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Rehenes de la minoría

Magdalena Trillo | 22 de abril de 2018 a las 10:00

Plaza del Carmen. 8:30 de la mañana. Pleno extraordinario de movilidad. Probablemente seré una de las pocas inconscientes de esta ciudad que el viernes tuvo la santa paciencia de engancharse al ordenador para ver en streaming el debate sobre la revolución del transporte que seguirá al exitoso estreno del Metro. Interés profesional pero también particular. Egoístamente, soy usuaria de la Rober y lo sería de una segunda línea por el centro si se concreta el tercer intento de rescate del histórico tranvía -lo avanzó la concejal de Movilidad esta semana a Granada Hoy- tras los fallidos proyectos de Moratalla y Torres Hurtado.

No hubo pleno; no hubo debate. Hubo bronca, reproches y varias tomas de actuación grotesca. El equipo de gobierno se quedó solo pero pudo escenificar un sucedáneo de pleno cuando el ‘tránsfuga’ Luis de Haro aprovechó la ocasión para hacerse notar, para desmarcarse del plante acordado por todos los grupos de la oposición y, sobre todo, para dar una patada a las compañeras de su antiguo partido. Hizo el papel de responsable y dio la oportunidad al alcalde para que siguiera dirigiendo la orquesta.

Oficialmente, el Ayuntamiento celebró el pleno extraordinario de movilidad y Raquel Ruz pudo mostrar un mapa de la ciudad con la propuesta de reestructuración de las líneas de autobuses -lo más novedoso es que se conectará el Zaidín y la zona Norte pasando por la Gran Vía-.

Todos hemos perdido tiempo y dinero. Los plenos extraordinarios se convocan ante cuestiones realmente urgentes para la ciudad y en casos de tal complejidad y envergadura que se considere inasumible en una sesión ordinaria. No nos olvidemos, además, de que cuestan dinero y lo pagamos entre todos con nuestros impuestos. Si es verdad la versión del equipo socialista de que hasta la noche de antes no se había podido ultimar la documentación para entregar a la oposición y que justo por eso no existía el famoso expediente que todos los grupos exigían para poder debatir y votar, ¿para qué se convocó el pleno con urgencia? ¿por qué no se aplazó?

Es más, si realmente nos creemos que somos responsables y que trabajamos por el bien de la ciudad -Cuenca lo dijo infinidad de veces intentando desmarcarse de la bronca política que ellos mismos habían desencadenado-, ¿para qué el show del viernes? ¿para debatir en formato pleno lo que llevan discutiendo desde hace meses en el observatorio de la movilidad?

No importan los artículos a los que apeló una y otra vez el secretario interpretando la normativa municipal. Es el propio sentido común el que debería orientar la actuación de los grupos desde la mesura y la estrategia.

Lo del viernes hubiera funcionado hace unos años con Torres Hurtado y su rotunda mayoría absoluta. Se celebra y se aprueba lo que se quiera aprobar. Sin la obligación siquiera de tener que debatir e incluso con todos y todo en contra. Es lo ‘bueno’ del rodillo: pragmatismo y efectividad. Te puedes equivocar, puedes cavar tu tumba, pero tomas decisiones y las ejecutas. Gobiernas.

Un equipo en minoría está condenado a la inanición si no cautiva a algún grupo de oposición para la causa. Si no son generosos y no se imponen como credo la obligación de pactar. Son rehenes de ellos mismos, de su precaria y frágil situación en el tablero municipal, y son rehenes de los demás. Es una relación perversa: cuanto más insignificantes son, más relevancia acaban teniendo en el juego político. ¿A cuántos granadinos representa Luis de Haro? No es sólo simbólico; lo vemos continuamente en todas las escalas de gobierno. Ha sido históricamente la gran baza de los nacionalistas y lo estamos sufriendo en los últimos años como contrapartida de la fragmentación del mapa político.

A Torres Hurtado se lo llevó por delante la justicia pero ya estuvo en el precipicio cuando se implantó la LAC y cabrearon a media ciudad con los transbordos. El PSOE tiene ahora el bastón de mando pero sin la legitimidad de las urnas. En un año hay elecciones y cada decisión, cada error, sumará en la cuenta atrás. Ni siquiera es tiempo ya de apelar a la “tranquilidad” del mandato y a la inercia. Porque no hacer nada -por no ser capaz de negociar y de pactar- también es decidir.

La Alhambra, en campaña

Magdalena Trillo | 17 de abril de 2018 a las 10:30

Mateo Revilla llegó a la Alhambra en los años 80 con el título de comisario. Nada más pisar la Colina Roja, decidió prohibir los cócteles y las celebraciones. Se acabó la fiesta en el monumento más visitado de España. No tardaría mucho en levantar a todo el sector turístico: la conservación de los palacios nazaríes estaría por encima del negocio. 300 personas cada media hora.

Así empezó todo. El problema, entonces y ahora, es muy sencillo: la oferta de entradas no cubre la demanda. Hay mucha más gente dispuesta a ver la Alhambra -poco importa si llegan desde un crucero de Málaga o en vuelos desde Japón- de lo que permite el cupo de acceso a las zonas más sensibles. La globalización, la modernidad, también tiene un precio. Y, lamentablemente para las empresas que viven del turismo, las actuales políticas de gestión cultural tienden a imponer la preservación del legado a la presión lobbista.

Es verdad que luego está la letra pequeña. Por un lado, cómo gestionamos lo escaso, cómo garantizamos la equidad y cómo evitamos que unos cuantos se apropien del sistema. Más aún si tenemos en cuenta el precedente de la trama corrupta de entradas falsas que saltó en 2005 y desencadenó uno de los macrojuicios más dilatados de la justicia andaluza. Por otro lado, están los desafíos del día a día. Cómo evitar las aglomeraciones, cómo desestacionalizar la llegada de turistas, cómo diversificar y ampliar las opciones de visita y cómo mejorar la experiencia del público.

A partir de aquí se puede analizar si funciona o no el nuevo sistema de entradas nominativas que se puso en marcha el 1 de enero para los turistas individuales -se empezará a aplicar el 1 de mayo para grupos-, si se puede conseguir una mayor flexibilidad para las agencias de viaje y turoperadores, si hay medios alternativos de control y seguridad que puedan contribuir a frenar la reventa y si hay fórmulas de trabajo colaborativo entre las instituciones y el empresariado que ayuden a mitigar la “fuga” de viajeros.

De nada de esto se habla cuando la Alhambra salta al debate en el Parlamento andaluz. No hay argumentos por encima del relato político; hay críticas calculadas y reproches tacticistas. La Alhambra, como Sierra Nevada, vende. Captando turistas y atrayendo votos. Por mucho que se pongan los intereses del sector como coartada, vuelve a ser el PP contra el PSOE; Granada contra Sevilla. Y poco importan los problemas, las mesas de diálogo y las posibles soluciones cuando los partidos ya se han puesto en modo electoral.