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Entrevista a J. M. Amilibia

Agustín Velasco | 16 de mayo de 2012 a las 20:29

Foto: Connie G. Santos

Érase un príncipe republicano (ed. Principal de los libros) es de esas novelas que necesitan un comentario del autor porque está llena de matices. Así que me puse en contacto con J. M. Amilibia y he tratado de comparar notas sobre mis conclusiones, sacadas entre líneas, de su otra.

¿Cómo, en qué momento, surge la necesidad de desarrollar esta fábula ‘envenenada’ sobre la monarquía, los medios de comunicación, la iglesia y tantas otras cosas? La novela está escrita hace tres años y la idea surgió de un imposible que me fascinó: ¿podría ocurrir que un príncipe se convirtiera en republicano? ¿Cómo ocurriría y por qué? ¿Abdicaría realmente para facilitar la llegada de la república o…? Sí, es una fábula envenenada, pero me imagino que no mortal (¡qué susto!) sobre la monarquía, la Iglesia, los medios y todo eso, como usted dice. Pero yo escribo sobre todo contra mí mismo.

¿De todas las historias que se cuentan dentro del libro (unas dentro de otras) cuál es el eje vertebrados para usted? La explicación del éxito y la desgracia de Richard Lod. La novela que cuenta dentro de la novela.

¿No le resulta asombroso el paralelismo entre Richard y usted mismo? Él logra vaticinar el accidente del rey y usted se encuentra que a la publicación de su libro le precede uno de los debates más encarnizados sobre la monarquía y su comportamiento en este país. ¿No tiene miedo de la reacción de la reina? Suelo decir que todos los personajes de una novela son el autor, aunque él no lo sepa o no quiera saberlo. La polémica sobre la monarquía, afectada sobre todo por el caso Urdangarín, nació bastante antes de que se publicara la novela. La mayor coincidencia o azar fue, quizá, que el rey real, valga la redundancia, sufriera un accidente cuando yo hablaba en la novela del accidente del rey de ficción.  Le diré algo: cuando escribía la novela, dudé entre el resbalón real y el accidente de caza. Me quedé con el resbalón, quizá porque odio la caza. No, no tengo miedo a la reacción de la reina, aunque si es verdad que le gusta el mundo esotérico, quizá esté preparando una pócima o un conjuro para convertirme en bufón de la Zarzuela. Pero me parece que ahora tiene otras preocupaciones.

¿‘Sálvame María’, el programa de televisión de tintes religiosos donde trabaja Richard, es más una pulla contra la iglesia, contra los medios de comunicación o contra la sociedad que los soporta a ambos? Contra todo eso, pero sobre todo contra el dogmatismo, el fanatismo y la hipocresía. No sirve de nada, pero me divierte escribirlo.

Durante mucho tiempo la monarquía en este país ha sido intocable pero ahora las redes sociales han levantado una rebelión que los medios de comunicación nunca se han atrevido a auspiciar. ¿Cree que es el momento justo para debatir el papel de la institución? Creo que, efectivamente, se ha abierto la veda sobre el papel de la monarquía en España. Es lógico que ocurra cuando los medios (y parte de la sociedad) han considerado durante muchos años esa institución como algo intocable, sagrado. En todas las redacciones se la han cogido con papel de fumar a la hora de hablar de los reyes y de la familia real o la familia del rey. Hay que huir de los temores reverenciales. Ningún poder es sacrosanto.

El humor siempre ha sido un arma muy peligrosa, sobre todo para el que la sufre. ¿Todavía podemos tomarnos con humor lo que nos rodea? No sólo podemos, debemos tomarnos con humor todo lo que nos rodea. A) porque el humor es lo más revolucionario. B) porque es lo único que nos puede salvar. C) porque sólo el humor nos puede permitir ser algo crueles con lo que nos fastidia o nos aterra o nos confunde.

¡¡Y todo esto como colaborador de La Razón!! ¿Tiene usted espíritu kamikaze? ¿O cree usted que la autocensura que ejercen los periodistas para complacer a sus medios es el peor mal del periodismo en nuestro días? No tengo nada que ver con la línea editorial de La Razón. Soy un modesto colaborador que se conforma con que le dejen escribir con libertad. No tengo alma de kamikaze. Estoy lleno de miedos. Sí, creo que la autocensura de los periodistas para complacer a sus medios es el peor mal del periodismo actual, junto con el sectarismo y el permanente miedo al despido. Pero comprendo que se hagan muchas cosas por los garbanzos.

¿De los personajes de su libro cuál le parece el más terrible y por qué: la reina, la ambiciosa princesa, la mujer de Richard, el tablón con la mancha de aceite, otro? Creo que uno de los peores es el protagonista, el escritor, porque es vengativo, egoísta, cobarde e impostor; es el progre que en cuanto tiene dinero lo saca fuera del país; el anarquista de salón que cuando el príncipe le halaga se le cae la baba; el tipo que acaba cayendo en casi todo lo que dice odiar… Claro que tampoco el resto de los personajes tienen desperdicio. Dice mi editor, Joan Eloi Roca, que le gustaría saber por qué en mis novelas no hay nadie bueno. A mí también. En el capítulo 11 hay un personaje bueno: el caballo que agoniza y es devorado por un perro.

Con tantos paralelismos palpables entre la familia real de Macón y la española es consciente que decir en la contraportada “Érase una vez un príncipe republicano  es una mirada irónica, satírica, sobre la familia real de una país que no es España” es inútil, ¿verdad? Sí, es bastante inútil, pero cuando se mezcla realidad y ficción hay que guardar ciertas formas. ¿O no?