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Patrias y mandangas

Magdalena Trillo | 11 de febrero de 2018 a las 10:46

El día en que los nacionalistas vascos dieron a conocer los 17 folios de su propuesta de revisión del Estatuto de Gernika, yo estaba con Bittori en la tumba del Txato. Diluviaba. Desde la cárcel, Joxe Mari al fin le había escrito unas líneas de arrepentimiento: “Si pudiera dar marcha atrás al tiempo, lo haría. No puedo. Lo siento. Ojalá me perdones. Ya estoy cumpliendo mi castigo”.

Tenía 43 años; llevaba 17 en prisión. Descubrió el sexo en un vis a vis. Su juventud, su vida, la dejó enterrada en el pueblo. En esas calles donde “hasta las farolas son abertzales”. Abandonó ETA en silencio, con el único miedo sincero a defraudar a su madre, tal vez al cura y, por encima de todo, a los vecinos y a los colegas de la herriko taberna.

Cuando empecé a leer Patria, la novela de Fernando Aramburu que pasa de mano en mano a modo de relato cotidiano sobre los cuarenta años de terrorismo etarra, pensaba que llegaba tarde. Olvidaba, sin embargo, que una de las esencias de la historia de España es dejar los conflictos abiertos. Latentes. En pausa.

Hasta el pasado miércoles, cuando el PNV planteó en la ponencia de autogobierno del Parlamento la inclusión del “derecho a decidir” en su proyecto de nuevo estatuto, la trama insistía en saltar del País Vasco a Cataluña con dos inquietudes entrecruzadas: la invisible normalidad con que en una región se llegó a la dolorosa salida de la lucha armada y el impredecible e inaudito esperpento en que se ha instalado el con su insistente órdago suicida a la legalidad.

No son diferentes los sentimientos. Ni los anhelos. Las conversaciones cotidianas -de las familias, de los amigos, del barrio- seguro que son intercambiables. El narrador vasco habla en uno de los capítulos de “Patrias y mandangas” haciendo referencia a la oportunista utilización política, a la “trampa” en que acaba el hijo de uno de los personajes. Uno de tantos: “Unos borregos, eso es lo que son. Unos ingenuos. Les calientan la cabeza, les dan un arma y, hala, a matar. Se creen héroes porque llevan pistola. Y no se dan cuenta de que, a cambio de nada, porque al final no hay más premio que la cárcel o la tumba”.

Confieso que me identifico con este desapego patriótico, con esta inclinación apolítica, pero consciente de mi extrema vulnerabilidad: porque mi pueblo es otro, porque Jokin no es mi amigo, porque Miren no es mi madre o porque el virus del nacionalismo no flota en mi ambiente.

Me decían en una excursión el otro día que los charnegos -el término despectivo con que se descalifica a los emigrados a Cataluña- son ahora los más radicales. Que se han puesto de moda. Que ya no es un factor de debilidad sino de respeto. La chica vive en Andalucía -regresó por temas laborales hace unos años- pero sus hermanos siguen en Barcelona: ellos son independentistas; ella, no. Yo, me alegro cada día de no serlo; pero sin evitar preguntarme por qué no lo soy, qué ocurría si lo fuera y de quién dependería. ¿Sólo de mí?

No me atrevería a ver la novela de Aramburu como una historia de claudicación, de vencedores y vencidos. Al contrario. Creo que nos abre los ojos sobre lo complejo y arraigado que está el problema territorial en España. En ese país “caduco, antiguo y heredero de la famosa crisis del 98 que se tuvo que reinventar como nación”.

Pensaba en ello leyendo las reflexiones del dramaturgo Alfonso Zurro sobre la versión de Luces de Bohemia que ha llevado al Teatro Alhambra. Por los paralelismos de aquella España “camino de la ruina”, marcada por la corrupción, la falta de ética y la “inutilidad de la clase política”, con la de ahora. Lo denunció hace mucho Valle-Inclán pero se podría escribir hoy: “Barcelona alimenta una hoguera de odio”; “En España, el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”.

Sí, nos hace pensar. Nos debería hacer pensar. A los que encienden los conflictos y a los que los alimentamos desde abajo. Aunque en Cataluña y el País Vasco hay un trasfondo de frustración y reivindicaciones compartidas, están singularmente ligadas a esa “nación vasca” y “nación catalana” con que intentan vertebrar sus hojas de ruta. La clave, una vez más, está en el camino. Porque hoy, como ayer, la tentación nubla. Y aprieta. Con el riesgo de convertir una causa en una mandanga.

El eje Málaga-Sevilla

Magdalena Trillo | 2 de marzo de 2014 a las 9:46

Nada debería interesar más a Andalucía que el fortalecimiento del eje Málaga-Sevilla si de lo que hablamos es de romper el muro de rivalidad que tanto juego político ha dado hasta ahora entre las dos ciudades y que tanto ha terminado perjudicándonos a todos. Empezando por la Semana Santa y la feria y terminando por el reparto del poder con la siempre interesada dialéctica entre el centralismo sevillano y el empuje malagueño emprendedor.

Pero no creo que sean ejes de influencia lo que necesita una comunidad que sigue sumida en unas cifras “inasumibles” de paro y “abochornada” por la corrupción. Tampoco creo que lo que nos haga falta sean banderas ni patriotismos baratos… Miguel Ríos evocaba el viernes en la Maestranza “el bodegón chusco habitado por tradiciones decimonónicas e inmovilismo” que era la Andalucía de su juventud para explicar por qué el destino de tantos artistas, creadores y trabajadores no ha sido otro que las maletas de la emigración. El rockero granadino ha recibido su título de Hijo Predilecto con un oportuno arrojo reivindicativo contra los ataques del Gobierno central a los derechos y libertades de los ciudadanos aunque se ha olvidado por completo de pedir explicaciones a quienes han estado definiendo los designios en este “sur del Sur” durante 34 años de autonomía. Dijo que no se puede celebrar el 28-F “sin enrojecer de rabia por no ser capaces de cambiar esta situación de flagrante injusticia”, pero seamos consecuentes: los ‘culpables’ no están (sólo) al otro lado de Despeñaperros…

Para mí el Día de Andalucía siempre ha olido a pan recién hecho y a chocolate. A las crujientes rosquillas que nos repartían en el colegio y devorábamos escaleras abajo antes de cantar en el patio el himno de Andalucía y correr a la plaza del pueblo para ver el solemne izado de la bandera. ¿La Andalucía de guitarra y pandereta de la que tanto abominamos? Ni sé muy bien por qué cantaba antes ni tengo muy claro por qué hoy no encuentro nada que celebrar. La andaluza es una identidad confusa, compleja, de agravios y de recelos. Siempre lo pienso cuando viajo al extranjero y paso del “soy española” al “vivo en Granada” para terminar mencionando la Alhambra y la Costa del Sol. En la última encuesta del Egopa nos declarábamos los andaluces poco amigos de los nacionalismos. En una escala del 1 al 10, el sentimiento independentista se quedaba en un 5,7. Ni nos deja sin dormir ni levanta pasiones como ocurre en Cataluña. Tal vez sea uno de los mejores ejemplos del pragmatismo andaluz. De los ciudadanos, claro, no de los políticos que un día se acuestan nacionalistas y al siguiente se levantan centralistas.

He escuchado hasta la saciedad que la mayor contribución en estos años a la ‘construcción’ de Andalucía ha sido la A-92. Puede que sea cierto y, si es así, se lo debemos al mismo PSOE que ha dejado morir el proyecto para unir la comunidad con la Alta Velocidad desde Almería hasta Huelva. ¿Se imagina llegar en tren a Sevilla en una hora y cuarto? Digámoslo claro: no hay dinero pero tampoco voluntad. El AVE se ha convertido en carnaza electoral y no hay día que no lo exploten -unos y otros- con intereses egoístamente partidistas.

Vuelvo al eje Málaga-Sevilla. Y lo hago desde la ‘barrera’ de Granada pero con tono constructivo. En unos meses, un malagueño se ha puesto al frente de la patronal andaluza, un catedrático de la UMA ha asumido la disputada cartera de Economía de la Junta y un joven político mediático y ambicioso ha asumido el liderazgo del PP regional. Las estructuras de poder se están transformando y poco estamos aportando -contando- desde Granada. Si cambian para cohesionar, para vertebrar y para curarnos del centralismo sevillano ganaremos todos; si son una jugada más en el ajedrez de la rivalidad perderemos todos. En Granada llevamos décadas explotando el sentimiento del agravio, viviendo de las rentas de nuestro pasado histórico y autocomplacidos con nuestro acomodaticio papel de testigos. Viendo pasar el tren. Viendo pasar todos los trenes. Puestos a aprovechar el 28-F para reflexionar y hacer autocrítica, tal vez deberíamos pararnos y pensar qué estamos aportando al liderazgo de nuestra tierra, al progreso de Andalucía. Miren atrás, miren ahora, y cuenten cuántos granadinos han ejercido posiciones destacadas de poder político, financiero, empresarial o social. Les bastarán los dedos de una mano.