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Sectas y sectarios

Magdalena Trillo | 18 de agosto de 2013 a las 10:39

No se imagine a grupos de exaltados vociferando aleluyas con los brazos alzados y los ojos traspuestos. No crea que quienes caen en sus redes son analfabetos desesperados incapaces de ver cómo son manipulados, apartados de sus familias y amigos y despojados de su identidad. Más de cincuenta sectas operan en estos momentos en Granada; una para cada perfil de población. Religiosas y espirituales pero también de corte económico, humanitario, sanitario… El auge es escalofriante. Ya no son necesarios ganchos tan pretenciosos como el paraíso o la felicidad eterna; empezamos rompiendo la soledad con sencillas clases de catequesis, unas prácticas o unas misiones y hablamos de promesas tan mundanas como un curso gratuito de formación para lograr un empleo y unos ingresos que nunca llegan.

Dicen los expertos que Granada es uno de los puntos más calientes de Andalucía por su perfil universitario y su atractivo como enclave multicultural. El Albaicín y el Zaidín son los barrios que concentran una mayor actividad de estos grupos y las facultades, donde es fácil encontrar carteles de propaganda, funcionan como verdaderas plataformas de captación. Publicamos hoy un amplio informe en el que, más allá del estremecedor testimonio que nos revelan varias víctimas que han logrado “escapar” de sus zarpas, lo que se refleja es la normalidad con la que actúan y la facilidad con que se infiltran. Puede que a algunos la crisis les haya hecho más solidarios y puede que salgamos fortalecidos, pero somos en general mucho más dependientes y vulnerables. A quién no le gustaría sentirse élite hoy; dejarse enamorar por unos triunfadores; permitir que nos rescaten del fracaso.

En las Jornadas de la Juventud de Brasil, un país donde las sectas están ganando terreno al Catolicismo con potentes organizaciones como Pare de Sufrir, fue el propio Papa quien animó a los obispos a “buscar con valentía las causas” por las que los fieles se están refugiando en este tipo organizaciones. El Pontífice se cuestionó si no tendría que ver con esta Iglesia que a lo largo de los años se ha mostrado “demasiado lejana de las necesidades de los hombres, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría y prisionera de su propio lenguaje rígido”. Una reliquia del pasado que “quizás tenía respuestas para la infancia del hombre pero no para su edad adulta”.

Pero la desorientación no es sólo de la Iglesia. Esta reflexión, esta necesidad de autocrítica, la tendríamos que extender a la sociedad misma. La distopía del Mundo feliz que Aldous Huxley vislumbró en 1932, su dictatorial Estado Mundial, tenía ya mucho de colmena sectaria y de infantil globalización. Un mundo joven y superficial sin tragedias, pasión ni libertad pero tremendamente estable, previsible y controlable. Nadie desea más de lo que tiene; nadie desea más de lo que puede tener. ¡Zum, zum! Tomas medio gramo de soma y es como si disfrutaras de medio día de descanso; un gramo de soma, un fin de semana; dos, una escapada a Oriente… Nadie piensa -a nadie le está permitido pensar- y la colmena sigue zumbando. Alegres jóvenes manipulando tubos de ensayo mientras los predestinadores silban y los embriones escuchan lecciones hipnopédicas de sociabilidad y conciencia de clase a la vez que aprenden sus primeras pautas de vida erótica.

¡Oh, Ford! , podríamos invocar… Cuántos parecen seguir soñando con un mundo de sectas y castas manipuladoras que diera legitimidad para explotar abiertamente e los desposeídos de la Tierra. Escribió Huxley que la población óptima, como practicaban los Alfas con el consentimiento de Betas, Gammas y Epsilones, es como un iceberg: ocho novenos bajo el agua y uno encima. Elysium acaba de llegar a la cartelera con las mismas inquietudes. Neill Blomkamp, lo recordarán por su aterrador apartheid de Distrito 9, nos propone viajar a la Tierra baldía de 2154 en la que el 1% de la especie escapa del apocalipsis y vive en una gigantesca estación espacial mientras el 99% restante se hacina en condiciones infrahumanas en un planeta contaminado. El Malpaís de Huxley extendido a toda la Tierra aunque con un héroe de verdad, Matt Damon en el papel de superhombre, y una misión salvadora; el decadente mundo que estamos construyendo ya pero revestido de ciencia ficción y con la oportunidad de un final feliz que cada vez se reduce más a la grandiosidad del cine.

Elysium, Guerra Mundial Z, Oblivion… No es casualidad la fiebre de películas distópicas que beben del pesimismo de la crisis y de la impotencia de una sociedad alarmantemente sectaria y fanática. Varían las escalas pero no las estrategias ni los fines: unos pocos aprovechándose de la debilidad de muchos, manipulando sentimientos, usurpando esperanzas, comprando influencias y poder. Si no somos capaces de protegernos de la secta que opera en el barrio, mucho menos lo seremos de los lobbys que respiran fuera del agua. ¿Tan increíble nos parece un planeta de ricos explotando a millones de pobres?