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La hazaña de resistir

Magdalena Trillo | 29 de abril de 2018 a las 10:30

Levantar la persiana de una ciudad cuesta mucho y no luce. Es el gris de la rutina; el tedio de la normalidad. Que funcionen los autobuses y los semáforos, que las calles estén limpias y la basura recogida, que salga agua caliente en la ducha, que haya gente haciendo algo más que proclamar el vuelva usted mañana, que los centros deportivos estén abiertos… No hay grandeza en el día a día. Ni titulares. Ni fotos que llevar a una portada.

Los políticos lo saben. Y saben también que con una hoja de servicio de pura supervivencia no se pueden ganar unas elecciones. ¿O sí? Hasta que llegaron los recortes y se acabaron las tijeras y las cintas inaugurales, pocos ayuntamientos se han salvado del “puedo prometer y prometo” del político de turno ni han esquivado el golpe de realidad que subyace en esa gráfica frase que ya se ha erigido en toda una máxima de pragmatismo municipal: “Ya lo pagará el que venga detrás”.

Fueron los años de las obras faraónicas, los grandes viajes de trabajo y los cócteles con champán. Y fueron también los tiempos de la movida municipal -desde el tráfico de influencias y los tratos de favor hasta los delitos de corrupción- que ahora empieza a ocupar protagonismo en el banquillo de los tribunales. La Fiscalía acaba de pedir 8 años de cárcel para el exalcalde Torres Hurtado (PP) por el caso Serrallo y no es más que un aperitivo de lo que significará el desenlace de la operación Nazarí. Puede que no circularan maletines pero los excesos se pagan.

Es la misma lección que nos acaba de dar Cristina Cifuentes desde Madrid -la ya expresidenta de la Comunidad ha terminado cayendo por el “escándalo” de robar dos botes de crema antiarrugas en un supermercado- al evidenciar cómo la crisis y la corrupción han convertido en toda una heroicidad la misión de resistir. Frente a los otros y frente a los propios.

Perfil plano. Laconismo. Estabilidad. Lo practica Rajoy con la misma vehemencia con que lo invocaba hace unos días Susana Díaz insistiendo en que no habrá adelanto electoral en Andalucía y lo defendía el actual alcalde, Paco Cuenca, cuando se cumplían dos años de la intervención policial que acabó desalojando al PP de la Plaza del Carmen: el valor de la “etapa de tranquilidad” en que ha entrado Granada frente a los “continuos líos” del equipo de gobierno de los populares.

¿Pero con la normalidad se pueden ganar unas elecciones? ¿Con subir la persiana cada día se puede justificar una gestión? ¿La resistencia a qué precio?

Los músicos de la OCG han vuelto a dar la voz de alarma por la situación de la orquesta. Las instituciones lograron buscar una salida puntual para el problema de personal pero la crisis financiera no se ha resuelto. No hay recursos. Ni para pagar las dietas a un artista invitado. Lo que está contra las cuerdas es su calidad y su prestigio; que no es otra cosa que su sentido de ser y su futuro. Es un desafío de todas las administraciones, no sólo de la capital, pero es un buen ejemplo de las trampas que conlleva el cómodo ejercicio de levitar. Sobre todo, si ni siquiera se consigue un mínimo de solvencia y credibilidad.

Cuando el Gobierno apruebe por fin los Presupuestos Generales del Estado, recuperaremos cierta “normalidad” y “estabilidad” pero ninguna de las partidas relacionadas con la resistencia de Rajoy tendrá recorrido mediático. Solemos decir que el periodismo no es más que el reflejo de la sociedad. Pues bien, reconozcámoslo: no hay ningún atractivo en la inercia.

Pero, ¡cuidado!, todo cambia si se tambalean los cimientos de la rutina: no puedes vender que pagas a fin de mes a los trabajadores municipales, pero sí que las próximas nóminas corren peligro. No puedes vender que los autobuses y el Metro circulan cumpliendo las frecuencias, pero sí que se interrumpe el servicio por una huelga. Eso sí, quienes lo rentabilizan son los otros. Los que acechan contando los días para citarse en duelo en las urnas. Resistir se ha convertido en toda una heroicidad, sí, pero no es garantía de nada.

OCG: la Granada cultural hace aguas

Magdalena Trillo | 21 de enero de 2018 a las 10:30

En 25 años de trayectoria, tanto pesan en la OCG los momentos turbulentos de flirteo con la bancarrota como los excelsos de las primeras figuras internacionales, las giras europeas y las grabaciones históricas. Ahora toca sufrir. Empezamos en 2012 con los recortes de la crisis y, una década después, la situación es de agonía. No hay dinero “ni para pagar un taxi”. Las últimas temporadas se han puesto en pie tirando de amigos y a golpe de voluntarismo. El problema, para empezar, son las nóminas. Pero es también la renovación de los instrumentos. Y el vestuario. Y los gastos de funcionamiento. Y, por supuesto, la programación.

Cerramos hoy una larga semana en Fitur en la que Granada se ha vendido como uno de los mejores destinos de turismo cultural de toda Europa: la ciudad de la literatura y de los festivales; la ciudad de la música; la capital cultural del 2031 aunque el título aún no sea oficial. Los folletos de los touroperadores lo aguantan todo. Incluso esa publicidad engañosa de Granada ‘la bella’, la de postal, que poco tiene que ver con esa otra que sufrimos todos.

Y no tenemos que autoflagelarnos mirando a Málaga y sus museos de franquicia -refugio por cierto de los turistas en busca de sus acogedores inodoros-; basta mirar las telarañas del Centro Lorca, echar un vistazo a la redundante y mediocre cartelera de cine o preguntarnos dónde están los grandes novelistas e intelectuales que un día desfilaron por el Hay Festival y la Feria del Libro o esos músicos de primer nivel que, de verdad, movían al exigente público internacional. Seguimos sin saber siquiera si queremos el Gran Museo de la Ciudad -menos aún con qué y para qué- pero sí tenemos una legión de grafiteros destrozando el Albaicín.

El Arqueológico sigue cerrado, el proyecto del Teatro de la Ópera de Kengo Kuma duerme en algún cajón y buena parte de las instituciones culturales subsisten con respiración asistida -los Rodríguez-Acosta, por ejemplo, se han echado en los brazos de Junta conscientes de que no tienen recursos ni para mantener el Carmen y la Fundación Ayala camina silenciosa casi pendiente de la generosidad de la viuda del escritor-.

No es melancolía; no es ninguna enmienda a la totalidad. Importan las prioridades y el criterio en la política cultural -sólo conseguir que las instituciones no se contraprogramen y repartan sus propuestas a lo largo de todo el año para contribuir a desestacionalizar ya sería todo un éxito- pero lo que luce es el dinero. Con talonario se puede llenar teatros y estadios, programar festivales con impacto mundial y salir en las críticas más elitistas de la prensa cultural.

El Año Lorca no es suficiente. Para un accidentado mandato tal vez sí pero no para justificar la Granada cultural que vendemos como “emblema de ciudad”, como “seña de identidad” y como “palanca de desarrollo”. En ese retrato, en el horizonte del Festival de Música y Danza que firmará Heras Casado, con el aniversario del Concurso de Cante Jondo del 22, en plena carrera por la Capitalidad Europea, la OCG es uno de sus baluartes. Podemos dejarla morir -precipitar su caída a “orquesta de provincia”-, podemos parchear el problema pegando una patada a la deuda para los próximos diez años o nos lo podemos creer y buscar una solución.

Coinciden los músicos y el director, el italiano Andrea Marcon, en que la salida debe ser un acuerdo como el aprobado en Sevilla hace dos años para evitar la disolución de la Real Orquesta Sinfónica (ROSS): liquidar la deuda y poner el contador a cero. Desde el Ayuntamiento y desde la Consejería de Cultura hay sintonía -lo han asegurado públicamente esta misma semana- y “buena voluntad” para afrontar el desafío. ¿Pero habrá dinero para plasmarlo en el Consejo Rector que se celebrará a primeros de febrero?

En Sevilla no fue fácil. Los músicos llegaron a ir a la huelga y se tuvo que implicar toda la ciudad para presionar. La situación de la OCG es de quiebra técnica con una deuda cercana a los 1,2 millones que -no lo olvidemos- se ha originado por los recortes de las propias instituciones: 800.000 euros de ajuste (más del 40%) en la última década. A la plantilla se le redujo el salario y se le ha quitado una paga extra durante cuatro años seguidos. Si de verdad estamos en una fase de normalización económica -ahí está el ejemplo de la restitución de derechos en sanidad y educación-, la apuesta cultural no debería quedar relegada.

No será fácil en una ciudad al borde la intervención en la que el deporte de la oposición es tumbar cualquier iniciativa del equipo de gobierno. No será fácil en un país en el que cuatro de cada diez ciudadanos confiesan que no tienen el más mínimo interés por la cultura; que prefieren irse de fiesta antes que al teatro, a un concierto o a un museo. Y tampoco en un contexto fiscal y de políticas públicas de ninguneo a la cultura con una prometida ley de mecenazgo que nunca llega y con un IVA que sigue castigando el consumo cultural.

Ya sabemos que Montoro no está para rebajas pero al menos el debate debería volver a situarse en el foco público: en Francia más del 60% de los patrocinios son de pequeñas y medianas empresas. En Granada, y la situación es extrapolable, hay lo que hay, con las obras sociales de las cajas desaparecidas y con un puñado de empresas que llevan sobre sus espaldas la dinamización cultural sin apenas incentivos y cubriendo los amplios espacios que van dejando las instituciones públicas.

Estamos, sin embargo, en un contexto que podría animar al optimismo para la OCG: el precedente de Sevilla -allí sí se pudo y, aquí, la implicación de la (actual) Diputación debería ayudar- y el escenario electoral. La Granada de la Capitalidad Cultural necesita a su orquesta y la Junta necesita pacificar de cara a las próximas autonómicas -se adelanten o no- sin desatar otra tormenta como la sanitaria.

La experiencia podría ser clave, además, como fórmula para ensayar en otros proyectos culturales pendientes y, sobre todo, para dar contenido a la Capitalidad Cultural con propuestas que vayan más allá de la fiebre por la titulitis y de las celebraciones efímeras como ocurrió con el Milenio o la Universiada. Lleva razón Isidro Toro cuando se indigna por el nuevo “parche” que significará la reforma del Arqueológico y con la urgencia de contar con una política cultural con visión y con ambición: “No hay derecho a que las colecciones que tienen la Diputación, la UGR y el Ayuntamiento no estén al alcance de la ciudadanía”.

“Altura de miras”. El propio consejero lo pidió esta semana para el Centro Lorca con el acuerdo para la llegada del legado del poeta. Sí, pero no sólo para Lorca; no sólo para la Alhambra. Y, aunque no sean momentos tan históricos ni tan fotogénicos, con la responsabilidad de empezar tapando las muchas goteras que atenazan la Granada cultural.

Saldando cuentas

Magdalena Trillo | 22 de noviembre de 2015 a las 10:22

Las despedidas se pueden preparar; las reconciliaciones no. Antonio Gala no ha sido nunca un personaje fácil y, mucho menos, previsible. Esta semana podía haberse limitado a saldar las cuentas pendientes con Granada siendo hipócritamente cortés. También lo contrario. En su derecho estaba de recurrir a esa “soberbia” que con sorna nos reprochó -y que él tan magistralmente domina- para abrir un poco más la inexplicable brecha que esta ciudad termina cavando con quienes más amor le profesan. Pero Antonio Gala hizo lo que debía: ser Antonio Gala. Sin fachadas. No dejando indiferente a nadie.

“Pasan las vidas. Pasa la historia. Yo no tardaré en pasar… Pero me enorgullece que las últimas palabras que diga coherentes sean para agradecer a Granada que haya sabido comprender, por fin, que la he amado, en un momento, como a Dios”.

A las ácidas palabras que lleva media vida lanzándonos desde los periódicos, a las planeadas historias con que se ha propuesto envolvernos y conmovernos desde sus novelas, les ha puesto poesía. Y silencios. Y medias sonrisas. Por momentos pícaras y arrogantes; por momentos, más convincentes, sinceras y elocuentes que cualquier discurso.

La Diputación ha reconocido este año su “pasión” por Granada haciéndole entrega del premio de turismo del Patronato Provincial -bien podría haber sido nombrado Hijo Adoptivo- y el “por fin” con que el escritor cordobés recibió la distinción no es gratuito: ¿hemos entendido, “por fin”, desde la derecha reciente, desde la izquierda que tantos años ha gobernado la institución provincial, que también los homosexuales tienen derecho a ser reconocidos públicamente?

Antonio Gala recibió la distinción este miércoles en su residencia en Córdoba y fue más que generoso. Aunque se haya hecho esperar, ninguna relación de amor-odio debería entenderse sin el dulce momento de la reconciliación: “Os agradezco tanto que hayáis venido a verme morir que hasta mis perrillos han venido conmigo para daros las gracias (…) Mi primer amor fue de Granada. No cuento cómo se produjo porque nunca sabe uno cómo se enamora, sólo se da cuenta porque uno ya no es el mismo y algo ha sucedido… Una idea, un rayo de amor que mata pero que mata sonriendo (…) Granada fue tan protagonista de mi vida tanto tiempo… La amé tanto… Fui feliz antes de serlo….

Hay quienes tiran la toalla y abdican de la vida -a veces ni siquiera importa la edad- y hay quienes saben llegar a ese momento en que toca “revisar el pasado y aceptar la muerte tranquilamente” con la militancia y la ejemplaridad de quien ha sabido estar, transitar y asumir el final. En la “posteridad” se situó Francisco Ayala al filo de su centenario y en la posteridad podríamos decir que vive ya Antonio Gala. Por lo que ha sido y por lo que es; por cómo lo es.

El intelectual granadino ya fallecido lo expresó gráficamente en una de las muchas entrevistas y exposiciones ante los medios con las que tuvo que lidiar cuando osó rebasar el siglo: “Lo que siento es que he pasado ya al otro lado, que estoy en la posteridad. Y me doy cuenta de que la gente me mira también como a un hombre de otro tiempo. Ya lo soy”.

Aquí habría que discrepar. Ayala nunca fue un hombre de otro tiempo y nunca se “jubiló de la vida” aunque así lo proclamara tal vez como coartada para sentirse libre de hacer “lo que le diera la gana”. Eso sí lo hizo… Pero sin traicionarse nunca. Ni a sí mismo ni a los demás. Le protegió, le salvó, su lucidez. Esa lucidez que entendía como un “don” pero que también podía tener sus desventajas si te hacía “darte cuenta de las tonterías que piensas, dices o haces”.

Esa misma lucidez es la que atrapa Antonio Astorga en Francisco Ayala. De viva voz, con la colaboración del periodista Alejandro V. García. El libro que acaba de publicar la Fundación Lara da solidez y coherencia a la volátil y efímera palabra en el tiempo que supone toda vida desde los focos de los medios de comunicación y retrata al Ayala más cercano y probablemente al más auténtico.

Esa misma lucidez, esa misma militancia con la vida, ese mismo “poder hacer” -y decir- lo que les venga en gana, la he visto ahora en Gala. Lo he visto cuando advertía que “Andalucía es mucha Andalucía”, pero “un sola cosa, la misma, siempre interminable” que debería estar por encima del “yo soy más grande, más vieja, más alta que tú”… Cuando nos llamaba “soberbios” a los granadinos y nos pedía que bajáramos de las nubes para descubrir que “también los sótanos son bonitos”… Cuando confesaba que quiere “esperar un poco” para ver “cómo se pelean los de fuera y los dentro” en la “buena corrida” que, seguro, tendremos el 20 de diciembre: “Ojalá salgamos con las orejas en las manos, aunque sean las nuestras. Pero con las orejas en las manos”.

Lleva razón García Román cuando matiza que “el lucimiento nada tiene que ver con la luz”. Ayala y Gala son un ejemplo. Por la que tienen y por la que proyectan. El compositor granadino estrenó el viernes su De Civitate lucis con una magistral puesta de largo a cargo de la OCG bajo la dirección de Arturo Tamayo. Decía horas antes del estreno que la obra había nacido de la necesidad de expresar en sonidos el anhelo de luz sobre las sombras que nos acechan, al tiempo que reivindicaba el “silencio” como la voz del Universo y de la música, como la mejor banda sonora de estos días terribles de miedo y confusión.

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Vivimos experiencias extremas y su música fue un golpe de música extrema. Fue inquietante, perturbadora. El paisaje sonoro que dibujó parecía descrito para retumbar en el Carlos V de la Alhambra. Un símbolo tal vez hallado y nunca buscado de estos momentos de terrible incertidumbre y perplejidad. Aún tengo en la memoria el Réquiem que estrenó hace unos años en el Festival de Música y la conclusión es sólo una: tampoco García Román deja indiferente.

En el “laberinto diario de luces, resplandores, sombras y oscuridades” en el que nos movemos, su tormentosa e impasible Ciudad de la Luz es un alegato por la humanidad y la lucidez que tenemos el deber de defender. Hoy, todavía tengo el corazón encogido. No sé si me gustó en el sentido clásico de gustar. Me turbó. Me impactó.

A veces, las seguridades de la vida son pocas… pero suficientes: no fue un concierto más. No fueron conversaciones sin más las que tuve el privilegio de compartir con Ayala. No ha sido una reconciliación sin más la que hemos vivido esta semana entre Gala y Granada.