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Un rey para una república

Magdalena Trillo | 22 de junio de 2014 a las 11:04

Dicen las encuestas que si hoy se convocara un referéndum en España sobre Monarquía o República, los defensores de la Corona ganarían por veinte puntos. Dentro de diez años la situación puede ser radicalmente diferente: se habrá reducido la población mayor que arropa a la familia real de forma abrumadora (más de un 73% según un sondeo de Sigma-Dos de primeros de junio) y estarán en puestos de decisión los jóvenes que hoy ya se debaten a partes iguales entre una y otra forma de Estado.

El relevo en la Monarquía se ha producido, como destaca el Gobierno, con “normalidad”, pero sólo en apariencia. La Corona no está salvada. Ni Felipe de Borbón tiene garantizado el futuro de la institución, ni ha recibido un cheque en blanco como nuevo jefe del Estado ni va a poder esquivar el desgaste del caso Noos cuando su hermana se siente en el banquillo y tenga que explicar cómo una licenciada no tenía ni idea de qué firmaba ni sabía de dónde salía el dinero con el que pudo comprar un palacete en la ciudad condal. Aunque Felipe y Letizia hayan levantado un muro de contención frente a Urdangarin, el fantasma de la infanta Cristina no dejó de sobrevolar el jueves en el Congreso generando tanta incomodidad como ‘molestias’ provocaron quienes intentaron penetrar en un Madrid blindado con una bandera republicana.

Si la Transición que lideró Juan Carlos fue hacia la democracia y la conquista de derechos y libertades, la segunda transición a la que se enfrenta Felipe tiene mucho que ver con ese objetivo de “renovación” que ha proclamado como lema de su reinado, con un ineludible esfuerzo por “regenerar la vida pública” que sólo podrá construir desde el principio y el deber de la “ejemplaridad” y con esa buscada complicidad con los españoles que ha de pasar por llevar a la práctica la promesa de honestidad y transparencia.

Debe ser consciente el nuevo Rey de que el desafío independentista no se resuelve dando las gracias en castellano, gallego, euskera y catalán. Olvidando los anhelos de este Gobierno para “españolizar” a los catalanes, el tema lingüístico es hoy ya casi una anécdota dentro de las reivindicaciones que llegan desde una “nación” empeñada en convocar un referéndum ilegal a la vuelta del verano. No basta con no romper puentes del entendimiento; hay que actuar tendiéndolos desde Madrid. Y, aunque no sea su función, tal vez don Felipe pueda empezar a ganarse el respeto y reconocimiento de los españoles asumiendo el liderazgo y diálogo que Rajoy ni ha querido ni ha sabido ejercer.

Coincido en que la mayor preocupación de los españoles no es en estos momentos el partidista dilema entre Monarquía o República sino el paro y la salida real de la crisis, la quiebra territorial y la pérdida de derechos y libertades que estamos viviendo como consecuencia de las políticas de austeridad. Pero el problema no se va a resolver negándolo ni evitándolo. Si los grandes partidos no son capaces de afrontar una reforma amplia de la Constitución que nos permita avanzar, otras formaciones más osadas y con menos sentido de Estado aguardan ya para coger el testigo. Si de la actitud responsable de populares y socialistas no surge la iniciativa de reformar la ley de partidos y el sistema electoral para luchar contra la corrupción, para lograr mayor transparencia y profundizar en democracia, otros lo harán. Urge buscar un encaje constitucional al desafío soberanista y urge culminar con racionalidad un modelo autonómico que, lejos de ser modélico, se ha presentado demasiado costoso e ineficaz.

Todos estos retos superan las funciones de arbitrio del nuevo monarca, pero no vendría mal que diera ejemplo y moderara y abriera cauces en una España huérfana de iniciativa.

Cualquier republicano seguro que suscribiría las palabras de ‘El Quijote’ con que el Rey culminó su discurso ante las Cortes: “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”. Reconozcamos que Felipe de Borbón asume la jefatura del Estado sin una sola tachadura en su hoja de servicios y después de pasar toda su vida preparándose para este momento. Hoy, tal vez no haya nadie en nuestro país mejor preparado para este puesto que el hijo de don Juan Carlos, pero no olvidemos que si don Felipe fuera un ‘loco’, un inestable, un conflictivo o un incapaz también sería hoy Rey de España. Y lo es, además, gracias a una discriminación de género -consagrada en la Constitución- sobre su hermana la infanta Elena.

Miro el cartel de políticos y pienso cuánto hubiera ganado su proclamación si hubiera contado con la legitimidad del refrendo ciudadano. ¿Usted no votaría a Felipe VI como presidente de la III República antes que a González, Aznar, Zapatero o Rajoy? Las paradojas, a veces, encierran la mayor de las coherencias.

La República de mi casa

Magdalena Trillo | 8 de junio de 2014 a las 13:04

Empiezo por el final. ¿Quién sería el presidente de la República de España? ¿Hemos pensado si queremos un jefe de Estado de estilo europeo, como Hollande en Francia o Napolitano en Italia? ¿Sabemos si nos gusta la república de Platón, la bolivariana de Venezuela, la católica de Irlanda o la dictatorial de Guinea?

Reconozco que lo que acabo de plantear es simplista y demagógico pero creo que a veces es bueno viajar a los extremos, incluso a los excesos, para resituarnos en la responsabilidad y la moderación. Porque un debate que podría ser útil para cerrar viejas heridas y atemperar los conflictos territoriales que sacuden media España lo podemos enterrar si no logramos apartarlo del uso partidista y el arrebato de la quema de banderas –que los jueces dictaminen si es un “acto simbólico” como dicen desde IU o un “delito de ultraje” como denuncia el Gobierno– y no conseguimos encauzarlo en las reglas de juego del Estado de derecho.

Siendo honesta confesaré que detesto que haya privilegiados en nuestro país que siguen heredando privilegios por razón de ADN, que me molesta que tengamos que ‘mantenerlos’ con nuestros impuestos sin entender muy bien con qué contraprestación y me cabrea aún más que se blinden en una burbuja de elitismo y exclusividad sin dar explicaciones. Seguro que coincidimos todos, monárquicos y republicanos, reclamando más democracia y más transparencia. A muchos nos gustaría que hubiera un debate constructivo sobre la España del día después de la recuperación y a todos, imagino, nos interesaría descubrir si realmente hay una España “unida y diversa” por la que merece la pena luchar.

Llegados a este punto, me uno a las voces que han pedido esta semana que “no nos empujen”. Estamos en nuestro derecho de impulsar una segunda Transición y de defender la III República pero no deslegitimemos el sistema que nos ha permitido navegar de la más férrea dictadura a una democracia abierta y moderna. Lo que tenemos hoy, nos guste más o menos, siendo conscientes de lo mucho que la podemos (y debemos) mejorar, es una monarquía constitucional con todas las garantías de un Estado libre, laico (al menos en la teoría) y democrático. Si somos más de diez millones de españoles los que no la votamos, son muchos más los que la refrendaron y merecen un respeto y un reconocimiento.

Estamos convirtiendo el necesario objetivo de regeneración en una imposición sin darnos cuenta de que nos aboca a restar en lugar de sumar. En las empresas, simplemente porque eran los más costosos, se ha aprovechado la crisis para desprenderse de los profesionales más veteranos, de los más valiosos, y ahora queremos solucionar el desprestigio y la desafección de la vida pública con una operación de maquillaje sometida a la dictadura del ideal de juventud.

Se va el Rey y se va Rubalcaba porque se tenían que ir, pero de nada servirá que den el relevo a una “nueva generación” si no está a la altura. Regenerar no es cambiar un jarrón viejo por uno nuevo; no si el viejo era una pieza valiosa y el nuevo de los ‘chinos’.

En la Monarquía, la edad y los errores de don Juan Carlos de los últimos años se han sumado a los escándalos del caso Nóos para dibujar una única salida: abandonar para tener una oportunidad de recuperar el crédito perdido y salvar la Corona. En el Partido Socialista, viejas y nuevas generaciones están ante la mayor encrucijada de su historia: está todo por ganar o todo por perder. Si pensamos en la facilidad con que en España hacemos ‘bueno’ a cualquier ‘malo’ en cuanto muere, quién sabe si a partir de ahora, en un país en el que nadie dimite, también funcione lo de pedir perdón e ‘irse’.

En los dos casos, y en todos los que empiezan a seguir el ‘ejemplo’ por puro instinto de supervivencia, hay un factor que puede conformar su salvación: la utilidad. Volviendo a la provocación inicial, ¿no tiene usted un útil felpudo declarando la ‘república’ de su casa?

Renovación y regeneración pero también pragmatismo. Y me refiero a las ideas, no a las modas. De nada me sirve que el ‘político de moda’ vista de Alcampo si detrás no hay una verdadera forma alternativa de hacer política y de entender lo público. Leo que la tendencia ‘hipster’ ha muerto para dar paso a la ‘normcorne’ y no sé ni lo que quiere decir. Me documento: antes había que ser exclusivo y ahora corriente. La crisis ha impuesto la moda de ser normal, muy normal. Bien. Pero de nada nos servirá que recambiemos piezas viejas por nuevas si es para hacer lo mismo. No nos dejemos empujar y no nos dejemos confundir.

En las cavernas

Magdalena Trillo | 23 de febrero de 2014 a las 10:47

Cristina de Borbón habrá heredado su título de infanta pero no sus privilegios ni sus derechos dinásticos y mucho menos la exigencia de ejemplaridad que un miembro de la Casa Real debería ganarse y legitimar cada día. Esta semana hemos sabido que su vocación era otra. En su torre de marfil, se declara ingenua, dependiente y sometida a los criterios de su marido. Cegada de amor, le entrega toda su confianza firmando documentos mercantiles sin hacer preguntas, asistiendo a reuniones de trabajo que no lo fueron, dando clases de merengue y salsa que no recuerda, realizando viajes fabulosos sin saber cómo, invirtiendo partidas millonarias en reformas palaciegas que ‘desconoce’. Una vida de cuento donde el dinero nace en los almendros y los gastos no ‘constan’.

La Infanta hizo en sus ‘cinco horas con Mario’ lo que tenía que hacer: no entrar en contradicciones y no dar ni un solo motivo al juez para procesarla por fraude fiscal y blanqueo de capitales. Era su derecho como imputada; no tenía por qué decir la verdad. Después de sus 579 evasivas, es probable que el magistrado pueda sostener su responsabilidad civil por beneficiarse de la riqueza ilícita que entraba en su casa -Anticorrupción ha pedido 600.000 euros si su marido es condenado- pero difícilmente se sustenta la vía penal. Es la tesis de sus abogados; la infanta enamorada, confiada y víctima. La imputada que hasta se “ofende” cuando el juez Castro le pregunta si ha actuado de “escudo fiscal” para terminar lamentándose de que, por ser quien es, ha sido objeto de un mayor escrutinio por la Hacienda pública.

Como imputada también pudo callar pero no lo hizo; situó a su marido en la diana del caso Nòos. Urdangarin manejaba los hilos. Es la única lectura posible de su comparecencia ante el juez del pasado 8 de febrero: si alguien cometió un delito penal fue él. Y es una estrategia judicial más que comprensible aunque, socialmente, nos devuelva a las cavernas. La Infanta busca su salvación desempeñando el papel de nuestras abuelas, las que firmaban con el dedo porque nunca tuvieron la oportunidad de aprender a leer. No es su situación. Gracias a nuestros impuestos, la hija menor del Rey ha tenido una de las mejores educaciones de este país y, supuestamente, se ha ‘ganado’ un empleo altamente cualificado en La Caixa. Es otro debate distinto al judicial pero no es menor: la Infanta, por decencia, por ser quien es, también tendría que dar ejemplo y está haciendo justo lo contrario. ¿Se imaginan a los abogados de Urdangarin argumentar que ‘mandaba’ su mujer y que él no tenía ni idea de nada?

La estrategia de Cristina sólo se sostiene porque es mujer. Explota el estereotipo de la mujer ignorante e incapaz para buscar una salida en los tribunales. No es la primera ni la única -recuerden, por ejemplo, los intentos desesperados de Isabel Pantoja- pero su posición es especialmente significativa si no fuera porque la opinión pública ya la ha condenado -¿alguna mujer ‘desconoce’ cómo entra y sale el dinero en casa?- y porque la posibilidad de que esté diciendo la verdad es casi más terrible que dejarla pasar por una Jasmine a lo Woody Allen en este frenético mundo de excesos y desigualdades.

Las mujeres hemos querido dar el salto a la escena pública demostrando nuestras capacidades, queriendo aportar sensibilidades y presumiendo de valores pero no tardamos en sumirnos en las mismas miserias que los hombres sin renunciar a explotar nuestra condición sexual cuando nos interesa para exculparnos. La ‘historia interminable’ del caso de los ERE sólo se explica por el insaciable egocentrismo de la juez Alaya, la guerra de poder que tiene abierta Esperanza Aguirre en Madrid nada tiene que envidiar a las intrigas de salón más novelescas de nuestra historia y, puestas a tocar fondo, cerramos la semana con una alcaldesa de pueblo dispuesta a ‘venderse’ por un bolso de Loewe. De momento es una denuncia pero el papel de Ana Hermoso (PP) en lo que empieza a conocerse como la ‘Gurtel andaluza’ no parece quedar en la mera comparsa. O sí. Porque, si así lo exige el guion, siempre podrá interpretar el cinematográfico papel de rubia tonta, decir que es una mujer de paja del ‘Correa del Sur’ y que nunca pensó que aceptar un regalo sin importancia pudiera comprometer su honor. Una víctima más de esta ‘injusta’ sociedad en la que todavía no hemos decidido si preferimos estar dentro o fuera de las cavernas.

Por Navidad

Magdalena Trillo | 18 de diciembre de 2011 a las 10:25

Ni tres días ha durado el ‘exilio’ de Iñaki Urdangarín de la Familia Real. Como el turrón, el (todavía) duque de Palma ha reaparecido en la tradicional postal de felicitación navideña junto a la infanta Cristina y sus cuatro hijos. Sonriente, sí, pero deslocalizado; cuatro christmas, personales, sobrios y austeros, nos desean “ánimo” para el difícil 2012 que nos espera. “Difícil” para los mortales españoles y para la Corona, porque el ‘caso Palma Arena’ en el que está implicado el yerno del Rey por supuesta malversación de fondos públicos ha tocado a la propia Monarquía abriendo el debate sobre la exigencia de mayor transparencia y control en su actividad.

De momento hay perdón, pero parcial. Bien se ha cuidado Don Juan Carlos de no salir en la imagen con el presunto urdidor y nadie se extrañaría de que dentro de unos meses la Casa Real tenga que volver a recurrir al Photoshop… Jaime de Marichalar ya se ‘esfumó’ de la fotografía oficial hace un año tras su divorcio con la infanta Elena y, si visitan estos días el Museo de Cera de Madrid, se toparán con la primera consecuencia del comportamiento “poco ejemplar” de Urdangarín: la dirección ha decidido apartarlo de la estampa real, vestirlo con ropa de calle y recluirlo en la sala de Deportes. Su compañero de aventuras en la fundación Nóos hace tiempo que está imputado y se espera el mismo desenlace.

Será el espíritu de la Navidad. Aunque, como los salarios y las pagas extra, este año la generosidad llega recortada. Tal vez sea la última tregua para quien no ha dejado de asombrar a los españoles con su ‘suerte’ para los negocios. ¿Alguien conoce a algún deportista de balonmano que se haya podido costear un palacete como el de los duques en Barcelona?

Caridad parcial y con trampas. Tan eventual como el perdón navideño a Urdangarín ha sido el indulto a Montes Neiro. Todos pensábamos que después de prestar su último servicio al poder económico (recuerden el indulto al ‘número 2’ del Santander en el Consejo de Ministros de hace un mes),el Gobierno de Zapatero se iba a despedir con un gesto solidario. Nos equivocamos. El preso granadino, el recluso común más antiguo de España sin un solo delito de sangre y con más torpezas que maldades en su historia criminal, tiene un perdón con letra pequeña. Tan confuso y tan ambiguo que impidió el viernes su inmediata puesta en libertad y que ha dejado en manos de la Audiencia Provincial la decisión final. Alfredo Sáenz podrá celebrar la Nochebuena donde y como quiera; Miguel, tal vez no.

Un “sinsentido”, lamentaba el viernes su hermana. Paradojas de un irreconocible gobierno socialista que se ha ido diluyendo absorbido por el lado oscuro. Disculpen el atrevimiento, pero no puedo evitar acordarme de la polémica fotografía de las hijas góticas de Zapatero en la Casa Blanca cuando veo el regalo de moda de estas navidades. Hasta la Barbie se ha transformado. Miles de niños han incluido ya en su carta a los Reyes las Monster High, unas muñecas tenebrosas y siniestras que se presentan como las hijas adolescentes de los monstruos más famosos de la historia. Son las ‘divinas de la muerte’. De Draculaura y Frankie a Cleo y Lagoona. Herederas de zombies, hombres lobo y hasta del Yeti que perpetúan la fiebre por lo paranormal de The walking dead o Crepúsculo haciendo juego con los años negros para el empleo que nos siguen pronosticando los economistas.

Se me ocurre que, para españolizar un poco el monstruario, podríamos proponerle a Mattel que incorporase a Cayetano de Alba como novio de Spectra Vondergeist, la estrella de los reality show. Piénsenlo, tiene la misma candidez que Ken pero en castizo. Yo ya lo veo en plástico ABS con el mono de trabajo que le va a regalar el Ayuntamiento de Jun. Tendría su cortijo y, a lo Papá Noel, lo veríamos llegar en Nochebuena sin bajarse del caballo con un saco lleno de “sobrecitos” para esos sufridos jornaleros que no quieren progresar. Porque recuerden, la tierra “no es para quien la trabaja, sino para quien le saca rendimiento”. Y todos sabemos bien del espíritu emprendedor del señorito Cayetano.