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La ‘España de mierda’ de Quim

Magdalena Trillo | 15 de mayo de 2018 a las 10:00

Albert Pla no es ningún ingenuo. Cuando hace tres años lanzó España de mierda ya contaba con la polémica; la buscaba. En ese momento, las reseñas periodísticas vieron el libro como un “vodevil rocanrolero y una road moviellena de mala leche y de crítica salvaje”, un gancho para sus seguidores de siempre “entre el delirio y la ensalada de tópicos regionales”.

El mensaje era claro: denunciar desde la sátira y la ironía más feroz cómo este país ignora al mundo de la cultura. Lo hacía recurriendo a un joven cantante uruguayo y a su representante, un habitual del Madrid de Lavapiés, para sumergirlos en rocambolescas vivencias con una gira de conciertos que retratan esa España en que “la música es menos que un cagao, que no importa a nadie”.

Hoy, el libro es un arma arrojadiza del independentismo. Pocos lo han leído pero no importa. Política y nacionalismo. Basta el título; basta la mecha. La publicación tiene dos portadas, una que combina la bandera española y la estelada, y otra más cercana a su contenido musical con grafismos de carreteras, un toro y un seiscientos que ya se ha convertido en best seller. Justo ésta es la que Alfred le regaló a Amaia el Día del Libro y desató una ola visceral de indignación por que un intérprete catalán, independentista, iba a representar a España en Eurovisión

Fue y naufragó. No hubo gallo al estilo Manel Navarro pero tampoco “amor” suficiente para huir de los últimos puestos. Dejando a un lado el pastelón de canción con que hemos competido en el decadente show, las críticas han sido incendiarias y nada tienen que ver ni con la música ni con la anodina interpretación de la pareja de OT.

El procés ha conseguido que todo tenga un tinte de choque separatista y un trasfondo de patriotismo que roza el fascismo. Al veinteañero de El Prat le sacaron una foto en una Diada cuando tenía 16 años para machacarlo. ¿Le inhabilita para participar en un concurso español? La deriva catalana nos ha sumido en una psicosis colectiva. Hace unos días estuve en Barcelona y me paré en una tienda cerca de la Sagrada Familia.

Nada más decir buenos días, me situaron en el Sur y la dependienta me despidió con una disculpa: “Que no os engañen, que nuestro problema no es con los españoles, es con el Gobierno que nos está asfixiando”. Luego me cobró 5 céntimos por una bolsa de plástico y se quejó de las inspecciones: “¡Nos tienen fritos!”. Nada dijo de que las multas las pone la Generalitat. ¡Qué importa un matiz en esa España de mierda sobre la que tanto ha escrito el nuevo president catalá…!

Las mujeres del ‘procés’

Magdalena Trillo | 27 de marzo de 2018 a las 10:30

Oriol Junqueras llegó a situar a Marta Rovira al frente del Gobierno de la Generalitat con una épica sentencia que lanzó a la militancia de su partido desde prisión: “La República tiene nombre de mujer”. De esto hace cuatro meses. “Va siendo hora”, advertía el presidente de ERC, “de que en este país una mujer esté al frente, una mujer que nunca se rinde, con una determinación y un convencimiento inigualables, sensata y audaz a la vez, tozuda y obstinada pero también dialogante y pactista. Todos a su lado, no la dejemos nunca sola”.

Hoy se estará maldiciendo. Su mirlo blanco se ha rendido y ha huido. Marta Rovira se ha unido al club de fugados y ha contribuido a que la Justicia endurezca las medidas contra los artífices del desafío independentista que sí fueron consecuentes con sus actos y entraron en la cárcel. Ha dejado en la estacada a sus compañeros y mentores.

Ser mujer no es garantía de nada. No si un día te posicionas en la escala más radical del feminismo -ese que no habla de igualdad sino de superioridad- y al día siguiente te escondes en tu condición de mujer y madre para eludir tus responsabilidades. Es un atajo similar al que tomó hace un mes Anna Gabriel, una de las diputadas anticapitalistas de la CUP más antisistema. Puro cinismo. Se quitó el flequillo abertzale, se vistió de niña buena y se fue a Ginebra -una de las ciudades más elitistas del mundo- para eludir al juez Llarena.

Marta Rovira asegura que toma el “duro camino del exilio” para “recuperar su voz política” y “levantarse contra el Gobierno del PP”. Ya sabemos que su hija se llama Agnès y que la quiere mucho. Que huye para seguir siendo madre. Y probablemente sea lo único sincero -creíble- de la carta-testamento con que ha enterrado su trayectoria.

España registra uno de los porcentajes más altos de toda la UE de mujeres en prisión. La ex directora de Instituciones Penitenciarias Mercedes Gallizo tiene publicado un libro recopilando las cartas que le enviaban los presos. Mujeres y madres, la mayoría por delitos de “drogas” y por su “dependencia tóxica” de los “hombres”, concentran los testimonios. Y el mayor desgarro emocional es compartido: “Mis hijos son los condenados”.

Seguro que todas ellas se intercambiarían con Rovira… Pero ellas no son privilegiadas capaces de darnos lecciones (a todas) con la misma templanza con que desconcierta su cobardía. Cometieron un error, se saltaron la ley, y lo asumen. Entre barrotes. Sinceramente, no sé por qué el caso de la política catalana es diferente.

Patrias y mandangas

Magdalena Trillo | 11 de febrero de 2018 a las 10:46

El día en que los nacionalistas vascos dieron a conocer los 17 folios de su propuesta de revisión del Estatuto de Gernika, yo estaba con Bittori en la tumba del Txato. Diluviaba. Desde la cárcel, Joxe Mari al fin le había escrito unas líneas de arrepentimiento: “Si pudiera dar marcha atrás al tiempo, lo haría. No puedo. Lo siento. Ojalá me perdones. Ya estoy cumpliendo mi castigo”.

Tenía 43 años; llevaba 17 en prisión. Descubrió el sexo en un vis a vis. Su juventud, su vida, la dejó enterrada en el pueblo. En esas calles donde “hasta las farolas son abertzales”. Abandonó ETA en silencio, con el único miedo sincero a defraudar a su madre, tal vez al cura y, por encima de todo, a los vecinos y a los colegas de la herriko taberna.

Cuando empecé a leer Patria, la novela de Fernando Aramburu que pasa de mano en mano a modo de relato cotidiano sobre los cuarenta años de terrorismo etarra, pensaba que llegaba tarde. Olvidaba, sin embargo, que una de las esencias de la historia de España es dejar los conflictos abiertos. Latentes. En pausa.

Hasta el pasado miércoles, cuando el PNV planteó en la ponencia de autogobierno del Parlamento la inclusión del “derecho a decidir” en su proyecto de nuevo estatuto, la trama insistía en saltar del País Vasco a Cataluña con dos inquietudes entrecruzadas: la invisible normalidad con que en una región se llegó a la dolorosa salida de la lucha armada y el impredecible e inaudito esperpento en que se ha instalado el con su insistente órdago suicida a la legalidad.

No son diferentes los sentimientos. Ni los anhelos. Las conversaciones cotidianas -de las familias, de los amigos, del barrio- seguro que son intercambiables. El narrador vasco habla en uno de los capítulos de “Patrias y mandangas” haciendo referencia a la oportunista utilización política, a la “trampa” en que acaba el hijo de uno de los personajes. Uno de tantos: “Unos borregos, eso es lo que son. Unos ingenuos. Les calientan la cabeza, les dan un arma y, hala, a matar. Se creen héroes porque llevan pistola. Y no se dan cuenta de que, a cambio de nada, porque al final no hay más premio que la cárcel o la tumba”.

Confieso que me identifico con este desapego patriótico, con esta inclinación apolítica, pero consciente de mi extrema vulnerabilidad: porque mi pueblo es otro, porque Jokin no es mi amigo, porque Miren no es mi madre o porque el virus del nacionalismo no flota en mi ambiente.

Me decían en una excursión el otro día que los charnegos -el término despectivo con que se descalifica a los emigrados a Cataluña- son ahora los más radicales. Que se han puesto de moda. Que ya no es un factor de debilidad sino de respeto. La chica vive en Andalucía -regresó por temas laborales hace unos años- pero sus hermanos siguen en Barcelona: ellos son independentistas; ella, no. Yo, me alegro cada día de no serlo; pero sin evitar preguntarme por qué no lo soy, qué ocurría si lo fuera y de quién dependería. ¿Sólo de mí?

No me atrevería a ver la novela de Aramburu como una historia de claudicación, de vencedores y vencidos. Al contrario. Creo que nos abre los ojos sobre lo complejo y arraigado que está el problema territorial en España. En ese país “caduco, antiguo y heredero de la famosa crisis del 98 que se tuvo que reinventar como nación”.

Pensaba en ello leyendo las reflexiones del dramaturgo Alfonso Zurro sobre la versión de Luces de Bohemia que ha llevado al Teatro Alhambra. Por los paralelismos de aquella España “camino de la ruina”, marcada por la corrupción, la falta de ética y la “inutilidad de la clase política”, con la de ahora. Lo denunció hace mucho Valle-Inclán pero se podría escribir hoy: “Barcelona alimenta una hoguera de odio”; “En España, el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”.

Sí, nos hace pensar. Nos debería hacer pensar. A los que encienden los conflictos y a los que los alimentamos desde abajo. Aunque en Cataluña y el País Vasco hay un trasfondo de frustración y reivindicaciones compartidas, están singularmente ligadas a esa “nación vasca” y “nación catalana” con que intentan vertebrar sus hojas de ruta. La clave, una vez más, está en el camino. Porque hoy, como ayer, la tentación nubla. Y aprieta. Con el riesgo de convertir una causa en una mandanga.

Cárcel para Juana Rivas

Magdalena Trillo | 16 de enero de 2018 a las 10:00

La realidad paralela en que se ha instalado Puigdemont no es ninguna excentricidad del independentismo catalán; es una enfermedad compartida y contagiosa. Podemos hablar de la endogamia de las castas, de la intransigencia del sectarismo, de la supremacía del nacionalismo y, por supuesto, de la ceguera en que vivimos todos dentro de nuestras particulares burbujas de confort. Son múltiples variantes de un mismo virus -la convicción de sentirnos más y mejores- y el resultado es siempre el mismo: la distorsión.

La imagen de este verano de Juana Rivas alzando los brazos a la salida de los juzgados se convirtió en un símbolo. Había hecho justicia por su cuenta y había ganado. Su causa era noble -proteger a sus dos hijos pequeños de un “padre maltratador”- y la de las plataformas que se movilizaron en su apoyo también: poner el foco en la situación de vulnerabilidad de los menores y abrir el debate sobre el régimen de custodia compartida en los casos de violencia de género.

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La madre de Maracena se escondió con sus hijos, se negó a cumplir las resoluciones judiciales y hasta mantuvo en vilo a la Guardia Civil. Aquel 21 de agosto quedó en libertad provisional; igual que su victoria. Ahora tiene que enfrentarse al juicio oral y a durísima petición de cárcel que acaba de formalizar la Fiscalía: 5 años de prisión por un delito de sustracción de menores y 6 de inhabilitación para ejercer la patria potestad.

Los pulsos a la Justicia se pagan. Sus ritmos son otros, pero cuando llega es implacable. Y no es necesario tirar de hemeroteca para recordar a Pedro Pacheco; mucho más cercano tenemos el caso de Junqueras y los Jordis en prisión -ni siquiera han logrado salir de la cárcel para tomar posesión mañana de sus actas como diputados-, al virtual president catalán haciendo de forajido en Bruselas -cuando se produzca la detención nada tendrá de telemática- y, desde ayer mismo con la esperada sentencia por el saqueo del Palau, a Fèlix Millet contando barrotes y a un decadente Artur Mas absorbido por la endiablada dinámica del procés.

Más grave que la tentación natural de pensar que llevamos la razón es que nos la den. No entro en el creciente poder judicial -Joan Margarit nos advertía esta semana en una entrevista que en España “están empezando a mandar los jueces, más peligrosos que los dictadores”- ni en las circunstancias concretas de cada causa. Me detengo en el trasfondo tóxico que las alimenta. Escurridizo e invisible pero con consecuencias tan reales como la prisión.

Diálogos posibles

Magdalena Trillo | 8 de octubre de 2017 a las 10:09

La exposición de Pilar Albarracín que se muestra estos días en el Palacio de la Madraza podría verse como un gran bodegón de la política española. Cambian los códigos y la agudeza de quien compone pero se desliza la misma inquietud de los mensajes: la artista sevillana recurre al histrionismo y al humor para sumergirse en el imaginario del typical spanish justo cuando media España cuelga una bandera constitucional en el balcón queriendo contrarrestar las esteladas que ondean en tantas calles de Cataluña.

Toros, tacones y lunares. Los mismos ingredientes que utiliza la familia Martínez de Irujo en la campaña que acaba de poner en marcha, “Orgullosos de ser españoles”, para contagiarnos de su “plena identificación” con los valores de “nuestro gran país”. Los mismos símbolos que sintetizan esa España intransigente y de pandereta con la que quieren romper desde Barcelona. Hace sólo unos meses, las pulseras y las tazas reivindicativas del “orgullo español” me hubieran prevenido y alarmado; hoy las tolero y hasta las valoro por cuanto tienen de antídoto y de alerta.

chorizos

A Albarracín le preocupa abiertamente el machismo, la desigualdad o el sometimiento de la mujer pero no menos que la represión del pensamiento, la manipulación y la falta de comprensión en la sociedad actual; no menos que la “perversión”, el conflicto y el agravio del mundo en que vivimos y que tiende a camuflarse en paraísos aparentes de felicidad. Por eso sus luminosos bordados son trampantojos. Por eso se disputan el espacio unos tacones amenazando con “bailar sobre tu tumba”. Por eso es un afilado alfiler el que hacer emerger los lunares rojos de un inmaculado vestido blanco de volantes.

Sus ristras de chorizos de terciopelo brillan más que los que cuelgan en los desvanes de los pueblos andaluces aderezados con corneta pero cumplen una misma función: permitirnos refugiarnos en las metáforas. A veces punzantes y provocadoras; a veces sutiles e irónicas. Pero siempre precisas y desconcertantes; con más empatía y más carga emocional que cualquier titular de prensa.

Sus “diálogos imposibles”, con un insistente juego de cuchillos haciendo malabarismos en torno a una gota de sangre bordada a modo de flor, dicen más del tacticismo de la política de lo que nos permiten las palabras. Es lo bueno de la poesía visual, que no hay límites, líneas rojas ni fronteras; es lo bueno del arte, que cobra todo su sentido cuando “sale a convencer”, “dialoga con la sociedad” y “conecta con la gente”.

Son palacabezasbras de otro creador sevillano, el pintor Luis Gordillo, que también expone estos días en Granada. Casualidades -o no-. A sólo unos metros de Pilar, en el Museo Guerrero, pareciera que sus grandes Cabezas se ríen de nosotros. De nuestra insignificancia y nuestra torpeza; de nuestra cortedad de miras. Forman parte de su “confesión general”, más de 200 obras que recorren sesenta años de creación artística entre el centro de la Diputación y el Palacio de Carlos V de la Alhambra. Con 83 años, sigue explorando, incorporando nuevos lenguajes y reconociendo que ha tenido que “hacerse viejo” para comprender su profundo enamoramiento, su pasión, por la pintura.

 

Sin buscarlo, Albarracín y Gordillo dialogan en Granada. Con varias décadas de distancia, desde postulados artísticos y estéticos muy diferentes, nos interrogan, nos hacen fruncir el ceño y nos roban una media sonrisa. Nos sorprenden y nos espolean sin dogmatismos ni posiciones prefijadas. Sus creaciones discurren vivas y abiertas como si estuvieran pensadas para fluir en una conversación cotidiana. Y es que los dos beben de la cultura popular pero no la manipulan ni nos la sirven travestida.

A diferencia de la política, del no-arte de la política, su obra es honesta y sincera. Nace del convencimiento. No se trata de acertar ni de ganar pero tampoco de engañar. Eso sí, el arte siempre nos propone un juego: que dialoguemos. Aunque ello suponga sumergirnos en una burbuja con “extractos de fuego y de veneno”. Aunque nos obligue a compartir una “confesión general”.

Acción-reacción

Magdalena Trillo | 3 de octubre de 2017 a las 10:46

En la cuenta atrás del 1-O, uno de los documentos que más se ha compartido ha sido el parte oficial del Ministerio de Guerra del 7 de octubre de 1934: “En Cataluña, el presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá. Ante esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el país”.

Octubre de 2017. Falta conocer el día exacto, saber el tono y la envergadura de la proclamación, pero cuesta creer que el bloque independentista no haya previsto recurrir al simbolismo de las fechas en su calculada estrategia de ruptura. Cuando el protagonista de Así habló Zaratustra descubrió la visión circular del tiempo, se desmayó de la impresión. La teoría del “eterno retorno sin posibilidad alguna de variación” ha sido muy discutida, pero Nietzsche no hablaba sólo de la repetición de los acontecimientos; lo realmente inquietante era su advertencia de cómo las ideas y los sentimientos quedan atrapados en esa dinámica endiablada.

En la pesadilla popular de “la historia se repite”, filosofía y ciencia nos cuentan lo mismo. Me refiero a Newton: “A cada acción siempre se opone una reacción igual pero de sentido contrario”. Si miramos atrás, partiendo de las masivas Diadas que desde 1977 son una señal del problema catalán hasta este convulso 1 de octubre, no es difícil vernos rehenes de una “acción-reacción” infinita, incomprendida y creciente.

Y lo somos porque seguimos sin querer asumir que la España de las autonomías ha fracasado. El “café para todos” no ha traído la equidad -vivimos en un Estado asimétrico por mucho que invoquemos la igualdad en la Constitución- ni nos ha vacunado de los movimientos populistas y nacionalistas que amenazan toda Europa.

Lo más grave de todo es que, después de una década de crisis económica, también se ha quebrado el principio de solidaridad. Es lo que explica la equidistancia con que en Cataluña se vive el procés y lo que subyace en las movilizaciones de familias enteras que dicen sentirse “atacadas” por un “Estado violento”.

Pero las lamentables imágenes de las cargas policiales son la consecuencia de otro gran fracaso: de la política y colectivo. Desde los oportunistas que se ponen de perfil hasta los que se esconden en las leyes y los que arrastran al vacío a golpe de propaganda. Unos y otros acabamos alimentando el clima de victimismo y humillación que se ha convertido en gasolina de un independentismo cada vez más arraigado. Sin máscaras y sin complejos.

La República Independiente de su Casa

Magdalena Trillo | 1 de octubre de 2017 a las 11:18

Estoy tan cansada, tan saturada del procés catalán, como todos ustedes. Del Junts pel Si y del Junts pel No. De las maniobras tacticistas de los partidos y de sus verdades alternativas. No eludo ninguna responsabilidad ni quiero pecar de ingenua creyéndome en la pista de una tercera vía con salida: no la hay. No ahora y no con los interlocutores de serie b que se han apropiado de los relatos.

No si nos creemos que la “normalidad” es comprar urnas opacas a los chinos para que la gente vote, organizar maratones y fiestas de hermandad en los colegios para mantenerlos abiertos y acosar, aleccionar y hasta cobrar (10 euros) a los periodistas por informar. Parece un chiste. Una mala historia a la que poco contribuye el cachondeo que se ha montado con el barco de Piolín -no falta el Coyote ni el Pato Lucas- que ha atracado en Barcelona en la supuesta logística de refuerzo policial.

Mi verdad es muy simple: dudo. De ellos y de nosotros. Lo blanco y lo negro se desdibuja con la misma cadencia con que se prostituyen las palabras. En unos casos las descafeinamos y en otros las exaltamos sin darnos cuenta de que estamos llevando a nuestra mesa la intransigente ceguera nacionalista de esos grupos de radicales -de izquierdas y de derechas- que siempre son otros.

¿Democracia es votar? Sí y no. Importa el cómo y el para qué. Del 15-M aprendí (y creo que ellos también) que la toma de decisiones asamblearia es una espiral incontrolable que lleva a la inoperancia y al absurdo. Pero ¿no dejar votar es democrático? Aunque hablar de “fascismo” resulta tan excesivo como encontrar tuits de medios extranjeros reavivando el fantasma de una guerra civil, en algún momento alguien deberá explicar por qué, en estas cuatro décadas de sobrevalorada monarquía parlamentaria, Madrid ha preferido mirar para otro lado (el PP ahora y el PSOE por mucho que le pese a Felipe González) mientras en Cataluña desaprendían el español, se adoctrinaba en los colegios y se alimentaba el sentimiento independentista a golpe de tópicos y de interesadas humillaciones.

En el doublethink de Orwell caben todas las contradicciones: la “democracia” que para unos significa independencia y para otros “unidad” y el “diálogo” que para unos tiene que ver con la legitimidad de lograr lo que corresponde por “derecho” y para otros certifica, al margen de fórmulas jurídicas y administrativas, una España de “privilegios” con ciudadanos de primera y de segunda. Si como decía Aristóteles “todo lo que pensamos es la verdad”, es preciso que “todo sea al mismo tiempo verdadero y falso”.

Pocos conflictos como Cataluña evidencian con tanta nitidez la convicción del filósofo griego sobre la naturaleza del ser humano: la mayor parte de los hombres pensamos diferente y, por supuesto, creemos que son los otros quienes están en el error. Pero si la “misma cosa es y no es”, todos “diremos igualmente la verdad”. Aunque sea nuestra verdad.

Lo que los jóvenes de la CUP han conseguido en Cataluña es eliminar el centro, la moderación, dejar a los nacionalistas de la antigua Convergencia en una posición de irrelevancia, fracturar a los partidos constitucionalistas y hacer partícipes a todos a de la vieja teoría de Arzalluz del “árbol y las nueces”. Con o sin garantías, poco importa cuántos voten y qué voten, ha llegado el momento de la sacudida y todo vale lo mismo. Aunque sea para declarar la República Independiente de mi Casa.

Es lo bueno del doblepensar -que se puede ganar y perder a un mismo tiempo- y también lo malo: que no hay ganador posible, que no hay perdedor posible. Las propias palabras, las que elegimos para reafirmar lo que queremos y rechazar lo que nos incomoda, nos encierran en un conflicto sin salida.

Y el coste para escapar parece inasumible porque nos obligaría a salir de nuestra burbuja de confort. Sería como poner la cadena de radio que más te enerva, abrir el periódico que sólo “miente” y poner un ‘me gusta’ al outsider del Facebook. Pero para dar este salto al precipicio, primero habría que empezar a dudar… Y a nadie le gusta ser débil. Ni parecerlo. A nadie le gusta perder. ¿Sólo un millón de votos? ¡También vale!

1-O: ¿Y si lo más rentable es dejarles votar?

Magdalena Trillo | 17 de septiembre de 2017 a las 10:02

El agujero de la capa de ozono se ha detenido y hasta presenta indicios de recuperación. En parte ha funcionado el Protocolo de Montreal que se firmó hace tres décadas -el 99% de las sustancias que destruyen el ozono ya no se emiten a la atmósfera- pero lo realmente paradójico es que también: aunque se ha producido un aumento de la temperatura en la superficie del planeta, también se está registrando un inesperado enfriamiento en la estratosfera con una intensificación de los flujos de las corrientes desde el ecuador hacia los polos. El resultado de las nuevas “dinámicas” es que se inyecta más oxígeno en las capas altas.

¿Y es bueno? Pues no queda nada claro. Los científicos advierten que “no podemos bajar la guardia” porque resultará casi imposible revertir todo lo que ya hemos destruido. Además, si el incremento de la radiación ultravioleta puede afectar gravemente a la salud humana (cáncer de piel, cataratas, debilitamiento del sistema inmunitario…), el “engrosamiento” de la capa de ozono en las latitudes medias y altas (con especial incidencia en los países nórdicos) también puede tener consecuencias negativas por el desplome de los rayos utravioleta.

¿Entonces? Todo dependerá de cómo evolucionen los procesos dinámicos en la atmósfera, el cambio climático y la emisión de los gases invernadero. Hay que estar alerta, investigar y redefinir los modelos; equivocarse y corregir.

En China, la antigua sede atómica 816 se ha convertido en una atracción turística. Los visitantes recorren 20 kilómetros de túneles y bajan 12 pisos para penetrar en las profundidades de las montañas de Fuling, a orillas del río Yangtze, y ser testigos de la recreación de la primera bomba atómica. Contaba el corresponsal de El Mundo esta semana que era una experiencia entre “mágica y santa”; luces de neón y música estremecedora para evocar una “indeleble” página de la historia. Del máximo secretismo ha pasado a ser un motivo de orgullo -y negocio- para el país.

Al igual que en el caso de la capa de ozono, podemos ver la base 816 como un referente para entender “cómo cambia la percepción histórica de lo que se considera una verdad absoluta”, como una muestra del “giro” que se produjo en China cuando firmó el tratado que prohíbe las explosiones nucleares e, incluso, como una lección de presente…

Al sur de la frontera de Corea del Norte, los vecinos de Choerwon viven la escalada de desafíos de Pyongyang como una rutina: “Para qué preocuparse; si lanzan un cohete, no habrá tiempo ni de pensar”.

Relata un enviado especial de La Vanguardia que en todo Seúl se asume el riesgo de un ataque “como quien puede sufrir un accidente”. Con 48.000 habitantes y 30.000 soldados en el paisaje de sus calles, los vecinos de Choerwon han sido capaces de neutralizar el miedo y hasta de convertir el “turismo bélico” en una fuente de ingresos: oleadas de turistas llegan en autocares y en tren desde Seúl al complejo militar de Panmunjon, recorren los túneles que los norcoreanos excavaron en los 70 para invadirles y vuelven por la tarde a casa con gorras y productos de marketing de su experiencia bélica.

En todo Corea del Sur, pensar en la reunificación parece ciencia ficción. Sobre todo para generaciones jóvenes que viven ajenas a la ira de Kim Jong Un. ¿Se puede hacer algo?: “Es imposible. Hay un problema de mentalidad insuperable. Llevan demasiados años de lavado de cerebro”.

Apliquemos esta última reflexión a Cataluña y probemos a mirar el procés al revés: ¿seguro que lo negativo, lo peligroso, es dejarlos votar? La baza de las palabras la enterramos con el recurso de su Estatuto, los interlocutores están quemados (a los dos lados del Ebro) y cualquier escenario de futuro pasaría por “más para Cataluña y menos para los demás”. Hablo de un referéndum con límites, exigencias y garantías; de la reforma de la Constitución.

En la tensa cuenta atrás del 1-O, es un camino inviable pero tal vez sea lo más rentable para el día después. Y bastaría con dejar a un lado la demagogia y el cinismo y contestar a preguntas como ésta: ¿estamos dispuestos, por ejemplo en Andalucía, a que se apruebe un cupo catalán?