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Política con control remoto

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2016 a las 11:08

Un clásico en la programación televisiva es contar con las mentiras sistemáticas de los espectadores cuando se les pregunta por las preferencias de consumo. Como en política, no lo revelan las encuestas pero termina descubriéndose con cada click que activa el mando a distancia: vemos más telebasura de la que nos atrevemos a reconocer y menos documentales de La 2 de los que socialmente hemos decidido que es deseable. La realidad última es una espiral sin salida que la industria aprovecha a conveniencia: cuando interesa se responde a lo que “quieren” las audiencias y, cuando no, se apela a la necesidad de “educar” contraprogramando. De contradecir el share. De arriesgar. De tener siempre coartadas para explicar los fracasos. Y poco difiere si es ficción o realidad. Si ocurre en la televisión, en la cuarta pantalla o en las urnas.

La paradoja de la sociedad hiperinformada de hoy es una pescadilla similar: decimos una cosa y hacemos otra. Lo vemos a diario en los discursos de los políticos, se traslada como un espejo en los trending topic que construimos en las redes sociales y nos da una bofetada cada vez que nos enfrentamos al dictamen final. Fue el ‘Brexit’ y la victoria de Trump como candidato republicano a la Casa Blanca, acaba de ser el ‘no’ a los acuerdos de paz en Colombia, son las victorias xenófobas y populistas en la civilizada Europa y lo ha sido en el último año cada cita electoral que hemos afrontado en España absolutamente distorsionada por la sobredosis de sondeos inyectados en la sociedad.

No comparto la tesis de la ignorancia y de la desinformación. No totalmente. El problema de fondo también es la simplificación con que intentamos responder a situaciones extremadamente complejas que no caben en 140 caracteres. Manipulación ha habido siempre -ahí está ‘Ciudadano Kane’ con la Guerra de Cuba para recordárnoslo- y periodismo partidista también. ¿Qué ha cambiado hoy? Tal vez debamos empezar a estudiar cómo la Sociedad en Red ha globalizado, extendido e infiltrado el juego protector del engaño. Por una inclinación natural a huir del conflicto y reforzar nuestros posicionamientos seleccionando interesadamente qué información consumir y desechar, a quién creer y a quién desacreditar, y por una razón de pura supervivencia emocional. Con la enferma excepción de que subyazca una motivación patológica, ¿vería una tertulia política de 13 TV un militante de la izquierda anticapitalista? ¿Se iría usted de cervezas con el vecino del sexto con quien no soporta ni hablar del tiempo en el ascensor? Nunca hasta ahora hemos ingerido tanta información pero tampoco con tal capacidad de filtro. De elección. De decisión.

Para explicar el fracaso del plebiscito en Colombia, los gurús del día después se mueven estos días entre la ignorancia de los votantes, la burda intoxicación y un trasfondo de guerra de poder entre el anterior presidente y promotor del ‘no’ -Álvaro Uribe- con el actual mandatario y responsable de los cuatro años de negociación con las FARC en La Habana -el mismo Juan Manuel Santos que ha conseguido en los despachos de la Academia del Nobel lo que le ha negado su pueblo-. Es la tesis de la desinformación. Pero nos olvidamos de una tercera pata: la lectura superficial que hemos realizado desde el prejuicio de creer saberlo todo.

A la espera de saber qué votarán los americanos el 8 de noviembre, de ser incapaz de asegurar que lo catalanes dirán no a la independencia dentro de un año, sólo por humildad deberíamos reconocer que ya no hay pedestales infalibles desde los que controlar la información y ser conscientes que los actuales profetas de la opinión pública no aciertan más que los adivinos, pitonisas y chamanes que a lo largo de la historia han formado parte de las estructuras del poder. Casi tanto como la religión.

Se preguntaba una periodista esta semana si los likes y dislikes en Facebook están sustituyendo a los votos en las urnas y, lamentando la creciente desafección ciudadana hacia la esfera pública, recordaba las teorías sobre cómo la telaraña vital y social actual ha cambiado el conocimiento vertical, profundo y especializado por uno horizontal de dispersión intelectual y de falta de concentración. Sugerente. Pero si no caemos en el maniqueísmo de buenos y malos. De blanco y negro. Mientras los avances científicos no me contradigan, al final somos cada uno de nosotros los que pulsamos el mando a distancia. Los que cogemos una papeleta y la metemos en la urna.

La (otra) resaca

Magdalena Trillo | 3 de enero de 2016 a las 11:30

Se siente ebrio y no ha bebido? No se preocupe. Hay una explicación científica. La International Journal of Clinical Medicine lo define como el “síndrome de fermentación del estómago“: resulta que el exceso de levadura en el intestino convierte automáticamente la comida en cerveza y genera una sensación constante de borrachera sin necesidad de beber ni una sola gota de alcohol. Con coste cero.

No es un exotismo. Es un fenómeno raro, y “relativamente desconocido en la medicina occidental”, pero existe. En Nueva York, a una mujer le acaban de recetar “dieta especial” y no la multarán por conducir cuadruplicando el límite de alcoholemia porque ha demostrado que no bebió y que era su intestino el que fermentaba los alimentos. Lo mismo que le ocurrió al abuelo de Texas que sirvió de cobaya para realizar los primeros diagnósticos de esta extraña enfermedad.

Azúcares, etanol y levadura. Esta es la receta de la “embriaguez accidental”. Será el ADN, pero también el ambiente. Si no, cómo explicar que en México se hable con cierta normalidad del “síndrome de autocervecería“… Aunque es difícil evitar la tentación de frivolizar, más aún en unas fechas en las que acabamos sometidos al ritual de los excesos, la realidad es que perder el trabajo, marginarte socialmente e incluso arriesgarte a ser arrestado no son implicaciones menores. Tanto que los investigadores que han trabajado en este campo han llegado a pedir a sus colegas que se tomen el asunto “en serio”.

Ni la abstinencia nos salva (siempre) de la embriaguez ni el ayuno es un remedio infalible contra la intoxicación. Pruebe a aplicarlo a la política. Intente contrarrestar la saturación del último año con una dieta informativa libre de grasa política y comprobará que es imposible. Poco importa si no compra el periódico o no enciende el televisor. Sus caras nos asaltan desde las farolas y sus mensajes nos acosan desde los grafitis callejeros. La política se ha colado en el ambiente. Es el síndrome de empacho electoral.

Empezamos con el ‘efecto Susana’ en las autonómicas andaluzas de marzo, en mayo pintamos de naranja y morado los ayuntamientos de media España y hemos despedido 2015 dejando todas las vallas en stand by. Todo listo para el reciclaje. La recurrente marmota. En Cataluña hemos pasado del “derecho a decidir” al “deber de decidir” con que hasta Artur Mas le ruega ya a los extremistas de la CUP que despejen su futuro. ¿Y si los catalanes vuelven a votar y todo sigue igual? ¿Y si los españoles acudimos de nuevo a las urnas y el reloj vuelve a despertarnos a las seis de la mañana?

Lo más extraño de la intoxicación involuntaria, del tipo que sea, es que ni siquiera está claro quién gana. Porque si algo importa en una borrachera es el cómo. El fin, a veces, justifica los medios; en este caso, nunca. Porque no es lo mismo una intoxicación etílica de garrafón que de whisky de malta. Y no es lo mismo una resaca de clarete o aguardiante que una de Dom Pérignon…

Como en política. ¿No se siente ebrio de tanta política y nadie le ofreció un (buen) trago? Nos han intoxicado a golpe de campañas sin sentido, de programas fantasmas, de candidatos mediocres y lo único realmente seguro es la resaca electoral. No me dirá que no ha discutido estas Navidades buscando una solución a tanta “ruina”. Monotema 1: ¿y ahora qué? Monotema 2: que lo arreglen ellos que para eso los hemos votado. Monotema 3: ya no se habla más de política.

¿Y cómo rompemos la espiral? Sólo se me ocurre una salida: evadirnos. Aunque nos tachen de egoístas… Dicen los biblioterapeutas que la felicidad está en los libros. Probémoslo. Contrarrestar la intoxicación con imaginación. Con inteligencia. Con más sensibilidad. Con más bondad. En Finlandia devoran 47 libros al año, en España no llegamos ni a 9… Dice un estudio de Deloitte que es, junto a la ropa y los perfumes, lo que más regalamos en Navidad. Pero, ojo, de nuevo la trampa de los atajos: no vale sólo con lucirlos, que luego hay que leerlos…

Les propongo un deseo extra para 2016: ¡Nada de síndromes! ¿Se siente ebrio y ha bebido? Entonces todo (vuelve) a ir bien.

Les deseo un feliz 2016. Así de desafiante. Así de díficil. Así de simple.