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¡Nos vemos en Albolote!

Magdalena Trillo | 4 de febrero de 2018 a las 10:30

A Quique Pina lo hemos visto haciendo negocios a diestro y siniestro por la causa, a hombros de la plantilla rojiblanca saliendo por la puerta grande de Los Cármenes con el aura de un torero y arengando desde el balcón del Ayuntamiento a toda la afición, a toda la ciudad, en una Plaza del Carmen que se venía abajo por la hazaña de devolver el Granada CF a Primera.

Las primeras imágenes hablan de la trastienda del negocio, de las lógicas prácticas empresariales -en una volátil escala que va de la negociación legal al fraude- que acaban determinando el camino de un club deportivo en cuanto a solvencia y pervivencia financiera con las mismas reglas del juego que una compañía que cotiza en Bolsa, una cooperativa o una orquesta. Más aún cuando lo privado y lo público se desdibuja, se cuela el escurridizo factor del interés público e irrumpen los nubarrones emocionales del deporte rey.

Las segundas imágenes, las de los éxitos y la adrenalina, son las que justifican las primeras. Las que nos sirve de excusa para no hacer más preguntas de la cuenta y para obviar lo que incomoda -por obvio que sea- poniéndonos una tupida venda en los ojos que nos proteja del sobresalto. La principal diferencia entre la operación de la UDEF de esta semana contra el expresidente del Granada y la del caso Nazarí contra el exalcalde y su equipo de gobierno por presunta corrupción es el factor sorpresa.

En abril de 2015, ni la oposición en bloque -mucho menos los socialistas con su frágil minoría- eran capaces de soñar con tal disrupción del guion municipal. En febrero de 2018, es extraño el foro en el que no se da por descontado. Después de los escándalos por corrupción que han sacudido el fútbol al nivel nacional, la cuestión de fondo sobre la década gloriosa de la ‘era Pina’ no se sitúa en el qué sino en el cuándo.

Seamos sinceros. Cuando el empresario chino Jiang Lizhang compró el club rojiblanco en 2016, la preocupación inconfesable de la ciudad era afrontar la dura realidad de un cambio de ciclo: el Granada CF bajaría a Segunda con un señor que no entendía de las puertas de atrás del fútbol. Evidentemente, no se admitía entonces creyendo con fe ciega -como debe ser- en los éxitos deportivos de la plantilla rojiblanca ni se hace ahora cuando la nueva directiva levanta un muro frente al ‘caso Pina’ como si nada de lo que se le imputa al expresidente tuviera relación con su intensa etapa al frente del Granada CF.

Si se confirma que el fraude a Hacienda con el traspaso de jugadores ronda los 200 millones -habría pagado sólo un 10% de lo debido- y que ha perjudicado tanto los intereses del club como los de la ciudad, tendremos que empezar a pedir explicaciones y asumir responsabilidades. La propia entidad deportiva si no se persona como acusación particular -incluso si firmaron un acuerdo privado de confidencialidad como se especula- y el Ayuntamiento de la capital que tanto ha apoyado y que tanto partido le ha sacado a la marca del equipo.

cabesa

El meme más compartido en los últimos días es un sarcástico diálogo entre Quique Pina y Torres Hurtado: “Cabesa, nos vemos en Albolote”. Con múltiples variantes, evidencia la asombrosa naturalidad con que en Granada hemos terminado por asumir los escándalos de corrupción. Si hoy hiciéramos una encuesta ciudadana y preguntáramos quién pensaba que Pina no era trigo limpio, seguro que la respuesta se inclina de forma abrumadora al todos; lo mismo que si la reformulamos para saber quiénes miraríamos para otro lado con tal de tener a los grandes equipos de Primera jugando en Los Cármenes.

El precio lo pagará el presunto estafador -desde el viernes está prisión-, pero no solo. El ‘caso Pina’ es un duro golpe a la marca del Granada CF y pone contra las cuerdas a sus actuales propietarios. Hace justo un año, Jiang convocó a los periodistas y directivos de los medios de comunicación para garantizar su compromiso con el club al margen de los resultados: “No abandonaremos”. De momento ha cumplido, pero en aquella ecuación no intervenía un intangible tan sensible en el país asiático como la honorabilidad. La inquietud hace un par de años era que “el chino” no entendiera bien de qué va esto; la inquietud hoy tal vez sea que lo tenga que aprender demasiado rápido.