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La madeja de la Plaza del Carmen

Magdalena Trillo | 18 de marzo de 2018 a las 10:50

Quienes dedican su carrera investigadora a rasgar la madeja de intereses sobre la que se sostiene el actual sistema de medios comparten un mismo punto de partida: no se pueden entender los mensajes -desde la teórica objetividad de las noticias a los posicionamientos editoriales más ideológicos- si no conocemos la trastienda de quienes están detrás. De los “dueños” de los medios.

Esta misma máxima la podemos aplicar a la política pero en un nivel de complejidad mucho mayor. Pensemos, por ejemplo, en una matrioshka rusa: cada figura que extraemos es un relato. Y puede ser coherente, suponer una continuidad, pero también puede ser contradictorio y hasta ocultar un choque frontal. Más aún cuando combinamos en un mismo escenario la gestión -teóricamente pública y en beneficio de la ciudad- con el tacticismo político y electoral que acaba siendo rehén del color de las siglas.

Si a todo ello unimos la incertidumbre judicial, el cambio de paso que imponen los tribunales cuando se abren procesos de enorme impacto -la operación Nazarí o, por ejemplo, el caso Serrallo-, la realidad es un maremágnum difícilmente gobernable donde los intereses de partido se confunden y absorben los de la institución.

Así está la Plaza del Carmen. Todos conocemos la situación de desconcierto en la bancada del PP con hasta 6 concejales pendientes de un hilo -el judicial- para tener que dimitir. Pero el equipo de gobierno no está a salvo. No esperaba gobernar y tal vez por ello sigue actuando -y tomando decisiones- como si fuera el grupo municipal del PSOE. Han sustituido la transparencia informativa debida (para eso cuentan con la labor de profesionales cuyos sueldos se pagan con dinero público) por la filtración sistemática e indisimulada.

La estrategia es vieja: paso un tema duro y polémico que me puede perjudicar al medio amigo (el diario oficial de la Plaza del Carmen) y así contrarresto el golpe. Como va envuelto “en papel de exclusiva”, el objetivo es que la información tenga un tratamiento laudatorio y el medio cae en la trampa habitual del periodismo de mala ralea… Luego, si llegan las críticas, siempre está el recurso fácil de matar al mensajero: que no informamos bien, que “bebemos de fuentes poco recomendables”, que nos intoxican, que manipulamos… Si nos dieran un euro cada vez que un periodista que hace su trabajo ha tenido que escuchar eso… También nos dan clases de Derecho Penal, por lo que deberíamos de empezar a preocuparnos por si el síndrome del contagio también se extiende a quienes desempeñan su actividad en la vida pública y también en la enseñanza. Porque, por lo que se ve, el poder no sólo corrompe, también ciega.

Hasta aquí es opinión, por supuesto, pero también son hechos. Aunque podría aburrirles con decenas de ejemplos, me voy a centrar en el caso Serrallo y el escrito de acusación que nuestro Ayuntamiento, la institución que ha de defender el interés de la ciudad, ha presentado en el último minuto del último día del plazo como acusación particular de la causa que investiga el cambio de uso de una parcela destinada a ser un parque infantil a la construcción de una sala de fiestas. En una rueda de prensa -esta vez sí para todos los medios-, el portavoz recalcó que es el escrito de acusación de “los servicios jurídicos técnicos” del Ayuntamiento, que está “fundamentado” y “exento de valoración política”.

El problema que los políticos tienen con algunos periodistas o medios es que nos gusta contrastar, beber de otras fuentes alternativas -como las de sus adversarios políticos-, pero también de técnicos y expertos, y ponerlo todo en cuestión, especialmente lo que dicen por esa tendencia natural a la que ya nos tienen acostumbrados de que todo es susceptible de cambiar según sople el viento. Y, aunque se les olvide, también tenemos criterio. Y tenemos capacidad para leer entre líneas. Y hasta para interpretar lo que ocurre y lo que nos dicen.

Les propongo un juego: les doy unas claves y un titular y ustedes deciden si se ajusta a la realidad. El Serrallo lleva 4 años en fase de instrucción. El grupo municipal socialista se personó como acusación, pero en 2016, cuando Cuenca accedió a la alcaldía se retiró y recuperó su dinero de la fianza. Ya estaba en la causa el Ayuntamiento, gobernado por ellos, y además podía seguir representándolo el mismo abogado. Pero el caso es que en todo ese tiempo apenas se han pronunciado en nada. Han permanecido casi como convidados de piedra en el proceso. Escuchar, ver y callar. Hasta ahora…

Cuando la jueza cierra la investigación y llega la hora de que las acusaciones se retraten y formulen sus peticiones, el escrito que finalmente presentan no hace alusión alguna a los ediles del PP que en 2012 votaron a favor en el polémico expediente urbanístico. No aprecia ningún delito ni posible responsabilidad por su parte, en contra del criterio de la jueza, de la fiscal y de otras partes acusadoras. Focaliza los ilícitos en el exalcalde Torres Hurtado y en su exconcejal Isabel Nieto, además del promotor y los funcionarios que aún trabajan allí (gestionan y hacen informes cada día para el actual equipo de gobierno). Tan benévolos y comprensivos son con sus compañeros de la bancada azul que hasta los ediles afectados se pronunciaron nada más conocer el escrito congratulándose de la postura “del equipo de gobierno del PSOE, que avala su inocencia”.

Sin ánimo de enredar, sólo aporto dos apuntes más: ¿sabían que el recién nombrado jefe de la Asesoría Jurídica del Ayuntamiento (que acaba de tomar las riendas del caso Serrallo, justo antes de enviar el escrito de acusación) es el hijo de un histórico del PSOE, exconsejero de la Junta, con un sueldo muy por encima del que tiene el alcalde? ¿Han pensado, aunque sea un futurible, que los propios ediles socialistas podrían verse en una situación similar si la jueza termina pidiendo explicaciones a todos los que han votado en pleno expedientes bajo sospecha? Me refiero ahora al caso Nazarí.

El gobierno de Cuenca “amnistía” a los concejales del PP. Este es el titular que no ha gustado nada a los actuales inquilinos dela Plaza del Carmen. Lógico. Pero no porque nosotros “confundamos al partido y al Ayuntamiento”; es la consecuencia de que lo hagan ellos.
Sebastián Pérez toma las riendas
Nadie lo cuestionaba, ni dentro ni fuera del PP, pero ya es oficial. Como adelantó este periódico el pasado lunes, Sebastián Pérez ya tiene la bendición de Génova para afrontar uno de los desafíos más importantes de su partido en las municipales de 2019: recuperar el gobierno de la capital tras el escándalo y el desgaste que ha supuesto la operación Nazarí por presunta corrupción urbanística contra el exalcalde Torres Hurtado y su equipo de gobierno. A quince meses de las elecciones, hace bien el PP en deshojar la margarita y aflojar la doble presión que supone la insistente cadencia de encuestas ratificando la subida de Ciudadanos como competidores directos entre los votantes de derechas y la propia situación del partido a nivel interno en las distintas provincias andaluzas.

En la capital, el reto es importante. Los sondeos internos sólo le dan 9 concejales (estarían a sólo 500 votos del décimo, pero aún así serían peores resultados que en 2015 con Torres Hurtado en el cartel) y flota en el aire la probabilidad de que momentos clave de los casos Serrallo y Nazarí estallen en los próximos meses y acaben colándose incluso en la campaña. De momento, sólo hay dos nombres seguros: el de Sebastián Pérez y el de Rocío Díaz. Aparentemente no hay crisis con la designación final. Los demás concejales tienen preocupaciones más importantes de las que ocuparse y Rocío asegura que “está bien”. Aunque no sea ella la candidata. El reloj no ha hecho más que ponerse en marcha. Será interesante ver cómo se nada y se guarda la ropa (con Cs).

Títeres sin cachiporra y gatos sin cascabel

Magdalena Trillo | 21 de febrero de 2016 a las 11:05

Podría ser el título de una fábula, las primeras líneas de un relato y hasta un acertijo; encabeza un artículo de prensa por exigencias del guion: de la actualidad. La explicación está en el conocido cuento de los peces de Cortázar. Se titula Axolotl y empieza así: “Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl”.

dibujo

Aunque no lo parezca, los títeres sin cachiporra y los gatos sin cascabel tienen mucho que ver con los peces. Y con las peceras. Y con los callejones sin salida con que esta semana hemos llenado de tinta los periódicos. La explicación la tiene el escritor argentino por las punzadas de realismo mágico que nos asesta en cada uno de los cuentos que integran Final de juego. Porque lo que les propongo, en realidad, es un simple juego: que peguen sus ojos al vidrio del acuario y se atrevan a descubrir que hay una vida diferente, que se puede aprender a mirar de otra manera.

Pero para eso tienen que sentirse un axolotl. Tienen que imaginar a esos bichillos rosados como lo hace Cortázar: conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada, gritando: “Sálvanos, sálvanos”. Entonces podrán sentir la extrañeza de seguir pensando como antes sabiendo que son ustedes los que están al otro lado del acuario; sentir el “horror del enterrado vivo que despierta a su destino”.

La inquietud -y hasta el frío- que me invadió la primera vez que leí el conocido cuento de los peces me persigue intermitentemente desde entonces. Me gusta pensar en los atxolotl cuando estoy confundida -escondida y protegida en mi “angosta y mezquina” pecera- para darme cuenta de que en los laberintos no hay atajos; para recordarme que los finales se pueden distraer pero no hurtar…

Los peces me llevan entonces a los gatos y hay un único mensaje posible -alguien tiene que hacer de ratón y poner el cascabel- y una consecuencia insoslayable: por muy contradictorio que resulte en los tiempos actuales de veleidades, des-compromiso y banalidad, tendríamos que hacer un esfuerzo por reivindicar la valentía más allá de la épica medieval. Como en las viejas y moralizantes fábulas del Libro de los Gatos de Odo de Cheriton. Como en los títeres de cachiporra de Lorca, Falla y Lanz.

Desde la pecera -sin peces- en que está a punto de convertirse el Centro Lorca, podríamos atrevernos a hablar de “chantaje” en lugar de “negociación” para referirnos a la travesía del desierto que están cruzando las administraciones del Consorcio Lorca para cumplir el compromiso que la familia del poeta firmó hace más de una década cuando se afrontó la construcción del imponente edificio de La Romanilla: traer a la ciudad el legado lorquiano.

El problema, digámoslo abiertamente, son los tribunales, los millones sin justificar, la sombra del fraude en la gestión y las acusaciones de malversación de fondos públicos. El legado estaba (casi) embalado para emprender el regreso cuando saltó el escándalo y allí seguirá mientras sea un salvoconducto. Lo del “talante” y el “diálogo” queda muy bien delante de los periodistas pero resuelve poco si las instituciones se convierten en rehenes del proceso judicial y el Centro Lorca en un cortijo.

centro lorca

Laura García-Lorca tendrá en el Centro Lorca una posición de primer nivel -con capacidad de decisión y bien remunerada- pero ahora el escollo es qué hacer con el ‘agujero’… ¿Borrón y cuenta nueva? Inaudito. Mientras, la Granada cultural mira de reojo calculando el nuevo precio que costará recuperar el legado y el impacto que tendrá en el resto de instituciones y actividades de la ciudad con unos presupuestos que son ya irrisorios. Y mientras, el millonario Centro Lorca que debía convertirse en uno de los grandes emblemas de la Andalucía cultural se desfigura sin poder llevar a cabo el ambicioso proyecto comprometido.

A veces, sólo las moralejas, los refranes y los lugares comunes -todo de lo que debería huir el buen arte, la buena literatura, el buen periodismo, la buena política- nos salvan del absurdo. Lo digo por la crisis del Centro Lorca, pero podríamos extenderlo a la crisis del AVE -¿tendrá valentía el PSOE si acaba gobernando en Madrid de paralizar de verdad el AVE hasta que se apruebe el proyecto de soterramiento?- y, tal vez con demasiados intangibles, a la surrealista crisis de los titiriteros por cuanto tiene de torpezas, de intransigencia y de desproporción.

Empezamos judicializando la política y la economía -consecuencia inevitable de la escalada de la picaresca al clientelismo y la corrupción- y ahora le toca el turno a la convivencia situando los tribunales en una inquisición despreocupadamente compartida y consentida y transmutándonos todos en fiscales improvisados. Lo grave es que terminaremos denunciando al vecino del sexto por regar las plantas a deshoras -y hasta las fiestas de fin de curso de los colegios- con la misma vehemencia que exigimos justicia para el emperador de la sonrisa de Vitaldent.

Si el remedio son los títeres sin cachiporra, si el remedio es no provocar, no molestar y no ponerle el cascabel al gato, enfilaremos sin solución al abismo. El eje del debate público no puede ser una continua batalla de libertades y de derechos fundamentales. Entramos en un terreno resbaladizo, íntimo y subjetivo que tiene más que ver con la forma en que cada uno decide vivir, creer y pensar que con la dictadura de lo socialmente correcto que inconscientemente nos estamos imponiendo.

No es casualidad que la Oficina de la Transparencia de la capital, la primera como tal que se ha abierto en el país, esté sirviendo a políticos y funcionarios de lavadero de trapos sucios y de instrumento para el cotilleo. Basta encender la televisión y tropezar con cualquiera de las versiones del programa estrella ‘en tu casa o en la mía’ para entender por qué; para darle la razón a los sociólogos cuando dicen que los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad. Y, por supuesto, a la inversa.

Termino el juego: mire la caja tonta e imagine que es una pecera. Tiene que hacerlo como Cortázar: turbado, fascinado, con profunda obsesión. Sin darse cuenta, sentirá su nariz chocar contra el vidrio y verá que hay alguien sentado en su sofá…

Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

mauricio
Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

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Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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Y por encima de todo, felices

Magdalena Trillo | 7 de diciembre de 2014 a las 10:30

No sólo las temperaturas se han desplomado en los últimos días. Si ha ido a repostar, se habrá sorprendido al llenar el depósito por diez euros menos que al principio del verano. Pero no se alegre demasiado… No mire el tique del supermercado y mucho menos la factura del teléfono, la luz, el agua o el gas. Tampoco se le ocurra comparar lo que ingresa a final de mes -desde el comienzo de la crisis los granadinos hemos perdido una media de 1.400 euros al año por las políticas de ‘moderación’ salarial- y no espere demasiadas sorpresas ni con la bajada de impuestos prometida por el Gobierno para animar las citas electorales de 2015 -antes de que lo hayamos notado los habrán vuelto a subir- ni con los programas de ayudas con que se siguen parcheando los agujeros negros que compiten con el interminable de Bankia: el ‘auxilio’ para los parados de larga duración, las menguantes becas para jóvenes, las buenas intenciones para los discapacitados, los compromisos de no discriminación salarial para las mujeres…

Las alegrías son siempre relativas; pero no menos que la desesperación. No tenemos que recurrir a las previsiones de los hosteleros para comprobar que Granada está a reventar de turistas, darnos codazos en bares y restaurantes, evitar pisotones en el casco histórico, hacer las primeras colas en el telesilla de Sierra Nevada o disputar en Playa Granada los barriles protegidos del viento con vistas al mar. Hasta las estadísticas han querido sumarse esta semana al clima de recuperación ‘oficial’ con el primer repunte en los nacimientos desde 2010. Y no sería una cuestión menor si de verdad estamos ante un cambio de tendencia -sobre todo para los ilusos que aún confiamos en el sistema público de pensiones- y no ante una inflexión de los datos condicionada por algo tan incontrolable como la biología: a las mujeres que renunciaron a tener hijos por la crisis se les pasa el arroz y ya no pueden postergar más la maternidad.

Elija blanco o negro. Coja los datos y decida el titular. Tal vez debamos empezar a creer que la psicología y el estado de ánimo tienen tanto impacto en el parqué como las noticias que salen de la Audiencia Nacional. Paro y corrupción se han vuelto a dar la mano en la última encuesta del CIS como las grandes preocupaciones de los españoles. Unos días antes de pulverizar un nuevo récord, Transparencia Internacional tranquilizaba diciendo que no es una situación “sistémica”, pero no es la sensación que tendrá usted si a los casos de siempre le añade la sorpresiva entrada en barrena de Podemos cayendo, después de un año de agresiva campaña contra el ‘status quo’, en las mismas prácticas de trapicheos y privilegios que todos los demás.

¿Faltaba un “papelito”? Ahora es el partido de Pablo Iglesias el que copia al de Rajoy con aquello de los “cuatro sinvergüenzas” y las “cuatro cosas”. A los justicieros de la “casta”, rehenes de su propia soberbia, no se les ocurre otra salida que reaccionar como todos: haciéndose las víctimas y declarándose perseguidos y difamados. Estoy segura de que no habría ‘caso Errejón’ si el investigador que ha estafado a la Universidad de Málaga no formara parte de la cúpula de Podemos; pero estamos en el momento de la credibilidad. ¿No aseguró Pablo Iglesias que responderían con un sonoro y contundente “¡fuera!” ante cualquier atisbo de corrupción? Por muy “menor” que sea la ‘falta’ de su número 2, tiene ante sí una oportunidad irrenunciable para dar ejemplo.

Ese mismo ejemplo que le ha servido a la Corona para escapar de la ira popular en sólo unos meses -las medidas de transparencia y control que está imponiendo el Rey Felipe demuestran que más que leyes nuevas lo que hace falta es voluntad por cumplir lo que hay y desempolvar la ética-y que viene a demostrar que, como pasa con las encuestas, las radiografías con que nos conmociona el CIS todos los meses son una fotografía puntual tan variable como esos blancos, negros y grises con que podemos leer la actualidad.

Pregúntese si no cómo se posible que, después de tanto despropósito y catastrofismo, los españoles nos pongamos entre un 7 y un 8 en felicidad… ¡Machacados, pero felices! Y la razón es muy sencilla: el color a la vida se lo pone usted.

Un acto de fe

Magdalena Trillo | 3 de febrero de 2013 a las 10:03

Esta semana he recordado por qué hace veinte años quise ser periodista: se pueden cambiar las cosas. La verdad no es absoluta, pero tampoco lo es la impunidad. No estamos adocenados ni dormidos. Ni nosotros ni los ciudadanos ante los que tenemos la obligación de responder; esa calle que nos vigila en las redes sociales compartiendo -no supliendo ni usurpando- el papel de ‘voz de los sin voz’ que tradicionalmente hemos desempeñado. La salud de la democracia, de nuestro sistema de libertades, se sigue calibrando en los medios de comunicación. También su decadencia y su decrepitud; también las vanidades, irresponsabilidades e incluso fragilidad con que a veces participamos en este perverso juego de control, presiones, poder y contrapoder. Pero la grandeza de este sistema es, precisamente, que cada actor esté a la altura de su papel. Con sus errores y sus aciertos. Hay que gobernar para salir de la crisis, pero también hay que hacer oposición e informar con absoluta independencia.

El estallido social que se temía con la sangría del paro se está desatando por la corrupción. Los papeles de Bárcenas no son una causa general contra el PP ni las protestas en las sedes del partido son un acoso antidemocrático. No es conspiración y no es persecución. Son dudas legítimas sobre la gestión de un partido político y sobre la “honorabilidad” de unas personas que están en el Gobierno. No es un movimiento para desestabilizar el país. Es la esencia misma de la democracia. Son derechos, libertades y obligaciones constitucionales.

Aunque algunos quieran pensar que la prensa es como el carnicero, que “mata por la noche para comer al día siguiente lo que ha matado”. Lo decía Balzac hace más de un siglo y muchos lo estarán pensando estos días: “El periodismo es una fuerza ciega, sorda, perversa, rebelde, sin moralidad, sin tradición, sin objetivos concretos y dignos”. Pero es, y así lo reconocía el infatigable novelista francés, “la fuerza que lo mueve todo, la única que tiene el poder suficiente para derribar”.

Dolores de Cospedal lo vivió el jueves cuando tuvo que salir ante los medios a ‘sujetar las velas’ de todo el partido. Se inmoló políticamente. Su discurso, milimétricamente planificado, se quebró con las primeras preguntas de los periodistas. Pese a la pretendida contundencia de sus palabras y el redundante “limpio, claro y transparente” que aplicó a las cuentas del PP, suscitó más inquietud que certezas. La negativa tajante de veracidad a los apuntes contables publicados por El País, una supuesta Caja B de financiación, se convirtió en parcial y terminó provocando una tremenda ola de indignación (#quesevayantodos, #Rajoydimisión, #volvemos1f) que apenas tardaría unas horas en convertirse en caceroladas con gigantescos sobres a modo de pancarta por todo el país. Granada no fue una excepción.

En los tribunales, el proceso avanza implacable. La justicia está cumpliendo su papel sin miramientos ni excepciones difícilmente justificables en un Estado de Derecho. En paralelo a la instrucción del caso Bárcenas y el caso Gürtel, el Fiscal General ha considerado que “hay indicios” para investigar y que está dispuesto a llamar al propio presidente del Gobierno si es necesario. Anticorrupción acaba de anunciar que citará a los ex tesoreros Bárcenas y Lapuerta y al ex diputado Jorge Trías para esclarecer el presunto pago de sobresueldos a la cúpula del PP. Si es dinero negro y hay fraude, lo dictamirá un juez; si todo es ‘limpio’ y legal, también.

Políticamente, el escenario se tambalea. El “caiga quien caiga” inicial se ha convertido en un cierre de filas. Hace cuatro años Rajoy dijo que no había una trama de corrupción “en el PP” sino “contra el PP” y puso la mano en el fuego por el ex senador. Se quemó. Ayer, tras la reunión de urgencia del comité ejecutivo, evitó mencionar su nombre, se demarcó de la cuenta en Suiza de los 22 millones e insistió en la teoría de la conspiración. Habló de “papeles apócrifos” y de “manipulación”. “Es falso”, enfatizó en varias ocasiones tajante, seco, enfadado. “Son infamias que ahora se disfrazan de presuntas, que dan pie a toda clase de infundios e inflaman el fariseísmo más descarado”.

Pero lo que nos pidió el presidente del Gobierno fue un acto de fe. No tiene crédito suficiente para ello. Las palabras de los políticos, sus promesas, están terriblemente devaluadas. Tal vez podamos creerlo a él pero no depositando una fe ciega en toda la estructura de dirección de un partido, el de ahora y el de hace dos décadas. Fue demasiado osado, innecesariamente arriesgado. Coincido con Rajoy al pensar que “las cosas se pueden cambiar”, pero no hablamos de lo mismo. No, si no se entiende la crítica y exigencia de transparencia que está reclamando la sociedad española. No, si su defensa es un ataque contra los medios, contra la oposición y contra quienes expresan en la calle su cabreo y perplejidad.