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Literatura y periodismo: exploración transmedia desde la prensa local

Magdalena Trillo | 31 de julio de 2018 a las 20:37

Los datos de los principales observatorios sobre la situación de los medios de comunicación son insistentes: los periódicos se resienten, la televisión y la radio se mantienen e internet prosigue una senda imparable de expansión en la que confluyen la participación de los usuarios (nuestros conocidos prosumidores), la preeminencia de la comunicación móvil (los mass media en el bolsillo) y el efecto fagocitador de las redes sociales.

En este sombrío escenario para la prensa, pilar histórico de la industria mediática, artífice de las mayores transformaciones y protagonista de continuos procesos de reinvención, se produce una esperanzadora paradoja: es la información más cercana la que más interés despierta en los usuarios.

El papel morirá (hace tiempo que la pregunta es una aseveración con el único interrogante de cuándo) pero no el impulso al oficio, a la profesión, al cambiante tablero mediático, desde las redacciones de los diarios. Y no únicamente desde las cabeceras globales que suelen marcar tendencias, centrar los estudios del sector y servir de referencia. La prensa local, la más cercana a las preocupaciones de los lectores, está en una posición privilegiada para responder a las exigentes expectativas y necesidades de las audiencias.

El nuevo periodismo se convirtió en una palanca de revitalización en los años 60 y ahora se el mundo audiovisual el que ha tomado el testigo para impregnar lo que ya empieza a emerger como una nueva era en los medios. En paralelo, hay un concepto que parece inseparable de los procesos de innovación y experimentación: lo transmedia. El término transita de la literatura al periodismo pasando por la creación audiovisual y hasta el teatro.

Nuevos formatos, nuevos formatos y nuevos modos de comunicación. Bien es cierto que no todo lo que se presenta como transmedia lo es. Hay mucho de negocio y nada tiene de transmedia lo que simplemente viaja de un formato a otro; no es transmedia porque lo publiquemos en papel, lo subamos a internet y lo movamos por redes sociales (y ésta es la práctica más compartida en estos momentos en los medios).

Todas estas ideas, que vienen a sintetizar algunos de los grandes debates y desafíos a los que se enfrentan los medios de comunicación, subyacen en la modesta iniciativa que este verano hemos puesto en marcha en las cabeceras de Grupo Joly: trasladar al lenguaje audiovisual, aprovechando las características y oportunidades de los formatos digitales, adaptándonos a las preferencias y hábitos de consumo de los usuarios de internet y las redes sociales, un contenido de la sección de Opinión casi en vías de extinción: los relatos de verano.

Pocos periódicos mantienen en España esta apuesta: literatura y arte dentro de las páginas de opinión. Ficción dentro del medio de referencia de la no ficción. Durante una semana, diariamente, un autor (en este caso el periodista y escritor Braulio Ortiz) comparte su historia con los lectores. A página completa, con la visión artística del ilustrador del Grupo (Daniel Rosell) se presentan siete entregas del relato que evocan las propuestas de los grandes diarios de hace un siglo, las entregas por fascículos del XIX y hasta las telenovelas de la radio.

Una historia que dialoga con un dibujo y que, hasta ahora, subíamos a la Red sin más estrategia ni adaptación que permitir la lectura en un dispositivo móvil. Este año, con la implicación del equipo de Diseño y el equipo Digital de Diario de Sevilla -José Antonio Sánchez Flores, Juan Carlos Zambrano y Emilio de los Santos-, los relatos se hacen transmedia en un formato audiovisual de menos de un minuto que traslada en flashes de texto e imágenes el corazón de la historia.

No la sustituye, la complementa pero también cobra vida por sí misma cuando viaja por Twitter, Facebook e Instagram. Los lectores en papel son unos, puede que algunos coincidan en internet y en las redes sociales pero, probablemente, serán muchos más los que puedan acercarse a estos relatos de verano desde el formato audiovisual.

Es un experimento que podrá funcionar (o no) en términos cuantitativo de tráfico y usuarios. No es lo importante. Cada lector nuevo al que llegue la historia ya será un éxito. La oportunidad misma de poder explorar los apasionantes caminos que abren los nuevos medios, los nuevos formatos y los nuevos públicos suponen un aliciente para insistir. Porque también desde abajo tenemos la ilusión (y la obligación) de crear.

Las primeras entregas:

 

 

El proyecto se pone en marcha en la primera semana de agosto, justo cuando arranca la reorganización de la sección de Opinión de todas las cabeceras de Grupo Joly para el mes de agosto. El relato de Braulio Ortiz se publica en la edición de papel de los 9 periódicos en siete entregas del lunes 29 de julio al domingo 5 de agosto. En paralelo, esos mismos días se publica en la ediciones digitales de los diarios. En estos casos, los únicos elementos con los que jugamos es con el texto y con la ilustración realizada por Rosell.

En el caso de las redes sociales, en Facebook y Twitter se lanzan los relatos durante esa misma semana pero utilizando ya el formato audiovisual como eje de la oferta informativa a los lectores, dando la opción de acceder también a la versión online de los relatos. Como ejemplo mostramos el espacio en Facebook de Granada Hoy.

braulio fb

 

Lo más importante en estos casos es la posibilidad de compartir con los lectores y de facilitar sus comentarios y experiencia con la historia. El propio autor participa de forma espontánea y forma parte de la conversación como se muestra en este ejemplo en el espacio de Twitter de Diario de Cádiz.

twitter braulio ok

 

El proyecto lo cerramos a la semana siguiente con el lanzamiento del relato en Instagram. En este caso establecemos una estrategia diferente, que coordina María José Guzmán, dirigido a un público más joven y más reticente también al consumo de la prensa tradicional. Se programa diariamente a media tarde (cuando empieza a subir el tráfico en esta red social) y se plantea como storie de Diario de Sevilla con la posibilidad de acceder también a la web del periódico.

días vermont instgram

Es una experiencia modesta pero creo que tremendamente interesante por cuanto supone de trabajo en equipo y por cuanto implica de exploración del lenguaje, estrategias de comunicación y modos de interacción con los diferentes públicos que, desde la expansión de internet y las redes sociales, se acercan a un periódico en sus diferentes formatos.

Gracias todos los compañeros que se han dejado enredar (especialmente a los que han puesto su creatividad, su profesionalidad y su talento al servicio del nuevo nuevo periodismo) y gracias a los responsables de Grupo Joly por animarme a llevar a cabo iniciativas de este tipo que nacen del confort del terreno académico y que rompen con la (relativa) tranquilidad del día a día periodístico.

FB alcahueta

Magdalena Trillo | 8 de mayo de 2018 a las 10:00

La filantropía de Zuckerberg es inconmensurable. Cuando aún estamos distraídos con el teatral velatorio de Cambridge Analytica, la consultora que ha filtrado datos de 87 millones de usuarios, el creador de Facebook rescata su lado más solidario con una nueva herramienta para encontrarnos pareja. Mark ya no es ningún adolescente excéntrico y está preocupado por el futuro del planeta: de los casi 2.000 millones de seguidores de FB, unos 200 están solteros. Facebook Dating nace como una nueva función de la red social que permitirá asistir a eventos en directo y a watch party. Eso sí, requerirá muchos más datos de todos nosotros. Un perfil hiperdetallado que facilite a los algoritmos emparejarnos…

El tiempo digital extingue y crea nuevas profesiones pero también las resucita. FB Dating cumple con exactitud las funciones de la vieja alcahueta: en sentido estricto -“persona que concierta, encubre o facilita una relación amorosa”- y en sentido extensivo -“persona o cosa que oculta algo”-. Y es que, si hay algo que ya deberíamos haber aprendido con la expansión de los gigantes tecnológicos, es la falacia de la gratuidad. Encontraremos (o no) pareja pero habrá un precio: nosotros. Millones de datos con los que mercadear.

El duopolio Google-Facebook, que acapara el 60% del mercado publicitario digital, ha conseguido algo impensable hace solo una década: que espantemos nuestra sensación de soledad. El concepto de patria -con la excepción del anacronismo catalán- ha cambiado las fronteras geográficas por los límites de cobertura del móvil y ha situado la brecha de la desigualdad en un plano mucho más sofisticado, enganchados frente a marginados digitales. ¿Nos sorprende que los vecinos de Teruel salgan a la calle para alertar contra la despoblación y exigir, entre otras necesidades básicas, buena conexión a internet?

En El laberinto mundial de la información, el profesor Ramón Reig cierra su análisis sobre la actual estructura mediática y de poder con un capítulo dedicado a los dueños de la Red que nos coloca delante de un difícil espejo: las legiones de “sabios ignorantes”, como diría Ortega y Gasset, que nos movemos por el mundo digital picoteando contenidos, que nos “informamos al segundo para olvidarlo al instante” -la viñeta de El Roto es insuperable- y que terminamos revitalizando a golpe de vanidad la inmortal sentencia de Einstein sobre lo infinita que es la estupidez. Pero mientras escurridizas empresas como Analityca se apuntan la victoria del Brexit o de Trump, la revolución de las redes nos deslumbra con sus artes de celestina y pasa por nuestra puerta sin que nos demos cuenta de que no somos cómplices ni usuarios, somos usados.

¿Un whopper por 26 euros?

Magdalena Trillo | 6 de febrero de 2018 a las 10:47

Donde la información hace aguas, la publicidad se crece. Cuando la Comisión Federal de Comunicaciones decidió en diciembre acabar con la neutralidad en la Red, la noticia marcó un par de días la agenda mediática pero tuvo un impacto muy limitado en la opinión pública. Hoy, el anuncio de Burger King recurriendo a sus populares whoppers para criticar la derogación de las medidas que el Gobierno de Obama aprobó en 2015 para blindar la equidad en el ciberespacio vuela entre los internautas.

No hay actores. El vídeo muestra la perplejidad de clientes reales cuando descubren que la fast food también discrimina: te armas de paciencia y desembolsas los 4,99 euros de siempre o asumes un “extra” de hasta 25,99 para que te la entreguen de inmediato. Así planea la Administración Trump que sea internet: uno para ricos y otro para pobres. Una empresa podrá pagar para que su web circule más rápido; los proveedores podrán ofrecer paquetes de servicios parecidos a los de las televisiones por cable donde se prioricen unas compañías frente a otras e, incluso, se puedan bloquear estratégicamente los competidores.

Escalas distintas de servicios para los usuarios y para las compañías en función del precio. Más poder para gigantes como Google, Apple, Facebook y Amazon (los llamados GAFA) que ya marcan las reglas del juego y acaparan el ancho de banda. El sistema de peaje que todos conocemos: viejas carreteras, con baches y colapsos, o despejadas autopistas a precios abusivos.

Perdemos los usuarios, pierde la libertad de expresión y pierde la democracia. Por razones comerciales, políticas, religiosas o morales se podrá primar a unos proveedores y castigar a otros. La grandeza del Whooper Netrality, de la Net Neutrality, es que nos permite elegir. La hamburguesa, buena o mala, está ahí al alcance de cualquiera; por el mismo precio y al mismo tiempo.

En Estados Unidos, cinco grandes grupos privados de comunicación controlan el 90% de los medios decidiendo qué es noticia en función de sus intereses. Hay ciudades en las que el periódico, la radio y la televisión tienen ya un mismo dueño; fue uno de los grandes logros de Bush y de aquel Colin Powell que en 2003, desde el púlpito del Consejo de Seguridad de la ONU, convenció al mundo de que Irak tenía armas de destrucción masiva.

La derogación de la neutralidad en la red que ahora promueven los republicanos es más que un asunto interno pivotado desde Silicon Valley. Estados Unidos estornudará y en Europa nos resfriaremos.

El efecto burbuja

Magdalena Trillo | 27 de septiembre de 2015 a las 10:14

Las mujeres somos histéricas por naturaleza. La mujer es pasión, es emoción, es sentimiento. La mujer no es reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación, no es sensatez… Una mujer no puede entrar en un gobierno porque habría una crisis todos los meses… El lugar propio de la mujer es el hogar y es desgraciada la sociedad en la que no se conforme con ser esposa y madre… No podrá ser fundamento de privilegio el nacimiento, la clase social, las ideas políticas y las creencias religiosas; se reconoce, (sólo) “en principio”, la igualdad de los dos sexos…

El 1 de septiembre de 1931 dos mujeres pisan por primera vez las Cortes en España. Son Clara Campoamor y Victoria Kent. El 14 de abril de ese año se había proclamado la Segunda República y con ella la posibilidad de ser elegibles. Pero no votar. La película que hace unos días estrenó TVE, con una interpretación magistral de Elvira Mínguez, muestra la batalla de la feminista madrileña por conseguir el sufragio femenino pero va mucho más allá.

La cadena de prejuicios y despropósitos con que arranca el artículo no son chistes de bar; lo defendió con solemnidad todo un diputado electo en la Cámara Baja ante el encendido aplauso de una mayoría y la perplejidad de unos pocos. En las tertulias del histórico Ateneo, su tono rayaría el insulto y lo soez: las mujeres que trabajan están enfermas; tienen facciones varoniles, poco pecho y demasiado vello (facial).

clara

Quien lo argumenta no es un indocumentado. Es el médico gallego Roberto Nóvoa Santos, uno de los especialistas de mayor prestigio en esos años y un destacado referente del antifeminismo “con base biológica” que entonces dominaba entre importantes sectores de la comunidad científica e intelectual española. Un machismo socialmente compartido que tenía un reflejo directo en el ordenamiento jurídico. El Código Civil, por ejemplo, lo consagraba abiertamente: la mujer debe obedecer al marido; hasta tenía que pedirle una carta certificada si quería trabajar. Sumisión para todo. Con la excepción de hacer testamento, para casi todo.

En el debate en el Congreso por el voto femenino se defendió que el hombre está capacitado para ejercer su derecho a los 23 años mientras que la mujer debía esperar a los 45. En un tribunal ordinario, a un señorito de 59 años se le eximió de asumir la paternidad del hijo que había tenido con la sirvienta porque, “como todos bien sabemos”, un hombre a esa edad no puede procrear. ¿Biología? Victoria Kent acabará posicionándose en contra del sufragio femenino por miedo. Ocho de cada diez mujeres eran analfabetas. Demasiadas irían a votar lo que le dijeran los curas en los confesionarios… El riesgo era para la República.

Ilusiones y miedos. Hace ochenta años y hoy. En la película, Antonio de la Torre interpreta a ese periodista entre honesto y canalla que acaba asumiendo la realidad: no se puede ser imparcial. Si se cree en algo hay que defenderlo y comprometerse.

Clara Campoamor logró su victoria pero con un alto precio. Perdió su escaño y acabó muriendo en el exilio sin haber conseguido regresar a España. Las esperanzas de emancipación depositadas en la República también quedaron por el camino -la República en sí misma se dinamitó- y, hoy, a muchas mujeres les sigue “sonando bien”, se siguen conformando, con ser simplemente “la mujer de”.

La batalla del feminismo es, al final, una batalla de educación. La educación -la mala educación, la buena educación- termina por subyacer como factor determinante en todos los conflictos, en todos los grandes problemas sociales, en todas las guerras. Pero con la misma contundencia con que lo proclamamos, lo olvidamos y no hacemos nada. Feminismo, machismo, nacionalismo, separatismo, fascismo, fanatismo, integrismo, patriotismo, españolismo… Parece que los ‘ismos’ ensucian las palabras. Las distorsionan. Las vuelven peligrosas.

Pensémoslo. Ni el “en principio” de la desigualdad de sexos ni la “nación de naciones” del actual frente independentista catalán es retórica. Avisaba Campoamor de que admitir el “en principio” suponía “consagrar una república aristocrática de privilegio masculino donde todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre”. La “identidad nacional” que defiende el Junts pel Sí consagra la superioridad de unos ciudadanos sobre otros y la ruptura de la convivencia. No son palabras; es ordenamiento jurídico con implicaciones políticas, económicas y sociales. Aunque estén por detallar.

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Si dejamos de lado las aplastantes certezas, ocurrencias y hasta desvaríos de los últimos días -hasta llegar a no saber si “los vasos son vasos” y” los platos son platos” o son naranjas trasmutadas en gaviotas-, no termino de entender cómo hasta ahora no se ha encarado el debate de frente. Con argumentos, no sólo con juegos de intereses y con amenazas.

 

Lo que debería preocuparnos es el trasfondo. En Cataluña llevan cuatro generaciones educando en los colegios en la singularidad, por la diferencia, por la ruptura. Su lengua, su cultura, su identidad. Los medios de comunicación, especialmente la televisión pública, han sido instrumentos al servicio de la causa. Potentes armas ideológicas. Se ha construido una inflamable burbuja, en los colegios pero también en la calle, en la que se han ido mezclando razones y sentimientos; verdades y mentiras; realidades y sueños.

pariser

Sobre sofisticadas burbujas trata precisamente uno de los libros que más inquietud y comentarios está generando en las redes sociales: La burbuja de los filtros: lo que internet te oculta, del experto y activista norteamericano Eli Pariser. Me lo recomienda un colega de la Universidad. Roza la paranoia. Los grandes sitios web, piense en Google, Yahoo News o Netflix, almacenan 64 bits de información personal cada vez que navegamos y luego “personalizan” sus contenidos a nuestro perfil. Nos monitorizan y nos preparan el menú. Pero son los algoritmos calculadamente programados los que eligen y deciden. Editan nuestra propia visión del mundo; moldean nuestra forma de pensar. Y lo más alarmante es que somos completamente inconscientes.

Hagan el experimento: busquen la palabra “Cataluña” y analicen los resultados. A unos usuarios puede que los principales resultados sólo estén relacionados con el proceso; a otros con las posibilidades de realizar un viaje turístico… A un independentista tal vez se le prive de acceder a todas las informaciones negativas sobre el 27-S; a un españolista, de las razones del sí. Cada uno, metido en su burbuja ideal donde el “me gusta” decide los amigos y las ausencias y nos protege de las noticias incómodas.

Hoy tal vez sea fácil identificar la burbuja de los confesionarios en que las mujeres hemos vivido mucho tiempo; la burbuja de ilusiones en que tantos españoles vivieron en la Segunda República -incluidos los catalanes-y hasta la burbuja inmobiliaria y económica que nos condenó a la crisis. Pero la burbuja del pensamiento y las emociones es tan etérea como la educación. Tan líquida como la burbuja social en que nos hacemos personas. Si nos estamos sumiendo en una burbuja de creencias, puede que jamás seamos capaces siquiera de reconocerlo. Mucho menos de desactivarla. Mientras, seguiremos tomando decisiones. A diario. Sin saber lo que realmente sabemos y sin intuir lo que ignoramos.

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El factor corbata

Magdalena Trillo | 15 de febrero de 2015 a las 11:43

Hace sólo diez años, más de la mitad de la población española no utilizaba el ordenador, todavía había un 14% que no sabía ni lo que era internet y hasta un 70% confesaba que jamás había enviado un email. Hoy, mi madre compagina los cursos de pintura y cocina saludable con sus primeras clases de informática, acaba de darse de alta en Facebook y está pendiente de activar la tarifa plana en el móvil para sumarse al grupo de WhatsApp que han creado mis sobrinas. Lo mejor de todo es que lo hace con la misma naturalidad con que prepara el relleno de carnaval, hace pestiños para Semana Santa y acumula conservas de tomate en la despensa.

Dice el alcalde de Granada que él ya está muy mayor para esto de las redes sociales y que no se da de alta porque no quiere que ningún ‘negro’ le haga el trabajo. Por supuesto que la edad importa para según qué cosas -ya nos gustaría que no fuera así- pero nos equivocamos si lo situamos como el factor determinante. Cuántos abuelos, por ejemplo, no han vuelto a hacer de padres en estos últimos años por imposición del guión de la crisis. Y a cuántos jóvenes no les estaremos robando los años felices de la adolescencia obligándoles a transitar sin brújula al blanco y negro de la vida ‘real’. Generaciones perdidas, quebradas por la crisis, para las que ha desaparecido el espacio de protección y concesiones que socialmente les habíamos reservado.

Las fronteras de la edad también se han roto y no sólo como consecuencia de la no siempre milagrosa cirugía plástica. Pero ni es un valor en sí misma la dictadura de la juventud como sinónimo de regeneración, ni la madurez es siempre sinónimo de plenitud ni debería ser un impedimento la inevitable senectud para seguir asumiendo responsabilidades profesionales. Lo reivindica, precisamente, Torres Hurtado cuando insiste en presentarse como el mejor candidato del PP para revalidar la mayoría absoluta en la capital y nos reprocha que no dejemos de preguntarle que cuándo se jubila… Después de muchos meses de espera, el viernes logró por fin el beneplácito de Génova para pelear por su cuarto mandato y aún queda por saber si, en estos tiempos de inestabilidad e incertidumbre, el cartel lo encabezará el Torres Hurtado de siempre, el de traje y corbata -y sombrero de fieltro en los soleados días de verano-, o un nuevo producto de los nuevos tiempos fabricado en los laboratorios de imagen de los partidos.

A cien días de las municipales, los socialistas ya han empezado a mostrar sus credenciales lanzando en las redes sociales el vídeo ‘Ya toca Granada. A Paco Cuenca le toca lidiar de actor principal para convencer a los ciudadanos de que el PP no busca más que “el negocio”, que nos “cosen” a impuestos, que son manifiestamente incapaces de gestionar y que “hay que darle la vuelta a Granada”. Todo muy de campaña. ¿Resulta creíble? La vecina a la que le han amargado la vida en su barrio con la LAC, la joven que se va a Alemania a buscar trabajo, el señor que ha tenido que cerrar su negocio… Juzguen ustedes.

Mucho menos preparado, y seguro que más barato, es el vídeo que la candidata de Podemos a la Junta se ha autograbado en la cocina de casa para hablar de otra ‘cocina’, la de las encuestas. Teresa Rodríguez nos recuerda la escasa fiabilidad de las muestras y nos hace preguntarnos hasta qué punto los sondeos reflejan la opinión de los andaluces o son un instrumento para “generar opinión”. Su mensaje es claro: la esperanza de los nuevos partidos como “alternativa de cambio” frente al descrédito de un PP y PSOE en continua caída. Y lo hace mientras hierven unos tomates en una floreada cacerola.

 

Más que entre lo ‘nuevo’ y lo ‘viejo’, podríamos preguntarnos si el dilema está entre lo creíble y lo que no, entre el original y la copia, entre lo auténtico y lo impostado. Del mismo modo que en internet hemos terminado conviviendo los nativos digitales y los emigrados, la política está viviendo una etapa de profunda transición en la que se ha puesto en cuestión tanto el contenido como el continente, tanto las formas como el mensaje.

Pero, ojo, que ni la juventud ni la novedad de los “nuevos partidos” son suficientes para apropiarse del valor de esas “nuevas formas de hacer política” que reclama la sociedad ni pueden erigirse como salvadores presentándose a sí mismos como los “nuevos políticos” que han de liderar el cambio presuponiendo siempre la bondad de lo nuevo y la corrupción de lo viejo.

Les pongo como ejemplo un frívolo caso de corbatas. Jamás pensé que el último revuelo sexista por la indumentaria de un político lo viviríamos a costa del ministro griego de Finanzas. Al mismo tiempo que Pedro Sánchez se vestía de estadista y se clonaba ‘a lo Rajoy’ para firmar un interesado pacto antiterrorista que no se termina de comprender ni entre las filas socialistas, Yanis Varoufakis se paseaba por los elitistas despachos de Europa sin corbata, con vaqueros negros y con camisa azul eléctrico provocadoramente desabrochada y suelta.

varoufakis

¿Les parece irrelevante? Júzguenlo también ustedes. Pero no pierdan de perspectiva hasta qué punto el ‘factor corbata’ es un entretenimiento de crónica social y de pasarela o es un valioso escaparate que nos previene de los farsantes. Porque de lo que hablamos es de lo que se es y de lo que se quiere aparentar. Y porque también es personalidad, incluso liderazgo, ser capaz de decidir si nos ponemos la corbata aunque nos ahogue o nos la quitamos aun sabiendo que nos sentimos desnudos. Más aún en un momento en el que, en la trastienda de la política, la capacidad de influencia y poder de los asesores, de los Pedro Arriola a las Verónica Fumanal, se está convirtiendo en un tema de primera página.

Todo está relacionado. Merkel, por ejemplo, no ha tenido que travestirse de ejecutiva ni cambiar sus criticadas chaquetas para dejar claro quién manda en Europa como no lo tuvo que hacer Thatcher en su día -su pequeño bolso negro de mano fue más que suficiente- para ganarse al apelativo de ‘Dama de hierro’.

En España, hoy podría resultar casi obsceno que a Pablo Iglesias le intentaran copiar la coleta, pero coincidirán en que llega a resultar esperpéntica la obsesión de sus ‘colegas’ por copiarlo y vendernos no sólo lo que no son sino también lo que no piensan. De repente se han vuelto todos muy ‘de calle’, showmen y ultra activos en las redes sociales. Piensen en la repentina faceta televisiva de Pedro Sánchez y recuerden el lamentable episodio de Rajoy eliminando miles de ‘amigos’ en Facebook cuando se descubrió que los 60.000 sorpresivos ‘followers’ digitales con los que amaneció un día eran un engaño tecnológico.

rajoy

Ni las monarquías escapan de la fiebre por ‘aparentar’. El rey Felipe acaba de bajarse el sueldo para aumentar el presupuesto de la Corona en nuevas tecnologías y, en Noruega, Mette Marit se ha lanzado al mundo 2.0 dándose de alta en Instagram para mejorar su popularidad. En teoría, se trata de modernizarse y apostar por la transparencia; en la práctica, llega un momento en el que cada vez es más difícil saber a quién creer y qué creer. Y la corbata es mucho más que un trozo de tela.

Huellas en el lodazal

Magdalena Trillo | 26 de enero de 2014 a las 10:28

A la Virgen del Rocío le ha salido competencia. Hace dos años que la ministra Báñez se encomendó fervorosa a la “embajadora universal de Huelva” para salir de la crisis y ahora es su colega de Interior quien se muestra convencido de los poderes de la mística de Ávila para “interceder” por España “en estos tiempos recios” que estamos atravesando. Lo hizo esta semana en Fitur durante la presentación del proyecto Huellas de Santa Teresa, un recorrido por las 17 ciudades -entre ellas Granada- en las que la religiosa estableció fundaciones de las Carmelitas Descalzas.

Envuelto en los excesos de artificialidad de la Feria de Turismo de Madrid, afectado tal vez por la efímera ilusión de los paraísos terrenales, Fernández Díaz recordó que la santa “manda mucho desde arriba” y celebró que su “huella” sea lo bastante profunda como para haber unido en la ruta teresiana a políticos de todos los colores “por encima de diferencias ideológicas y geográficas”. “Minucias“, dijo… Minucias que no perjudicarán a un proyecto que nace del potencial del patrimonio local para desestacionalizar el turismo fortaleciendo la oferta española pero que en otros muchos escenarios
-bastaría mencionar la ruptura catalana y la desastrosa gestión del fin de ETA- son auténticas fábricas de conflicto institucional, división ciudadana e insalvable desencuentro político.

Puestos a invocar favores divinos, más pragmático resultaría seguir al Papa cuando no duda en bendecir el poder de internet para fomentar el “encuentro” y la “solidaridad” y nos invita a convertirnos en ciudadanos del mundo digital. “Es un don de Dios” llegó a proclamar este jueves en el Vaticano no sin antes advertirnos sobre el riesgo de “exclusión”, “marginación” y “manipulación” que conlleva su uso superficial e irreflexivo en este mundo cada vez más pequeño en distancias y más inabarcable en desigualdad. Hablaba de ricos y pobres. De ricos más ricos y pobres más pobres.

Contra esa brecha se posicionó Santa Teresa hace casi cinco siglos dando lecciones de austeridad, contra ella nos alerta hoy el Pontífice y contra ella se movilizan, informe tras informe, oenegés como Oxfam Intermón. Su último trabajo se titula Gobernar las élites y las conclusiones no hacen más que traducir a números lo que es fácil ver en cualquier barrio de cualquier ciudad: el 8% de la población mundial acumula el 80% de la riqueza del planeta. En España, son 20 los ricos que manejan hasta 77.000 millones de euros, el 20% de renta con que sobreviven los más pobres. Somos el país con mayor desigualdad de toda la UE después de Letonia.

Si quiere ponerle rostro en clave de comedia negra, no se pierda la última película de Scorsese. En El lobo de Wall Street, Leonardo DiCaprio se mete en la piel de un implacable agente de bolsa que se hizo multimillonario en los 90 vendiendo acciones sin valor, una estafa intrascendente si la comparamos con la actual. Y la lección es sencilla: “sin oportunismo ni avaricia nada funcionaría”. Lo dice el propio actor intentado explicar ese microcosmos que construye siguiendo el único mandamiento posible del éxito, amasar tanta fortuna como te sea posible sin que importe en absoluto lo que le ocurra a los demás.

En la economía, pero también en la política. Porque parte de este principio ha debido de imperar también entre los gobernantes de nuestro país si damos por bueno el creciente mapa de corrupción y despilfarro que ciudadanos de toda España están construyendo de forma colectiva gracias a la inestimable ayuda de ese ‘don divino’ que es internet. La iniciativa es de la Fundación Civio y se une a otros proyectos como El BOE nuestro de cada día, Dónde van mis impuestos o El Indultómetro.

Seguro que comparte el espíritu del grupo -Bye, bye opacidad, hola democracia- y que podría contribuir a definir las huellas de esta otra ruta, menos elevada que la teresiana, que se imbrica en pueblos y ciudades de todo el país. Sume a la avaricia la inconsciencia del dinero fácil de los años de las vacas gordas y aderece el cóctel con una pizca de egocentrismo e incompetencia para hallar la explicación que nunca tuvo del porqué de ese proyecto que todas las mañanas la da una bofetada de realidad.

El BOE anuncia la muerte del papel

Magdalena Trillo | 9 de febrero de 2009 a las 22:48

1 de enero de 2009. Esta fecha no la había anunciado Bill Gates ni The Economist ni ninguno de los gurús de la comunicación que llevan años vaticinando la muerte del papel. Ese día, el Boletín Oficial del Estado, el diario que durante más de trescientos años ha dado carácter oficial a leyes, decretos, nombramientos, sentencias y todo tipo de informaciones de interés público, dejó de imprimirse en papel y dio el salto definitivo a la red: www.boe.es.

 

El Ministerio de Presidencia se ahorrará unos seis millones de euros con la edición electrónica (el acceso seguirá siendo gratuito) y sólo mantendrá cinco ejemplares en papel para “garantizar su conservación”. Para coleccionistas, para nostálgicos. Aunque la medida responde a la obligación de cumplir con la Ley de Acceso Electrónico de los Ciudadanos a los Servicios Públicos, la desaparición del BOE impreso tiene una lectura mucho más amplia.

 

Para empezar, habría que recordar que el Boletín del Estado, bautizado así en 1934, es heredero directo de La Gazeta de Madrid. El periódico se fundó en 1661 como diario de información general pero durante el reinado de Carlos III, allá por 1762, pasó a ser impreso por la Corona convirtiéndose así en la voz de la Administración.

 

Curiosamente, el medio que inauguró en España la historia de la prensa en la web no es El Mundo ni El País ni La Vanguardia ni ninguno de los grandes diarios actuales de referencia. Es el BOE. Desde enero de 1994 se podía consultar diariamente por vía electrónica, si bien era una edición digital que no estaba disponible en la web sino que se ofrecía como servicio de pago en una red privada (Spritel).

 

En septiembre de este mismo año ya se convirtió en el primer medio español en la web. Hoy, justo quince años después de aquellos inicios, el medio que lleva siglos haciendo oficial nuestra historia se sitúa de nuevo en la vanguardia y parece ser el encargado de anunciarnos que la muerte del papel está más cerca de lo que parecía. Y con ella, probablemente, también la de las ediciones impresas de los diarios.

 

Hace un par de años, Philip Meyer auguró que sería en 2043 cuando dejarían de editarse los periódicos tradicionales… cuando el último lector hastiado tirara su ejemplar a la papelera. En todo este proceso, internet se ha satanizado como la ‘mano asesina’, como el culpable de todos los males.

 

Pero no sólo la Red está ‘ayudando’ a la desaparición del papel. Los avances tecnológicos que se han logrado en los últimos años en torno a los e-books y al desarrollo de dispositivos que reproducen sensaciones táctiles no han hecho sino allanar el camino. Y, para cerrar el círculo, un factor inesperado que acelerará el proceso: la crisis.

Mientras llega el momento de “pasar página”, que llegará, seguiremos reivindicando el olor y el tacto del papel y seguiremos manchándonos las manos de tinta saboreando las historias que cada día llegan a nuestras manos. Las de ficción y las de realidad.