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La madeja de la Plaza del Carmen

Magdalena Trillo | 18 de marzo de 2018 a las 10:50

Quienes dedican su carrera investigadora a rasgar la madeja de intereses sobre la que se sostiene el actual sistema de medios comparten un mismo punto de partida: no se pueden entender los mensajes -desde la teórica objetividad de las noticias a los posicionamientos editoriales más ideológicos- si no conocemos la trastienda de quienes están detrás. De los “dueños” de los medios.

Esta misma máxima la podemos aplicar a la política pero en un nivel de complejidad mucho mayor. Pensemos, por ejemplo, en una matrioshka rusa: cada figura que extraemos es un relato. Y puede ser coherente, suponer una continuidad, pero también puede ser contradictorio y hasta ocultar un choque frontal. Más aún cuando combinamos en un mismo escenario la gestión -teóricamente pública y en beneficio de la ciudad- con el tacticismo político y electoral que acaba siendo rehén del color de las siglas.

Si a todo ello unimos la incertidumbre judicial, el cambio de paso que imponen los tribunales cuando se abren procesos de enorme impacto -la operación Nazarí o, por ejemplo, el caso Serrallo-, la realidad es un maremágnum difícilmente gobernable donde los intereses de partido se confunden y absorben los de la institución.

Así está la Plaza del Carmen. Todos conocemos la situación de desconcierto en la bancada del PP con hasta 6 concejales pendientes de un hilo -el judicial- para tener que dimitir. Pero el equipo de gobierno no está a salvo. No esperaba gobernar y tal vez por ello sigue actuando -y tomando decisiones- como si fuera el grupo municipal del PSOE. Han sustituido la transparencia informativa debida (para eso cuentan con la labor de profesionales cuyos sueldos se pagan con dinero público) por la filtración sistemática e indisimulada.

La estrategia es vieja: paso un tema duro y polémico que me puede perjudicar al medio amigo (el diario oficial de la Plaza del Carmen) y así contrarresto el golpe. Como va envuelto “en papel de exclusiva”, el objetivo es que la información tenga un tratamiento laudatorio y el medio cae en la trampa habitual del periodismo de mala ralea… Luego, si llegan las críticas, siempre está el recurso fácil de matar al mensajero: que no informamos bien, que “bebemos de fuentes poco recomendables”, que nos intoxican, que manipulamos… Si nos dieran un euro cada vez que un periodista que hace su trabajo ha tenido que escuchar eso… También nos dan clases de Derecho Penal, por lo que deberíamos de empezar a preocuparnos por si el síndrome del contagio también se extiende a quienes desempeñan su actividad en la vida pública y también en la enseñanza. Porque, por lo que se ve, el poder no sólo corrompe, también ciega.

Hasta aquí es opinión, por supuesto, pero también son hechos. Aunque podría aburrirles con decenas de ejemplos, me voy a centrar en el caso Serrallo y el escrito de acusación que nuestro Ayuntamiento, la institución que ha de defender el interés de la ciudad, ha presentado en el último minuto del último día del plazo como acusación particular de la causa que investiga el cambio de uso de una parcela destinada a ser un parque infantil a la construcción de una sala de fiestas. En una rueda de prensa -esta vez sí para todos los medios-, el portavoz recalcó que es el escrito de acusación de “los servicios jurídicos técnicos” del Ayuntamiento, que está “fundamentado” y “exento de valoración política”.

El problema que los políticos tienen con algunos periodistas o medios es que nos gusta contrastar, beber de otras fuentes alternativas -como las de sus adversarios políticos-, pero también de técnicos y expertos, y ponerlo todo en cuestión, especialmente lo que dicen por esa tendencia natural a la que ya nos tienen acostumbrados de que todo es susceptible de cambiar según sople el viento. Y, aunque se les olvide, también tenemos criterio. Y tenemos capacidad para leer entre líneas. Y hasta para interpretar lo que ocurre y lo que nos dicen.

Les propongo un juego: les doy unas claves y un titular y ustedes deciden si se ajusta a la realidad. El Serrallo lleva 4 años en fase de instrucción. El grupo municipal socialista se personó como acusación, pero en 2016, cuando Cuenca accedió a la alcaldía se retiró y recuperó su dinero de la fianza. Ya estaba en la causa el Ayuntamiento, gobernado por ellos, y además podía seguir representándolo el mismo abogado. Pero el caso es que en todo ese tiempo apenas se han pronunciado en nada. Han permanecido casi como convidados de piedra en el proceso. Escuchar, ver y callar. Hasta ahora…

Cuando la jueza cierra la investigación y llega la hora de que las acusaciones se retraten y formulen sus peticiones, el escrito que finalmente presentan no hace alusión alguna a los ediles del PP que en 2012 votaron a favor en el polémico expediente urbanístico. No aprecia ningún delito ni posible responsabilidad por su parte, en contra del criterio de la jueza, de la fiscal y de otras partes acusadoras. Focaliza los ilícitos en el exalcalde Torres Hurtado y en su exconcejal Isabel Nieto, además del promotor y los funcionarios que aún trabajan allí (gestionan y hacen informes cada día para el actual equipo de gobierno). Tan benévolos y comprensivos son con sus compañeros de la bancada azul que hasta los ediles afectados se pronunciaron nada más conocer el escrito congratulándose de la postura “del equipo de gobierno del PSOE, que avala su inocencia”.

Sin ánimo de enredar, sólo aporto dos apuntes más: ¿sabían que el recién nombrado jefe de la Asesoría Jurídica del Ayuntamiento (que acaba de tomar las riendas del caso Serrallo, justo antes de enviar el escrito de acusación) es el hijo de un histórico del PSOE, exconsejero de la Junta, con un sueldo muy por encima del que tiene el alcalde? ¿Han pensado, aunque sea un futurible, que los propios ediles socialistas podrían verse en una situación similar si la jueza termina pidiendo explicaciones a todos los que han votado en pleno expedientes bajo sospecha? Me refiero ahora al caso Nazarí.

El gobierno de Cuenca “amnistía” a los concejales del PP. Este es el titular que no ha gustado nada a los actuales inquilinos dela Plaza del Carmen. Lógico. Pero no porque nosotros “confundamos al partido y al Ayuntamiento”; es la consecuencia de que lo hagan ellos.
Sebastián Pérez toma las riendas
Nadie lo cuestionaba, ni dentro ni fuera del PP, pero ya es oficial. Como adelantó este periódico el pasado lunes, Sebastián Pérez ya tiene la bendición de Génova para afrontar uno de los desafíos más importantes de su partido en las municipales de 2019: recuperar el gobierno de la capital tras el escándalo y el desgaste que ha supuesto la operación Nazarí por presunta corrupción urbanística contra el exalcalde Torres Hurtado y su equipo de gobierno. A quince meses de las elecciones, hace bien el PP en deshojar la margarita y aflojar la doble presión que supone la insistente cadencia de encuestas ratificando la subida de Ciudadanos como competidores directos entre los votantes de derechas y la propia situación del partido a nivel interno en las distintas provincias andaluzas.

En la capital, el reto es importante. Los sondeos internos sólo le dan 9 concejales (estarían a sólo 500 votos del décimo, pero aún así serían peores resultados que en 2015 con Torres Hurtado en el cartel) y flota en el aire la probabilidad de que momentos clave de los casos Serrallo y Nazarí estallen en los próximos meses y acaben colándose incluso en la campaña. De momento, sólo hay dos nombres seguros: el de Sebastián Pérez y el de Rocío Díaz. Aparentemente no hay crisis con la designación final. Los demás concejales tienen preocupaciones más importantes de las que ocuparse y Rocío asegura que “está bien”. Aunque no sea ella la candidata. El reloj no ha hecho más que ponerse en marcha. Será interesante ver cómo se nada y se guarda la ropa (con Cs).

Política con control remoto

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2016 a las 11:08

Un clásico en la programación televisiva es contar con las mentiras sistemáticas de los espectadores cuando se les pregunta por las preferencias de consumo. Como en política, no lo revelan las encuestas pero termina descubriéndose con cada click que activa el mando a distancia: vemos más telebasura de la que nos atrevemos a reconocer y menos documentales de La 2 de los que socialmente hemos decidido que es deseable. La realidad última es una espiral sin salida que la industria aprovecha a conveniencia: cuando interesa se responde a lo que “quieren” las audiencias y, cuando no, se apela a la necesidad de “educar” contraprogramando. De contradecir el share. De arriesgar. De tener siempre coartadas para explicar los fracasos. Y poco difiere si es ficción o realidad. Si ocurre en la televisión, en la cuarta pantalla o en las urnas.

La paradoja de la sociedad hiperinformada de hoy es una pescadilla similar: decimos una cosa y hacemos otra. Lo vemos a diario en los discursos de los políticos, se traslada como un espejo en los trending topic que construimos en las redes sociales y nos da una bofetada cada vez que nos enfrentamos al dictamen final. Fue el ‘Brexit’ y la victoria de Trump como candidato republicano a la Casa Blanca, acaba de ser el ‘no’ a los acuerdos de paz en Colombia, son las victorias xenófobas y populistas en la civilizada Europa y lo ha sido en el último año cada cita electoral que hemos afrontado en España absolutamente distorsionada por la sobredosis de sondeos inyectados en la sociedad.

No comparto la tesis de la ignorancia y de la desinformación. No totalmente. El problema de fondo también es la simplificación con que intentamos responder a situaciones extremadamente complejas que no caben en 140 caracteres. Manipulación ha habido siempre -ahí está ‘Ciudadano Kane’ con la Guerra de Cuba para recordárnoslo- y periodismo partidista también. ¿Qué ha cambiado hoy? Tal vez debamos empezar a estudiar cómo la Sociedad en Red ha globalizado, extendido e infiltrado el juego protector del engaño. Por una inclinación natural a huir del conflicto y reforzar nuestros posicionamientos seleccionando interesadamente qué información consumir y desechar, a quién creer y a quién desacreditar, y por una razón de pura supervivencia emocional. Con la enferma excepción de que subyazca una motivación patológica, ¿vería una tertulia política de 13 TV un militante de la izquierda anticapitalista? ¿Se iría usted de cervezas con el vecino del sexto con quien no soporta ni hablar del tiempo en el ascensor? Nunca hasta ahora hemos ingerido tanta información pero tampoco con tal capacidad de filtro. De elección. De decisión.

Para explicar el fracaso del plebiscito en Colombia, los gurús del día después se mueven estos días entre la ignorancia de los votantes, la burda intoxicación y un trasfondo de guerra de poder entre el anterior presidente y promotor del ‘no’ -Álvaro Uribe- con el actual mandatario y responsable de los cuatro años de negociación con las FARC en La Habana -el mismo Juan Manuel Santos que ha conseguido en los despachos de la Academia del Nobel lo que le ha negado su pueblo-. Es la tesis de la desinformación. Pero nos olvidamos de una tercera pata: la lectura superficial que hemos realizado desde el prejuicio de creer saberlo todo.

A la espera de saber qué votarán los americanos el 8 de noviembre, de ser incapaz de asegurar que lo catalanes dirán no a la independencia dentro de un año, sólo por humildad deberíamos reconocer que ya no hay pedestales infalibles desde los que controlar la información y ser conscientes que los actuales profetas de la opinión pública no aciertan más que los adivinos, pitonisas y chamanes que a lo largo de la historia han formado parte de las estructuras del poder. Casi tanto como la religión.

Se preguntaba una periodista esta semana si los likes y dislikes en Facebook están sustituyendo a los votos en las urnas y, lamentando la creciente desafección ciudadana hacia la esfera pública, recordaba las teorías sobre cómo la telaraña vital y social actual ha cambiado el conocimiento vertical, profundo y especializado por uno horizontal de dispersión intelectual y de falta de concentración. Sugerente. Pero si no caemos en el maniqueísmo de buenos y malos. De blanco y negro. Mientras los avances científicos no me contradigan, al final somos cada uno de nosotros los que pulsamos el mando a distancia. Los que cogemos una papeleta y la metemos en la urna.