguantar los golpes, los propios y los ajenos. Tal vez lleve razón cuando dice que “no merece la pena estar con el corazón sobresaltado por dinero”, pero la realidad que nos muestran los juzgados es que cada vez son menos los que así lo creen y los que no están en política para ganar dinero. Corrompe el poder y corrompe la avaricia; la vieja avaricia de quienes se obsesionaban con guardar y la nueva avaricia de quienes amasan fortunas para exhibir.

En ninguno de estos planos situaría yo al alcalde de Granada. A Torres Hurtado se le podrán hacer muchos reproches, y seguro que habrá cometido infinidad de errores, pero creo que no se le podrá atacar por haber metido la mano, por no pelear por su ciudad –aun si es en contra de su propio partido– ni por no hablar claro. Hace una semana levantó alguna ampolla cuando se inauguró la nueva sede del PP en el Zaidín y tomó la palabra: ojo, que lo que está en juego es la Diputación. Y, ojo, que quien avisa a navegantes de que no va a dar un paso atrás, quien refuerza la cohesión en su equipo a costa del ‘bando de Sebas’, quien se hace valer en el partido a nivel nacional mientras Torrente y Robles ya maniobran para ocupar el sillón de la presidencia provincial, es Rotavator II.

Un acto de fe

Magdalena Trillo | 3 de febrero de 2013 a las 10:03

Esta semana he recordado por qué hace veinte años quise ser periodista: se pueden cambiar las cosas. La verdad no es absoluta, pero tampoco lo es la impunidad. No estamos adocenados ni dormidos. Ni nosotros ni los ciudadanos ante los que tenemos la obligación de responder; esa calle que nos vigila en las redes sociales compartiendo -no supliendo ni usurpando- el papel de ‘voz de los sin voz’ que tradicionalmente hemos desempeñado. La salud de la democracia, de nuestro sistema de libertades, se sigue calibrando en los medios de comunicación. También su decadencia y su decrepitud; también las vanidades, irresponsabilidades e incluso fragilidad con que a veces participamos en este perverso juego de control, presiones, poder y contrapoder. Pero la grandeza de este sistema es, precisamente, que cada actor esté a la altura de su papel. Con sus errores y sus aciertos. Hay que gobernar para salir de la crisis, pero también hay que hacer oposición e informar con absoluta independencia.

El estallido social que se temía con la sangría del paro se está desatando por la corrupción. Los papeles de Bárcenas no son una causa general contra el PP ni las protestas en las sedes del partido son un acoso antidemocrático. No es conspiración y no es persecución. Son dudas legítimas sobre la gestión de un partido político y sobre la “honorabilidad” de unas personas que están en el Gobierno. No es un movimiento para desestabilizar el país. Es la esencia misma de la democracia. Son derechos, libertades y obligaciones constitucionales.

Aunque algunos quieran pensar que la prensa es como el carnicero, que “mata por la noche para comer al día siguiente lo que ha matado”. Lo decía Balzac hace más de un siglo y muchos lo estarán pensando estos días: “El periodismo es una fuerza ciega, sorda, perversa, rebelde, sin moralidad, sin tradición, sin objetivos concretos y dignos”. Pero es, y así lo reconocía el infatigable novelista francés, “la fuerza que lo mueve todo, la única que tiene el poder suficiente para derribar”.

Dolores de Cospedal lo vivió el jueves cuando tuvo que salir ante los medios a ‘sujetar las velas’ de todo el partido. Se inmoló políticamente. Su discurso, milimétricamente planificado, se quebró con las primeras preguntas de los periodistas. Pese a la pretendida contundencia de sus palabras y el redundante “limpio, claro y transparente” que aplicó a las cuentas del PP, suscitó más inquietud que certezas. La negativa tajante de veracidad a los apuntes contables publicados por El País, una supuesta Caja B de financiación, se convirtió en parcial y terminó provocando una tremenda ola de indignación (#quesevayantodos, #Rajoydimisión, #volvemos1f) que apenas tardaría unas horas en convertirse en caceroladas con gigantescos sobres a modo de pancarta por todo el país. Granada no fue una excepción.

En los tribunales, el proceso avanza implacable. La justicia está cumpliendo su papel sin miramientos ni excepciones difícilmente justificables en un Estado de Derecho. En paralelo a la instrucción del caso Bárcenas y el caso Gürtel, el Fiscal General ha considerado que “hay indicios” para investigar y que está dispuesto a llamar al propio presidente del Gobierno si es necesario. Anticorrupción acaba de anunciar que citará a los ex tesoreros Bárcenas y Lapuerta y al ex diputado Jorge Trías para esclarecer el presunto pago de sobresueldos a la cúpula del PP. Si es dinero negro y hay fraude, lo dictamirá un juez; si todo es ‘limpio’ y legal, también.

Políticamente, el escenario se tambalea. El “caiga quien caiga” inicial se ha convertido en un cierre de filas. Hace cuatro años Rajoy dijo que no había una trama de corrupción “en el PP” sino “contra el PP” y puso la mano en el fuego por el ex senador. Se quemó. Ayer, tras la reunión de urgencia del comité ejecutivo, evitó mencionar su nombre, se demarcó de la cuenta en Suiza de los 22 millones e insistió en la teoría de la conspiración. Habló de “papeles apócrifos” y de “manipulación”. “Es falso”, enfatizó en varias ocasiones tajante, seco, enfadado. “Son infamias que ahora se disfrazan de presuntas, que dan pie a toda clase de infundios e inflaman el fariseísmo más descarado”.

Pero lo que nos pidió el presidente del Gobierno fue un acto de fe. No tiene crédito suficiente para ello. Las palabras de los políticos, sus promesas, están terriblemente devaluadas. Tal vez podamos creerlo a él pero no depositando una fe ciega en toda la estructura de dirección de un partido, el de ahora y el de hace dos décadas. Fue demasiado osado, innecesariamente arriesgado. Coincido con Rajoy al pensar que “las cosas se pueden cambiar”, pero no hablamos de lo mismo. No, si no se entiende la crítica y exigencia de transparencia que está reclamando la sociedad española. No, si su defensa es un ataque contra los medios, contra la oposición y contra quienes expresan en la calle su cabreo y perplejidad.