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Las mujeres del ‘procés’

Magdalena Trillo | 27 de marzo de 2018 a las 10:30

Oriol Junqueras llegó a situar a Marta Rovira al frente del Gobierno de la Generalitat con una épica sentencia que lanzó a la militancia de su partido desde prisión: “La República tiene nombre de mujer”. De esto hace cuatro meses. “Va siendo hora”, advertía el presidente de ERC, “de que en este país una mujer esté al frente, una mujer que nunca se rinde, con una determinación y un convencimiento inigualables, sensata y audaz a la vez, tozuda y obstinada pero también dialogante y pactista. Todos a su lado, no la dejemos nunca sola”.

Hoy se estará maldiciendo. Su mirlo blanco se ha rendido y ha huido. Marta Rovira se ha unido al club de fugados y ha contribuido a que la Justicia endurezca las medidas contra los artífices del desafío independentista que sí fueron consecuentes con sus actos y entraron en la cárcel. Ha dejado en la estacada a sus compañeros y mentores.

Ser mujer no es garantía de nada. No si un día te posicionas en la escala más radical del feminismo -ese que no habla de igualdad sino de superioridad- y al día siguiente te escondes en tu condición de mujer y madre para eludir tus responsabilidades. Es un atajo similar al que tomó hace un mes Anna Gabriel, una de las diputadas anticapitalistas de la CUP más antisistema. Puro cinismo. Se quitó el flequillo abertzale, se vistió de niña buena y se fue a Ginebra -una de las ciudades más elitistas del mundo- para eludir al juez Llarena.

Marta Rovira asegura que toma el “duro camino del exilio” para “recuperar su voz política” y “levantarse contra el Gobierno del PP”. Ya sabemos que su hija se llama Agnès y que la quiere mucho. Que huye para seguir siendo madre. Y probablemente sea lo único sincero -creíble- de la carta-testamento con que ha enterrado su trayectoria.

España registra uno de los porcentajes más altos de toda la UE de mujeres en prisión. La ex directora de Instituciones Penitenciarias Mercedes Gallizo tiene publicado un libro recopilando las cartas que le enviaban los presos. Mujeres y madres, la mayoría por delitos de “drogas” y por su “dependencia tóxica” de los “hombres”, concentran los testimonios. Y el mayor desgarro emocional es compartido: “Mis hijos son los condenados”.

Seguro que todas ellas se intercambiarían con Rovira… Pero ellas no son privilegiadas capaces de darnos lecciones (a todas) con la misma templanza con que desconcierta su cobardía. Cometieron un error, se saltaron la ley, y lo asumen. Entre barrotes. Sinceramente, no sé por qué el caso de la política catalana es diferente.

Cruzadas

Magdalena Trillo | 1 de septiembre de 2013 a las 11:18

He puesto la Obertura 1812 de Chaikovski a todo volumen para escribir este artículo. Retumba el allegro vivace final. Los disparos de cañón anuncian la resistencia de los rusos ante el avance de las tropas napoleónicas. El martilleo del carillón se une a tambores y timbales para preparar el cierre triunfal. Estallan los metales. Gritan las cuerdas. El desenfreno de flautas, oboes y clarinetes acompaña al coro en su grandioso Dios salve al Zar. Repican las campanas. Se enaltecen las conciencias. Llega la victoria.

Entiendo a la Rusia de Vladimir Putin. Quien escribió una obra con tal patriotismo no puede ser homosexual. No lo puede ser para el orgullo ruso. No lo puede ser para la Duma que está saludando el tercer milenio volviendo a las cruzadas. Y reescribiendo su historia: Piotr Ilich Chaikovski dejará de ser gay en la película que Yuri Arabov está rodando con financiación del Kremlin y se convertirá en un mujeriego atormentado. Cinco revisiones del guión han transformado al depresivo compositor en heterosexual. No hay “nada probado”; “habladurías”. El amor a su sobrino, a quien dedicó su última sinfonía, era “platónico” y nada saben de la biografía de su hermano Modest ni de las cartas personales (escondidas en su día por la URSS) que documentan su condición homosexual.

El Gobierno ruso ya limpió hace un año la afición al alcohol y a las chicas del astronauta Yuri Gagarin y ahora va a imponer la moralidad a otro de sus héroes nacionales siguiendo la campaña de restauración de los “valores tradicionales” que emprendió en junio. Para “proteger al pueblo de los degenerados”, su ‘ley antigay’ prohíbe la propaganda de la homosexualidad entre los menores con multas de hasta 1.000 euros, obliga a las ONG con actividades políticas a inscribirse como “agentes del extranjero” y castiga a quienes ofendan los “sentimientos religiosos”. Tan ambigua y tan compleja que hasta el Comité Olímpico Internacional ha evitado pronunciarse (la discriminación sexual sería contraria a la carta olímpica) alegando que hay dos artículos que requieren una mejor traducción. Esto fue a comienzos de agosto en las vísperas del Mundial de Moscú. Más que diplomacia; cobardía. Después llegaría el arrojo de los deportistas.

La atleta sueca Emma Green compitió con las uñas pintadas de los colores del arcoíris y las rusas Kseniya Ryzhova y Tatyana Firova sorprendieron a medio mundo festejando el oro en los 4×400 con un impulsivo beso sobre el podio. No fue de tornillo ni envenenado como el que protagonizaron en 1979 los líderes comunistas Honecker y Breznev pero sí tan valiente. Un grito de libertad -por mucho que se haya querido desmentir después- como el que dieron los atletas afroamericanos Tommie Smith y John Carlos en los Juegos de México cuando levantaron los puños para denunciar el trato opresivo al pueblo negro. Era 1968. La Guerra de Vietnam, el Mayo francés, las Panteras Negras, el asesinato de Martin Luther King… Cincuenta años hace de su discurso I have a dream sin que el movimiento por los derechos civiles y las libertades se haya podido permitir el lujo de dejar de soñar. Al contrario. Retrocedemos imponiendo la intransigencia en Rusia, dejamos fracasar la primavera árabe, volvemos al estupor de las armas químicas y lo contemplamos todo desde la barrera. Protegiendo nuestros intereses.

Lo último del Parlamento ruso es querer prohibir a los homosexuales donar sangre alegando que el 65% de los gays está infectado con el VIH, sufragar con fondos públicos la primera consulta de quienes quieran ‘curarse’ y proponer que las mujeres trabajadoras tengan dos días de vacaciones al mes en el periodo “crítico” de la menstruación. Ciertamente, no sé qué propuesta roza más el despropósito. En consecuencia, lo último en la creciente contestación que está provocando la ‘ley antigay’ ha sido la huida a Francia del artista ruso Konstantín Altunin tras pintar a Putin y a Medvédev en ropa interior femenina. Travestis se titula el lienzo que ha conducido al cierre de la galería de San Petersburgo en este nuevo capítulo de censura y persecución.

El caso es que, mientras en Rusia están convencidos de que “hay demasiadas chinches” y hay que “fumigar“, las mayores lecciones de sentido común, de solidaridad y de humanidad las volvemos a encontrar en el arte. Desde la más absoluta irreverencia. Desde la insolencia, el coraje y la claridad del mensaje que no hallamos en quienes gobiernan. Y no hay que irse a Rusia para verlo. Recordarán la exposición de Fernando Bayona que reproducía las catorce estaciones del Vía Crucis con Jesús caracterizado como el gay hijo de una prostituta. La cerró nuestra Universidad. La misma que ahora ‘evita’ una muestra de Juan Vida demasiado osada para la moral imperante; para el dogma fundamentalista de lo políticamente correcto.

Como escribió Chaikovski, “no hay mayor absurdo que pretender ser algo distinto a lo que uno es por naturaleza”. Y no hay mayor sinsentido, mayor injusticia, que obligarnos a ser lo que no somos y querer castigarnos por ello.