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Reguladores

Magdalena Trillo | 16 de octubre de 2011 a las 11:09

Globos, silbatos, matasuegras y osos de peluche. Es el último entretenimiento regulador de nuestros dirigentes europeos para garantizar el bienestar de las familias. No ha habido indefinición en el eje franco-alemán para aprobar la nueva directiva de seguridad de los juguetes ni preocupantes demoras como está sufriendo Grecia para ser rescatada pese a que ya se hace de forma sistémica con los bancos.

Los niños menores de ocho años no podrán inflar un globo sin la supervisión de un adulto; los matasuegras tendrá calificación de “peligrosos” y los osos de peluche deberán ser lavables. Dice la Comisión Europea que tal vez no se comprenda la rigidez de la normativa, pero asegura su efectividad para evitar “historias de terror” ante un posible ahogamiento de los menores.

Pero son las familias las que ya están asfixiadas y no es por culpa del comportamiento de sus hijos. En cualquier ciudad española lidiamos a diario con esa interminable ola de regulación que, curiosamente, lo supervisa, controla y sanciona todo menos lo realmente sangrante e indecente. Multas por fumar en el bar, por mascar chicle, por darle de comer a las palomas, por poner a secar la ropa en el balcón, por orinar en la vía pública, por hacer ruido en la hora de la siesta, por pasear sin camiseta… Nuestros representantes políticos creen que hay demasiada libertad en la sociedad actual y, convencidos de que no somos capaces de convivir y autorregularnos por nuestra cuenta, lo hacen ellos contribuyendo, de paso, a engordar las anoréxicas arcas públicas.

Los mismos eurodiputados que se han negado a viajar en clase turista miran para otro lado cuando se trata de controlar el reparto de bonos y dividendos en el sistema bancario. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, alertó esta semana sobre la necesidad de una nueva recapitalización y deslizó, en este caso sin demasiada urgencia, que no debería premiarse a los autores de la catástrofe con obscenas indemnizaciones. ¿Quién pone el cascabel? No lo ha hecho Obama con Wall Street a pesar de prometerlo en campaña (ha terminado integrando en su equipo a algunos de los cómplices del crack), no lo exigen los pseudosexpertos que van de independientes y prestigiosos profesores de universidad mientras asesoran a las grandes financieras y bancos de inversión y, siendo realistas, no parece que sean capaces de hacerlo ni los Estados europeos, ni el Banco de España ni las comunidades y, mucho menos, los consejos de administración de las propias entidades.

En España, los ejecutivos y consejeros que han hundido las cajas de ahorro se han repartido indemnizaciones multimillonarias sin asumir responsabilidad alguna. “120 millones para 20 directivos” publicaba hace unos días un diario nacional en referencia a un grupo de privilegiados de CAM, Novocaixa Galicia, CatalunyaCaixa, CCM, España-Duero y Bankia para los que no cuentan los 20.000 millones de ayudas públicas en préstamos y capital que ha recibido el sector gracias a los solidaridad de todos los españoles. Lo peor de todo es que es legal; tan legal como que el banco te quite la casa y sigas pagando la hispoteca mientras vives debajo de un puente; tan justo como esos retiros dorados con que ciertas compañías afrontan los ajustes de plantilla. ¿Recuerdan el ERE de Telefónica?

Según Forbes, las primas de los consejeros delegados mejor pagados de EEUU se han triplicado desde 2008; sus sueldos han crecido un 28% en un año. Éste es el sistema que hemos construido para garantizar el bienestar de unos pocos. Esos mismos que, hoy, se siguen repartiendo ganancias ajenos a cualquier intento de regulación o supervisión. Blindados. Dentro del sistema financiero, pero también del farmacéutico, del textil y hasta del ocio. Funcionando, teóricamente, en el libre mercado pero poniendo la mano para recibir subvenciones e incentivos o para ser rescatados. Operando con la estrecha complicidad de unos políticos que sólo se atreven a plantarles cara en campaña electoral.

¿Quién regula a los reguladores? ¿Quién supervisa a quienes son jueces y parte? Éstas sí son historias de terror. Historias que explican que cada ven sean más los indignados que salen a la calle a gritar ¡basta!

#22M, el principio

Magdalena Trillo | 22 de mayo de 2011 a las 10:03

Para los que hemos nacido en Democracia hacerte mayor significaba dos cosas: ir a votar y sacarte el carné de conducir. Si eras chica había algo casi tan trascendente: ponerte tacones, un poco de rímel en las pestañas y, con suerte, los labios rojo bermellón. No he fallado en toda mi a vida a una cita con las urnas. Con más o menos entusiasmo, con más o menos hastío. Hasta hace una semana, el 22M no iba a ser una excepción.

Pero hoy, aún tengo la papeleta en el bolso. He pensado abstenerme, dejar el sobre en blanco, ejercer el voto nulo, útil, de castigo… ¿Alguien no está de acuerdo con lo que claman miles de personas (normales y corrientes) en las plazas de toda España? Más democracia. Listas abiertas. Democracia real. Ya. No al engaño del bipartidismo. No a quienes salvan a los bancos y roban a los pobres. No más corrupción. No más mentiras. No más manipulación.

¿Quién no está cabreado? ¿Indignado? ¿Quién no quiere despertar? Salir a la calle, difundir la causa, apartarse del rebaño, gritar ¡basta! Yo no viví el mayo del 68, pero el sonido de las cacerolas no ha de ser muy diferente. Más sincero y convincente que los esfuerzos de los sociólogos por diseccionar el #15M con el mismo desconcierto que los medios tratamos de explicar lo que ocurre en calles y plazas. Con el mismo despiste con que los analistas políticos intentan inferir su impacto en los comicios de hoy. Con el mismo descoloque con que los partidos buscan el modo de aprovecharse de la causa para sumar votos o procurar que no les salpique para no agrandar demasiado la debacle…

Tal vez no haya una solución única e inmediata, pero sí un camino para pedir que empiecen a cambiar las cosas. ¿Cómo es posible que en un pueblo el cambio se llame PP y justo en el pueblo de al lado la solución sea el PSOE para los mismos problemas? Repaso los programas electorales y el resultado es rotundo: casi es mejor ir a votar sin reflexionar. Votar visceralmente y no desde el sentido común. Votar como nos han educado: sin hacer demasiadas preguntas, como borregos. La grandeza del capitalismo que convierte los valores en intereses; las ideas, en mercancía. ¿Recuerdan las teorías de Marx?

Llevo una semana perdida entre cientos de des-informaciones y trasnochados análisis de tertulianos que nada tienen que ver con la espontaneidad de la calle y el sentido común que circula en la Red. Parecen dos mundos distintos. Me refiero al de la gente (jóvenes y no jóvenes) y al de los políticos; al de los ciudadanos (internautas o no) y al de nosotros mismos, los periodistas, que intentamos informar con las rutinas de hace un siglo y los prejuicios de siempre.

Unos pontifican; otros debaten y piensan. Unos dan recetas; otros tal vez sueñen pero se mueven. Hay quienes los tildan de antisistema y perroflautas, hay quienes los llaman pijos rojos y no son pocos los que ven intereses ocultos y conspiraciones para reventar el 22-M. Lo cierto es que es difícil no compartir muchas de sus reivindicaciones. Hagámoslo. Pero desde dentro. Desde el sistema. No estamos en Túnez ni en Egipto. Nuestra democracia es joven y mejorable pero es democracia. Deficiente, pero válida. No pongamos la alfombra roja a los populismos ni demos oxígeno a las corrientes neofascistas.

Hoy, no perdamos de perspectiva que es el turno de nuestros alcaldes, de nuestros vecinos. Debemos elegir a quienes gobernarán nuestro pueblo y nuestra ciudad los próximos cuatro años. Démosle una oportunidad. Olvídense de leyes, siglas y banderas. Elijan al más honrado y confíenle su voto.

Mañana, tal vez los partidos no estén a la altura; sigamos entonces los consejos de Groucho e inventemos otros… Cambiemos las reglas del juego y busquemos líderes que no dejen las protestas de miles de indignados en una semana de portadas de periódico. Construyamos otro modelo y levantemos los ladrillos de nuestra democracia real. El Movimiento 15M no acaba aquí. Hoy es sólo el principio. No dejemos que sea una utopía. Empecemos yendo a votar.