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Mis libros

Antonio Méndez | 23 de abril de 2011 a las 14:15

No recuerdo qué fue lo primero que cayó en mis manos, si un Zipi Zape o un libro de Julio Verne. Los tebeos se devoraban con facílidad, requerían poco tiempo y había que esperar una semana para encontrar el nuevo capítulo.Casi como los héroes de Marvel. Siempre me gustó Spiderman, luchando entre la rubia y la morena, la dualidad de todo buen perdedor, aunque ganaba siempre. Nunca supe lo que medía una legua, pero el infinito mundo del viaje submarino me hizo aprender a manejar un diccionario. Imposible conocer a los 10 años la flora y la fauna de aquellos mundos perdidos. Al final, como entendía menos palabras de las que tenía que buscar, acabé por contextualizar escenas y aborrecí esos relatos donde los autores consumen páginas con una fiel descripción de hasta los detalles de una puerta. Creo que por culpa de Verne nació el periodista.

Con los Cinco y Enyd Blyton los veranos se consumían rápido.  E irrumpió Salgari y su Tigre de la Malasia. Dejé Asia por el salvaje oeste de la mano de Winnetou y su Mano Amarilla, hasta que un despiadado Karl May lo mató en una aventura. Pregunté durante semanas en la librería si el personaje resucitaba, pero fue imposible. Ya sé de dónde le vienen a Rowling sus instintos asesinos con Harry Potter.

Me atrajo Kazka y su Metamorfosis, era la primera instrospección que me facilitó un libro. No sé por qué me recordó años después al personaje de Ignatius de La Conjura de los Necios, me resultó más fácil leer al Quijote americano que al nuestro. Si tuviera que completar esa trilogía de sentimientos similares, la sensación que me dejó Orwell en su 1984, desde entonces supe que odio a las ratas. Leí Tiburón antes del estreno de la película, o después, lo he olvidado. Cierto que fui aterrado al cine y salí igual. Qué fácil Harold Robbins, casi como ahora  Matilde Asensi, pero tenía imaginación y las mujeres eran pura literatura.

No recuerdo la transición que me llevó a García Márquez, pero supe que jamás podía ser escritor, acabó con mi sueño pero me mostró las mejores páginas con las que he disfrutado en toda mi vida. Hasta que hace muy poco tiempo vencí la resistencia de que me impusieran en la Universidad leer Los cachorros y los jefes de Vargas Llosa, y he recuperado a tiempo otro auténtico ídolo literario.

Mi pasión por Africa la reencontré de la mano de Javier Reverte, el miedo y la atracción fatal por ese continente atroz que descubrimos con las hazañas de Tarzán. Qué pavor ese Corazón de las Tinieblas, a veces pocas páginas tienen sentido. Fue sencillo descubrir a Amin Maalouf y su León el Africano, aquella secta de los asesinos que ansiaban morir para disfrutar de la vida y comenzar a entender una mentalidad como la árabe tan compleja desde una visión occidentalizada de la realidad.

Romántico era ese Rojo y Negro de Stendal, el determinismo suicida en Madame Bovary y Anna Karenina, casi como el destino que Segal reservó a  sus personajes de Love Story, cuántos lloramos en aquella generación por el amor imposible perdido. Pero me quedo con Neruda

No se pueden repasar  las decenas de libros que cambian por momentos el horizonte de una vida, varían o refuerzan convicciones, ayudan a vencer dificultades, te causan insomnio hasta que consumes la última página y luego te dejan desamparados porque sabes que es el final. Te convierten en Lobo Estepario o te lanzan  En Busca del Unicornio.  Pero mi Ulises fue Bend Bradleey. Siempre lamenté que Aquiles tuviera un talón pero mucho más que a los troyanos les engañara un caballo.

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