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La máquina del fango

Magdalena Trillo | 16 de octubre de 2016 a las 10:47

Marina Martín no es una delincuente. Cuando hace año y medio fue detenida en su casa de Chauchina, delante de sus hijos, no estaba tan claro. Llegó a dormir en el calabozo y le llegaron a poner las esposas. La ahora directora del Legado Andalusí es uno de los 24 dirigentes andaluces del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) que han estado implicados en la llamada pieza política de los Cursos de Formación. La juez Bolaños lo ha archivado esta semana. Dice que no hubo “nada” delictivo. Critica a la Fiscalía Anticorrupción y al PP por la teoría de la red clientelar y hasta carga contra la UCO de la Guardia Civil por dar pie a todo el proceso judicial. Argumenta que pudo haber irregularidades administrativas, no delitos de prevaricación ni malversación. Que los funcionarios no recibieron órdenes para beneficiar a empresas afines al PSOE. Que es “inverosímil”, que carece del “más mínimo rigor” e, incluso, advierte “errores” en los atestados.

La política socialista confesaba a este diario la sensación “agridulce” que le ha producido el carpetazo del caso. Por cómo se produjo, por lo que ha supuesto para su familia y, aunque no lo dijera, porque ningún titular podrá compensar hoy la sombra de culpabilidad -el “algo habrá hecho”- que la ha perseguido durante todo este tiempo. En pocos casos una resolución judicial de exoneración, nunca una rectificación periodística, es capaz de superar la máquina del fango que termina moldeando una opinión pública basada en la desconfianza, los prejuicios y la sospecha. Un clima social de espectáculo basado en ráfagas de televisión, opiniones de tertulia y titulares sensacionalistas que desencadenan operaciones policiales igualmente alarmantes.

Pero no es (sólo) la judicialización de la vida pública y la necesidad de preservar la presunción de inocencia lo que debería llevarnos a la autocrítica -sin excepciones entre todos los que compartimos la cosa pública-y a la reflexión. También los efectos de la “olla de grillos digital”, del circo mediático, que discurre entre rumores y miserias en una agresiva “deslegitimación del adversario” en la que no hay líneas rojas. Es el “fango” al que aludía Umberto Eco en una de sus últimas entrevistas, las cañerías de intoxicación sobre las que hace un año montó un programa Salvados sentando a discutir a políticos y a periodistas, el estado de permanente narcotización en que nos movemos como audiencias teóricamente bien informadas.

En su conversación con Jordi Evole, el escritor italiano se quedaba corto en el descarnado retrato que realizaba sobre las bajezas que comparten el periodismo y el poder. Porque no es sólo la vida pública y privada lo que hemos desdibujado sacando a flote los trapos sucios y porque no se trata (sólo) de que baste para desacreditar a alguien con decir que “ha hecho algo”. Es la sagrada y exigible frontera entre los hechos y los rumores lo que se ha fracturado; es el dicho periodístico de que “la realidad no te estropee un buen titular” lo que hemos convertido en cotidiano.

En la misma línea que Eco, el ensayista Hernández Bustos disertaba este viernes en una tribuna sobre el “periodismo fantasma” que equipara “verdad y falsedad”, que nos lleva a consumir por igual “información real y pseudohechos disfrazados de noticia” y nos obliga a engullir opiniones prêt-à-porter.

Es otra provocadora forma de acercarse a las tesis del fango que, sin embargo, también deja en un segundo plano el efecto de degradación que se provoca cuando la máquina funciona en sentido contrario y lo revuelve todo. Cuando minimiza los escándalos.

En este clima de confusión y de (nada democrática) equiparación de casos, la distorsión se produce por exceso y por defecto. Ocurre cuando la lavadora se pone en marcha y metemos seda y vaqueros en el mismo tambor. Es entonces cuando podemos argumentar que hay cientos de Pacos Correa por toda España -¿con sus angulas, su “casa” en Génova y sus Jaguar?-, cuando perseguimos por igual a quien se salta el IVA que a los saqueadores de las tarjetas black y cuando terminamos comprendiendo los abusos sexuales de un candidato a la Casa Blanca y hasta fijando niveles de gravedad -una joven ha llegado a decir que no le hubiera importando si Donald Trump sólo se hubiera propasado tocándole el pecho…-

Decimos los periodistas que “todo es susceptible de ser una doble página o un breve”, pero justamente para aprender a discernirlo está el oficio. Y el criterio. Y hasta el sentido común. Todo es relativo y no lo es.

Regeneración, de verdad y en plural

Magdalena Trillo | 14 de diciembre de 2014 a las 9:00

Para un periodista, la mejor oportunidad de conversar de verdad con un político es cuando se va. Ya no hay off the record, son ellos los que hablan -no el asesor, ni el jefe de prensa ni el jefe- y son capaces de pronunciarse sobre cualquier tema con una sinceridad que puede ir de la irreverencia a la catarsis. Lo hacen sin la disciplina del partido, sin el encorsetamiento del cargo y sin la presión de quien espera una puerta giratoria para poder culminar su vida laboral.

No todos los que se van disfrutan de este desahogo. Quienes no han conocido otro oficio que la política no pueden más que aferrarse al sillón, a cualquier sillón, para salir adelante. No les queda otra salida que saldar los favores prestados, confiar en que responda alguna de las ‘amistades’ engrasadas y conseguir que el partido no se olvide de ti, que cumpla lo prometido y que te agradezca los servicios prestados con un puesto cómodo y bien remunerado alejado de los focos mediáticos. En una empresa pública, en una fundación, en un consejo asesor… Conocerán muchos ejemplos de estos peligrosos trasvases entre la esfera pública y la privada, más sonoros y visibles a medida que ascendemos en responsabilidad. En la práctica, ninguno de ellos sirve para conversar de verdad con un periodista, es decir, para desnudarse ante la opinión pública. Siguen debiendo demasiado y todavía esperan más.

Sólo los que se van sin atajo son realmente libres para desprenderse del paracaídas de los partidos y atreverse a decir lo que piensan. No es necesario perder las formas, pero imagino que la misma transparencia que percibimos los periodistas se traslada a los ciudadanos. Vuelven a ser creíbles. Lo pensaba esta semana leyendo la entrevista a María Escudero que hoy publicamos tras anunciar que pone fin a su trayectoria pública. Lo primero es que tiene dónde volver: es psicóloga forense y no ha perdido el tiempo en los últimos años, poniéndose al día con un máster que le permitirá llegar con el mismo nivel de exigencia y cualificación con que se fue; lo segundo es que es una decisión pensada, madurada, que ha tomado sobre unas convicciones y unos principios y no sobre una frustración, una espantada ni un adiós obligado.

Hace unos meses se rumoreó mucho sobre la posibilidad de que compitiese en las primarias con Paco Cuenca para ser la candidata socialista a la capital; para entonces la decisión estaba más que tomada. Quienes la conocemos sabemos lo que le ha costado no huir del rifirrafe bronco de la política municipal como ya nos habían acostumbrado sus compañeros de partido. Si ha llegado hasta el final es porque ha situado por encima de su desesperación el compromiso que firmó con los ciudadanos y su propio prestigio en un oficio al que se entregó hace 25 años cuando aún era noble y “enganchaba” más que corrompía. Habla de un equipo de gobierno “decepcionante” y de unas prácticas “predemocráticas” porque es educada… Y porque, a pesar de sus arrebatos y de sus malas pulgas, se contiene…

A la contestación interna que sufre Pedro Sánchez responde invocando un “liderazgo colectivo”, a Susana Díaz la salva porque de verdad lo cree, a Paco Cuenca le da una oportunidad y con Podemos es más que prudente. Si ha habido un momento incierto en la política española, y eso lo sabe IU cuando regala sus siglas, el PSOE cuando se debate entre las denuncias de plagio y la OPA hostil y el PP cuando suma las plazas que perderá en los próximos comicios si no ata la mayoría absoluta, es ahora. En este ahora en el que, mientras las encuestas confunden más que aciertan, los analistas derrapan y los medios nos despistamos entre las crisis propias y las ajenas -sobrevenidas y buscadas-, los otro día bufones se autoproclaman salvadores de la patria al estilo del Pequeño Nicolás. No son (sólo) temas de altura como la ruptura o no del candado de la Constitución y el conflicto territorial, el precio de la supuesta recuperación económica o las trampas de la bajada del paro, son cuestiones mucho más mundanas como la perplejidad por ver a nuestra televisión pública colocando ante el paredón al líder de Podemos (¿defendiendo su corralito? ¿el del Gobierno de turno?) o escuchar a Sáenz de Santamaría decir que el caos que hay montado en España con los sueldos públicos es irrelevante porque no hay tiempo para gastar… ¿De verdad dijo eso?

España necesita un despegue real, pero también un tratamiento intensivo de psicoanálisis que imponga una regeneración real. Tan de verdad como esas conversaciones que tanto echamos de menos los periodistas. La regeneración no servirá de nada si en el ADN del político no está entender por propia convicción que es una profesión como otra cualquiera que tiene un principio y un fin -aquello de que más importante que saber llegar es saber irse-, que se tienen privilegios pero también responsabilidades y que la cosa pública no es la cosa propia sin necesidad de recurrir a Barrio Sésamo. Tampoco servirán de nada las nuevas medidas de transparencia si no las llevamos a las comunidades, las diputaciones y los ayuntamientos y si no conseguimos aplicarlas con la misma contundencia con que las ‘vendemos’. Evidentemente, a ningún sitio llegaremos cargados de tabúes, populismo, márketing e hipocresía.

¿Es real la propuesta de Podemos de que los alcaldes ganen como máximo 1.800 euros? ¿Lo mismo que recibía Errejón con su beca fantasma en la Universidad de Málaga? ¿Así queremos que sean los mejores, los más eficientes, los que ocupen los puestos públicos? ¿Así queremos que sean útiles?

Siempre me he preguntado por qué no podemos aspirar los españoles a tener responsables públicos con talento. Sí, talento. No hablo de aplicar el ‘índice h’ cuando no lo cumplen ni los rectores de la universidad española -alegrémosnos de que entre los ‘magníficos’ de verdad esté el de la UGR- pero sí de abordar con naturalidad lo que significa la competitividad y de asumir como legítima la ambición. Esa que se exige en el mundo de la empresa sabiendo que todo en esta vida tiene un precio. ¿Da la sensación de que la pelea, ahora, está en ver quién cobra menos? Nos volvemos a equivocar de debate. Si creemos que la regeneración es vital, defendámosla pero no nos engañemos. Si no queremos gobernantes mediocres, gestores mediocres, es evidente que habrá que pagarlos. Pues empecemos por admitirlo si de verdad queremos cambiarlo.

De verdad y en plural. Me refiero a nosotras… Mañana nos reunimos en Sevilla una treintena de mujeres con altas responsabilidades en empresas e instituciones en el primer Foro Internacional de Directivas, un encuentro que ha organizado la Universidad Loyola de Andalucía y Mujeres&Cía para hablar sobre el liderazgo femenino. Les sonará a lobby… ¿Y? Regenerar significa remover lo viejo, transformar para mejorar y, por supuesto, sumar. Y en esa suma deberíamos estar nosotras. Pero también aquí de verdad, sin hipocresías y sin complejos. El desafío no es de cuotas; es compartido.