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Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

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Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

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Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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La República de mi casa

Magdalena Trillo | 8 de junio de 2014 a las 13:04

Empiezo por el final. ¿Quién sería el presidente de la República de España? ¿Hemos pensado si queremos un jefe de Estado de estilo europeo, como Hollande en Francia o Napolitano en Italia? ¿Sabemos si nos gusta la república de Platón, la bolivariana de Venezuela, la católica de Irlanda o la dictatorial de Guinea?

Reconozco que lo que acabo de plantear es simplista y demagógico pero creo que a veces es bueno viajar a los extremos, incluso a los excesos, para resituarnos en la responsabilidad y la moderación. Porque un debate que podría ser útil para cerrar viejas heridas y atemperar los conflictos territoriales que sacuden media España lo podemos enterrar si no logramos apartarlo del uso partidista y el arrebato de la quema de banderas –que los jueces dictaminen si es un “acto simbólico” como dicen desde IU o un “delito de ultraje” como denuncia el Gobierno– y no conseguimos encauzarlo en las reglas de juego del Estado de derecho.

Siendo honesta confesaré que detesto que haya privilegiados en nuestro país que siguen heredando privilegios por razón de ADN, que me molesta que tengamos que ‘mantenerlos’ con nuestros impuestos sin entender muy bien con qué contraprestación y me cabrea aún más que se blinden en una burbuja de elitismo y exclusividad sin dar explicaciones. Seguro que coincidimos todos, monárquicos y republicanos, reclamando más democracia y más transparencia. A muchos nos gustaría que hubiera un debate constructivo sobre la España del día después de la recuperación y a todos, imagino, nos interesaría descubrir si realmente hay una España “unida y diversa” por la que merece la pena luchar.

Llegados a este punto, me uno a las voces que han pedido esta semana que “no nos empujen”. Estamos en nuestro derecho de impulsar una segunda Transición y de defender la III República pero no deslegitimemos el sistema que nos ha permitido navegar de la más férrea dictadura a una democracia abierta y moderna. Lo que tenemos hoy, nos guste más o menos, siendo conscientes de lo mucho que la podemos (y debemos) mejorar, es una monarquía constitucional con todas las garantías de un Estado libre, laico (al menos en la teoría) y democrático. Si somos más de diez millones de españoles los que no la votamos, son muchos más los que la refrendaron y merecen un respeto y un reconocimiento.

Estamos convirtiendo el necesario objetivo de regeneración en una imposición sin darnos cuenta de que nos aboca a restar en lugar de sumar. En las empresas, simplemente porque eran los más costosos, se ha aprovechado la crisis para desprenderse de los profesionales más veteranos, de los más valiosos, y ahora queremos solucionar el desprestigio y la desafección de la vida pública con una operación de maquillaje sometida a la dictadura del ideal de juventud.

Se va el Rey y se va Rubalcaba porque se tenían que ir, pero de nada servirá que den el relevo a una “nueva generación” si no está a la altura. Regenerar no es cambiar un jarrón viejo por uno nuevo; no si el viejo era una pieza valiosa y el nuevo de los ‘chinos’.

En la Monarquía, la edad y los errores de don Juan Carlos de los últimos años se han sumado a los escándalos del caso Nóos para dibujar una única salida: abandonar para tener una oportunidad de recuperar el crédito perdido y salvar la Corona. En el Partido Socialista, viejas y nuevas generaciones están ante la mayor encrucijada de su historia: está todo por ganar o todo por perder. Si pensamos en la facilidad con que en España hacemos ‘bueno’ a cualquier ‘malo’ en cuanto muere, quién sabe si a partir de ahora, en un país en el que nadie dimite, también funcione lo de pedir perdón e ‘irse’.

En los dos casos, y en todos los que empiezan a seguir el ‘ejemplo’ por puro instinto de supervivencia, hay un factor que puede conformar su salvación: la utilidad. Volviendo a la provocación inicial, ¿no tiene usted un útil felpudo declarando la ‘república’ de su casa?

Renovación y regeneración pero también pragmatismo. Y me refiero a las ideas, no a las modas. De nada me sirve que el ‘político de moda’ vista de Alcampo si detrás no hay una verdadera forma alternativa de hacer política y de entender lo público. Leo que la tendencia ‘hipster’ ha muerto para dar paso a la ‘normcorne’ y no sé ni lo que quiere decir. Me documento: antes había que ser exclusivo y ahora corriente. La crisis ha impuesto la moda de ser normal, muy normal. Bien. Pero de nada nos servirá que recambiemos piezas viejas por nuevas si es para hacer lo mismo. No nos dejemos empujar y no nos dejemos confundir.

Moderación

Magdalena Trillo | 2 de febrero de 2014 a las 10:33

Después de Pedro J.? Con muchísimo menos revuelo mediático, en diciembre se produjo un importante relevo al frente de uno de los periódicos que han escrito la historia de este país: La Vanguardia. El director de Comunicación del Grupo Godó, Márius Carol, sustituía a José Antich en una estrategia de la empresa editora para desmarcarse del proyecto independentista de Mas y virar a la moderación. La operación habría comenzado el 27 de octubre con un contundente editorial en el que apelaba al diálogo y al pacto: “Cuando la tensión parece imponerse como método y estado de ánimo, ha llegado la hora de reivindicar la moderación”.

Dos meses antes, el posicionamiento del diario más influyente de Cataluña, uno de los más leídos en España y un referente histórico para el sector periodístico, había sido de apoyo sin fisuras al movimiento soberanista: en 2009 firmó junto con otros once diarios catalanes un editorial único contra el Constitucional, en las autonómicas llamaron a apoyar el independentismo de CiU el día de reflexión y, en los últimos meses, se había elevado el tono político en paralelo al creciente movimiento soberanista de la Generalitat.

Pilar Cernuda interpretó entonces que fue el Rey quien propició el giro en una dura reunión que mantuvo en la Zarzuela con el conde de Godó -Javier Godó es el actual propietario de La Vanguardia- en la que le habría recordado lo profundamente monárquico y español -además de catalán- que era su padre y lo avergonzado que se sentiría hoy con la deriva del periódico. Esto fue antes del verano y, al parecer, mucho tuvo que ver con el posterior ingreso en la UCI del editor. El caso es que el 18 de diciembre Antich se despedía de los lectores y, al día siguiente, Carol debutaba defendiendo el periodismo como pilar esencial de la democracia.

El viernes sumé a mi carpeta de defunciones el editorial y la portada de El Mundo anunciando con estridencia la sustitución de Pedro J. Ramírez por García-Abadillo -vicedirector y su mano derecha hasta ahora- y hoy añadiré la ‘carta de los domingos’ con la que el periodista riojano seguirá vinculado al diario confiando en que aporte algunas claves de lo que Unidad Editorial vende como un “relevo de continuidad” y la competencia entiende como una destitución pactada con el grupo propietario -el consorcio italiano RCS- ante una situación técnica de quiebra y el fracaso de la estrategia de expansión multimedia.

Las teorías conspiratorias empiezan aquí. También la ‘película’ de quien se ha convertido en uno de los personajes más mediáticos de este país. Y es que la crónica de su salida tiene más de guion cinematográfico que de página empresarial: “Unos paquetes de folios tirados en mitad de la redacción hacen las veces de tarima para el orador. Un micrófono. Ordenadores vacíos. Periodistas arremolinados. Aplausos…” Pedro J., con sus virtudes, su egocentrismo y sus excesos, deja claro que no se marcha a voluntad y enciende el debate con supuestas presiones del Gobierno y del PP para quitarlo de en medio por la agresividad de la campaña con el caso Noos y Bárcenas.

Desconozco la fontanería del cese, pero sería fácil intuir que no será una sola causa-efecto; que ni los gobiernos ponen y quitan hoy directores de periódico ni la situación económica de un medio se soluciona con un relevo en la cúpula. Pensándolo bien, si se trata de conspirar, más capítulos debería dar La Vanguardia con mediación ‘real’ incluida y un Márius Carol diciendo con Oscar Wilde que “puede resistirlo todo menos la tentación”… Lo arregla unas líneas más abajo rindiéndose a Bogart en El cuarto poder. Han pasado sesenta años de la película de Brooks sin que pierda ni sentido ni intensidad la alocución del director de El Día ante el mafioso que intenta comprar el periódico para silenciarlo… V

uelvan a verla si pueden. Se ha perdido por el camino el toque bohemio del oficio, ya no hay tabaco ni petacas en las redacciones -¡somos muchas más las mujeres!-, pero las tensiones con el poder, los dilemas y los conflictos son los mismos. El periódico catalán titulaba su editorial de ‘reconciliación': ¿Quién teme a los moderados? Y está bien reclamar cordura y sensatez. Lo que da miedo es el coste. Si lo hacemos con mordazas, anteponiendo intereses económicos a los periodísticos y relajando nuestra vigilancia como cuarto poder. Si largan a Pedro J. para que El Mundo sea moderado… y se calle. Si abogamos en exceso por un periodismo “neutral” y adocenado que termine por no ser útil a la sociedad.