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‘Ismo’ sin fronteras

Antonio Méndez | 26 de junio de 2012 a las 18:20

No me suelo entusiasmar con las charlas o las conferencias que tanto se estilan por estos pagos en estos últimos meses. La proliferación de citas da a entender que somos afortunados porque hay mucha gente que tiene algo que decir y, por tanto, escuchar. Pero desgraciadamente luego descubres que para nada es así. Desde luego si el protagonista es un político, en general, acudo mentalizado para sufrir un par de horas de sublime aburrimiento. Dispuesto a escuchar un puñado de lugares comunes y naderías.

La mal entendida buena educación de los asistentes suele culminar con la efusiva felicitación del auditorio al orador. Los militantes del partido, sobre todo si ostentan cargo dependiente de su dedo, porque su única alternativa es ensalzar y adular al jefe. El resto de los presentes, atenazados por esa norma protocolaria que impide espetarle al ponente: “¿De verdad se cree usted que la audiencia a la que acaba de dirigirse es tan tonta?

Pero a veces hay excepciones. La pasada semana asistí a la intervención del director general de Hojiblanca, Antonio Luque. El grupo de cooperativas acapara algo menos del 7% de la producción de aceite de oliva en todo el planeta. “Duplicamos la producción cada tres años, pero no somos nadie”. “Podríamos llegar al 25% y marcaríamos la pauta en el mundo”, se lamento este dirigente empresarial.

¿Qué impide dar el salto? Los localismos y los personalismos. En el primer caso del sufijo se trata de algo tan banal como de defender que tu aceite es mejor que el del pueblo del vecino. En el segundo, el egoísmo por conservar el poder aunque sea una estructura de andar por casa. Cabeza de ratón antes que cola de león.

El ejemplo del negocio del aceite de oliva es aplicable a cualquier ámbito económico y político. No se libran ni las Merkel, los bankias o hasta las primas en riesgo. La macroeconomía esconde la condición humana que al final toma las decisiones. Es un ismo sin fronteras.

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