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Acción-reacción

Magdalena Trillo | 3 de octubre de 2017 a las 10:46

En la cuenta atrás del 1-O, uno de los documentos que más se ha compartido ha sido el parte oficial del Ministerio de Guerra del 7 de octubre de 1934: “En Cataluña, el presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá. Ante esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el país”.

Octubre de 2017. Falta conocer el día exacto, saber el tono y la envergadura de la proclamación, pero cuesta creer que el bloque independentista no haya previsto recurrir al simbolismo de las fechas en su calculada estrategia de ruptura. Cuando el protagonista de Así habló Zaratustra descubrió la visión circular del tiempo, se desmayó de la impresión. La teoría del “eterno retorno sin posibilidad alguna de variación” ha sido muy discutida, pero Nietzsche no hablaba sólo de la repetición de los acontecimientos; lo realmente inquietante era su advertencia de cómo las ideas y los sentimientos quedan atrapados en esa dinámica endiablada.

En la pesadilla popular de “la historia se repite”, filosofía y ciencia nos cuentan lo mismo. Me refiero a Newton: “A cada acción siempre se opone una reacción igual pero de sentido contrario”. Si miramos atrás, partiendo de las masivas Diadas que desde 1977 son una señal del problema catalán hasta este convulso 1 de octubre, no es difícil vernos rehenes de una “acción-reacción” infinita, incomprendida y creciente.

Y lo somos porque seguimos sin querer asumir que la España de las autonomías ha fracasado. El “café para todos” no ha traído la equidad -vivimos en un Estado asimétrico por mucho que invoquemos la igualdad en la Constitución- ni nos ha vacunado de los movimientos populistas y nacionalistas que amenazan toda Europa.

Lo más grave de todo es que, después de una década de crisis económica, también se ha quebrado el principio de solidaridad. Es lo que explica la equidistancia con que en Cataluña se vive el procés y lo que subyace en las movilizaciones de familias enteras que dicen sentirse “atacadas” por un “Estado violento”.

Pero las lamentables imágenes de las cargas policiales son la consecuencia de otro gran fracaso: de la política y colectivo. Desde los oportunistas que se ponen de perfil hasta los que se esconden en las leyes y los que arrastran al vacío a golpe de propaganda. Unos y otros acabamos alimentando el clima de victimismo y humillación que se ha convertido en gasolina de un independentismo cada vez más arraigado. Sin máscaras y sin complejos.

La República Independiente de su Casa

Magdalena Trillo | 1 de octubre de 2017 a las 11:18

Estoy tan cansada, tan saturada del procés catalán, como todos ustedes. Del Junts pel Si y del Junts pel No. De las maniobras tacticistas de los partidos y de sus verdades alternativas. No eludo ninguna responsabilidad ni quiero pecar de ingenua creyéndome en la pista de una tercera vía con salida: no la hay. No ahora y no con los interlocutores de serie b que se han apropiado de los relatos.

No si nos creemos que la “normalidad” es comprar urnas opacas a los chinos para que la gente vote, organizar maratones y fiestas de hermandad en los colegios para mantenerlos abiertos y acosar, aleccionar y hasta cobrar (10 euros) a los periodistas por informar. Parece un chiste. Una mala historia a la que poco contribuye el cachondeo que se ha montado con el barco de Piolín -no falta el Coyote ni el Pato Lucas- que ha atracado en Barcelona en la supuesta logística de refuerzo policial.

Mi verdad es muy simple: dudo. De ellos y de nosotros. Lo blanco y lo negro se desdibuja con la misma cadencia con que se prostituyen las palabras. En unos casos las descafeinamos y en otros las exaltamos sin darnos cuenta de que estamos llevando a nuestra mesa la intransigente ceguera nacionalista de esos grupos de radicales -de izquierdas y de derechas- que siempre son otros.

¿Democracia es votar? Sí y no. Importa el cómo y el para qué. Del 15-M aprendí (y creo que ellos también) que la toma de decisiones asamblearia es una espiral incontrolable que lleva a la inoperancia y al absurdo. Pero ¿no dejar votar es democrático? Aunque hablar de “fascismo” resulta tan excesivo como encontrar tuits de medios extranjeros reavivando el fantasma de una guerra civil, en algún momento alguien deberá explicar por qué, en estas cuatro décadas de sobrevalorada monarquía parlamentaria, Madrid ha preferido mirar para otro lado (el PP ahora y el PSOE por mucho que le pese a Felipe González) mientras en Cataluña desaprendían el español, se adoctrinaba en los colegios y se alimentaba el sentimiento independentista a golpe de tópicos y de interesadas humillaciones.

En el doublethink de Orwell caben todas las contradicciones: la “democracia” que para unos significa independencia y para otros “unidad” y el “diálogo” que para unos tiene que ver con la legitimidad de lograr lo que corresponde por “derecho” y para otros certifica, al margen de fórmulas jurídicas y administrativas, una España de “privilegios” con ciudadanos de primera y de segunda. Si como decía Aristóteles “todo lo que pensamos es la verdad”, es preciso que “todo sea al mismo tiempo verdadero y falso”.

Pocos conflictos como Cataluña evidencian con tanta nitidez la convicción del filósofo griego sobre la naturaleza del ser humano: la mayor parte de los hombres pensamos diferente y, por supuesto, creemos que son los otros quienes están en el error. Pero si la “misma cosa es y no es”, todos “diremos igualmente la verdad”. Aunque sea nuestra verdad.

Lo que los jóvenes de la CUP han conseguido en Cataluña es eliminar el centro, la moderación, dejar a los nacionalistas de la antigua Convergencia en una posición de irrelevancia, fracturar a los partidos constitucionalistas y hacer partícipes a todos a de la vieja teoría de Arzalluz del “árbol y las nueces”. Con o sin garantías, poco importa cuántos voten y qué voten, ha llegado el momento de la sacudida y todo vale lo mismo. Aunque sea para declarar la República Independiente de mi Casa.

Es lo bueno del doblepensar -que se puede ganar y perder a un mismo tiempo- y también lo malo: que no hay ganador posible, que no hay perdedor posible. Las propias palabras, las que elegimos para reafirmar lo que queremos y rechazar lo que nos incomoda, nos encierran en un conflicto sin salida.

Y el coste para escapar parece inasumible porque nos obligaría a salir de nuestra burbuja de confort. Sería como poner la cadena de radio que más te enerva, abrir el periódico que sólo “miente” y poner un ‘me gusta’ al outsider del Facebook. Pero para dar este salto al precipicio, primero habría que empezar a dudar… Y a nadie le gusta ser débil. Ni parecerlo. A nadie le gusta perder. ¿Sólo un millón de votos? ¡También vale!

Todo en el aire

Magdalena Trillo | 16 de septiembre de 2012 a las 8:11

“¿Será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?”. Unos meses antes de estallar la Guerra Civil, Pedro Salinas expresaba con este desgarro el desconcierto y temor con que vivían los españoles; era 1936 y pocos sabían lo que estaba pasando. Hoy, casi ochenta años después, no suenan los tambores de guerra pero la desazón no es menor. Ni la confusión. Ni la inquietud.

En menos de una semana, Barcelona y Madrid han congregado a miles de ciudadanos en las calles anunciando el otoño convulso que seguirá a la aparente normalidad de la vuelta a las aulas… El insolente martilleo del despertador, las escurridizas sirenas de los colegios, la tediosa espera en el centro de salud y hasta el insufrible atasco de los lunes. ¡Añorada rutina! En tres décadas de imparable avance democrático, nunca un curso lectivo se ha abierto con más anhelos de normalidad y más razones para la desesperanza.

Recortes y reciclaje. Más alumnos en las clases y menos profesores. Material más caro por la subida del IVA, menos recursos en las familias y exigencias leoninas para acceder a las becas y a los programas de ayudas. Por primera vez en doce años ha disminuido el número de docentes –más de 500 interinos sin trabajo en Granada– y hasta Andalucía, que está haciendo bandera de la educación frente al Gobierno de Rajoy, se ha visto obligada a tocar una de sus apuestas ‘estrella’ renunciando al reparto de ordenadores.

Aquí (de momento) no hay guerra de ‘tuppers’, pero no seamos ilusos: la situación de impagos de la Junta es crítica y, por mucha consecuencia que sea de la ‘tijera’ de Madrid, los ajustes afectarán a la calidad de la enseñanza como ya han golpeado a la sanidad (¿será verdad que la Ana Mato quiere ‘curarnos’ las hernias con el timo de la ozonoterapia?) y como ocurrirá con los servicios sociales. Sin necesidad de citar a Salinas,  el ministro De Guindos ya lo ha advertido en el Congreso: si la economía no crece en los próximos meses, no habrá dinero ni para las prestaciones más básicas. ¡Todo en el aire!

En el aire y en suspenso. Aunque a Rajoy le parezca un “lío” y a los nuevos responsables de TVE un tema de segunda –sólo unas semanas ha necesitado el PP para dinamitar la pluralidad de la televisión pública–, los catalanes han removido los cimientos del Estado y han dejado claro que el ‘café para todos’ no es suficiente. El clamor del pueblo catalán con la multitudinaria marcha del martes, la manifestación por la independencia más masiva de la etapa autonómica, no deja de ser la expresión de un problema histórico no resuelto.

Tal vez sea una reivindicación inoportuna y oportunista y arrastra, sin duda, un creciente malestar social por los recortes, los agravios, la incomprensión y hasta el interesado debate de recentralización de competencias que está promoviendo más de un barón del PP. Pero no tiene vuelta atrás. Con o sin crisis económica, es responsabilidad de quienes nos gobiernan (y representan) buscar la fórmula para encauzar tanto los sueños soberanistas de Cataluña como el fin del terrorismo en el País Vasco en una España plural y diversa que no abra nuevas brechas Norte-Sur.

Para Andalucía, no hay mayor riesgo que insistir en los tópicos e invocar falsos hartazgos. ¿“Fatiga mutua” decía Artur Mas? Si avanzar en el modelo territorial del Estado no es lo urgente para el Gobierno (ya avisó Rajoy en la entrevista del lunes que lo primero –y único– es cumplir el déficit), sí lo es abordar el problema de ‘elefantiasis’ de la Administración. Podemos hacerlo desde el disenso y la confrontación o desde la unidad, la coherencia y la solidaridad. Construyendo más España o permitiendo que se extienda la falacia de que la salida al túnel de la crisis es huyendo… Cambiemos ‘independentismo’ por ‘federalismo’ y atrevámonos a abrir, con valentía, el siempre aplazado debate del Estado federal. Pero en la misma mesa. Todos. En igualdad de condiciones. Sin chantajes.

¡Y sin patrias deshechas! Pocos lo verían, pero esta reivindicación también se sumó ayer a las consignas que arroparon el “¡Vamos, hay que impedir que arruinen el país!” de Madrid. Entre los millares de manifestantes que dibujaron la marea blanca y verde, había uno, granadino, sindicalista, de los históricos, que llevaba en la solapa las palabras de Salinas. A veces, la verdad ‘fantasiosa’ de la literatura, de la poesía, es la más clarividente. Y la que menos se deja prostituir.