Archivos para el tag ‘Orwell’

La República Independiente de su Casa

Magdalena Trillo | 1 de octubre de 2017 a las 11:18

Estoy tan cansada, tan saturada del procés catalán, como todos ustedes. Del Junts pel Si y del Junts pel No. De las maniobras tacticistas de los partidos y de sus verdades alternativas. No eludo ninguna responsabilidad ni quiero pecar de ingenua creyéndome en la pista de una tercera vía con salida: no la hay. No ahora y no con los interlocutores de serie b que se han apropiado de los relatos.

No si nos creemos que la “normalidad” es comprar urnas opacas a los chinos para que la gente vote, organizar maratones y fiestas de hermandad en los colegios para mantenerlos abiertos y acosar, aleccionar y hasta cobrar (10 euros) a los periodistas por informar. Parece un chiste. Una mala historia a la que poco contribuye el cachondeo que se ha montado con el barco de Piolín -no falta el Coyote ni el Pato Lucas- que ha atracado en Barcelona en la supuesta logística de refuerzo policial.

Mi verdad es muy simple: dudo. De ellos y de nosotros. Lo blanco y lo negro se desdibuja con la misma cadencia con que se prostituyen las palabras. En unos casos las descafeinamos y en otros las exaltamos sin darnos cuenta de que estamos llevando a nuestra mesa la intransigente ceguera nacionalista de esos grupos de radicales -de izquierdas y de derechas- que siempre son otros.

¿Democracia es votar? Sí y no. Importa el cómo y el para qué. Del 15-M aprendí (y creo que ellos también) que la toma de decisiones asamblearia es una espiral incontrolable que lleva a la inoperancia y al absurdo. Pero ¿no dejar votar es democrático? Aunque hablar de “fascismo” resulta tan excesivo como encontrar tuits de medios extranjeros reavivando el fantasma de una guerra civil, en algún momento alguien deberá explicar por qué, en estas cuatro décadas de sobrevalorada monarquía parlamentaria, Madrid ha preferido mirar para otro lado (el PP ahora y el PSOE por mucho que le pese a Felipe González) mientras en Cataluña desaprendían el español, se adoctrinaba en los colegios y se alimentaba el sentimiento independentista a golpe de tópicos y de interesadas humillaciones.

En el doublethink de Orwell caben todas las contradicciones: la “democracia” que para unos significa independencia y para otros “unidad” y el “diálogo” que para unos tiene que ver con la legitimidad de lograr lo que corresponde por “derecho” y para otros certifica, al margen de fórmulas jurídicas y administrativas, una España de “privilegios” con ciudadanos de primera y de segunda. Si como decía Aristóteles “todo lo que pensamos es la verdad”, es preciso que “todo sea al mismo tiempo verdadero y falso”.

Pocos conflictos como Cataluña evidencian con tanta nitidez la convicción del filósofo griego sobre la naturaleza del ser humano: la mayor parte de los hombres pensamos diferente y, por supuesto, creemos que son los otros quienes están en el error. Pero si la “misma cosa es y no es”, todos “diremos igualmente la verdad”. Aunque sea nuestra verdad.

Lo que los jóvenes de la CUP han conseguido en Cataluña es eliminar el centro, la moderación, dejar a los nacionalistas de la antigua Convergencia en una posición de irrelevancia, fracturar a los partidos constitucionalistas y hacer partícipes a todos a de la vieja teoría de Arzalluz del “árbol y las nueces”. Con o sin garantías, poco importa cuántos voten y qué voten, ha llegado el momento de la sacudida y todo vale lo mismo. Aunque sea para declarar la República Independiente de mi Casa.

Es lo bueno del doblepensar -que se puede ganar y perder a un mismo tiempo- y también lo malo: que no hay ganador posible, que no hay perdedor posible. Las propias palabras, las que elegimos para reafirmar lo que queremos y rechazar lo que nos incomoda, nos encierran en un conflicto sin salida.

Y el coste para escapar parece inasumible porque nos obligaría a salir de nuestra burbuja de confort. Sería como poner la cadena de radio que más te enerva, abrir el periódico que sólo “miente” y poner un ‘me gusta’ al outsider del Facebook. Pero para dar este salto al precipicio, primero habría que empezar a dudar… Y a nadie le gusta ser débil. Ni parecerlo. A nadie le gusta perder. ¿Sólo un millón de votos? ¡También vale!

Dos más dos son cinco

Magdalena Trillo | 19 de mayo de 2013 a las 10:44

Tendríamos que volver a Orwell para intentar comprender el punto de hipocresía, demagogia e irreconciliable colisión que se ha instalado en la vida política española: “El lenguaje político está diseñado para que las mentiras parezcan verdades, el asesinato una acción respetable y para dar al viento apariencia de solidez“. Hemos cerrado la semana torpedeando otro puente más con Cataluña, agrandando la brecha entre Gobierno y oposición y haciendo saltar las frágiles costuras del consenso interno. A la derecha y a la izquierda.

En su mundo paralelo, nos prometen soluciones y progreso cuando lo que manejan son recortes e involución, proponen diálogo sin que haya disposición alguna a mover las posiciones de partida y, al mismo tiempo que invitan con entusiasmo a que “vayamos al acuerdo” y nos sumemos a su realidad, nos abaten en la perplejidad con sus inestables radiografías sobre el presente y futuro de este país. Sin modificar un ápice la hoja de ruta (todos tienen su inamovible hoja de ruta), en menos de una semana hemos arreglado España.

Despedimos abril entre tinieblas con un fúnebre panorama de estancamiento económico -algunos expertos pronostican ya el salto de la Gran Recesión a la Depresión- y estrenamos mayo con el descubrimiento de que todo “empieza a funcionar”. ¿En cuatro días le hemos dado la “vuelta a la economía”? La clave ha de estar en el Retablo de las Maravillas cervantino: no todos vemos lo mismo; no todos estamos preparados para ver. Porque al otro lado de la improvisada función, el lado de los desdichados que nos dejamos distraer, lo que intuimos es que el problema soberanista es un problema tan inaplazable como la crisis, que para el pacto político ni hay voluntad real ni margen posible y que sólo la rebelión interna de los suyos (la reforma local se sigue aplazando y la del aborto ya ha provocado un buen incendio) disuade al Ejecutivo de aplicar el rodillo para continuar su “rumbo”.

Yo siempre he pensado que un pacto exigía renuncias, autocrítica y generosidad. Nada de ello veo en la propuesta del pacto por el empleo con que Rubalcaba está intentando resituarse como líder de la oposición ni en la respuesta de un Rajoy cuyo único cometido es cumplir las cifras y directrices que impone Europa; nada de ello veo en el choque de trenes institucional entre Cataluña y España que se va enquistando con los sucesivos pronunciamientos del Constitucional (¡qué equivocación fue la sentencia de 2010 del Estatut!) y nada de ello se ve en un ambicioso Wert que quiere solucionar los muchos problemas de la enseñanza con recetas impuestas, de espaldas a todos y con una carga ideológica que se suma a la irresponsabilidad compartida de socialistas y populares dando bandazos con reformas y contrarreformas.

Vivimos en un país de sordos donde vamos a terminar creyendo que “dos más dos son cinco”. “La libertad”, nos recuerda Orwell en 1984, es “poder decir libremente que dos y dos son cuatro”. Pero ya se lo advertía O’Brien a un cuadriculado Smith cuando, en la dictadura del Gran Hermano, en su Ministerio de la Verdad, se esforzaba en su cometido de reescribir la historia sin poder imaginar que dos más dos son cuatro: “Algunas veces sí”, le replicaba O’Brien, “pero otras veces son cinco. Y otras, tres. Y en ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez”.

No estamos en el Londres de la distopía orwelliana pero sigue sin importar la realidad, solo la percepción; el lenguaje y el “doblepensar”. No sé si calificar de paradójico o de premonitorio que justo esta semana hayamos ‘celebrado’ el Día de Europa. Extrañas coincidencias… El título original que el escritor y periodista británico puso a 1984 fue precisamente El último hombre de Europa. Entonces lo cambió a sugerencia de su editor por motivos comerciales; hoy tal vez hubiera sido sinónimo de best-seller. El Día de Europa evoca los primeros pasos que dieron en 1950 Francia y la entonces República Federal Alemana en torno al acero y el carbón poniendo los cimientos de la Comisión Europea; hoy el eje franco-alemán se tambalea y el proyecto europeo está más cuestionado que nunca.

Puede que sea una obligación de los políticos conseguir que “las mentiras parezcan verdades” y hacer que “el viento tenga apariencia de solidez” pero yo, en mi particular habitación 101, sigo pensando con Marx que “todo lo sólido se desvanece en el aire” y no puedo evitar ver cómo lo real “se evapora como el sudor en una noche de verano”. La conocida metáfora de la vida líquida con que Bauman se adentra en la cultura contemporánea sería perfecta para entender este país de sordos, esta Europa de sordos, donde dos y dos son cinco y lo real se escapa entre los dedos.