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El factor corbata

Magdalena Trillo | 15 de febrero de 2015 a las 11:43

Hace sólo diez años, más de la mitad de la población española no utilizaba el ordenador, todavía había un 14% que no sabía ni lo que era internet y hasta un 70% confesaba que jamás había enviado un email. Hoy, mi madre compagina los cursos de pintura y cocina saludable con sus primeras clases de informática, acaba de darse de alta en Facebook y está pendiente de activar la tarifa plana en el móvil para sumarse al grupo de WhatsApp que han creado mis sobrinas. Lo mejor de todo es que lo hace con la misma naturalidad con que prepara el relleno de carnaval, hace pestiños para Semana Santa y acumula conservas de tomate en la despensa.

Dice el alcalde de Granada que él ya está muy mayor para esto de las redes sociales y que no se da de alta porque no quiere que ningún ‘negro’ le haga el trabajo. Por supuesto que la edad importa para según qué cosas -ya nos gustaría que no fuera así- pero nos equivocamos si lo situamos como el factor determinante. Cuántos abuelos, por ejemplo, no han vuelto a hacer de padres en estos últimos años por imposición del guión de la crisis. Y a cuántos jóvenes no les estaremos robando los años felices de la adolescencia obligándoles a transitar sin brújula al blanco y negro de la vida ‘real’. Generaciones perdidas, quebradas por la crisis, para las que ha desaparecido el espacio de protección y concesiones que socialmente les habíamos reservado.

Las fronteras de la edad también se han roto y no sólo como consecuencia de la no siempre milagrosa cirugía plástica. Pero ni es un valor en sí misma la dictadura de la juventud como sinónimo de regeneración, ni la madurez es siempre sinónimo de plenitud ni debería ser un impedimento la inevitable senectud para seguir asumiendo responsabilidades profesionales. Lo reivindica, precisamente, Torres Hurtado cuando insiste en presentarse como el mejor candidato del PP para revalidar la mayoría absoluta en la capital y nos reprocha que no dejemos de preguntarle que cuándo se jubila… Después de muchos meses de espera, el viernes logró por fin el beneplácito de Génova para pelear por su cuarto mandato y aún queda por saber si, en estos tiempos de inestabilidad e incertidumbre, el cartel lo encabezará el Torres Hurtado de siempre, el de traje y corbata -y sombrero de fieltro en los soleados días de verano-, o un nuevo producto de los nuevos tiempos fabricado en los laboratorios de imagen de los partidos.

A cien días de las municipales, los socialistas ya han empezado a mostrar sus credenciales lanzando en las redes sociales el vídeo ‘Ya toca Granada. A Paco Cuenca le toca lidiar de actor principal para convencer a los ciudadanos de que el PP no busca más que “el negocio”, que nos “cosen” a impuestos, que son manifiestamente incapaces de gestionar y que “hay que darle la vuelta a Granada”. Todo muy de campaña. ¿Resulta creíble? La vecina a la que le han amargado la vida en su barrio con la LAC, la joven que se va a Alemania a buscar trabajo, el señor que ha tenido que cerrar su negocio… Juzguen ustedes.

Mucho menos preparado, y seguro que más barato, es el vídeo que la candidata de Podemos a la Junta se ha autograbado en la cocina de casa para hablar de otra ‘cocina’, la de las encuestas. Teresa Rodríguez nos recuerda la escasa fiabilidad de las muestras y nos hace preguntarnos hasta qué punto los sondeos reflejan la opinión de los andaluces o son un instrumento para “generar opinión”. Su mensaje es claro: la esperanza de los nuevos partidos como “alternativa de cambio” frente al descrédito de un PP y PSOE en continua caída. Y lo hace mientras hierven unos tomates en una floreada cacerola.

 

Más que entre lo ‘nuevo’ y lo ‘viejo’, podríamos preguntarnos si el dilema está entre lo creíble y lo que no, entre el original y la copia, entre lo auténtico y lo impostado. Del mismo modo que en internet hemos terminado conviviendo los nativos digitales y los emigrados, la política está viviendo una etapa de profunda transición en la que se ha puesto en cuestión tanto el contenido como el continente, tanto las formas como el mensaje.

Pero, ojo, que ni la juventud ni la novedad de los “nuevos partidos” son suficientes para apropiarse del valor de esas “nuevas formas de hacer política” que reclama la sociedad ni pueden erigirse como salvadores presentándose a sí mismos como los “nuevos políticos” que han de liderar el cambio presuponiendo siempre la bondad de lo nuevo y la corrupción de lo viejo.

Les pongo como ejemplo un frívolo caso de corbatas. Jamás pensé que el último revuelo sexista por la indumentaria de un político lo viviríamos a costa del ministro griego de Finanzas. Al mismo tiempo que Pedro Sánchez se vestía de estadista y se clonaba ‘a lo Rajoy’ para firmar un interesado pacto antiterrorista que no se termina de comprender ni entre las filas socialistas, Yanis Varoufakis se paseaba por los elitistas despachos de Europa sin corbata, con vaqueros negros y con camisa azul eléctrico provocadoramente desabrochada y suelta.

varoufakis

¿Les parece irrelevante? Júzguenlo también ustedes. Pero no pierdan de perspectiva hasta qué punto el ‘factor corbata’ es un entretenimiento de crónica social y de pasarela o es un valioso escaparate que nos previene de los farsantes. Porque de lo que hablamos es de lo que se es y de lo que se quiere aparentar. Y porque también es personalidad, incluso liderazgo, ser capaz de decidir si nos ponemos la corbata aunque nos ahogue o nos la quitamos aun sabiendo que nos sentimos desnudos. Más aún en un momento en el que, en la trastienda de la política, la capacidad de influencia y poder de los asesores, de los Pedro Arriola a las Verónica Fumanal, se está convirtiendo en un tema de primera página.

Todo está relacionado. Merkel, por ejemplo, no ha tenido que travestirse de ejecutiva ni cambiar sus criticadas chaquetas para dejar claro quién manda en Europa como no lo tuvo que hacer Thatcher en su día -su pequeño bolso negro de mano fue más que suficiente- para ganarse al apelativo de ‘Dama de hierro’.

En España, hoy podría resultar casi obsceno que a Pablo Iglesias le intentaran copiar la coleta, pero coincidirán en que llega a resultar esperpéntica la obsesión de sus ‘colegas’ por copiarlo y vendernos no sólo lo que no son sino también lo que no piensan. De repente se han vuelto todos muy ‘de calle’, showmen y ultra activos en las redes sociales. Piensen en la repentina faceta televisiva de Pedro Sánchez y recuerden el lamentable episodio de Rajoy eliminando miles de ‘amigos’ en Facebook cuando se descubrió que los 60.000 sorpresivos ‘followers’ digitales con los que amaneció un día eran un engaño tecnológico.

rajoy

Ni las monarquías escapan de la fiebre por ‘aparentar’. El rey Felipe acaba de bajarse el sueldo para aumentar el presupuesto de la Corona en nuevas tecnologías y, en Noruega, Mette Marit se ha lanzado al mundo 2.0 dándose de alta en Instagram para mejorar su popularidad. En teoría, se trata de modernizarse y apostar por la transparencia; en la práctica, llega un momento en el que cada vez es más difícil saber a quién creer y qué creer. Y la corbata es mucho más que un trozo de tela.

Lo políticamente correcto

Magdalena Trillo | 8 de febrero de 2015 a las 17:28

Todos sabemos que en el decálogo del ‘buen político’ no está decir la verdad. No lo llaman mentir sino “estrategia” y, teóricamente, nunca hay mala fe detrás del incumplimiento de las promesas sino un buen puñado de “circunstancias” que les impiden hacer frente a sus compromisos, algunos errores de cálculo sobrevenidos que empañan la gestión y unos cuantos ‘chorizos’ infiltrados en sus filas que “injustamente” los desacreditan.

Si todos sabemos que un político no se puede permitir el lujo de decir la verdad, mucho menos en campaña electoral. Y el objetivo es evidente: no dar pistas al adversario, no mostrar debilidades y convencer a los futuros votantes de que son la mejor opción. ¿Cómo nos van a pedir que confiemos si ni ellos mismos se lo creen?

Porque también sabemos, o deberíamos saber, que el fin último de la política es el poder: la máxima es salir a ganar y, por supuesto, ocupar el sillón de mando. Luego vendrá aquello de que se hace por el interés general, que su vocación es la del servicio público y que se van a dejar la piel por los ciudadanos. Por usted y por mí.

Todo esto se rompió esta semana cuando el secretario de Participación Interna de Podemos dijo en un programa de radio que su partido no tiene expectativas de acceder al Gobierno en Andalucía. ¡Revuelo monumental! Se lanzaron como lobos desde todos los partidos y también se le contestó desde dentro. La candidata andaluza, Teresa Rodríguez, apenas tardó unos minutos en corregir la ‘novatada’ de su compañero con un tuit: “Quienes conocemos esta tierra y tenemos aquí los pies, la cabeza y esperanzas, sabemos que no sólo podemos, sino que debemos ganar Andalucía”. Luis Alegre rectificó esa misma mañana y se ha pasado toda la semana tirando de ‘manual': el recurrente que se había expresado mal… Que se refería a que las encuestas no les dan como vencedores para las autonómicas del 22 de marzo en Andalucía -sí en otras comunidades como Madrid, Valencia o Asturias-, que afrontan la cita con “humildad” pero también con “ambición” y que, como ya demostraron en las Europeas de hace un año, “¡sí se puede!” porque son un partido nacido “para ganar”.

El dirigente de Podemos termina refugiándose en lo políticamente correcto, en lo previsible, con el tono falso de los mítines y eslóganes fabricados de campaña. A mí, sinceramente, me había gustado más el primer Luis Alegre, el criticado como principiante e inexperto, el que osó romper el ‘pacto’ del interés partidario admitiendo en público lo que la formación de Pablo Iglesias sabe a nivel interno y sabemos todos: que Andalucía es su plaza más difícil y que, a la espera de más sorpresas el día electoral, no es probable que el 22-M se conviertan en la primera fuerza en nuestra comunidad.

Nunca he entendido por qué los políticos nos tienen que proteger callando lo que no interesa (a ellos, claro), diciendo lo que no es y prometiendo lo que nunca cumplirán. Cierto es que ganaríamos mucho si antes de hablar tuvieran claro qué quieren decir. Más aún si consiguieran que, desde el mismo partido, partieran los mismos mensajes sin importar el interlocutor ni dónde vive el votante. Es una regla básica en periodismo que nunca pondremos un buen titular ni escribiremos una buena noticia si no tenemos previamente bien definido lo que queremos contar; un mal titular siempre es reflejo de una mala historia.

En política, a esto se llama incoherencia y, lamentablemente, tenemos demasiados ejemplos de ello. ¿No es una contradicción que Pedro Sánchez se manifieste partidario de alcanzar grandes pactos de Estado con el PP y unas horas más tarde diga su portavoz que, más allá de la lucha contra el yihadismo, no hay nada que acordar porque las diferencias son “abismales”? Porque qué bien debería sonar la propuesta del líder socialista de imponer un mínimo de sensatez y estabilidad en Educación si no se percibiera detrás un interés claramente electoral que choca con ese intento de adoctrinamiento que ha marcado la gestión educativa en este país durante toda la democracia.

Desconcierto e intereses partidistas. Tampoco he entendido nunca por qué los políticos no pueden movilizar a los indecisos siendo honestos, desarmar al adversario con discursos constructivos y en positivo y entusiasmar al electorado siendo realistas. Por qué no se pueden asumir los errores y conectar con los votantes sin cambiar de discurso cada media hora. El confuso escenario de alianzas postelectorales que se avecina tal vez sea la mejor muestra de lo difícil que es escribir un titular, montar un discurso, cuando no se sabe qué decir. Por no destapar las cartas y por no reconocer que todo dependerá de lo que más interese, de lo que sea más necesario cuando, con los datos definitivos en la mano, haya que valorar hasta dónde se puede presionar y hasta dónde renunciar.

Números y pragmatismo. Si el bipartidismo está tan roto en España como aventuran todos los sondeos, más importante que el programa sería conocer las intenciones de los partidos para el día después. Susana Díaz ha entrado fuerte en precampaña -ya está de periplo por toda Andalucía con actos institucionales por la mañana y de partido por la tarde- asegurando que ni pactará con el PP ni lo hará con Podemos. ¿Seguro? Lo enfatizó el jueves en Granada cuando respaldó a Paco Cuenca como candidato socialista a la Alcaldía de la capital y le marcó el camino: ganar “bien” para gobernar sin necesidad de alianzas. ¿De verdad cuentan con tal horizonte? La prudencia, y el desconcierto que ha supuesto la irrupción de Podemos torpedeando el actual sistema de partidos y fagocitando a Izquierdo Unida, ha dejado en un sueño la aspiración de la “mayoría absoluta” y ahora el reto no es otro que una “mayoría suficiente”.

Y aquí tenemos a los que nos prometen estabilidad para “avanzar al doble de velocidad” que el resto de comunidades (PSOE), los que nos previenen de experimentos intentado montarse en la ola de la recuperación (PP), los que buscan nuestra complicidad para romper “tres décadas de monopolio socialista” y “corrupción” (Podemos) y los que nos aseguran un verdadero gobierno de izquierdas llamando a la puerta de los “desencantados” (IU). Sumemos otras opciones más minoritarias como Ciudadanos, UpyD y hasta el irrelevante Partido Andalucista y encontrará esa difícil radiografía que se vislumbra este intenso año electoral con dos corrientes en tensa disputa por el poder: PP y PSOE intentando mantener posiciones y todos los demás esperanzados en desmontar el tablero.

El primer experimento se ensayará en Andalucía pero reconozcamos que el laboratorio más imprevisible se está fraguando en Madrid y que será en las municipales cuando comprobemos el impacto real de las sopas de siglas, los pactos y las alianzas que resultarán imprescindibles para el gobierno -o desgobierno- en cientos de pueblos y ciudades de toda España. Y ya veremos entonces, en un escenario absolutamente inédito en nuestra democracia, si lo que hasta ahora ha sido políticamente correcto sigue funcionando.