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Xerezlandia

Santiago Cordero | 3 de junio de 2012 a las 11:19

Hace muchos, muchos años, en una tierra lejana llamada Xerezlandia gobernaba un tirano que había comprado el reino a otro usurpador. El rey se dedicó a esquilmar las riquezas del país, aunque al principio, los súbditos creían que se trataba de un hombre honesto. El Rey los embaucaba con torneos y fiestas en las que no faltaban valerosos caballeros, pan y buen vino.

 

El tirano iba esquilmando el tesoro real, pero maquillaba su traición con elocuentes discursos y colocando a su derecha a algunos de los generales mercenarios más famosos del mundo. Esos generales, amantes de las batallas, de las victorias, consiguieron prestigio y grandeza para el reino frente al resto de países. Pero todo ello era solo un espejismo. Las entrañas de Xerezlandia se estaban secando, las riquezas iban desapareciendo. La avaricia del rey no tenía límites, hasta el punto de que el pueblo llegó a descubrir el engaño. ¡Xerezlandía estaba arruinada! La rabia se desató y el rey tuvo que huir antes de que el pueblo tomara su venganza. Los generales, queridos por la muchedumbre por sus grandes victorias, también se tuvieron que marchar porque no había dinero  para pagarles. Como buenos mercenarios trocaban su grandiosidad y valor a cambio de dinero. El pueblo lloró su marcha. Al menos un par de ellos habían dejado una profunda huella en sus corazones.

 

Uno, provenía de un país vecino. Su victoria en la batalla llamada de la cumbre le convirtió en inmortal para los xerezlandianos.  El otro vino de ultramar, caballero de larga melena, de habla dulce, estuvo poco tiempo al servicio del rey, de hecho perdió la batalla para la que fue contratado, pero su estrategia, su valor en el campo de batalla y su honor hizo que también ocupara un lugar en la memoria y el cariño de los lugareños.

Llegaron años de penurias, de sequias. El pueblo estaba triste y hambriento. Lo países vecinos iniciaron escaramuzas para conquistar Xerezlandia. Todo parecía perdido, pero entonces dos de los guerreros más valerosos que habían servido a las ordenes de los grandes generales tomaron el mando. Suplieron su falta de preparación con mucho más esfuerzo, dedicación, valor y entrega. Hicieron lo posible por evitar que el país cayera en manos de los pueblos vecinos. Al final, a pesar de las dificultades consiguieron mantener  segura la frontera.

 

Mientras tanto, el rey huido decidió volver para exprimir aún más el reino. Sabía que le sería muy difícil volver. Ideó un plan para recuperar el trono y el control colocando en un primer lugar a un xerezlandiano. Mientras el pueblo seguía pasando hambre de pan y de victorias, el tirano corrió el rumor de que los viejos y grandes generales volverían para traer honor y gloria. Los xerezlandianos recuperaron la ilusión, se olvidaron de los bravos guerreros que mantuvieron intacto el reino y clamaron por el regreso de los generales. El rey ganó una vez más.