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Del miedo al cambio a la rutina del cambio

Magdalena Trillo | 5 de junio de 2016 a las 10:35

Después de Breaking bad y de Juego de Tronos, el efecto narrativo de cargarse al protagonista poco tiene de impacto en las insaciables y tiranas audiencias televisivas. Lo he comprobado estos días sumida en la maldad de Fargo. Aún no he descubierto si es gratuita, azarosa o necesaria. Son madrugadas de incredulidad, de terapéutica desconexión, pero no de shock. Está en nuestro ADN. El principio biológico de la adaptación. La rutina. El llegar a ese momento en que nada es suficiente. En que lo más terrible, lo más sorprendente, lo más inesperado ya lo hemos aprendido.

Ocurre con lo trascendental y con lo cotidiano. Con lo tangible y con lo etéreo. Nunca tienen bastante dinero los avaros ni aplausos los narcisistas. Nunca hallará el sádico el momento de detener el sufrimiento ni existirá para el alcohólico una última copa. Nunca, como hemos visto en estos interminables ocho años de crisis, roba lo suficiente un ladrón.

Pensábamos que la corrupción era cosa de los años del boom del ladrillo, de los tiempos líquidos de los excesos, pero nos volvemos a despertar con obscenos casos de anteayer. De políticos y de funcionarios. De personajes de lo público -acaban de imputar a Imanol Arias y Ana Duato- y del vecino anónimo del quinto. Incluso de cuando nos apretaban el cinturón, salíamos a la calle a paralizar desahucios y el número de desempleados superaba la barrera de los cinco millones.

Pero ya no nos alteramos. Ya hemos asumido que quien no ha metido la mano es porque no ha querido; porque no pudo. Tal vez, porque no le dieron la oportunidad. Ahora cae el paro y nos prometen bajadas de impuestos. Francia se paraliza contra un controvertido punto de su reforma laboral -las gasolineras de medio país han quedado desabastecidas- mientras en España nos preparan el terreno, con normalidad, para una segunda vuelta de la nuestra. Y para “mejorar la competitividad” con salarios “más flexibles”. Para que la “recuperación”, la de quienes nada han perdido que puedan recuperar, no se frene y podamos cumplir con el recorte extra de 8.000 millones que nos pide Bruselas. Esa Europa que sufre de nuestro mismo mal: nunca es suficiente.

Para todo esto, a diferencia del 20-D, del 26-J, ni nos preguntarán ni nos dejarán votar. Lo harán los que lleguen. Unos culparán a las “circunstancias” y otros sacarán el discurso de la “herencia recibida” pero el resultado será similar.

Lo que sorprende es que el “cambio” se mantenga como palabra fetiche para todos los partidos cuando son ellos mismos los que se han encargado de dejarla sin significado. En el PP van al valor seguro de la campaña del miedo “contra el cambio” -contra cualquier cambio-, los socialistas enarbolan la bandera del “cambio real” intentando mantener su espacio como referente de la izquierda y contener la OPA hostil de sus aliados de la izquierda, en Ciudadanos se autoproclaman como pieza “imprescindible” para el “cambio” recordando lo rentable que es ser ‘llave’ de la gobernabilidad y desde Unidos Podemos siguen a lo suyo con su cambio televisivo, multicolor y de sonrisa.

Uno año después de las municipales, hasta en el caso de los ‘radicales’ de Podemos su promesa de cambio es más que matizable. En los dos sentidos. Ni se han hundido los ayuntamientos de Barcelona, Madrid, Cádiz o Atarfe ni han inventado una nueva forma de hacer política. Ni siquiera de hacer ciudad. Cambian las prioridades, cambian las formas -y no siempre para mejor- pero muy poco los fondos. Lo impiden las quebradizas alianzas que los sostienen y lo impide el sistema. No “todos son iguales” pero el poder -y la realidad- es igual de implacable con todos. ¿Recortes o subida de impuestos? En el a quién, en el cómo y en el para qué intervienen las ideologías. Pero no en el qué.

Al final, los terremotos políticos son más que relativos. Es la grandeza, o la debilidad, de ese palabra tan de nuestro tiempo -¿nuevo?- que es lo glocal. Todo cambia al minuto, a escala planetaria y con normalidad. Con la misma rutina que sale el sol. Incluso cuando está nublado.

Política y periodismo en Serie B

Magdalena Trillo | 10 de enero de 2016 a las 10:34

Nunca nos hemos puesto de acuerdo políticos y periodistas sobre la identidad del asesino. Me refiero al culpable de presentar como esperpento y vodevil la actualidad informativa de nuestro país: políticos huyendo por el garaje para no ser ‘cazados’ por la prensa, periodistas convertidos en paparazzi para intentar contar a sus lectores si se repetirán las elecciones en Cataluña, frívolas quinielas sobre el ¿imposible? gobierno de España que saltan del movedizo pantano de las líneas rojas al inocente escenario de los deseos sin otro sustento que la rumorología. No lo sabemos nosotros y, probablemente, no lo sepan ellos. Parece de broma. Un día pontifican, al día siguiente sopla poniente y al tercero recogen velas. Las líneas rojas ya son verdes, naranjas o moradas y ya se puede negociar.

Ahora lo llaman “explorar”. Política en versión boy scout. El sugestivo “puro teatro” con que hace meses retratábamos el desafío soberanista está transmutando en aberración. Y con riesgo de contagio. Artur Mas ni supo llegar ni ha sabido irse y el capítulo de Mariano Rajoy está work in progress. De momento, y a la espera de que algún partido se saque de la chistera una ‘solución a la española’, tan poco viable parece el pacto ‘a la alemana’ que quiere forjar el PP como la gran coalición progresista ‘a la portuguesa’ con que contraatacan los socialistas.

“Lo que la actualidad juzga negro resulta, a veces, en la lejanía, blanco como la nieve”. Lo escribió Ortega y Gasset y, con más dureza, no hace tanto que lo reinterpretó Gregorio Marañón: “La vida hoy es acción pura, sin el noble contrapeso de la razón. Y a esa acción sin freno y sin tope nos empuja el exceso de información, la información de los hechos secundarios a los que da la actualidad falsa categoría”. La tendencia a “pintar el mundo del revés” que el pensador madrileño atribuye a la prensa. Los periódicos sometidos a ese “monstruo anormal de la actualidad” con un preocupante defecto de visión: “La incapacidad de apreciar el verdadero color y las dimensiones exactas de las cosas”.

Estas reflexiones sirven al catedrático emérito Enrique de Aguinaga para tejer su particular tratado sobre las “aberraciones periodísticas” que publica en el último número de la revista de la FAPE. Sin ánimo de cuestionar ni limitar la autocrítica, olvida el profesor de la Complutense que cuando la actualidad tiene que ver con la política -¿y al final no todo es política?- cada vez está más confuso quién es el asesino y quién el cómplice; dónde empieza y dónde termina la espiral de la aberración y por culpa de quién. Porque no se puede sostener el compromiso y la honestidad informativa sobre la volatilidad e incertidumbre que hoy definen la escena pública. Y mucho menos sobre el tacticismo con que se está afrontando.

La clave no es otra que saber si el drama es sobrevenido o buscado. Si la política líquida que tanto nos preocupa es una consecuencia del 20-D porque los españoles no supimos votar (¿de verdad vamos a permitir que nos endosen el papel de verdugos?), porque los protagonistas no desempeñaron bien su papel o porque nadie ahora lo está sabiendo gestionar (¿no hemos aprendido suficiente con Cataluña sobre la frustración final de la clonación electoral?).

Que una cuarta parte de los estadounidenses vea ya la televisión en el baño parece una metáfora de nuestro tiempo. El triunfo de la serie B. Sin estrellas ni historias fabulosas. Con personajes corrientes, complejos y contradictorios. Ya ni siquiera tenemos nostalgia de los héroes. Huimos de los estereotipos y buscamos la normalidad de la vida, del sentido común, en la televisión. Porque es fiable. Porque es creíble.
Cuando se cumplen 50 años de A sangre fría, la célebre novela de Truman Capote que supuso el germen del Nuevo Periodismo, deberíamos volver a preguntarnos cuál es el nuevo periodismo de hoy tanto como cuál es la nueva política de hoy. A veces pienso que estamos volviendo a invertir los papeles. Hace medio siglo lo hicimos desde la literatura y ahora toca recurrir al audiovisual… Lo real discurre líquido en su móvil; con la ficción nos despertamos a diario. Lástima que nos hayamos quedado atrapados en la serie B.

Rotavator II

Magdalena Trillo | 22 de junio de 2013 a las 12:24

Nada de retiradas y mucho menos de jubilación. Al menos a iniciativa propia. Mientras sienta el “cariño” de los granadinos, el cuerpo aguante, pueda “ser útil” y su partido no se interponga, José Torres Hurtado está dispuesto a seguir al frente del Ayuntamiento de la capital. Con un juego de números fija su horizonte activo en la política: de 2013 a 2031. No sé si habrá hecho las cuentas… ¡18 años más! ¡Ocho mandatos! ¡32 años en el gobierno local! Hace ahora justo una década que el PP lo convenció para que dejara la Delegación del Gobierno en Andalucía y disputara a los socialistas la Alcaldía de Granada. La compensación, en caso de fracaso, serían las listas europeas. Entonces no fue necesario recurrir a Bruselas –puso fin al ‘tripartito’ ganando por mayoría– y hoy es una opción que rechaza tajante.

Sebastián Pérez tendrá que esperar. Y Juan García Montero, también. Y cualquier otro, a la derecha y a la izquierda, que haya echado el ojo a la Plaza del Carmen. Es la primera lectura que se puede extraer de la entrevista que este periódico publica hoy en el ecuador de su tercer mandato. No ha llegado su hora. Torres Hurtado es consciente de que llegará “algún día” en que “alguien” tenga que relevarle, pero no todavía. A su presidente provincial, al “chiquillo” que él mismo metió en las listas del PP cuando era el presidente del comité electoral, tiende la mano: son un “tándem ideal” para Granada, uno en la capital y otro en la provincia. ¡Si a Sebastián Pérez lo he criado yo en mis pechos!”

El problema es que los números empiezan a no salir. A dos años de las municipales, son muchos en el partido los que empiezan a preocuparse porque la Diputación se les escapa. No tanto por la improbable remontada del PSOE como por el imparable ascenso de esa IU que, como decía hace poco uno de sus dirigentes, ya le habla “de tú a tú” a los socialistas. El bipartito de la Junta no sólo no ha estallado en mil pedazos con los primeros conflictos –del fraude los EREs al reciente escándalo de la subida de dietas del Parlamento pasando por la difícil política de recortes– sino que se ha reforzado y se ha convertido en un modelo de oposición a las políticas de Rajoy reivindicable y ‘exportable’. Más aún cuando al PSOE, intentando recuperar protagonismo a nivel nacional, no se le ocurre otra cosa que buscar el refugio del PP marcando distancias con las fuerzas minoritarias justo cuando más rechazo hay al bipartidismo y más real parece aquello de que ‘son lo mismo’. Del pacto que hundió a Zapatero para modificar la Constitución introduciendo el techo de déficit a un descafeinado pacto económico para la cumbre europea de finales de junio que no recoge más que obviedades.

En el PP, aunque Rajoy certifique que el “pesimismo está en retirada”, la impopular –e inefectiva– subida de impuestos de Montoro, la guerra ideológica de Wert con la educación, el hachazo de la ministra ‘subvencionada’ por la Gürtel a la Sanidad y la salida del armario del ‘moderado’ Gallardón pasará factura como ya lo está haciendo la sombra de la sospecha de la financiación ilegal del partido, que se agranda a la misma velocidad que crece la fortuna de Bárcenas en Suiza. ¿Esos millones que se multiplican como las setas son sólo suyos? Torres Hurtado insiste en la teoría de los golfos pero es más que consciente del daño que la corrupción está haciendo –no sólo a los partidos sino a la misma democracia– y de que son los alcaldes los que están en primera línea para aguantar los golpes, los propios y los ajenos. Tal vez lleve razón cuando dice que “no merece la pena estar con el corazón sobresaltado por dinero”, pero la realidad que nos muestran los juzgados es que cada vez son menos los que así lo creen y los que no están en política para ganar dinero. Corrompe el poder y corrompe la avaricia; la vieja avaricia de quienes se obsesionaban con guardar y la nueva avaricia de quienes amasan fortunas para exhibir.

En ninguno de estos planos situaría yo al alcalde de Granada. A Torres Hurtado se le podrán hacer muchos reproches, y seguro que habrá cometido infinidad de errores, pero creo que no se le podrá atacar por haber metido la mano, por no pelear por su ciudad –aun si es en contra de su propio partido– ni por no hablar claro. Hace una semana levantó alguna ampolla cuando se inauguró la nueva sede del PP en el Zaidín y tomó la palabra: ojo, que lo que está en juego es la Diputación. Y, ojo, que quien avisa a navegantes de que no va a dar un paso atrás, quien refuerza la cohesión en su equipo a costa del ‘bando de Sebas’, quien se hace valer en el partido a nivel nacional mientras Torrente y Robles ya maniobran para ocupar el sillón de la presidencia provincial, es Rotavator II.