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Las pateras no venden

Magdalena Trillo | 19 de junio de 2018 a las 9:30

Primera foto: casi la mitad de las personas que viajaban en el Aquarius quieren marcharse a Francia y el Ejecutivo de Sánchez ya ha dado instrucciones para aceptar la oferta de colaboración. A diferencia del portazo que ha dado la Italia xenófoba de la Liga Norte, no se trataba más que de cumplir la normativa europea y el derecho internacional.

Pero la realidad es que ni hay conciencia sobre la magnitud del problema ni hay recursos que poner sobre la mesa ni hay mecanismos de cooperación para actuar ante la crisis humanitaria que supone el drama de los refugiados y la inmigración. Tampoco (demasiado) interés.

Segunda foto: más de 700 periodistas de 140 medios han estado informando todo el fin de semana sobre el ingente despliegue de efectivos que se ha activado en Valencia para acoger a los 630 ocupantes de los tres barcos que han llegado a puerto -un bebé ha nacido en la travesía- y evitar que murieran en el mar. Hasta 2.300 personas han participado en la operación Esperanza Mediterráneo. Aunque con carácter excepcional y a golpe de improvisación, se han sentado las bases para un modus operandi que habrá que ir puliendo y ensayando a medida que viren las rutas de huida de África.

Tercera foto: los inquilinos del Aquarius tendrán 45 días para aclarar su situación y despejar su destino. Los que se juegan la vida para alcanzar las costas andaluzas son retenidos durante 72 horas, abandonados a su suerte cuando se producen los colapsos en los CIE y condenados a vagar durante tres años en un limbo jurídico. Es un círculo infernal sin salida: no encuentran trabajo porque son sin papeles y son sin papeles porque no pueden demostrar arraigo ni justificar su estancia sin tener un empleo.

Cuarta foto: las pateras no venden. Ni política ni mediáticamente. Llevamos casi tres décadas interceptando inmigrantes, soportando las avalanchas que todos los veranos provoca el buen tiempo y, puntualmente, las que vienen cargadas de mensajes subliminares por parte del Gobierno de Rabat. Lo que ha ocurrido este fin de semana en Tarifa y el Mar de Alborán no es ninguna casualidad.

Tal vez, sean las imágenes más constructivas que podamos extraer de lo que nació como un gesto simbólico (uno más) tras el desalojo del PP y como un trampolín mediático para Pedro Sánchez en Europa: Francia ya colabora -se mueven las piezas del complejo ajedrez de intereses y pulso entre países- y la crisis de las pateras se coloca de nuevo en el ojo público. No es ninguna solución, pero sí un comienzo.

Nada que rectificar

Magdalena Trillo | 11 de junio de 2017 a las 10:55

Lo que más me ha impresionado siempre del método científico es la normalidad con que los investigadores asumen errores y rectifican. Es más, cuanto más asentado esté el principio, la creencia o el hecho que se desmonta, mayor valor tiene el hallazgo. Desde el origen de la vida y la teoría del caos hasta la aparente insignificancia con que se va transformando nuestro día a día a golpe de invisibles reajustes, refutaciones y descubrimientos cotidianos. Unas veces son las ideas y otras la tecnología; pero en todos los casos es progreso; conocimiento; madurez. Refleja nuestra capacidad como seres humanos para aprender y evolucionar.

Una de las noticias de más impacto de esta semana se ha producido al otro lado del Estrecho: un equipo de antropólogos han sacado a la luz unos fósiles de homo sapiens en Marruecos que cambian la historia de nuestra especie: los huesos datan de hace 300.000 años, constatan que evolucionamos antes de lo que se pensaba y que lo hicimos a lo largo de toda el continente africano, que ya no podemos pensar (sólo) en Etiopía y hablar de una “cuna de la humanidad”.

Me podrían replicar que ‘contradecir’ a los muertos es relativamente fácil, que no es lo mismo refutar a un colega de la universidad de al lado, mucho menos enfrentarte a un lobby -como el que, por ejemplo, acaba de ponerse en marcha para rescatar el aceite de palma-, y hasta me podrían recordar las históricas guerras entre científicos que custodian las hemerotecas. Todo admisible y asumible si ascendemos a un planteamiento ligeramente superior: los humanos no estamos diseñados para corregir. La autocrítica es sinónimo de conflicto. De angustia. De debilidad.

Hace décadas que se estudia en el campo de las Ciencias Sociales. Allá por 1950, el psicólogo Leon Festinger ya propuso la teoría de la “disonancia cognitiva” cuando investigó a un grupo religioso que creía que un platillo volador los rescataría del apocalipsis el 20 de diciembre de 1954. No ocurrió pero tampoco hubo error alguno: Dios había decidido perdonarlos.

Les confieso que, sin este principio, soy incapaz de interpretar buena parte de las otras noticias -supuestamente importantes- que se han producido en los últimos días. A los dos años de la inauguración del Centro Lorca, la cámara acorazada de su legado sigue vacía. El ‘5 a las 5′ se celebró el lunes, con el mismo ritual de todos los años, y al edificio de la Romanilla no ha llegado ni un manojo de dibujos ni un discreto manuscrito. Pero no hay errores, equivocaciones ni responsabilidad; hay una explicación: ¿quién habló del 5 de junio? El anuncio no existió.

Como tampoco existirá la subida del IBI, porque el alcalde ya ha proclamado públicamente que el plan de saneamiento con que los socialistas quieren evitar la intervención de Hacienda “no toca el bolsillo de los granadinos”. Efectivamente, pocos de nosotros sacaremos el dinero de la faltriquera (probablemente nos lo cargarán en la cuenta bancaria) cuando dentro de un año paguemos las facturas con un 4% más de castigo por la herencia recibida del PP -ahora se llama “herida”-, cuando al ejercicio siguiente sigamos socializando las pérdidas asumiendo otro 4% y así hasta en tres ocasiones. Como mínimo.

El precio del autobús no iba a subir hasta que subió -empezando por los 20 centimillos extra del transporte del Corpus- y no resultaría aventurado jugar a los futuribles hasta que entre todos nos convenzamos de que la ruina económica tampoco existió (la de ellos, por puesto, no la nuestra).

Lo más valioso de la disonancia cognitiva es que no entiende de fronteras, de banderas ni de colores. La podemos aplicar en la Plaza del Carmen con la misma contundencia que si damos un paseo hasta La Normal: después de 14 años, en pleno escándalo por la indemnización millonaria al promotor del Nevada, la Junta cesa a la jefa del gabinete jurídico alegando “razones funcionales de organización” -no es ningún “castigo” porque haya habido errores en la gestión del contencioso- y asciende al letrado que llevaba el caso y no fue a la polémica vista de hace un año en la que se fijó la cuantía de la multa -pero no es ningún “premio”, es que tenía el mejor perfil-.

Tan efectiva como si decidimos viajar a Barcelona, Madrid o Londres para analizar el procés catalán, la amnistía fiscal de Montoro o la deriva de Theresa May. No hay errores ni contradicciones. Nadie firma la pregunta del desafío independentista para la creación de la “República” catalana -es puro teatro-, nada importa de una sentencia si no tiene consecuencias palpables -ninguno de los Pujol, Rato, Bárcenas, Granados o Granados que se beneficiaron del indulto del Gobierno tendrán que devolver un euro- y pocas explicaciones hay que pedir a los conservadores británicos sobre unos recortes en seguridad que nunca existieron.

Es menos estresante cambiar los hechos que aceptarlos. Especialmente, si seguimos las evidencias de estudios posteriores demostrando “el aumento del poder y el control personal” que sentimos los humanos cuando nos negamos a rectificar. Nos envalentona. Nos hace fuertes. Advierten los psicólogos -les recomiendo el artículo del New York Times “¿Por qué nos cuesta reconocer los errores?”- que es un efecto a corto plazo; que lo realmente humano es la honestidad y la humildad; que ser obstinado al final muestra a los demás una profunda debilidad del carácter… Pero todo esto es en el mañana, no en el hoy.

Si les suscita alguna duda lo expuesto hasta aquí, piensen en Donald Trump. Es el paradigma. De la disonancia cognitiva y de ese profundo trastorno narcisista de la personalidad que hace unas semanas le diagnosticaron unos investigadores de la Universidad de Granada. No hacía falta un estudio científico. Ni para Donald Trump, ni para el resto de personajes que hilvanan este artículo ni para los muchos que podrían aparecer.

El espejo de Blancanieves

Magdalena Trillo | 7 de octubre de 2012 a las 9:07

Leyendo un reportaje en prensa sobre esa “mayoría silenciosa” que está invocando Rajoy para legitimar la dureza de su política de ajustes -los propios ‘populares’ confiesan que no les gustan sus medidas pero entienden que son el “único camino” para salir del túnel- me cruzo con Blancanieves, con la odiosa bruja y el mágico espejo. Nada tiene que ver con Maribel Verdú y los estrenos del Festival de Donosti. Son los psicólogos, que tienen respuestas para (casi) todo. Del síndrome de Peter Pan al síndrome de la negación: si la realidad nos supera, callémosla; si no nos gusta lo que vemos en el espejo, miremos para otro lado. Sin asumir un mínimo de autocrítica; dispuestos a encontrar en “herencias recibidas” y contextos internacionales todas las razones necesarias para explicar la sordera de todo un gobierno.

“Si una minoría, fuese lo enérgica que fuese, prevaleciera sobre la razón y la voluntad de la mayoría, esta nación no tendría futuro como una sociedad libre”. Estas palabras las pronunció Richard Nixon en 1969 en medio de los violentos disturbios que desató la guerra de Vietnam. Hace más de cuarenta años, pero el trasfondo de la “gran mayoría silenciosa” que sirvió al entonces presidente estadounidense para escudarse del grito de la calle no difiere del que hoy se enarbola en España entre pancartas y cacerolas contra un Gobierno que gobierna a golpe de decreto: malestar, desencanto, impotencia. Rebelión. Con la Universidad, y los rectores, a la cabeza.

Al candidato republicano Mitt Romney no le gusta el “camino por el que va España”. A mí tampoco. Pero no por el equívoco y manipulado dato sobre el gasto público que arrojó esta semana en el debate con Obama insistiendo en la interesada imagen del despilfarro. No me gusta porque casi rozamos los 5 millones de parados, porque la economía sigue estancada y porque la política que tanto entusiasma a Alemania y a Bruselas no deja de esquilmarnos derechos, que no privilegios.

Cada día. Como las manifestaciones que tanto molestan a la delegada del Gobierno de Madrid. Más de 2.700 en la capital en lo que va de año; medio millar en Granada. “Modulemos las protestas” , propone Cifuentes. ¿Para silenciar la tensión social?, deberíamos preguntar. Porque, en tal caso, sería más efectivo hacer caso a Mayor Oreja y no permitir que se difundan para no despertar a esa opinión pública silente que está con Rajoy; esa “mayoría de españoles que no se manifiesta, no sale en las portadas de la prensa y no abre los telediarios”; esa ¿mayoría? que ocupa todo el espejo de Rajoy.

El problema, dicen, es que se bloquea el tráfico; que se “abusa” del derecho constitucional. ¿Pero abusan los ciudadanos o abusan quienes dan motivos para la movilización? Podemos poner el espejo boca abajo, podemos perdernos en debates estériles de bosques y hojas y podemos degradar aún más la “decadente” política llamando a los jueces “pijos ácratas“. Pero la realidad seguirá ahí. Con todos sus oscuros reflejos.

También podemos coincidir con la ‘enmienda a la totalidad’ que hace Antonio Tabucchi en Sostiene Pereira a cuenta de ese “invento americano” que es la opinión pública. Tal vez recuerden el incisivo debate entre el inseguro Pereira y su amigo Silva: “Nosotros somos gente del Sur y obedecemos a quien grita más, a quien manda. No tenemos sus tradiciones. Vivimos en el Sur y el clima no favorece nuestras ideas políticas“. ¡El clima! Un factor absolutamente genial con el que justificar el síndrome del espejo.

Porque los espejos, como bien saben los niños, nunca dicen la verdad. O dicen lo que queremos que digan. La magia de la imagen que diría Gubern; tan confusa y manipulable como efímera. Dos ejemplos de esta misma semana. El primero, la fotografía con el mensaje de “unión” y “responsabilidad” de los presidentes autonómicos prometiendo el cumplimiento del déficit público; en menos de 24 horas la reventó Artur Mas con altavoz y Griñán con sordina.

La segunda, el histórico estrechamiento de lazos comerciales entre España y Marruecos en la cumbre de Rabat; armonía con pies de barro. Sáhara, islotes, pateras o reforma de la PAC terminarán resquebrajando el espejo. En tantos añicos como ha saltado ya aquella España de las autonomías que se construyó sobre un ‘café para todos’ que hoy, aunque nos neguemos a verlo, es claramente insuficiente. No me gusta Romney, ni lo que es ni lo que representa, pero estoy de acuerdo en algo: si el camino de España es darle la vuelta al espejo, yo tampoco lo quiero.

Principio de intransigencia

Magdalena Trillo | 14 de agosto de 2011 a las 10:01

César Molina se hizo artista por casualidad. Un día se acercó con un amigo a una chatarrería y comprendió que aquellas montañas de piezas metálicas debían ser el principio de todo. El desvirgamiento, un cuadro con unas bragas de su madre metidas en una escayola, fue un aviso previo que, unos años antes, no supo escuchar. El azar, y las letras torcidas de la vida, tumbaron sus sueños de ser futbolista y le desvelaron el camino para convertirse en creador. En artista del reciclaje. No es Chillida, pero su obra empieza a cotizar y a hacerse un hueco en Lisboa, Roma o Lyon. No es un artesano; no es un fabricante de granadas gigantes para colocar en las rotondas de la ciudad.

Esta semana ha vuelto al desguace. Allí reposan los restos de su obra Principio de incertidumbre junto a radiadores desvencijados y kilos de hierro y acero. El Ayuntamiento de Albolote ha aprovechado la tranquilidad de agosto para deshacerse de la obra que hasta hace unos días daba la bienvenida al municipio uniendo el polígono con el pueblo. La encargó en 2006 el anterior equipo de gobierno (PSOE) con un presupuesto de 70.000 euros. El PP ganó las elecciones al año siguiente y el proyecto quedó paralizado. Con la mayoría absoluta que logró en mayo ya no había ningún futuro que consensuar. La obra, a la basura. De forma arbitraria y unilateral. Sin comunicárselo al autor. Sin explicaciones públicas. Poder absoluto corrompido absolutamente. ¿Política, estética, ignorancia, incultura?

Recurro a un amigo experto en creación contemporánea y me recuerda cuando Duchamp colocó un retrete en medio de una exposición para fijar la mirada intelectual del arte sobre una pieza cotidiana: “Le robó la cotidianeidad y la convirtió en obra de arte porque expresó un debate intelectual: el de su propia significación. ¿Qué es el arte? Lionello Venturi le respondió que arte es todo aquello que los historiadores o los críticos dicen que es arte… Y, cuando reprodujo la Gioconda doce veces y la tituló 12, mejor que una, debatía también sobre arte y la pieza única”.

No tarda ni medio minuto en conectar la “salvajada” de Albolote con la famosa exposición Entartete Kunst de Goebbels. Arte degenerado hacía referencia a la creación moderna prohibida por los nazis y menospreciada por “no alemana”. Sancionaban a los artistas, les prohibían exhibir y vender su obra y terminaron por reunirla en una colectiva que itineró por Alemania y Austria ridiculizando a quienes se alejaban de lo tradicional y no exaltaban los valores de la sangre y la tierra.

Desde luego, la pieza de César Molina que ahora yace en el desguace nada tiene que ver con el “arte heroico”, la raza, el militarismo ni la tradición. Puede gustar más o menos, pero es difícil contradecir a quienes tildan la actuación municipal de “fascista” –¿alguien puede justificar que una institución democrática destruya arte?– y a quienes recuerdan que este PP que ha tirado a la chatarra la escultura es el mismo que se enfrenta a una ciudad para defender el valor de una estatua que rinde homenaje a Primo de Rivera.

Pienso en la impotencia del artista de Albolote. Aparte de exigir una indemnización, le propondría que volviera a la chatarrería. Que recogiera las piezas ultrajadas, una a una, como quien recompone las quebradizas hojas de un ramillete de flores secas del cementerio, y que volviera a crear. Ahora la llamaría Principio de intransigencia. Esa misma intransigencia que alimenta las actitudes fascistas y da alas, como la estatua de Bibataubín, al radicalismo. Lo pensaba esta semana leyendo los comentarios en la Red a la noticia falsa sobre Marruecos y la Alhambra. Rabat no exige la mitad de los ingresos del monumento nazarí pero a muchos les gustaría… No es casualidad que la última encuesta sobre inmigración advierta que ya más de la mitad los andaluces piensa que es “negativa, innecesaria y excesiva” y no es casualidad que sean los magrebíes uno de los colectivos que más “desconfianza” generan. Muchos borrarían nuestro pasado de mestizaje del mismo modo que borrarían la memoria histórica. Intransigencia. Sin principio; sin final.