Archivos para el tag ‘referéndum’

La batalla de las universidades

Magdalena Trillo | 26 de septiembre de 2017 a las 10:00

El sistema de universidades públicas de Cataluña está “en peligro de extinción”. Es “urgente” aumentar la financiación, reforzar el profesorado e invertir en infraestructuras… El in crescendo del desafío independentista, con la preocupante escalada judicial y policial de los últimos días, ha dejado casi en una anécdota la alerta que el rector de la Universidad de Barcelona lanzó en la apertura del curso pidiendo “derechos, no privilegios”.

Hace años que la reforma del sistema universitario permanece en espera. Con una exigencia compartida para solucionar los problemas de infrafinanciación y contrarrestar la suicida tijera en que se ha traducido la crisis, pero también con la necesidad de mejorar en eficiencia y gobernanza, avanzar en rendimiento académico e investigación y hacer frente a la insistentes críticas de endogamia.

El ex ministro Wert lo intentó cuando levantó a medio país con la controvertida Lomce con menos éxito aún: el informe del comité de expertos, donde se planteaban iniciativas valientes como abrir una segunda vía de contratación estable para profesionales no funcionarios, quedó en el limbo.

Antes del “croissant” del referéndum, el liderazgo y la voz de alerta de las universidades catalanas hubiera servido de palanca para promover un revulsivo a nivel nacional; hoy, toda España mira de reojo a Cataluña temiendo el momento en que decidamos traducir el tsunami emocional a fríos números de calculadora. Porque son “derechos” y sabemos que serán (más) privilegios.

En el último ranking de Shanghái, Barcelona ha consolidado su liderazgo a nivel nacional. Pero por méritos propios y ajenos. Incluso de ese Madrid que tanto les “roba”: en el último lustro, por ejemplo, los centros de investigación de Cataluña han recibido 80 millones de Economía y Ciencia frente a los 3 que han llegado a Andalucía. En un contexto mucho más difícil, Granada ha escalado a la segunda posición adelantando por primera vez a las madrileñas y valencianas.

Talento y excelencia. No es un binomio fácil ni barato. Pero es la verdadera batalla de las universidades públicas. De las andaluzas y de las catalanas. Frente al agresivo empuje de las privadas y frente al competitivo paisaje de la globalización y la digitalización.

El pulso separatista, con el efecto sordina que ha impuesto para cualquier tema que se desmarque del 1-O, se está convirtiendo en un parásito de la vida pública. Pero importa cómo superemos la jornada del domingo tanto como valorar con qué coste. El directo y el colateral; el evidente y el silencioso.

La abuela del 1-O

Magdalena Trillo | 19 de septiembre de 2017 a las 9:31

¿El pueblo frente a la Guardia Civil?

La imagen más icónica sobre el sinsentido de la deriva secesionista, una abuela con los brazos cruzados esperando paciente a que un guardia civil la deje pasar, puede engrosar ya el largo listado de fotos famosas que han sido manipuladas a lo largo de la historia.

El conocido retrato de Abraham Lincoln de 1860, irradiando carisma, firmeza y liderazgo, fue un preparado montaje con su cabeza y el cuerpo del político sureño John Calhoun; paradójicamente un partidario de la esclavitud. En la fotografía de Mussolini de 1942, con la espada en alto sobre un bravío caballo, el propio dictador italiano ordenó que borraran a la persona que sujetaba las riendas para dar más sensación de heroicidad. En 1971, cuando el canciller alemán Willy Brandt se reunió con Brézhnev corrían las cervezas y los cigarros; la prensa soviética eliminó todo indicio de distracción…

Lo que en la era analógica estaba reservado a grandes causas, restringido a quienes manejaban el poder, con el Photoshop y el mundo digital lo hemos democratizado. Y banalizado. Nadie se extraña ya de las continuas polémicas por los retoques de modelos, artistas y famosas y ni siquiera de algunos casos de rebelión -como hizo la actriz Inma Cuesta- cuando ni siquiera se reconocen.

Ha cambiado lo burdo o sofisticado del engaño y la rapidez de la alerta: antes podían sobrevivir décadas; hoy saltan las correcciones en segundos como balas iracundas.

Pero cuando la manipulación se esconde en el contexto, en lo subjetivo de la interpretación, es mucho más escurridiza. Pienso, por ejemplo, en el mítico beso del marinero a la enfermera que se convirtió en icono del fin de la II Guerra Mundial. Todavía hay disputas sobre la identidad de los protagonistas y hasta se le ha dado la vuelta a su simbolismo por cuanto podría implicar de acoso sexual.

La abuela del 1-O no es catalana ni fue testigo de cómo la Guardia Civil registraba el semanario El Vallenc buscando las papeletas del referéndum. No representa al oprimido pueblo catalán clamando por su libertad, su derecho a decidir, frente al autoritarismo de Madrid. La tomó en 2012 un periodista de Última hora en la controvertida toma de posesión de José Ramón Bauzá como presidente balear. Es una esquina de un pueblo de Mallorca. La señora fue a ver a una amiga. Se encontró el despliegue policial y decidió esperar, más de media hora, para no dar la vuelta.

Sus familiares se han quejado del uso político que se ha hecho de la imagen. ¿Importa? La abuela del 1-O forma parte ya del relato del independentismo. Nada tiene que ver la verdad; ni la responsabilidad; ni los derechos de otros; sólo lo que se quiere contar.

Política con control remoto

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2016 a las 11:08

Un clásico en la programación televisiva es contar con las mentiras sistemáticas de los espectadores cuando se les pregunta por las preferencias de consumo. Como en política, no lo revelan las encuestas pero termina descubriéndose con cada click que activa el mando a distancia: vemos más telebasura de la que nos atrevemos a reconocer y menos documentales de La 2 de los que socialmente hemos decidido que es deseable. La realidad última es una espiral sin salida que la industria aprovecha a conveniencia: cuando interesa se responde a lo que “quieren” las audiencias y, cuando no, se apela a la necesidad de “educar” contraprogramando. De contradecir el share. De arriesgar. De tener siempre coartadas para explicar los fracasos. Y poco difiere si es ficción o realidad. Si ocurre en la televisión, en la cuarta pantalla o en las urnas.

La paradoja de la sociedad hiperinformada de hoy es una pescadilla similar: decimos una cosa y hacemos otra. Lo vemos a diario en los discursos de los políticos, se traslada como un espejo en los trending topic que construimos en las redes sociales y nos da una bofetada cada vez que nos enfrentamos al dictamen final. Fue el ‘Brexit’ y la victoria de Trump como candidato republicano a la Casa Blanca, acaba de ser el ‘no’ a los acuerdos de paz en Colombia, son las victorias xenófobas y populistas en la civilizada Europa y lo ha sido en el último año cada cita electoral que hemos afrontado en España absolutamente distorsionada por la sobredosis de sondeos inyectados en la sociedad.

No comparto la tesis de la ignorancia y de la desinformación. No totalmente. El problema de fondo también es la simplificación con que intentamos responder a situaciones extremadamente complejas que no caben en 140 caracteres. Manipulación ha habido siempre -ahí está ‘Ciudadano Kane’ con la Guerra de Cuba para recordárnoslo- y periodismo partidista también. ¿Qué ha cambiado hoy? Tal vez debamos empezar a estudiar cómo la Sociedad en Red ha globalizado, extendido e infiltrado el juego protector del engaño. Por una inclinación natural a huir del conflicto y reforzar nuestros posicionamientos seleccionando interesadamente qué información consumir y desechar, a quién creer y a quién desacreditar, y por una razón de pura supervivencia emocional. Con la enferma excepción de que subyazca una motivación patológica, ¿vería una tertulia política de 13 TV un militante de la izquierda anticapitalista? ¿Se iría usted de cervezas con el vecino del sexto con quien no soporta ni hablar del tiempo en el ascensor? Nunca hasta ahora hemos ingerido tanta información pero tampoco con tal capacidad de filtro. De elección. De decisión.

Para explicar el fracaso del plebiscito en Colombia, los gurús del día después se mueven estos días entre la ignorancia de los votantes, la burda intoxicación y un trasfondo de guerra de poder entre el anterior presidente y promotor del ‘no’ -Álvaro Uribe- con el actual mandatario y responsable de los cuatro años de negociación con las FARC en La Habana -el mismo Juan Manuel Santos que ha conseguido en los despachos de la Academia del Nobel lo que le ha negado su pueblo-. Es la tesis de la desinformación. Pero nos olvidamos de una tercera pata: la lectura superficial que hemos realizado desde el prejuicio de creer saberlo todo.

A la espera de saber qué votarán los americanos el 8 de noviembre, de ser incapaz de asegurar que lo catalanes dirán no a la independencia dentro de un año, sólo por humildad deberíamos reconocer que ya no hay pedestales infalibles desde los que controlar la información y ser conscientes que los actuales profetas de la opinión pública no aciertan más que los adivinos, pitonisas y chamanes que a lo largo de la historia han formado parte de las estructuras del poder. Casi tanto como la religión.

Se preguntaba una periodista esta semana si los likes y dislikes en Facebook están sustituyendo a los votos en las urnas y, lamentando la creciente desafección ciudadana hacia la esfera pública, recordaba las teorías sobre cómo la telaraña vital y social actual ha cambiado el conocimiento vertical, profundo y especializado por uno horizontal de dispersión intelectual y de falta de concentración. Sugerente. Pero si no caemos en el maniqueísmo de buenos y malos. De blanco y negro. Mientras los avances científicos no me contradigan, al final somos cada uno de nosotros los que pulsamos el mando a distancia. Los que cogemos una papeleta y la metemos en la urna.

Yes Scotland, el otro derecho a decidir

Magdalena Trillo | 31 de agosto de 2014 a las 10:12

Agnes tiene cinco hijas, tres nietos, un precioso Bed&Breakfast en la isla de Skye y una inquebrantable disposición a votar sí el próximo 18 de septiembre. Es más que consciente de lo reñido que está el referéndum sobre la independencia de Escocia y no esconde su certeza (que no miedo) sobre las consecuencias del histórico proceso que llega a su recta final con media Europa mirando de reojo: “Si no ganamos nos van a crucificar”. En la dureza de sus palabras subyace la fortaleza del sentimiento de identidad nacional, pero también el ‘atrevimiento’ de pensar que no es idealismo ni ingenuidad defender el “derecho” a un mañana de oportunidades.

Con dos trabajos extra para llegar a fin de mes, esta abuela hiperactiva de las Highlands no necesita ni diez minutos para desgranar sus razones del sí: no se sienten ingleses, detestan su esnobismo, creen que Londres les “roba” y confían en el potencial de su pequeño país (no hay demasiado petróleo pero sí mucho turismo, una exitosa tradición de whisky y golf y un carisma arrollador que los ha convertido en los ‘andaluces del norte’) para que les vaya mejor. Un ‘derecho a decidir’ vivir mejor.

En esencia, no es muy diferente la cuestión catalana a la escocesa. Los dos pueblos buscan lo que cualquiera querría para sí (avanzar en derechos y libertades en lugar de militar en la austeridad y sumirse en la miseria), los dos casos se construyen sobre el temperamento de las emociones y en ambos procesos se ha colado la tiránica economía como pieza decisiva. Los grandes empresarios de Escocia se acaban de unir al Gobierno británico en su campaña del miedo: los recursos del Mar del Norte se agotan, la decadente demografía de la región sería incapaz de sostener el actual estado del bienestar, la banca escocesa está en manos inglesas tras ser nacionalizada víctima de la burbuja financiera y la especulación inmobiliaria y, como colofón de males, la moneda. Qué haría una Escocia sin la plataforma de la libra y sin capacidad para entrar en la zona euro.

La conclusión del lobby es contundente: desde el punto de vista de los negocios no interesa la independencia, casi un millón de empleos escoceses se apoyan en Reino Unido y sólo la incertidumbre rodea cuestiones vitales como la regulación económica, los impuestos, las pensiones o la pertenencia a la UE.

El mismo ajuste que arrojan las encuestas se aprecia en las calles. Visualmente, la campaña del ‘yes’ es mucho más potente pero la razón es sencilla: son los independentistas los que tienen que desafiar el estatus quo de la propia Escocia y de Londres con su voto (“dare to vote”) mientras que el ‘no’ se alinea con lo políticamente correcto (“orgullosos de ser escoceses, encantados de estar unidos”) y con lo internacionalmente aceptable.

Si dejamos a un lado los sentimientos, los dos movimientos soberanistas divergen. Empezando por la propia historia de la unión británica (se forjó hace cuatro siglos sellando una fusión voluntaria) y terminando porque es el pobre y no el rico el que se quiere ir. Si unimos a ello que no existe ningún tipo de conflicto con la lengua, que nadie pone en cuestión la identidad nacional de escoceses e ingleses y que no se arrastra un complejo mapa autonómico con distintos grados de ambición de autogobierno, llegamos a un escenario difícilmente exportable a la realidad catalana o vasca.

La realidad, sin embargo, es otra. Urkullo acaba de abrir el curso político proclamando que Escocia es el modelo de autogobierno a seguir y es evidente que tanto el Gobierno de Rajoy como el de Artur Mas utilizarán el dictamen escocés para fortalecer sus argumentos. El 18-S tendrá, por tanto, un impacto directo no sólo de consumo interno en España sino también en el marco de las relaciones internacionales. No olvidemos que tanto Merkel como Obama están actuando de testigos y aliados estratégicos para Rajoy y Cameron y que buena parte de las incertidumbres que centran la batalla entre Barcelona y Madrid se despejarán (habría que ver en qué sentido) si Escocia dice sí.

Tampoco en Escocia son ajenos a los anhelos catalanes. En la prensa local, monopolizada estos días por el proceso independentista, se recogen sólidos argumentos que permiten defender con solvencia los dos posicionamientos y que dan una visión bastante certera sobre la complejidad misma del proceso y sobre las implicaciones e impacto que tendrá en otros movimientos como el catalán.

Lo decía, por ejemplo, un analista de la Universidad de Edimburgo: Escocia es mucho más escocesa que Cataluña catalana y lo que de verdad palpita tras el SNP (Partido Nacional Escocés) no es tanto el independentismo frente al unionismo como el grado de autogobierno. Nadie en Escocia tiene el más mínimo problema con ser escocés, cuando en Cataluña conviven los que se sienten catalanes pero no españoles, los que son más catalanes que españoles, los que son tan catalanes como españoles, los que son más españoles que catalanes… y los que se sienten españoles pero no catalanes.

Calentando el 18-S, ya hay quienes se anticipan a ver un futuro confederal en Reino Unido: ¿se llegará al Reino Desunido de Gran Bretaña como vaticina el líder independentista Alex Salmond? ¿Tendría cabida la monarquía en ese nuevo escenario?

El mapa de sentimientos es complejo; pero el trasfondo lo es más. Sobre todo si lo analizamos desde la perspectiva del mundo globalizado y sin fronteras de hoy y pensamos que, lamentablemente, volvemos a situar el debate en la lucha por el territorio que desde el origen de los tiempos no ha dejado de justificar conflictos y guerras (desde la vieja Galia en la que no quedaban ni hombres para luchar hasta la recién invadida Ucrania) cuando la soberanía real de los gobiernos es más que relativa y el propio concepto clásico de Estado nada tiene que ver con el mundo en que vivimos.

De momento, Londres está dando una rotunda lección a Madrid de normalidad democrática. Mientras en España nos dedicamos a asustarnos con el choque de trenes y los recursos en el Constitucional, aquí se exploran oportunidades y se buscan fórmulas para responder a las legítimas ambiciones de unos y otros.

Reconozco que, para mí, el camino no son nuevas fronteras ni himnos ni banderas, pero creo que sería más que saludable tener derecho a discutirlo. Aunque siempre he compartido aquello de que el nacionalismo, ese que tanto tiene que ver con la xenobia y el patrioterismo, es una enfermedad que se cura viajando, tal vez haya llegado el momento de extender la reflexión y proclamar que el antinacionalismo ramplón y visceral también es una enfermedad de la que nos tendríamos que empezar a curar. Más aún si el ‘derecho a decidir’ que estamos defendiendo no es otra cosa que el derecho a construir una forma de vivir mejor; más aún si la vía que estamos proponiendo es la negociación, el diálogo y el acuerdo. No son tiempos de tener alergia a la democracia.

Un rey para una república

Magdalena Trillo | 22 de junio de 2014 a las 11:04

Dicen las encuestas que si hoy se convocara un referéndum en España sobre Monarquía o República, los defensores de la Corona ganarían por veinte puntos. Dentro de diez años la situación puede ser radicalmente diferente: se habrá reducido la población mayor que arropa a la familia real de forma abrumadora (más de un 73% según un sondeo de Sigma-Dos de primeros de junio) y estarán en puestos de decisión los jóvenes que hoy ya se debaten a partes iguales entre una y otra forma de Estado.

El relevo en la Monarquía se ha producido, como destaca el Gobierno, con “normalidad”, pero sólo en apariencia. La Corona no está salvada. Ni Felipe de Borbón tiene garantizado el futuro de la institución, ni ha recibido un cheque en blanco como nuevo jefe del Estado ni va a poder esquivar el desgaste del caso Noos cuando su hermana se siente en el banquillo y tenga que explicar cómo una licenciada no tenía ni idea de qué firmaba ni sabía de dónde salía el dinero con el que pudo comprar un palacete en la ciudad condal. Aunque Felipe y Letizia hayan levantado un muro de contención frente a Urdangarin, el fantasma de la infanta Cristina no dejó de sobrevolar el jueves en el Congreso generando tanta incomodidad como ‘molestias’ provocaron quienes intentaron penetrar en un Madrid blindado con una bandera republicana.

Si la Transición que lideró Juan Carlos fue hacia la democracia y la conquista de derechos y libertades, la segunda transición a la que se enfrenta Felipe tiene mucho que ver con ese objetivo de “renovación” que ha proclamado como lema de su reinado, con un ineludible esfuerzo por “regenerar la vida pública” que sólo podrá construir desde el principio y el deber de la “ejemplaridad” y con esa buscada complicidad con los españoles que ha de pasar por llevar a la práctica la promesa de honestidad y transparencia.

Debe ser consciente el nuevo Rey de que el desafío independentista no se resuelve dando las gracias en castellano, gallego, euskera y catalán. Olvidando los anhelos de este Gobierno para “españolizar” a los catalanes, el tema lingüístico es hoy ya casi una anécdota dentro de las reivindicaciones que llegan desde una “nación” empeñada en convocar un referéndum ilegal a la vuelta del verano. No basta con no romper puentes del entendimiento; hay que actuar tendiéndolos desde Madrid. Y, aunque no sea su función, tal vez don Felipe pueda empezar a ganarse el respeto y reconocimiento de los españoles asumiendo el liderazgo y diálogo que Rajoy ni ha querido ni ha sabido ejercer.

Coincido en que la mayor preocupación de los españoles no es en estos momentos el partidista dilema entre Monarquía o República sino el paro y la salida real de la crisis, la quiebra territorial y la pérdida de derechos y libertades que estamos viviendo como consecuencia de las políticas de austeridad. Pero el problema no se va a resolver negándolo ni evitándolo. Si los grandes partidos no son capaces de afrontar una reforma amplia de la Constitución que nos permita avanzar, otras formaciones más osadas y con menos sentido de Estado aguardan ya para coger el testigo. Si de la actitud responsable de populares y socialistas no surge la iniciativa de reformar la ley de partidos y el sistema electoral para luchar contra la corrupción, para lograr mayor transparencia y profundizar en democracia, otros lo harán. Urge buscar un encaje constitucional al desafío soberanista y urge culminar con racionalidad un modelo autonómico que, lejos de ser modélico, se ha presentado demasiado costoso e ineficaz.

Todos estos retos superan las funciones de arbitrio del nuevo monarca, pero no vendría mal que diera ejemplo y moderara y abriera cauces en una España huérfana de iniciativa.

Cualquier republicano seguro que suscribiría las palabras de ‘El Quijote’ con que el Rey culminó su discurso ante las Cortes: “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”. Reconozcamos que Felipe de Borbón asume la jefatura del Estado sin una sola tachadura en su hoja de servicios y después de pasar toda su vida preparándose para este momento. Hoy, tal vez no haya nadie en nuestro país mejor preparado para este puesto que el hijo de don Juan Carlos, pero no olvidemos que si don Felipe fuera un ‘loco’, un inestable, un conflictivo o un incapaz también sería hoy Rey de España. Y lo es, además, gracias a una discriminación de género -consagrada en la Constitución- sobre su hermana la infanta Elena.

Miro el cartel de políticos y pienso cuánto hubiera ganado su proclamación si hubiera contado con la legitimidad del refrendo ciudadano. ¿Usted no votaría a Felipe VI como presidente de la III República antes que a González, Aznar, Zapatero o Rajoy? Las paradojas, a veces, encierran la mayor de las coherencias.