El paro o el tren

Antonio Méndez | 18 de julio de 2011 a las 18:42

 

Nada tengo contra la decisión de mantener a toda costa el gasto social en la actual situación de verdadera angustia en la que vive en Andalucía cientos de miles de familias. Proteger a los más débiles es obligación de todo gobierno. La tijera debe funcionar para recortar gastos y lo más fácil y voluminoso suelen ser las inversiones. Pero deberían protegerse las estratégicas.

El presidente Griñán eludía hace unos días dar detalles de la vieja promesa estrella del Gobierno socialista de Chaves, allá por el año 2000, del corredor ferroviario de la Costa del Sol. Y lo hacía amparándose en ese axioma anterior de atender lo imprescindible aunque se sacrifique lo urgente. Difícil con la que cae que reivindique ahora el parque de Arraijanal o del Benítez, sobre los que incluso tengo serias dudas de que fueran un éxito. Me costaría reclamar ese mastodóntico hospital prometido, aunque el déficit de camas de la sanidad malagueña hay que enjugarlo. Incluso con el Cervantes a medio llenar en algunas funciones, suena pretencioso reivindicar ese auditorio que reclama esta ciudad desde hace tres décadas. Admito que la Junta quiera ampararse ahora en que no hay demanda ciudadana para esquivar el proyecto de reurbanización de la Carretera de Cádiz. Se desaprovechó la oportunidad, como siempre, cuando era factible dar esos primeros pasos durante las obra del Metro.

Y soy consciente que los más de 4.500 millones del tren litoral lo convierten en un proyecto entelequia. Pero a la vez construímos terceros carriles, autopistas y proyectamos más vías de circunvalación. Y mientras los transportes públicos que disfrutamos en esta provincia son muy poco competitivos y convierten algunos destinos turísticos costeros en auténticos búnkers porque no se facilita que a los visitantes les apetezca salir de ellos.

Renfe cerró una línea de AVE de Toledo a Cuenca porque viajaban nueve pasajeros al día. En Andalucía la alta velocidad entre Málaga–Sevilla se quedará en media. Se han gastado un dineral, pero el trayecto que resta cuesta 800 millones y ahora resulta muy caro completarlo. Se prioriza poco y se intenta contentar a todos. Al final se sacrifican infraestructuras que generan valor añadido. Es incierto que haya que elegir entre la protección a los parados y viajar en tren a Marbella.

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