Archivos para el tag ‘libertad de expresión’

¿Un whopper por 26 euros?

Magdalena Trillo | 6 de febrero de 2018 a las 10:47

Donde la información hace aguas, la publicidad se crece. Cuando la Comisión Federal de Comunicaciones decidió en diciembre acabar con la neutralidad en la Red, la noticia marcó un par de días la agenda mediática pero tuvo un impacto muy limitado en la opinión pública. Hoy, el anuncio de Burger King recurriendo a sus populares whoppers para criticar la derogación de las medidas que el Gobierno de Obama aprobó en 2015 para blindar la equidad en el ciberespacio vuela entre los internautas.

No hay actores. El vídeo muestra la perplejidad de clientes reales cuando descubren que la fast food también discrimina: te armas de paciencia y desembolsas los 4,99 euros de siempre o asumes un “extra” de hasta 25,99 para que te la entreguen de inmediato. Así planea la Administración Trump que sea internet: uno para ricos y otro para pobres. Una empresa podrá pagar para que su web circule más rápido; los proveedores podrán ofrecer paquetes de servicios parecidos a los de las televisiones por cable donde se prioricen unas compañías frente a otras e, incluso, se puedan bloquear estratégicamente los competidores.

Escalas distintas de servicios para los usuarios y para las compañías en función del precio. Más poder para gigantes como Google, Apple, Facebook y Amazon (los llamados GAFA) que ya marcan las reglas del juego y acaparan el ancho de banda. El sistema de peaje que todos conocemos: viejas carreteras, con baches y colapsos, o despejadas autopistas a precios abusivos.

Perdemos los usuarios, pierde la libertad de expresión y pierde la democracia. Por razones comerciales, políticas, religiosas o morales se podrá primar a unos proveedores y castigar a otros. La grandeza del Whooper Netrality, de la Net Neutrality, es que nos permite elegir. La hamburguesa, buena o mala, está ahí al alcance de cualquiera; por el mismo precio y al mismo tiempo.

En Estados Unidos, cinco grandes grupos privados de comunicación controlan el 90% de los medios decidiendo qué es noticia en función de sus intereses. Hay ciudades en las que el periódico, la radio y la televisión tienen ya un mismo dueño; fue uno de los grandes logros de Bush y de aquel Colin Powell que en 2003, desde el púlpito del Consejo de Seguridad de la ONU, convenció al mundo de que Irak tenía armas de destrucción masiva.

La derogación de la neutralidad en la red que ahora promueven los republicanos es más que un asunto interno pivotado desde Silicon Valley. Estados Unidos estornudará y en Europa nos resfriaremos.

Contra el fanatismo, más libertad

Magdalena Trillo | 11 de enero de 2015 a las 14:12

Todos los días del año, hora y media antes de que salga el sol, el muecín despierta a Estambul con una arrebatadora llamada a la oración que proclama que “Allah es el Más Grande”. Cinco veces al día, en todos los enclaves del mundo árabe, la comunidad musulmana rompe su febril cotidianidad para rezar siguiendo el canto del almuédano desde los minaretes de las mezquitas.

Tras la segunda llama del día, en esta ciudad de los tres nombres, en la antigua Bizancio, en la vieja Constantinopla, centenares de turistas empezamos a hacer cola para conocer uno de sus templos de referencia. Las chicas nos cubrimos cuidadosamente el cabello con coquetos pañuelos; ellos ocultan sus piernas. Todos penetramos en silencio, descalzos, respetando las creencias de quienes entienden que su vida no tiene más sentido que servir a Alá siguiendo los preceptos del Islam.

Las esbeltas cúpulas de la Mezquita Azul disputan cada noche las caricias del cielo turco a la imponente Santa Sofía, la iglesia más grande de la cristiandad hasta la caída de la ciudad en el siglo XV. Completando este fascinante parque temático en que se ha convertido el barrio de Sultanahmet, el Palacio de los Topkapi -la residencia de los sultanes otomanos hasta mediados del siglo XIX- rivaliza en belleza con la propia Alhambra y se debate entre el lujo excelso del tesoro de esmeraldas y joyas principescas que custodia, la exclusiva intimidad del Harén y el sagrado recogimiento de la Sala de Reliquias. No importa si creemos; no importa si son auténticas como no lo es para los cristianos que visitan el Vaticano. Allí se venera una huella en arcilla del pie derecho de Mahoma con la misma fascinación que se contempla un pelo de su barba y se reza ante una de las puertas talladas de la ‘Kaaba’ y el bastón de David.

En el cementerio de Eyup Sultan, sobre la colina a la que solía ir Pierre Loti en busca de inspiración, no es difícil encontrar ‘sultancitos’ camino de la circuncisión repitiendo los nervios y entusiasmo que vemos en los niños españoles cuando se visten de almirantes para hacer la primera comunión. Tras la Meca, Medina y Jerusalén, es el cuarto lugar más sagrado del Islam. Ante la tumba de Eyup, uno de los compañeros del profeta, la fe de quienes allí peregrinan no es impostada.

Sobre el Cuerno del Oro, controlando el paso del Bósforo que conecta el Mármara y el Mar Negro, el pueblo turco está viendo resurgir el nacionalismo y el integrismo islámico buscando los mismos espacios de convivencia y paz -Islam significa paz- que anhelamos en Europa. Tal vez sea esta gigantesca y desordenada mole, con el corazón dividido entre Asia y Europa, la única urbe del mundo construida entre dos continentes, una buena metáfora del camino que debemos seguir frente a las tensiones y la sinrazón a la que nos está llevando el terrorismo yihadista. Podríamos ver esta ciudad, que guarda las reliquias de tres imperios, que une pasado y presente con la sencilla familiaridad con que mezcla el olor delicioso del pescado fresco, la fragancia dulce de la castaña asada y el aroma embriagador de las especias, como un lazo -que no división- entre Oriente y Occidente.

Hoy, cuando media Francia sale a la calle para enarbolar los lápices y la palabra contra la barbarie terrorista, me pregunto si volvería a planear un viaje a Estambul. Si me perdería en las laberínticas galerías del Gran Bazar, si me atrevería a comer en los mehianes más perdidos de Beyoglu, si sería cómplice de su adictivo juego del regateo y si se me pasaría por la cabeza coger un taxi de madrugada… En la siguiente pregunta hallo la respuesta: ¿merece la pena vivir con miedo?

Lo llamamos prudencia y responsabilidad pero sabemos que es cobardía. Los periodistas del semanario satírico Charlie Hebdo sabían que estaban amenazados y siguieron ridiculizando a quienes malinterpretan y manipulan el Islam en nombre de Alá. El Estado Islámico ha calificado de “héroes” a los hermanos Kouachi cuando no son más que verdugos de unos periodistas que fueron capaces de entender que su oficio, la salvaguarda de las libertades que todos disfrutamos, estaban por encima de su propia seguridad. El desafiante editor de la revista dijo que prefería “morir de pie a vivir de rodillas”. Los asesinos irrumpieron gritando sus nombres y culminaron su “venganza” proclamando que “Alá es el más grande”.

Pero nada tiene que ver la violencia y el fanatismo con las creencias y la religión. No es la comunidad musulmana la que está detrás de los vídeos que circulan por Youtube defendiendo el asesinato de quienes “socavaron la figura del Mahoma y se burlaron del Islam”. No son los creyentes que comparten nuestros valores en este mundo que llamamos Occidente los que se ven reflejados en las palabras del jefe salafista que declara que la “medicina prescrita por el mensajero de Alá es la ejecución”.

Si repasamos la irreverencia de las portadas de la revista satírica, no es difícil pensar que haya extremistas que se hayan sentido ofendidos. Y tienen en sus manos todos los instrumentos de denuncia y resarcimiento que otorga nuestro Estado de Derecho. Si el camino es el terrorismo, la única respuesta ha de ser la implacable actuación de las fuerzas de seguridad, la unidad de los partidos y los gobiernos y la firme aplicación de las leyes. Sin perder de vista que la convivencia no es cosa de los demás, que la tenemos que construir desde abajo, colaborando los que estamos al otro lado de la violencia (cristianos, judíos y musulmanes) y desenmascarando a quienes se aprovechan de la marginalidad y la pobreza para levantar sus ejércitos de ‘combatientes’. ¿Cómo un joven rapero repartidor de pizzas acaba empuñando un kalashnikov?

La línea entre la barbarie y la psicosis que ha desatado el atentado de París es muy delgada. Si hay riesgo o no de islamofobia dependerá en buena de medida de la actitud con que ciudadanos, políticos y medios de comunicación conduzcamos la resaca de estas jornadas trágicas. En este camino de ‘normalización’, me preocupa hasta qué punto estamos dispuestos a someter nuestras libertades a la seguridad y me alarman esos mensajes soterrados que se están difundiendo sobre la “responsabilidad”. ¡No provocar! Olvidamos, sin embargo, que las libertades no se conquistan ni se pueden conservar a la defensiva. La autocensura nunca puede ser la respuesta a las presiones del poder. Ni el político ni el económico ni el religioso.

La mejor lección a los hermanos Koauchi llegará este miércoles cuando la revista vuelva a los quioscos con una tirada histórica: un millón de ejemplares. No comparto su estilo, su tono ni su irreverencia pero sí coincido en que el fanatismo sólo se puede combatir desde la tolerancia. La libertad de expresión es un derecho universal y somos los periodistas los que tenemos el deber de contribuir a que este pilar de la democracia siga siendo sólido. Sin miedos y sin renuncias. Aunque se cruce el cómodo límite de lo prudente…

Hoy lo ‘prudente’ sería decidir no exponernos, aplicar la mesura, minimizar los riesgos. ¿No dibujar a Mahoma? ¿No viajar? ¿No discrepar? Pero para que unos podamos elegir tales opciones, incluso desde el conservadurismo del miedo, otros han tenido que salvaguardar nuestras libertades sin recortes ni sumisión. Incluido el periodismo más incómodo y provocador.

No nos confundan

Magdalena Trillo | 18 de mayo de 2014 a las 11:05

En el tórrido mes de julio de 1888 una viuda adinerada fue asesinada en su casa de Madrid. Lo que debió ser una noticia más de las páginas de sucesos saltó a la portada de los diarios cuando se supo que el asesino podría ser un hijo de la víctima que estaba preso y disfrutada de un dudoso régimen de permisos. Ha pasado a la historia como el crimen de Fuencarral. Fue un filón periodístico y político en plena sequía informativa estival y supuso la explosión del sensacionalismo en la prensa española. Pasó de ser una crónica de sucesos a convertirse en un proceso a la justicia española, al sistema penitenciario y al poder político. Eran años difíciles. España entraba al siglo XX desde el desastre colonial con una pesada conciencia de crisis y una exigencia de regeneración que se extendió al periodismo y a la vida pública.

Demasiado pronto llegarían los tiempos del periodismo combatiente e instrumentalizado de la Guerra Civil y durante demasiado tiempo se tuvieron que escribir las páginas negras de la Dictadura. Tuvimos que esperar hasta 1977 para que España volviera a respirar libertad cuando el Gobierno de Adolfo Suárez aprobó un real decreto que reconocía jurídicamente el derecho de información y fijaba los principios que un año más tarde se consagrarían en la Carta Magna: “El derecho de todos los ciudadanos tanto a la libre información como al respeto de su honor y de los demás derechos inherentes a la persona es el principio fundamental de todo Estado de derecho”.

Recurro a esta parte de la historia antes de que la maquillemos en la Wikipedia con ese derecho al olvido que acabamos de improvisar sin saber muy bien si sabemos si quiera cómo aplicarlo (en la Enciclopedia ya se ha ‘reescrito’ el franquismo sin mayores consecuencias) para recordarle al Gobierno que hace más de tres décadas que medios y tribunales venimos poniéndonos de acuerdo para preservar, compaginar y resolver los conflictos que a menudo se producen entre la libertad de expresión y la seguridad, entre el derecho de información y el derecho a la intimidad y el honor de los españoles, sin necesidad de endurecer la ley, de poner en marcha “medidas adicionales” ni de emprender una caza de brujas con una tropa de ‘censores’ en internet. No sólo están perfectamente definidos los supuestos de choque y los mecanismos de defensa legales (ahí está el Código Penal) sino que también tenemos a los ‘guardianes’ de esa mitificada seguridad nacional que tantos atropellos está amparando en estos tiempos de revuelo tecnológico e incertidumbre social.

Dilemas morales siempre ha habido. Y siempre habrá. Pero es legítimo -y hasta necesario- que seamos capaces de enfrentar ética y legalidad con normalidad si de verdad queremos creer que hemos construido una democracia viva y sólida capaz de avanzar desde el desacuerdo, las contradicciones y, por qué no, la tensión y la crispación. ¿Vamos a perseguir ahora los pensamientos? ¿A criminalizar las ideas? ¿No era eso justamente lo que criticábamos del fascismo y del comunismo? Es verdad que hasta hace poco cruzábamos las líneas rojas en los bares y en la plaza del pueblo y ahora, protegidos por el anonimato de las redes sociales, lo hacemos con el frenesí del teclado del ordenador y las urgencias del móvil. Pero no nos confundan: no hay impunidad. ¿No es suficiente muestra que un joven valenciano tenga que responder ante el juez por “animar en Twitter a matar políticos”? Y no nos dejemos confundir: no tenemos que seguir perdiendo libertades para protegernos cuando quieren decir protegerse.

Leyes y política siempre han ido jadeando detrás de la sociedad y es evidente, como escribía esta misma semana José Antonio Marina, que unas tecnologías jóvenes requieren el desarrollo de su propia ética -de una responsabilidad, una conciencia social- y la aplicación de unas normas legales. Sí, “regular”. Esa palabra que tanto escuece olvidando que más eficaz que la censura siempre ha sido la autocensura; que más útil que el castigo es la educación y es la presión social.

Y ahí estamos todos. ¿Queremos “poner coto” a internet como queremos “regular” las manifestaciones en las calles? ¿Es miedo a una primavera árabe? ¿Es el modelo ‘made in China’ que ya estamos copiando en el mercado laboral el que queremos llevar a nuestro Estado de derechos y libertades? ¿Queremos utilizar el crimen de León como excusa para plantear una causa general contra los incómodos e incontrolables que nos torpedean en las redes sociales? El asesinato de la presidenta del PP es un filón político y mediático pero ni nos confundan ni nos dejemos confundir: tan rechazable es el sensacionalismo como el oportunismo y la manipulación.

No nos protejan tanto

Magdalena Trillo | 28 de agosto de 2010 a las 21:01

LO que siempre se ha llamado censura hoy se viste de tecnicismos, se legitima en los parlamentos y se proclama ante la opinión pública como única salida para la maltrecha profesión periodística. Ataques directos a la libertad de expresión y a la libertad de prensa que se amparan en el peligroso y creciente papel proteccionista de los gobiernos; también democráticos. Pero, ¿necesitamos que el Estado nos proteja de la información?

Pekín se ha propuesto luchar contra la falta de credibilidad de los medios chinos dando lecciones de marxismo y comunismo a sus periodistas. El problema ya no está (solo) en internet y, por supuesto, nada tiene que ver con la censura y la propaganda que impone el Gobierno; el problema es que los periodistas no están bien formados y dan muy mala imagen.

Por eso han decidido que es el momento de ‘salvar’ la profesión haciéndoles estudiar los códigos éticos del Partido Comunista. Mientras, como relataba esta semana un corresponsal de El País, en las universidades se predica que el mejor periodista es el que no hace preguntas y en las ruedas de prensa se siguen deslizando sobres rojos con dinero, supuestamente, para el taxi.

En Venezuela, los grandes periódicos del país han llegado esta semana a los quioscos con una gran mancha blanca en la portada y un impactante “censurado” atravesando la imagen que no pudieron mostrar a sus lectores: “Si aquí hubiese una foto, usted vería a un padre llorando por un hijo que ya no tiene”. En aras de la “integridad psíquica y moral de los niños”, un tribunal de menores ha prohibido a los medios que, durante 31 días, publiquen noticias o imágenes violentas.

El Gobierno de Hugo Chávez, a pocas semanas de las elecciones parlamentarias, deja a un lado las guerras imaginarias con Colombia e introduce el tema de la inseguridad para sortear el verdadero problema de los venezolanos: la delincuencia. Chávez habla de “pornografía periodística”, de “terrorismo mediático” y, una vez más, aclara que “todo es parte de una campaña internacional” en su contra.

En Argentina, la presidenta Kirchner ha emprendido una campaña de desprestigio contra los dos grandes rotativos del país (Clarín y La Nación) para controlar al único fabricante nacional de papel para prensa y, desde ahí, al propio sector; en Italia, Silvio Berlusconi continúa los trámites para sacar adelante su ‘ley mordaza’ y seguir tapando la boca a los críticos; y en la India han decidido unirse a otros países como Arabia Saudí y Emiratos Árabes interviniendo los servicios de la Blackberry y planeando el bloqueo de la mensajería de Google y Skype para luchar contra terroristas y cibercriminales…

Podríamos continuar hablando de la falacia de la libertad de prensa en los países totalitarios, de la represión en Honduras, de la autocensura en México (para preservar la propia vida frente al crimen organizado) o de Cuba, Irán y China como las tres mayores cárceles del mundo para periodistas.

Tampoco España se salva. En la clasificación mundial de la libertad de prensa, Reporteros Sin Fronteras la sitúa en el puesto 44 de 175: por los compañeros que tienen que trabajar con escolta por la amenazas de ETA, pero también por la creciente ‘moda’ de las ruedas de prensa sin preguntas que tanto gustan a nuestros políticos.

A punto de cumplirse 200 años del primer decreto de libertad de prensa de nuestra historia (lo aprobaron las Cortes de Cádiz un 10 de noviembre de 1810), podríamos apuntar dos conclusiones: que aún queda un largo camino por recorrer  y que no todas las amenazas están en las redes ni dentro de la profesión. Precariedad laboral, crisis de modelo, falta de credibilidad… Pero también intervención, dirigismo, abusos, acoso y “censura”, digámoslo sin paliativos, en aras de la protección de oscuros intereses.