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Una foto que vale un mandato

Magdalena Trillo | 22 de mayo de 2016 a las 10:33

Cuánto cuesta una foto. Una foto que salvara todo un mandato. Una foto que viniera a legitimar la inesperada oportunidad de ser alcalde sin tener que volver a pasar por las urnas. Una foto que terminara justificando el desalojo del gobierno del adversario -la lista más votada- con el respaldo de toda la oposición y compensara las penurias, el sufrimiento y las “duras decisiones” que empiezan a vislumbrar las quebradas cuentas municipales.

Es una foto compleja pero posible. Es la foto del legado de Federico García Lorca en Granada. Torres Hurtado inauguró el edificio que simbolizará la reconciliación de la ciudad con su poeta más universal, pero vacío. Paco Cuenca probablemente esté el día en que se desempaqueten las cajas y asciendan las cartas, los libros, los dibujos y los manuscritos a la cámara acorazada del Centro Lorca.

La política no es justa. Ni compasiva. Ni agradece ni espera. Durante tres mandatos, Federico ha sido uno de los ejes vertebradores de la gestión del PP. El anterior gobierno tripartito lo intentó pero sin éxito. En 2003, a los pocos meses de desembarcar en la Plaza del Carmen, fue el equipo de Pepe Torres (PP) quien consiguió desbloquear la negociación para traer el legado, acordó con la familia el emplazamiento en la Plaza de la Romanilla y, aunque con siete años de retraso, ha podido abrir las puertas del centro.

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Todo empezó con la polémica foto del ex presidente José María Aznar y Laura García-Lorca en La Moncloa pero después vendrían las instantáneas de la buena sintonía institucional. Las de los brindis y los acuerdos. El compromiso local era firme y no importaba demasiado quién gobernaba en Sevilla y en Madrid. Todos tuvieron su foto. La inversión millonaria llegaba desde Europa y casi bastaba con dejarse abrumar por la obra escultórica que se colaba en la plaza y empezaba a coquetear con la Catedral.

No sólo la corrupción rompió el sueño. A la avaricia de unos se unió la ambición de otros. La bajeza de la condición humana. Intrigas palaciegas en tiempos de falsa transparencia y de sobreactuación. Maniobras más que cuestionables. ¿Necesidad? Por encima del maniqueísmo de buenos y malos, una deriva moralmente reprobable.

No hablo de lo legal ni de lo penal. De lo que administrativamente y judicialmente todavía ha de esclarecerse. Hablo del momento en que se expulsó a la Fundación del Consorcio Lorca con una modificación estatutaria engañosamente explicada a la opinión pública.Había un teórico fin superior -legítimo y hasta defendible- de castigar la gestión de la familia Lorca tras destaparse la presunta estafa del gerente y los problemas para justificar los gastos. Pero también una operación encubierta de asumir las riendas del futuro centro. De nuevo, el poder.

Los propios patronos de la Fundación, intelectuales ajenos a este particular desafío de sillones, han criticado abiertamente la desvirtuación del proyecto que se ha producido en el último año. Fue la ruptura del consenso y el torpedeo del Consorcio, pero fueron también las amenazas veladas de recurrir a los tribunales para hacer efectiva la llegada del legado y ha sido, sobre todo, el sorpresivo ‘blindaje’ del legado lorquiano como BIC a iniciativa del Ministerio de Cultura y la Comunidad de Madrid con sospechas interesadas sobre su custodia y conservación.

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Entonces llegó la foto. La de Paco Cuenca y Laura García-Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Justo un día antes de la ceremonia del Premio Lorca. Doce años después de la puesta de largo del certamen literario en el mítico Waldorf Astoria de Nueva York, el edificio de La Romanilla acogería por primera vez la entrega de la estatuilla lorquiana. Y por primera vez sería un alcalde socialista, arropado por un presidente de la Diputación socialista y una delegada de la Junta socialista, quien ocupara la foto.

Al otro lado, el venezolano Rafael Cadenas denunciaba el insoportable “sufrimiento” que está provocando el “régimen” en su país y ponía voz a la poesía que se alza contra el poder. Contra cualquier abuso de poder. Allí y aquí. Llevaba razón: tal vez no tengamos una idea exacta de qué es la poesía, con qué forma se nos presenta, pero la sabemos reconocer cuando aparece.

Probablemente porque es poesía, se ha salvado el Premio Lorca del naufragio del equipo de Torres Hurtado. Aunque el final de la historia del Centro está por escribir, en nada debería interferir con la otra gran pata del proyecto lorquiano que impulsó el PP nada más llegar a la Alcaldía. Al contrario. La ilusión y el “pulso” que tiene ahora el equipo de Paco Cuenca no difieren demasiado de los aires de cambio y del impulso que se vivían en la Plaza del Carmen tras poner fin al conflictivo tripartito de Moratalla. Y si hoy hay Centro Lorca, si hoy se ha consolidado el Premio Lorca de Poesía en el implacable mundo de las letras, es porque políticos -y aliados- de aquel equipo lo supieron ver, valorar y defender.

No es una foto fija ni simple la que necesita Paco Cuenca para ir construyendo una gestión que vaya más allá de la estricta supervivencia, que reduzca su paso por el poder a un mandato de pura transición. Ni siquiera es sólo una. Esta semana ha logrado el primer flash de la foto lorquiana, pero difuminada por la sombra de lo que costará. Hablamos de lo realmente complicado: de dinero. Del ‘agujero’ al que hay que hacer frente. De las partidas sin justificar, de los fondos supuestamente saqueados y del sobrecoste que ha supuesto la obra. De la preocupación por que el legado llegue “a cambio” de la condonación de las deudas.

El legado de Lorca tiene que estar en Granada pero ni el chantaje ni la extorsión pueden formar parte de ese viaje. ¿Eso significa que no tendrá en precio? No seamos ilusos, todo tiene un precio: simbólico y real. La cuestión es tan sencilla -y tan difícil- como penetrar en el agujero negro del Centro Lorca y fijar qué cuota de responsabilidad corresponde a cada uno de los actores que se disputan aparecer en la foto. En esa foto en la que todos quieren estar. En esa foto que bien vale un mandato.

Del 24-M al 27-M, no todo en la vida es poesía

Magdalena Trillo | 17 de mayo de 2015 a las 11:48

Cuando Rafael Guillén escribió en los 60 Las cimas del jaleo, la “irresponsabilidad de la juventud” le empujó a emprender lo que hoy, con ochentaypocos, valora como un “suicidio literario”: acercarse a Lorca y al tema gitano “con una voz pretendidamente propia”. Sus versos contradicen sus temores y confirman su humildad. Los de entonces, los que dedicó al baile como expresión máxima y genuina de la vida, y los de ahora, los que escribe “para recordarse el que es en cada momento” y somete a ese bucle del eterno retorno del que siempre se ha mostrado militante.

Hace una semana, en el arranque de la campaña electoral, su atrevimiento fue mayor. A sólo unas horas de la pegada de carteles, en un auditorio con muchos políticos (demasiados políticos), se permitió la osadía de hablar del tiempo y de la vida, del amor y de la muerte, de las pérdidas y de los regresos, mientras vibraban los móviles entre los asientos camuflando las alertas de los mensajes y las citas que habrían de protagonizar la esperada carrera del 24-M. Guillén decidió recoger el Premio Lorca con que Granada reconoce por vez primera a un autor local con un recorrido por la historia literaria de la ciudad que transformó en un homenaje compartido a los que fueron y los que son. Un viaje emotivo y necesario en el que elevó aquello de que “todo en la vida es materia poética” asegurando que “no es necesaria tal transmutación porque la misma vida es poesía”.

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El suicidio, en este caso periodístico, será mío: le voy a cuestionar. Acabamos de rebasar el ecuador de la campaña y nada hay más alejado de la vida -la vida misma sí que es política- que la poesía. Cojan los periódicos de la última semana y compruébenlo. Da igual la ciudad en la que vivan. Les detallo el cronograma: polémicas, ataques personales y meteduras de pata que, rápidamente y estratégicamente, se colocan en el foco de la agenda del adversario. Algunos aún se atreven a prometer la luna -¿una playa en el centro de Jerez?-, hay quienes aún pueden sorprender en el BOE con una adelantada lluvia de millones navideña -¿el cheque pensión sí es “sostenible”?-, pero la mayoría se desliza entre propuestas posibilistas intoxicadas de vaguedades y de lugares comunes. El desconcierto sobre los resultados de los comicios del próximo domingo equipara ya a viejos y nuevos con un duelo a cuatro bandas entre los ¿grandes? del bipartidismo y los emergentes del ¿cambio? en el que todas las líneas rojas han quedado supeditadas al tacticismo electoral. ¿Seguro que la ofensiva contra la Alhambra, con toda la artillería desplegada, se traducirá directamente en votos para el PP? ¿Seguro que no tendrá efectos secundarios?

Lo peor de todo es que el clima se contagia. Justo el tono elegiaco que los candidatos de las Municipales han tomado prestado de la poesía de Guillén se ha infiltrado en la campaña a rector en la Universidad. Los comentarios sobre el debate del jueves entre Pilar Aranda e Indalecio Sánchez-Montesinos van de un penoso “es más de lo mismo” a una pregunta con lamentable respuesta: ¿así quieren animar a los estudiantes a votar?

No hay duda de que la decisión de Lodeiro de hacer coincidir las elecciones en la UGR con las locales es consciente, meditada y con argumentos perfectamente defendibles. Las consecuencias, sin embargo, son siempre imprevisibles y los riesgos, evidentes. Ante dos candidatos solventes y con programas sólidos -en grandes líneas muy similares-, corremos el riesgo de sustituir lo que debería ser un irrenunciable debate sobre el futuro de la Universidad por la misma batalla de siempre: la ideológica, la de clichés. Es la estrategia de Indalecio pero Aranda se lo ha puesto muy fácil en el primer envite.

Si lo del victimismo contra el “régimen de poder” sigue sin funcionarle al PP a nivel regional, más arriesgado parecería enarbolar esta bandera ante un elector tan exigente como el universitario. Decir que “no hay libertad para votar” en la UGR, denunciar (sin nombres, sin pruebas) supuestas “amenazas”, “chantajes” y “coacciones” y realizar una durísima enmienda a la totalidad a toda la gestión que se ha realizado en las últimas décadas en el Hospital Real es excesivo y, aquí sin muchas dudas, claramente contraproducente. Habría que preguntarle a los asesores del decano de Medicina si han calibrado bien cuántos votantes están o han estado vinculados a los últimos equipos de gobierno como para sostener una descalificación tan agresiva y generalizada sobre su trabajo. Porque se puede “cambiar” sin romper con todo lo anterior, sin renegar de lo que hoy -de forma manifiestamente imperfecta y con un sinfín de desafíos conocidos y asumidos- es la Universidad.

Es curioso. En el debate electoral nacional son los líderes de Podemos los que apuestan por destrozar puentes -cuestionando incluso, la Transición- y es el candidato de Ciudadanos, Albert Rivera, quien todavía está intentado “explicar” que no dijo lo que dijo cuando descalificó a todos los que no hayan nacido en democracia para construir el futuro de nuestro país y les colocó una mochila de corrupción sobre sus hombros. Su versión políticamente correcta es que los “jóvenes tienen que sumar” pero a mí siempre me generan una enorme desazón las correcciones. De cualquier tipo. Es difícil saber cuál es la verdadera verdad, si la que se dice con espontaneidad o la que se fabrica, si no se pensó entonces o si se ha pensado ahora demasiado calculadamente. El error es tan humano como la rectificación pero admitamos que, en política, es justificadamente sospechoso.

Y lo lamento. Mi edad es similar a la de muchos de los que han decidido levantar un muro entre generaciones -antes y después de la democracia- repitiendo ese maniqueísmo de las dos Españas del que no nos conseguimos librar. Con o sin rectificación, el debate sobre lo nuevo y lo viejo, sean partidos o personas, es necesario por cuanto esconde sobre la actitud de ingratitud y egoísmo con que hemos terminado ennegreciendo la “herencia recibida”. La realidad es que todavía está por saber si los nuevos harán nueva política y si los viejos son capaces de liderar un cambio que se presenta tan urgente y profundo como el que se abordó en la Transición.

Les confieso que, a mí, el vértigo me atrapa con el vacío que van dejando quienes se sitúan al otro lado de la posteridad. Pienso en Ayala. Me acordaba de sus whiskys cuando, unas horas antes de recibir el Premio Lorca, Rafael Guillén me confesaba que se iba a escabulllir de la presión mediática tomando un vermú en Las Titas… Él no se ve en la posteridad pero sí en ese momento de misterio en el que el “canto a lo que se pierde” machadiano ya no se afronta con tristeza sino con sabiduría y con lucidez. Son las personas, es lo que piensan y es lo que escriben… Cuando lo meditan y cuando improvisan… En ocasiones, basta una rutinaria carta, basta un sencillo verso. Lo pueden comprobar sumergiéndose en la correspondencia de Francisco Ayala que su Fundación acaba de publicar con un ambicioso proyecto digital en abierto; empiecen por la carta a Azaña en la que habla de picaresca y granujería, de vividores y de hidalgos, de honestidad…

Para desconectar de la vida que no es poesía, para conectar con la vida que es poesía, prueben con la Balada en tres tiempospara saxofón de Rafael Guillén: “El futuro es pasado que busca otro comienzo”.

Elogio del periodismo; elogio de la poesía

Magdalena Trillo | 12 de octubre de 2014 a las 11:00

El viernes conseguí que los 74 alumnos que este año se estrenan como universitarios en Comunicación Audiovisual llevaran un periódico a clase. Uno cualquiera, local o nacional, español o extranjero, de derechas o izquierdas… Casi todos rozan los 18 y, con suerte, han ojeado alguno para ver la cartelera o lo deportes si se han tropezado en casa con él.

Mi reto ahora es que lo lean, que lo destripen… y que lo disfruten. Que lo vuelvan a comprar porque así lo decidan; porque así lo quieran. Estoy empeñada en demostrarles que los periódicos son útiles; en ocasiones provocadores y ácidos y, a veces, hasta divertidos. Las críticas serán demoledoras pero, por encima de vehementes militancias y derivas corporativas, está ese papel de vigilancia, de vertebración y de responsabilidad social que cada día da más sentido a este oficio romántico que muchos están dispuestos a ver amordazado y moribundo. Y no es así. Si hay algo que nos están demostrando estos tiempos de veleidades, de fiebre tecnológica y de pragmatismo funcionalista es que los medios ni tenemos amnesia sobre lo que somos -de lo que ‘debemos’ ser- ni estamos narcotizados.

No todos los años tengo tanta suerte en el inicio del curso para convencerles. La crisis del ébola me lo ha puesto fácil. A Rajoy le ha costado cinco días reaccionar y tendríamos que preguntarnos cuánto hubiera tardado sin la presión mediática dando voz a las protestas de los profesionales y a la indignación popular. Cinco días de desconcierto, de des-información y de bulos alarmistas en las redes sociales son una eternidad. Cinco días en manos de un consejero prepotente y fullero son una provocación. Cinco días de descontrol, con una ministra manifiestamente inepta, son una temeridad.

La gestión del ébola podría convertirte en objeto de tesis doctoral. De momento, ya ha servido para demostrar a mis alumnos que twitter no es una alternativa, que engancharse a la telebasura tiene un precio y que, aunque en España no hay oficialmente prensa amarilla, la realidad es bien distinta…

Lo cierto es que ésta es la parte ‘fácil’. Soy consciente de que el desafío es diario: cada mañana tenemos que convencerle, a usted, de que no tira su dinero cuando llega al quiosco y sabemos que, con cada ejemplar, nos jugamos nuestro prestigio y nuestra credibilidad. Y no sólo en una situación de crisis. Lo más difícil, siempre, es argumentar en positivo. No desde el miedo ni desde la necesidad, sino desde la voluntad.

El viernes, mientras daba clase, en el Aljibe del Rey se fallaba el Premio Lorca. Ya he recortado las páginas que dedicamos a Rafael Guillén para mostrarles el próximo día que el placer de leer no sólo se encuentra en los libros. Y voy a empezar por lo más difícil, por la poesía. Los artículos que ayer dedicábamos al escritor granadino son pura literatura y son, sobre todo, una seductora invitación a penetrar en ese mundo privado e íntimo -al mismo tiempo universal y compartido- que nos destila en cada verso con tanta fuerzacomo el buen whisky; ese que mágica y caprichosamente se quedan los ángeles…

Él no lo sabe, pero, desde que salieron sus obras completas, su mirada incisiva y escrutadora me vigila cuando escribo. Siempre supe que su lugar estaba en el escritorio de la playa, oliendo a mar y a salitre. Rompiendo las cadenas del espacio y del tiempo; obligándome a rendirme a la belleza de la palabra, contagiándome de su pasión por la vida. Así, sencilla, desnuda. Sin artificios. Humilde. Rafael Guillén nunca ha querido “jugar al juego de los premios” pero, con la misma presión que los periodistas, siempre ha sabido que se lo jugaba todo, una y mil veces, ante el exigente lector.

El arte salió un día de los museos y las galerías para meterse en las casas de la gente; muchas veces me pregunto si la poesía nunca haya sabido -o querido- recorrer ese camino… Si no la hemos marginado entre todos renunciando a su mayor virtud, la capacidad de hacernos pensar y sentir, la capacidad de emocionarnos, la capacidad de hacernos sentir vivos. Hace tiempo me dijo un buen amigo que si quería escribir buen periodismo tenía que leer buena poesía. Tal vez sea el mejor consejo que me hayan dado nunca; tal vez sea el mejor consejo que yo pueda dar a muchos adolescentes que sueñan hoy con ser corresponsales, guionistas, cineastas y hasta creadores de videojuegos… Que lean; y que lean poesía.

Iguales entre iguales

Magdalena Trillo | 9 de febrero de 2014 a las 9:18

Si la Corona planeó contrarrestar la semana del circo mediático en los juzgados de Palma con una cara amable de los Príncipes en Granada, se equivocó. Puede que la monarquía esté en declive, pero no para los políticos cuando lo que se disputan es su posición en la ‘foto’. Tal vez no lo recuerden, pero la mayor crisis que se ha producido entre el Ayuntamiento de Granada y la Diputación se desató hace diez años en Fitur por una visita del Rey que la capital había pactado a escondidas de la institución provincial. La imagen fue dantesca: Torres Hurtado haciéndose el remolón mientras el entonces presidente le esperaba para comenzar un acto de entrega de premios… Hasta que llegó el Rey y se entendió la ‘jugada’… Don Juan Carlos saludó efusivamente al alcalde y el equipo de seguridad por poco no deja ni acercarse a Martínez Caler pensando que era alguien sin importancia… Aquello terminó con la expulsión del Ayuntamiento del Patronato de Turismo y largos años de división del sector. Y así seguiríamos si el PP no hubiera ganado la Diputación.

Ahora ha sido el Premio Lorca, en la ‘foto’ se medían un obstinado Pepe Torres y una exultante Susana Díaz y lo que se arrojan a la cara son los decretos de protocolo; quién interviene y en qué orden… Nada hubiera ocurrido si la misma ‘bandera’ ondeara en la Plaza del Carmen y en San Telmo. Da igual quién lleve la razón sobre el papel; los dos pierden los argumentos cuando se enzarzan en una bronca de protagonismo dañando la imagen de Granada, ensombreciendo uno de los actos de referencia en la agenda cultural de este país y perjudicando, por muy en horas bajas que esté, a la Casa Real. La presidenta plantó a los Príncipes en la ceremonia y unas horas antes hizo lo propio el alcalde ausentándose de la visita a la Alhambra. 

Dentro de unos años, pocos se acordarán de quién recibió el premio de poesía pero no de la polémica que se montó. Y los primeros damnificados son los políticos, la política. Publicamos hoy las conclusiones de un sondeo que ha encargado el PSOE de la capital y poco margen hay para las ambigüedades: más de la mitad de los encuestados considera que ninguno de los dos grandes partidos sirve para solucionar los problemas; después del paro, obras y atascos, la mayor preocupación son los propios políticos. Sobre Torres Hurtado y Paco Cuenca, se constata lo que usted ya sabrá: que el alcalde está muy desgastado y que el líder de la oposición no tiene carisma. Eso sí, se desmonta la idea de que el PP arrasaría en la capital con un PSOE sólo tres puntos en intención de voto. Preocupante para unos y esperanzador para otros. En este escenario, claro. Porque la maquinaria de los partidos ya está en marcha…

Les planteo un futurible: quién ganaría en la capital si se enfrentaran Teresa Jiménez y Sebastián Pérez. Si la secretaria general de los socialistas termina por ser la única opción de consenso para las primarias de septiembre y si el presidente del PP se posiciona como amortiguador de Torres Hurtado.

En el PSOE, la ‘vieja guardia’ ya ha despertado preocupada por la falta de liderazgo de Cuenca y empiezan a sonar nombres: el diputado Martínez Olmos está dispuesto a competir pero en otra liga, la federal, la consejera María José Sánchez podría ser una opción si no se hubiera ido en su día del Ayuntamiento, Chema Rueda podría imponerse si no fuera porque sus intereses son otros, la vía ‘catedrático de prestigio’ que podría encarnar Gregorio Cámara no termina de convencer, Baldo Oliver se mantiene como posible ‘tapado’ y de María Escudero no se tiene claro si ha dicho -o no- su última palabra. En este mar revuelto, y sabiendo que la perspectiva en el regional de Susana Díaz es el ostracismo, Teresa Jiménez sería una opción. La misma, advierten quienes lo ven como una operación de control sobre la Torre de la Pólvora, que la que se hizo en su día con Moratalla… con las consecuencias que todos conocemos. Quedan meses para animar las quinielas y quedan sobre todo unas primarias con voto secreto -¿olvidaron lo que le pasó a Almunia?- que pueden fabricar y tumbar en horas a cualquier protagonista.

En esto pensaba el jueves cuando el poeta Eduardo Lizalde se refirió a Lorca como un ángel, un mago, un “único entre iguales” y en esto pensaba ayer mientras seguía el ‘desfile’ de la Infanta. Recordando a los emperadores romanos que dieron nombre al ‘primus inter pares’, frustra pensar que nada hemos avanzado: los ‘iguales entre iguales’ de la política guerreando por ser alguien; los que nunca fueron ‘iguales entre iguales’ pretendiendo parecerlo sentados, serenos, antes el juez.