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Matar al mensajero

Magdalena Trillo | 3 de mayo de 2015 a las 10:10

La información secreta vende. Suscita morbo. Curiosidad. Una exclusiva atrae tanto como un cuchicheo en un ascensor. Cuanto más protegido, mayor interés. Recuerden, por ejemplo, los cables de Wikileaks. Ya a finales del siglo XIX, el magnate irlandés lord Northcliffe levantó todo un imperio mediático -murió antes de los 60, agotado, siendo dueño del Times- siguiendo una máxima que se ha mantenido como referencia en las escuelas de Periodismo: noticia es aquello que alguien, en algún lugar, quiere ocultar. Noticia, por tanto, es lo que alguien no quiere que se cuente. Lo demás, decía el en su día conocido como el ‘Napoleón de la Prensa’, es publicidad. Lo demás, podríamos completar, es propaganda.

Por naturaleza, por vocación, los periodistas somos cotillas… A los periodistas nos encantan los secretos. Pero no cualquier secreto, no sin verificar y no a cualquier precio. Actuamos siguiendo una ética profesional, respondemos a unos principios deontológicos y publicamos con una clara conciencia sobre nuestra responsabilidad social. Hay excepciones, por supuesto, pero de todo este trasfondo se ha olvidado el ministro de Justicia cuando esta semana rescataba el debate para lanzar una amenaza velada a los medios: multar a quienes publiquen filtraciones para “garantizar la confidencialidad” de las instituciones judiciales.

Puedo compartir con Rafael Catalá su preocupación por las filtraciones, en especial, por las revelaciones de sumarios que pueden afectar a la presunción de inocencia y atentar contra otros derechos fundamentales como la intimidad y el honor. De hecho, estamos ante uno de los grandes -y recurrentes- debates en el sector periodístico: la legitimidad -e incluso legalidad- de los medios utilizados para conseguir una noticia; hasta qué punto su valor informativo y su interés han de prevalecer sobre el método de obtención. De la revelación de secretos a la quiebra del ‘off the record’. Dónde están los límites cuando se trata de cumplir y garantizar el derecho ciudadano a la información y el principio constitucional de la libertad de prensa.

El debate es tan sensible y complejo que no se entiende el momento en el que el Gobierno lo plantea -a un mes de las municipales y poco más de medio año de las generales-, la forma claramente interesada en que lo afronta -con decenas de casos judiciales por corrupción lastrando las expectativas electorales del PP- y la aparente frivolidad con que se posiciona contra el ‘mensajero': el ministro asume con irresponsable ligereza que es difícil identificar y castigar a quienes filtran -pese a que las propias leyes recogen el castigo para quienes revelen secretos- y resuelve el conflicto proponiendo sanciones a los medios. Una vez más, el camino fácil de la persecución y la penalización que el Ejecutivo de Rajoy insiste en convertir en fórmula mágica de gobierno.

Precisamente hoy, los periodistas celebramos el Día Mundial de la Libertad de Prensa en un momento de evidente retroceso de la profesión por el impacto de la crisis económica en la industria periodística pero también por el desconcierto e incertidumbre con que estamos afrontando los retos de la profesión. Son alarmantes las amenazas reales contra las que seguimos luchando (24 compañeros asesinados y 348 encarcelados sólo en lo que va de año) pero también las veladas. Internet y las redes nos han distraído prometiéndonos una democratización informativa que no es real. La mordaza en la era digital es igual de peligrosa que lo ha sido siempre, pero mucho menos evidente. Los ciudadanos nos hemos desarmado ante el espejismo de libertad que nos ha regalado el ciberespacio obviando cómo gobiernos e instituciones desarrollaban sofisticados sistemas de control y de manipulación.

Ni siquiera en las rutinas del oficio estamos a salvo. Lo vemos a diario con reprochables dinámicas como las ruedas de prensa sin preguntas o la propaganda enlatada con que nos torpedean sin que seamos capaces de conformar una postura unida de rechazo y rebelión. El debate en torno al periodismo es apasionante; el de las multas y a quién multar, mucho más. Pero no únicamente para ‘matar al mensajero’.

No sin preguntas

Magdalena Trillo | 9 de mayo de 2011 a las 8:51

Acabo de ver en Twitter que más de cuarenta medios y organizaciones se han sumado ya al manifiesto Sin preguntas no hay cobertura. Más de cuatro mil periodistas de toda España están mostrando su “indignación” ante el rechazo de muchos políticos a admitir réplicas; una actitud que consideramos “inconstitucional”, una falta de respeto al criterio informativo y “una manipulación inaceptable”. Nos indignamos “ante los reiterados intentos de presión sobre el trabajo profesional de los periodistas”. Denunciamos a quienes se refugian en el ‘hoy no toca’ porque nos convierten en taquígrafos y desvirtúan los principios más básicos de la profesión. Nos plantamos ante quienes quieren volver al periodismo folletinesco y de propaganda.

Me sumo… Pero con matices. Está bien que aprovechemos la campaña electoral para lanzar el debate y mantener un pulso a quienes nos gobiernan olvidándose, demasiadas veces, que están obligados a rendir cuentas ante los ciudadanos. Olvidándose de que nosotros somos simples intermediarios, no el enemigo, y que nuestro trabajo es cuestionar, desconfiar, poner en aprietos, interpelar. Es el juego democrático.

Sin embargo, no son los políticos los únicos que distorsionan las reglas del periodismo: ¿nos sometemos a empresarios, banqueros y jueces? ¿hacemos una excepción con los ‘Mou’ del deporte y nos tragamos las insolencias y extravagancias de los artistas?

Y no es sólo en campaña cuando tenemos que ser guerreros. Casi al contrario; los políticos se ponen ahora la careta de la felicidad, son amables, cercanos, pacientes y acceden a (casi) todo. Será distinto a partir del 22-M. Pensemos en Francisco Camps cuando, a pesar de todo el escándalo de corrupción del Gürtel, los ciudadanos lo premien reforzando su mayoría en Valencia… Se lo podrá permitir (casi) todo. Quedémonos en Granada. Nada hay nada más difícil que conseguir una entrevista con Torres Hurtado. Seamos francos: no le hace falta. Se puede negar a (casi) todo. ¿Por qué exponerse a debatir con Paco Cuenca si la duda no es otra que cuánto ampliará su mayoría absoluta y si será suficiente para situar a Sebastián Pérez en Diputación?

Por su puesto que el código de malas prácticas no es generalizable (no todos son iguales) ni es exclusivo del PP. ¿Han olvidado ya los meses de incertidumbre de ZP sobre su retirada y sus secretitos con Bono? ¿Hay alguien más hábil en no contestar que Rubalcaba? ¿Alguien más borde que Blanco? ¿Alguien que haya ninguneado más a los medios en las últimas semanas que Carme Chacón?

Miremos ahora al otro lado de la noticia. No es la primera vez que un compañero de un gabinete de prensa me confiesa el sinsentido de las comparecencias cuando los periodistas que se sientan al otro lado de la mesa parecen autistas. Toman nota y se largan; cogen el primer corte útil y desenchufan los micrófonos. Ni una pregunta. Ni una cuestión incómoda. Quienes se exponen a interpelar, tal vez se vean obligados a sufrir las miradas de frustración de más de un compañero que estaba levantándose… Desde luego, no es éste el camino para prestigiar nuestra profesión y hacernos valer.

#sinpreguntasnohaycobertura es una excusa perfecta para que reflexionemos, todos, sobre el papel que de verdad estamos ejerciendo como garantes del derecho a la información. Pero ni es la solución ni creo que debamos aplicarlo de forma generalizada. Imagínense que comparece don Juan Carlos para comunicar su renuncia a la Corona y dice la Casa Real que no hay preguntas. ¿No informamos? Soñemos con una rueda de prensa sin preguntas de ETA en la que anuncien la entrega de las armas… ¿Ponemos nuestras exigencias por encima de nuestra obligación y responsabilidad como periodistas? ¿Situamos nuestro orgullo y vanidad por encima de los intereses de nuestros lectores? Empecemos (todos) por creer en lo que hacemos y exijamos, siempre, pero con sentido común.